Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 40. Arturo
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40. Arturo

Arturo

No me gustaba nada volar sobre un mar de civiles. Nos ataba las manos en formas que no entorpecían igualmente al enemigo. Tal y como Alanik había predicho, los drones intentaban dar una pasada en el ángulo adecuado para disparar al acceso al portal, donde estaban congregados los gladiadores.

Dayan aún tenía la radio portátil que le habíamos dado cuando volaba en mi nave. Me daba igual si Ivy escuchaba la transmisión. Teníamos que advertirle.

—Van a por vosotros —dije a Dayan—. Saca a tu gente de ahí.

—Nos hemos escondido dentro de la puerta —respondió elle—, pero no me gusta que la gente nos vea recular. Hace que crezca el pánico.

—Y no funcionará, de todos modos —dije—. Si algún dron consigue disparar a la puerta, toda esa zona va a derrumbarse. Salid de ahí. Dispersaos.

—Muy bien. Pero salir corriendo a campo abierto durante un combate aéreo parece contraintuitivo.

—Créeme —insistí—. El techo que tenéis encima no resistirá el fuego de destructor. Van a hacer que os caiga en la cabeza.

Agarré una nave con mi lanza de luz justo cuando estaba encarándose para disparar.

Viré fuerte hacia arriba y gemí cuando la inercia saturó mis ConGravs, pero levanté el morro de la nave enemiga para que sus disparos se perdieran por encima de la pared del coliseo.

Gilaf la acribilló, acabó con sus escudos y luego destruyó su casco.

Remolqué los restos fuera de la pared del estadio para no soltarlos encima del público, aunque no tenía donde soltarlos que no fuese la propia Epifanía.

Traté de apuntar al callejón de detrás del coliseo, pero no tenía tiempo para confirmar dónde terminaba cayendo.

Estrellas, cómo odiaba a los drones. Estaba bien no tener que preocuparte por derribar a pilotos que solo estaban haciendo su trabajo, pero así el enemigo no arriesgaba nada más que el coste del equipo, mientras que nosotros lo arriesgábamos todo.

—¿Sabes cuál de esas naves lleva el inhibidor? —pregunté a Alanik.

Negó con la cabeza.

—Todos mis sentidos citónicos están muertos. No puedo percibirlo.

—Posiblemente será una nave que esté arriesgándose menos, ¿sí? —propuso Suki.

Estaba bien pensado.

—¿Encontráis alguna que coincida con ese patrón de comportamiento en los monitores?

Alanik y Suki se pusieron a escrutar la pantalla mientras yo atacaba a una nave que descendía al interior del estadio desde un ángulo alto.

Llegaba deprisa, pero apunté mis destructores por encima de la pared del coliseo y disparé, interrumpiéndole el rumbo.

Gilaf llegó hacia ella desde otro vector y la ahuyentó por encima de la ciudad, donde esperé que los civiles estuvieran refugiándose.

Llegó otro caza, ya disparando hacia la multitud, y lo atrapé con mi lanza de luz para llevármelo conmigo. Sin compañero que le disparase, podía hacer poco más que remolcarlo lejos, pero Gilaf ya estaba volviendo de acabar con esa última nave. Tenía que aguantar.

—¡Vira arriba! —gritó Alanik—. ¡Arriba!

Tirda, la trayectoria de la nave que arrastraba la llevaría a colisionar con la pared superior del coliseo, lo que haría llover piedra sobre la muchedumbre. Ascendí más fuerte y la fuerza de inercia me abrumó. Entré en visión túnel y pensé que podría desmayarme.

Se me aclaró la visión mientras Gilaf llegaba volando y derribaba la nave que había capturado. Desactivé la lanza de luz para dejar caer los restos en el callejón, lejos de las aglomeraciones de gente que huía del estadio.

—Vamos a salir a la palestra —dijo Dayan por radio—. Creo… creo que será bueno que la gente nos vea ahí fuera. Que vea que no nos escondemos.

—Bien —respondí—. Que no decaiga. Hacemos lo posible por cubriros.

—Más vale —dijo Dayan.

—He encontrado una cosa —informó Suki—. Dos naves que vuelan en círculo alrededor del coliseo a una distancia de siete kilómetros. Podrías perseguirlas, pero tendrías que abandonar el estadio.

No quería hacer eso. Mientras Suki hablaba, dos drones habían descendido al interior del coliseo a la vez.

Capturé uno con la lanza de luz y tiré de él hacia arriba, pero el otro abrió todo un surco de destrucción por un lado del estadio antes de que Gilaf pudiera espantarlo por encima de la muralla.

