42. Arturo
Arturo
Emergimos del portal a la ninguna-parte en lo que parecía un almacén inmenso lleno de extraños aparatos. Lo cruzamos a toda velocidad, precipitándonos hacia la pared del fondo.
—¡Tirda! —grité—. ¡Tirda, tirda, tirda!
—¡Tirda! —trinó un coro de taynix a mi alrededor.
Alcé un poco el morro y disparé con mis destructores, que abrieron un agujero en la pared. Llovió polvo y piedra en torno a nosotros, pero mi caza cruzó limpiamente el agujero y salió volando al cielo.
El horizonte era de un tono azul polvoriento, emborronado por una neblina que dificultaba ver demasiado lejos en ninguna dirección particular.
Unos pedazos enormes de roca levitaban en el cielo, similares al campo de escombros que rodeaba Infortunio, aunque aquellas piedras estaban más juntas entre sí y mucho más cerca del suelo.
Estaban suspendidas en medio del aire, como si la gravedad no tuviera ningún poder sobre ellas allí.
Había oído describir la ninguna-parte como una sucesión de islas que flotaban en el espacio, pero allí el suelo era sólido y continuo, como si nos hubiéramos transportado a otro planeta.
Alrededor de mi nave se alzaba un complejo de edificios cuadrados, todos similares en forma y tamaño, dispuestos en cuadrícula.
Era todo muy… prosaico, similar a los edificios militares achaparrados y prácticos que construíamos en Detritus.
Hasta los pedazos de roca que flotaban en el cielo me recordaban al hogar.
—Nedder, Centinela —llamé por radio—. ¿Estáis ahí? ¿Me recibís?
No hubo respuesta. Estrellas, seguro que los habíamos dejado atrás en aquel almacén. Esperé que se hubieran escondido. Las alternativas eran demasiado terribles para pensar en ellas.
—Cuando imaginaba el dominio negativo —dijo Alanik—, no esperaba que tuviese este aspecto.
—Ni yo —dije.
—Yo nunca imaginé que lo vería en absoluto —terció Suki.
No quería verlo, pero yo la había arrastrado hasta allí de todos modos.
—Lo siento, Suki —dije—. Haré todo lo que pueda para sacarnos de aquí.
Y eso pasaba por descubrir dónde narices estábamos.
—¿Qué creéis que son esos edificios? —pregunté.
—Ni idea —dijo Alanik—. Pero Anfi, mira.
—¡Mira! —repitió Naga.
Alanik señaló hacia los monitores, donde unos objetos empezaban a moverse hacia nosotros.
Tal vez debería haberme girado para huir, pero lo que hice fue pivotar mi nave en su dirección. Habíamos ido allí para recoger a Nedd y a Sadie y averiguar qué estaban haciendo los varvax en la ninguna-parte. Teníamos que ver todo lo que pudiéramos si queríamos encontrar respuestas.
No tardé mucho en identificarlas. Eran varias naves enemigas, volando hacia nosotros. No eran drones krells, sino cazas tripulados de un diseño similar al nuestro.
—Esas naves llevan piloto —dije—. ¿Por qué no las ha enviado Ivy a por nosotros antes?
Todas las naves que habíamos visto desde nuestra llegada a Infortunio eran drones no tripulados.
—Quizá porque luego habría tenido que hacerlos volar a través de un estadio para recuperarlos —contestó Alanik—. No todo el mundo está así de loco.
—Loco —repitieron varias babosas.
—Ahí te doy la razón —dije.
La maniobra tenía que haber sobresaltado a los humanos de Epifanía, eso seguro.
Estrellas, cuántas naves llegaban. ¿De dónde habían sacado a veinte pilotos?
—No podemos luchar contra tantos estando solos —dijo Alanik—. Hay que escapar.
Tenía razón. Si nos llevábamos las naves de allí, las dejábamos atrás en el campo de escombros y luego derribábamos a unas pocas volviendo, quizá tendríamos tiempo para encontrar algunas respuestas y rescatar a Nedd y Sadie antes de que nos abrumaran por completo.
De momento, pasé disparado entre los edificios más cercanos y me lancé al cielo, hacia los grandes pedazos de cascote flotante que había más arriba. Al acercarme a ellos, usé mi lanza de luz para rodear uno, cambié de trayectoria y me alejé del almacén, sin dejar de ganar altitud.
