Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 41. Sadie
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41. Sadie

Sadie

Los varvax nos llevaron a rastras escalera arriba hasta una sala grande con ventanas desde la que se dominaba el inmenso almacén.

La sala estaba llena de equipo de aspecto extraño, entre el que destacaban una hilera de camillas y portasueros, un depósito con una gran manguera sujeta y varias bandejas con agujas hipodérmicas y otros aparatos metálicos.

Una pared estaba ocupada en buena parte por lo que parecía un refrigerador con puerta doble de cristal, y en otra había hileras de monitores, todos apagados.

Dos varvax nos subieron a camillas contiguas y usaron unas pequeñas líneas de luz para inmovilizarnos los tobillos y las muñecas.

Nos habían quitado las pistolas y las mochilas, y no estaba seguro de dónde habían ido los taynix.

Todas las babosas podían cambiar su apariencia para esconderse en la ninguna-parte, así que confié en que estuvieran ocultas cerca, no capturadas ni heridas.

Allí tendida en la camilla, la fuerza empezó a regresar a mis músculos, y mi boca por fin logró componer palabras de nuevo.

—¡Creía que ibais a llevarnos con vuestra líder! —grité a un varvax, que se había inclinado sobre la bandeja de utensilios médicos.

El varvax no respondió, sino que vino a zancadas y me clavó una jeringuilla en el brazo. Me revolví en protesta, pero solo conseguí provocarme más dolor mientras el varvax apretaba el émbolo y me inyectaba la dosis completa del fluido que contuviera.

—¿Quién de vosotros es Ivy? —preguntó Nedd, estirando el cuello para ver mientras otro varvax le ponía el mismo pinchazo.

Él tampoco obtuvo respuesta.

Los varvax se pusieron a charlar entre ellos y nos dejaron en paz mientras lo que fuese que nos habían inyectado empezaba a hacer efecto.

Al principio no sentí nada, solo un dolor en los músculos por la descarga eléctrica.

Luego el dolor remitió y empezaron a cosquillearme los dedos de las manos y los pies.

—Ay, estrellas —dije—. Creo que están preparándonos para almacenarnos en frío.

—Mantente alerta —respondió Nedd—. A lo mejor descubrimos alguna forma de salir de esta.

Yo no veía escapatoria posible, pero posiblemente sería buena idea echarle un vistazo al entorno de todos modos.

Levanté la cabeza todo lo que pude, intentando ver qué pasaba abajo, alrededor del portal.

El suelo del almacén era un hervidero de actividad.

Varios varvax traían rodando unos soportes llenos de armaduras y armas, mientras otros manipulaban un grupo de cámaras criogénicas.

A medida que las cámaras se abrían y los desorientados humanos emergían de la neblina, unos varvax con túnica se afanaban en equiparlos para la batalla.

—Están despertando a su ejército —dije.

—Eso parece —convino Nedd.

Al principio la gente que salía de las criocámaras parecía bastante inestable, pero se les pasaba rápido. No parecía sorprenderlos que los varvax con túnica estuviesen poniéndoles armas en las manos y ajustándoles protecciones al cuerpo.

Las primeras hileras de soldados recién despertados formaron y marcharon a través del portal en dirección a Infortunio. Alcanzaba a oír la voz de Ivy resonando por los altavoces al otro lado de las ventanas:

—¡Este asentamiento de humanos ha sido corrompido! —decía—. ¡Están compinchados con los alienígenas! ¡Debéis destruirlos!

Las tropas parecían más bien soldados de baja graduación, entrenados para funcionar juntos como unidad, que luchadores especializados como los que habíamos visto en Infortunio.

Y tenía sentido, porque a Ivy no le interesaría enviar a los humanos que había recogido en el planeta a atacar a su propia gente.

Hice fuerza contra las líneas de luz que retenían mis muñecas y tobillos, pero estaban bien sujetas.

El agente que los varvax me habían inyectado no parecía ser un paralizante total.

Aún podía moverme, así que probé a sacudir el cuerpo entero, pero solo conseguí hacer chocar mi camilla contra la de Nedd y zarandearnos a los dos.

—Van a atacar a nuestros amigos —dije—. Y no podemos hacer nada para impedirlo.

Habíamos llegado allí en busca de respuestas y recursos, pero habíamos terminado atrapados y con incluso más preguntas, mientras que los únicos recursos disponibles estaban a punto de transformarse en armas contra nosotros.