Estrellas, esa ráfaga tenía que haber matado a mucha gente, y otra mucha habría presenciado su muerte espeluznante.

—Tenemos que reactivar tu hipercomunicador —dije.

—Imposible —contestó Dayan—. Tu babosa ha desaparecido.

¿Bob había desaparecido? ¿Y dónde habría ido? Estrellas, tampoco había visto a Naga aún.

—¡Espera! —exclamó Alanik—. Una de las naves que vuelan en círculo está moviéndose.

Sí, una nave se marchaba. Se puso la ciudad directamente a cola y aceleró.

—¿Qué tirdas hace? —pregunté.

—Huir —dijo Alanik—. La pregunta buena es por qué.

No sabía la razón, y eso me preocupaba.

—El campo inhibidor ya no está —dijo Alanik—. Ha… ha huido.

No sabía lo que estaba pasando, pero creí adivinarlo.

—Espíritu, dile a Mimitos que abra fuego.

—¿Encima de toda esta gente? —objetó Gilaf.

—Yo atraparé los escombros —respondí—. Hazlo ya.

—Sigo sin tener hipercomunicador —dijo Dayan—. Pero todo el mundo ve que intentáis ayudarnos. Eso es bueno, ¿verdad?

Lo era, pero, mientras siguiera muriendo gente, no lo bastante bueno.

—¡Pum! —exclamó Gilaf.

No hubo fuego, ni explosión, ni metralla.

La nave que volaba delante de Gilaf se deshizo con elegancia, como si acabara de atravesar un rebanahuevos invisible, y sus piezas se fragmentaron en todas las direcciones.

Di una pasada y atrapé la mayoría de la nave con mi lanza de luz antes de que cayera sobre la gente, para arrojarla sobre el borde a la ciudad.

Aún quedaban seis drones rondando por el estadio.

Habían renunciado a apuntar hacia la puerta y estaban disparando indiscriminadamente a la gente, no sabía si para castigarla o para convencernos de rendirnos.

Gilaf hizo una pasada bajo una andanada de disparos, llevándose el grueso de ella con el escudo pero impidiendo que diera en el estadio.

Su escudo cayó y tuvo que alejarse del coliseo para reiniciarlo.

Teníamos que acabar con esas naves rápido, antes de que mataran a más civiles.

—¿Dónde está ese otro dron? —pregunté—. El que podría llevar el hipercomunicador.

—Sigue volando —dijo Alanik—. Aquí.

Señaló un punto de los monitores cerca de las tres en punto. Me escoré para ir hacia él. No me gustaba dejar el estadio desprotegido, pero si conseguíamos desactivar ese hipercomunicador, derribaríamos todas las naves de golpe.

Me sobresalté cuando una pila de babosas se materializaron entre mi asiento y el de Alanik, amontonándose hasta alcanzar el de Suki.

La kitsen dio un gañido cuando Naga se deslizó fuera de la pila y la aplastó contra el panel de mandos.

Bob estaba entre los taynix, y también otras tres comubabosas que no había visto nunca, dos babosas explosivas, una conmocionadora, una inhibidora y dos hiperbabosas.

Estaban todas amontonadas, todas retorciéndose de pánico excepto Bob, que estaba en la cima del montón con aspecto orondo.

—¡Amigos! —exclamó Naga.

Amigos, desde luego.

—¡Naga! —dije—. ¡Lleva a Bob con Dayan!

—¡Dayan! —trinó Naga, y entonces Bob y ella desaparecieron otra vez, dejándonos con un montón de babosas desconocidas.

—¿Puedes… ponerlas en algún sitio? —pedí a Alanik.

Alanik levantó su brazo bueno al aire, exasperada.

—¿Alguna sugerencia?

No había tiempo. Viré de sopetón a un lado cuando un dron enemigo se puso a mi cola. Me lancé hacia arriba, intentando al mismo tiempo quitarme de encima a la nave y alejarla de los civiles. Pero el caza no mordió el anzuelo y siguió avanzando en línea recta y ángulo descendente hacia el estadio.

Tirda, todas las naves estaban volando rectas, como si… como si de pronto hubieran perdido los mandos de navegación y solo estuvieran siguiendo la última trayectoria que les habían ordenado.

Ay, estrellas. Naga les había quitado su comubabosa.

—¡Así me gusta, Naga! —la felicité.

—¡Así me gusta, Naga! —repitieron varias de las babosas nuevas.

—¡El enemigo ha perdido el control de sus naves! —grité por radio—. Naga ha rescatado a su comubabosa.