Las naves estaban dándome alcance ya, volando más deprisa que yo. Aceleré, confiando en seguir por delante, y esquivé unos escombros para emborronar mi rumbo de vuelo en los monitores de proximidad enemigos.
—Nunca había visto ese modelo de caza estelar —comenté.
—¿Será un diseño varvax? —aventuró Alanik.
—Creo que está basado en diseño histórico de nave humana —dijo Suki—. Vuestro pueblo ya no lo usa, pero quizá otros asentamientos humanos sí. ¡Cuidado!
Suki se agachó en su asiento mientras el fuego de destructor intentaba acribillarnos desde atrás.
—Será un modelo antiguo —dije—, pero sigue llevando los mismos cañones.
—Hacer explotar cosas no es una tecnología avanzada —explicó Suki—. Te sorprenderían los pocos avances que se requieren antes de que los humanos empecéis a bombardearos entre vosotros.
—Y no solo los humanos —añadió Alanik.
Serpenteé por los escombros, clavando mi lanza de luz en un fragmento tras otro, escurriéndome entre ellos, añadiendo más y más obstáculos entre el enemigo y yo. Parecía haberlos dejado atrás, por el momento al menos.
Reduje velocidad hasta detenerme sobre un escombro particularmente grande.
Nunca había visto piedras flotando tan cerca de la superficie de un planeta, si era un planeta a lo que pertenecía aquella masa de tierra.
Teóricamente, la gravedad debería haberlos hecho caer, estrellados contra los edificios de abajo.
Y, sin embargo, se mantenían en lo alto, casi como si estuvieran congelados en el tiempo.
Floté cerca de la roca que tenía debajo, manteniéndola entre mi nave y la superficie.
Estando tan próximo a ella, los sensores de las naves enemigas no deberían ser capaces de distinguir entre mi caza y el escombro.
Tendrían que registrar el cielo, roca tras roca.
Y para hacer eso, tendrían que separarse, lo que significaba que podría cargarme a cualquiera que se aproximase.
Los distintos taynix que seguían de polizones en mi nave parecían haberse acomodado.
Una babosa explosiva estaba aovillada en torno a los tobillos de Alanik y otra descansaba en su regazo.
Tres taynix flauteaban con suavidad detrás de mi asiento, donde habían encontrado una bolsa con raciones de Naga y estaban zampándoselas.
Por lo menos eso los distraería para que no se dedicaran a merodear por la nave y perturbar el instrumental.
—Mirad eso —dijo Suki, señalando la roca.
Al igual que algunos escombros que rodeaban Infortunio, aquel pedazo de piedra irregular contenía una forma cuadrada, inorgánica. Esa parecía hecha de hormigón.
—Parece los cimientos de un edificio —dije—. Y ahí… —Señalé más alto en la piedra—. Ahí está una pared.
Estaba casi destruida del todo, y el acero expuesto era lo único que mantenía juntas las piezas restantes. Aquellos escombros eran idénticos a los pedazos de roca que flotaban alrededor de Infortunio, como si algunos de ellos se hubieran filtrado de un lado a otro.
—Se filtra material desde la alguna-parte a la ninguna-parte, ¿verdad? —pregunté—. Se cuela por el portal y termina aquí. Es como creemos que se formaron las cavernas de Detritus. La roca fue filtrándose muy despacio con los años, dejando un espacio donde estaba antes.
—Pero ¿de dónde salió el terreno que hay debajo de nosotros? —dudó Alanik—. ¿Pudo filtrarse todo eso?
—¿Podemos echarle un vistazo a la superficie desde aquí? —pidió Suki, estirando el cuello para escrutar más allá del morro de la nave.
Acerqué el Dulo muy despacio hacia el borde de la roca.
Mientras no me alejara, a las naves enemigas les debería costar localizarme.
Así que incliné un poco el caza para ver mejor la tierra de abajo.
Estaba un poco borrosa por la piedra y el polvo de la atmósfera, pero alcanzaba a distinguirse su forma general.
Aquel lugar era curvo, esférico. Por las estrellas, ¿era posible que un mundo entero hubiese terminado absorbido a la ninguna-parte, de una sola pieza?