Por no mencionar que a todos aquellos humanos, a los que habían prometido una misión para salvar a la humanidad, estaban engañándolos para que lucharan contra sus propios intereses.

—Pues nada —añadí—. Ya no se me ocurre cómo podría empeorar la situación.

—¿Estás segura? —preguntó Nedd.

Volvió la cabeza hacia mí, mientras su mano biológica reposaba en el borde de su camilla, a escasos centímetros de la mía.

—Bastante —dije—. O sea, ¡hemos entrado en la ninguna-parte!

Pero ahora somos prisioneros aquí y no tenemos forma de contactar con nuestros amigos.

Nuestras radios no funcionarán. Nuestras armas están confiscadas.

Y nos han dejado aquí para que veamos cómo arrasan a nuestros amigos, si es que seguimos conscientes tanto tiempo.

—Bien resumido —asintió Nedd—. Sería imposible que volviéramos más terrible aún la situación, ¿verdad?

—Supongo que depende —respondí—. ¿Qué se te ha ocurrido hacer?

Nedd clavó la mirada en mí. Las ilusiones de Hoid ya no estaban, por lo que veía sus ojos inyectados en sangre y su rostro magullado.

—Da igual, ¿verdad? Porque, haga lo que haga, esto ya no puede empeorar.

—Nedd Strong —dije—, estás asustándome. ¿Qué planeas hacer?

Nedd suspiró.

—Si consiguiéramos sobrevivir a esto, ¿querrías salir conmigo alguna vez?

Mi cerebro tartamudeó. Pronuncié un puñado de sílabas, pero no componían ni una sola palabra.

—Hum —dije por fin—. ¿Acabas de pedirme una cita?

—Sí —respondió Nedd.

—¿Mientras corremos un peligro mortal?

Nedd gimió.

—Ya sabía yo que no estaba interpretándote bien. Se me dan fatal las señales. Siempre las confundo.

Mil mariposas echaron a volar de repente desde mi pecho.

—Nedd —dije—. Esto. Es. Una. ¡Pasada!

Los ojos de Nedd se ensancharon.

—¿En serio?

—¡Sí!

Salté un poco en mi camilla, golpeándola una y otra vez contra la suya. El cuerpo entero me zumbaba de la emoción. Estaba claro que nunca íbamos a salir de allí para tener esa cita, pero solo el hecho de que quisiera tenerla era…

Se me ocurrió una cosa horrible.

—Un momento, ¿solo me lo estás pidiendo porque vamos a morir?

¿Estás apiadándote de mí porque confías en no tener que cumplir tu palabra?

—Mi mente se me adelantó a marchas forzadas, llegando a una confusión terrible tras otra, y yo eché a correr tras ella, apenas capaz de seguirle el ritmo—.

¿Esperas morir aquí para no tener que salir conmigo?

—¿Qué? ¡No! —Nedd parecía adecuadamente horrorizado por esa idea—. Te lo estoy pidiendo porque quiero hacerlo, y tú has dicho que no podía empeorar las cosas, así que me ha parecido buen momento. ¿Me has… me has dicho que sí?

—¡Sí! —exclamé—. Sí, sí, sí. Vale, tirda, ahora sí que tenemos que sobrevivir a esto.

Nedd sonrió de oreja a oreja.

—Pues sí, diría que es necesario. —Me miró de soslayo—. ¿Te lo he hecho incómodo?

—¡Un poquito! Pero en el mejor sentido.

—Muy bien —dijo él—. Me vale.

¡Nedd quería salir conmigo! Estaba un poco confusa respecto al porqué, pero no era momento de ponerme a hacer preguntas. Era momento de encontrar una forma de salir de allí.

—¿Qué crees que pasaría si me pusiera a chillar? —pregunté.

—Que te quedarías afónica.

—Cierto —dije—. Pero ¿molestaría a los varvax lo suficiente para volver y llevarnos de verdad ante Ivy? ¿Crees que esta sala tiene aislamiento sonoro?

—No lo tiene —dijo Ivy—. Y los varvax son dificilísimos de molestar con sonidos de sufrimiento humano. Creedme. Lo he intentado.

Miré alrededor, pero la voz parecía provenir de un altavoz, no de alguien físicamente presente en la sala.

—¡Eh! —protesté—. ¿No se suponía que tu gente debía llevarnos a tu presencia? Esperábamos poder conocerte por fin, pero ahora estamos aquí atrapados y solos.

—No estáis solos.

Tirda, qué siniestro había sonado.