Teníamos que atrapar a los drones para asegurarnos de que no se estrellaran en la ciudad.

Ni en el coliseo. La nave que había estado siguiéndome iba a sobrevolar el coliseo y estrellarse en algún lugar del bosque fuera de la ciudad, pero otro caza de allí delante llevaba trayectoria de colisión con el exterior de la pared del estadio.

¿A cuánta gente mataría si se cargaba ese muro de piedra?

No quería averiguarlo. Me lancé en picado, llegué sobre la nave y la marqué con mi lanza de luz.

Ascendí de golpe y la remolqué sobre la cima del estadio hacia el bosque.

Ya había unas cuantas columnas de humo elevándose entre los árboles, y esperé que las naves no se hubieran estrellado contra nada importante, aunque las bajas serían mucho menores en el bosque que si los drones se estampaban en el estadio.

Volé bajo sobre el bosque fuera de la muralla de la ciudad, buscando un lugar con el follaje denso y deshabitado, y al encontrarlo solté los restos y viré para regresar.

Alanik estaba haciendo malabares con las babosas, buscándoles sitio en las hamacas, bajo el panel de mandos y detrás de nuestros asientos.

—Dayan —dije—, ¿cómo va en el estadio? No deberíais estar ya bajo ataque.

Oí mucho menos alivio en la voz de Dayan del que habría querido.

—Pero, Anfi, hay… hay gente saliendo por la puerta desde la ninguna-parte.

—¿Qué? —respondí—. ¿Cómo que gente?

—Guerreros —dijo Dayan.

—¿Vuestros gladiadores? ¿Están devolviéndoos a vuestra gente?

—No reconozco a nadie —dijo elle—. Llevan armas y armadura. El resto y yo nos hemos retirado, pero algunos vástagos aún viven. Están desorientados, así que de momento estamos evitándolos. Ay, cangrejos, los guerreros… están atacando a los civiles. Y gritando algo sobre el Elíseo.

Se me cayó el alma a los pies. Aquello no era una reunión feliz, por tanto. Estaba ocurriendo algo muy muy malo.

—Aguanta —dije—. Vamos para allá.

—¿Quieres que hipersaltemos? —propuso Alanik—. Puedo pedirle permiso a Bob.

—Tú y yo no serviremos de nada ahí abajo sin una nave —respondí—. Gilaf, nos reuniremos sobre el estadio. Hay que proporcionar apoyo aéreo. Dayan, asegúrate de que tu gente se aleja de esa puerta.

—¡Ya estamos lejos! —me aseguró elle.

Entré a toda velocidad en el coliseo, apunté y disparé. El techo de la cámara del portal se vino abajo y cayó sobre el ejército entrante, dejando solo una enorme pila de escombros y carne.

—Estamos llevando a los vástagos rampa arriba —dijo Dayan—. Vamos a usarlos para crear confusión entre los guerreros.

—Oigo a Ivy otra vez —avisó Alanik—. Está ordenando a los varvax que cierren el portal.

Estrellas, Sadie y Nedd estaban allí dentro. No podíamos dejarlos encerrados, y teníamos que saber de dónde venían aquellos soldados.

—Gilaf —dije—, si salen más soldados por esa puerta, dispárales. Ten cuidado de no darles a los gladiadores, a los vástagos ni a los civiles. Estás al mando aquí fuera.

—¿Cómo? —repuso Gilaf—. ¿Dónde vais vosotros?

Tenía una idea. Estrellas, quizá fuese una idea espantosa.

—Voy a hacer una estupidez muy gorda —confesé a Alanik—. ¿Quieres que te deje en el estadio antes de intentarla?

—Si vas a hacer una estupidez —dijo Alanik—, yo voy contigo.

—¡Yo también! —exclamó Suki.

Observé el campo de batalla bajo mi nave. Por las estrellas, Dayan se había subido a las ramas de un vástago y estaba llevándolo derecho hacia la rampa llena de guerreros. Los otros gladiadores corrían tras elle, espoleando al árbol.

Aceleré para adelantarlos y sobrevolé a los guerreros atacantes.

—Anfi —dijo Alanik—, ¿vamos a…?

—¡Agarraos! —grité.

Hice volar mi caza directamente a través de los cascotes de la puerta, evitando por poco la cabeza de los guerreros que intentaban salir de allí a empujones. La abertura era justo lo bastante grande para que la nave pasara sin quedarse sin alas y, por suerte, acerté de pleno.

Durante un instante todo se hizo negro, y entonces emergimos al otro lado.