El portal de Infortunio no era lo bastante grande para eso, aunque era evidente que el espacio funcionaba de otra forma en esa dimensión, porque cada punto de ella parecía estar vinculado por igual a cada punto de la alguna-parte.
Pero devorar un planeta entero… Las implicaciones me dejaban patidifuso.
Había océanos allí abajo, aunque la geografía parecía diferente a las islas de Orilla Perpetua y los bosques de Infortunio. Y era indudable que existían continentes, cuyas líneas costeras eran irregulares y pinchudas. Mis ojos se posaron en una formación particular con forma de gancho.
Me sonaba de algo.
—No —dije.
—¿Qué? —preguntó Alanik.
No me hacía el ánimo de decirlo, al menos hasta que estuviera seguro.
No quería exponernos al peligro, pero necesitaba ver mejor.
Comprobé si había naves enemigas, pero las más próximas se movían todas de forma errática, todavía buscándome.
Salí poco a poco de detrás de la roca, me escoré a la izquierda y fui de escombro en escombro para evitar la detección, sin dejar de mirar hacia bajo y analizar la forma de las masas continentales.
Solo eran costas, solo curvas y líneas. No tenían por qué significar nada.
Pero esa curva en la parte superior del continente también me recordaba a algo, y allí estaba la forma ganchuda, como de bota de una península justo encima de ella.
—Por todas las estrellas del cielo —dije—. Suki, ¿tú estás viendo esto?
—Lo estoy viendo —respondió la kitsen y, por la reverencia de su tono, supe que estaba llegando a la misma conclusión que yo.
—¿Qué pasa? —preguntó Alanik.
—Eso es Italia —dijo Suki en voz baja y sobrecogida.
—¿Es qué?
—La Tierra —aclaré, incapaz de apartar los ojos—. Eso es la costa de lo que solía ser Europa. Este planeta es la Tierra.
Alanik soltó una palabrota en su propio idioma, y con razón. La Tierra se había esfumado cien años antes. Nadie había encontrado ni rastro de ella desde entonces.
—¿Estáis seguros?
—Muy segura —dijo Suki—. En esa península más o menos cuadrada de ahí estaba el país llamado España de la antigua Tierra.
—Y el continente de al lado era África —añadí. De pronto, todas aquellas lecciones de la escuela ya no me parecieron tan inútiles—. ¿ Es África, debería decir? Estrellas, no lo sé. ¿Aún vivirá gente aquí?
—Mirad eso —dijo Alanik, señalando hacia una zona particularmente poblada de fragmentos rotos en el horizonte.
—Vigila por si hay enemigos —respondí, incapaz de apartar los ojos de la superficie del planeta mientras volaba hacia allí para investigar.
A medida que nos acercábamos, fue quedando cada vez más claro que la superficie del planeta había explotado.
Los escombros flotaban inmóviles en patrón de salpicadura, como si hubieran ascendido en erupción desde la superficie y entonces se hubieran congelado, quedando suspendidos en pleno vuelo de salida por unos alambres invisibles.
Unas cordilleras que rodeaban los bordes irregulares de la tierra arrancada de abajo impedían que los océanos llenaran el agujero cóncavo creado por la explosión.
Si ese territorio hubiera seguido sujeto a las leyes habituales de la física, la gravedad habría devuelto esos pedazos de roca a su sitio, reintegrándolos en el todo en órbita, o los habría expulsado, desequilibrando el planeta.
No había hecho ninguna de las dos cosas. Los pedazos flotaban en estasis permanente, como un monumento al horror desconocido que hubiera provocado aquello.
—¿Qué parte explotó? —pregunté—. ¿Norteamérica?
—Eso creo —dijo Suki—. Y Sudamérica, por lo que parece.
Debía de ser de donde procedían los escombros que rodeaban Infortunio.
La mitad de la superficie de la Tierra había estallado, enviando enormes pedazos de materia a una estasis en torno al planeta por ese lado y a la órbita de Infortunio por el otro.
Me pregunté si ese acontecimiento sería lo que provocó también el extraño campo inhibidor, como algún efecto remanente de que una masa tan enorme hiciera el tránsito de un lado al otro.
—Hemos encontrado la Tierra —dije—. Estrellas, tenemos que volver para decírselo a los demás.
La humanidad necesitaba algo que nos uniera y, si alguna vez hubo algo capaz de juntarnos a todos en un mismo propósito, era aquello.