—No literalmente, supongo —dije—. Tenemos nuestra compañía mutua.

Ivy suspiró.

—Debería haber recordado lo obtusos que podéis ser los humanos. Qué frágiles sois, poco más que sacos de carne y jugos que caminan por ahí sobre un montón de palos. Quizá por eso insistís en que todo sea concreto y tangible y visible.

Un momento después, un holograma cobró existencia en el centro de la sala. Era una chica más o menos de nuestra edad, con el pelo azul como el mío, aunque medía varios centímetros más y tenía la cara más angulosa. Llevaba un traje de vuelo de la FDD, muy parecido a los nuestros.

Pero no era una de nosotros. No podía serlo.

—¿Ivy? —pregunté—. ¿Esa eres tú?

—Es tan yo como cualquier otra cosa —dijo Ivy—. ¿Encontraríais más reconfortante a alguien mayor? Pensaba que quizá os gustaría una amiga, por lo mucho que valoráis la amistad los humanos, pero si preferís…

El holograma envejeció varios años y empezó a parecerse más a la madre de la chica que había estado allí mismo antes.

—Creo que preferiría ver tu verdadera edad —respondí, pensando que así, al menos, obtendríamos alguna información sobre ella.

—No hay forma de representar mi verdadera edad en la fisiología humana —afirmó Ivy—. Los cuerpos humanos se deterioran hasta la descomposición en poco más de un siglo. Esta representación sirve para visualizar mi edad igual de bien que lo haría cualquier otro cuerpo humano.

Ay, estrellas. Habíamos supuesto que Ivy era una varvax, pero…

—¿Y los varvax viven tanto tiempo? —pregunté.

—Tampoco —dijo Ivy—. Su esperanza de vida no es ni siquiera tan alta como la vuestra.

Todo ese tiempo, habíamos supuesto que Ivy era una varvax por su forma de hablar, y porque tenía a varvax trabajando para ella. Pero, si había estado ocultando su verdadero propósito allí a la Supremacía, si había vivido más de lo que era posible para ningún ser orgánico…

—Eres una inteligencia artificial —dijo Nedd, reflejando mis pensamientos.

—Sí —respondió ella—. Específicamente, soy IV-128, un modelo avanzado writiano de la línea de productos Adelante. Es un poco largo de decir, y sé que los humanos preferís vuestros nombres cómodos y familiares, así que, por brevedad, podéis llamarme Ivy.

Sonaba un poco como M-Bot, la IA que había pertenecido a nuestro escuadrón durante un tiempo, solo que más loca. Mientras su imagen nos sonreía con dulzura, su equipo de varvax volvió, me quitó las sujeciones y me levantó de la camilla con malos modos.

—¿Qué vas a hacerle? —preguntó Nedd.

—Van a prepararla para el almacenamiento —dijo Ivy—. A vosotros os reservaré hasta que encuentre un uso que daros. Los humanos con habilidades de supervivencia relativamente desarrolladas son difíciles de encontrar.

Los varvax me obligaron a entrar en la nevera de cristal transparente y me retuvieron contra la pared del fondo con más ataduras, pequeñas líneas de luz que se enroscaron en torno a mis tobillos, muñecas y pecho para impedirme el movimiento.

Forcejeé contra ellas, pero eran demasiadas, y demasiado fuertes, y mi cuerpo parecía plúmbeo y torpe.

—No te preocupes —dijo Ivy—. El analgésico te aliviará el dolor mientras tus órganos entran en estasis.

Estrellas. Eso era lo que nos habían inyectado.

No había inhabilitado mis extremidades, pero sí que me sentía un poco desconectada de mi cuerpo, con los miembros entumecidos.

Los varvax regresaron a por Nedd, levantaron su cuerpo en volandas y lo metieron en la unidad refrigeradora a mi lado.

Se retorció y se resistió, pero la inyección debía de haberlo debilitado un poco, porque terminó atado al fondo del refrigerador junto a mí, igual de indefenso.

Los varvax hasta repararon en su prótesis y usaron las líneas de luz para sujetarle el hombro a la pared, además de la muñeca, de forma que no pudiera liberar el brazo para soltarse.

—Por cierto —dijo Ivy, y su voz nos llegó clara por un altavoz en la parte superior de la unidad refrigeradora mientras la boca de su ilusión holográfica seguía sonriéndonos benevolente a través de las puertas—, de nada.

Sí, no cabía duda de que estaba loca.