38. Sadie
Sadie
Nedd y yo subimos la escalera a toda prisa.
Llegamos a una estancia llena de niebla, que emanaba de dos grandes máquinas casi enterradas bajo los pliegues del humo.
Emitían un sonoro zumbido, amortiguado solo por el fragor de los enormes ventiladores que enviaban la niebla en dirección a la rampa.
En nuestro lado de los ventiladores, el suelo estaba cubierto solo por una fina capa de humo fugitivo.
En la pared izquierda estaba el portal a la ninguna-parte.
Yo no había visto ninguno antes, ni siquiera en nuestro propio planeta.
Pero lo reconocí de todos modos por la descripción: era una pared cubierta de garabatos, como si alguien la hubiera recorrido con una tiza, moviendo la mano arriba y abajo para trazar una línea torcida tras otra.
Me pregunté si habría algún código en aquellas pinturas, algún idioma en el que era una iletrada.
Mientras Nedd y yo nos aproximábamos a la pared, de pronto noté la mochila más ligera. Miré dentro y encontré a Hoid al fondo, pero Bob había desaparecido.
—Hum, Nedd —dije, justo lo bastante fuerte para que se me oyera con el ruido de las máquinas—. Bob no está.
—¿Cómo? —respondió él—. ¿Y dónde ha ido?
Entre el bramido de los ventiladores, me llegó la vibración de la voz de Dayan por los altavoces del estadio.
—Hum —dije—, creo que ha ido a proyectar la voz de Dayan por el hipercomunicador. ¿Cruzamos sin él?
—Sí. Tenemos orden de cruzar el portal, así que hay que seguir adelante. De todas formas, igual tampoco habríamos podido usarlo para comunicarnos desde la ninguna-parte.
Estiré la mano y toqué los extraños garabatos, haciendo una mueca como si el portal fuese a tirar de mí hasta el otro lado como una aspiradora mágica. Aunque mis dedos permanecieron sobre el suelo, mis dedos sí que cruzaron. El portal estaba abierto.
Alcé la mirada hacia Nedd y sonreí. Si hacíamos aquello, quizá no habría vuelta atrás.
Estábamos a punto de entrar en la ninguna-parte, dominio de taynix, citónicos e inteligencias artificiales divinas.
La había oído describir alguna vez, con un inmenso archipiélago de masas de tierra flotantes, que se movían a la deriva en un abismo de espacio vacío.
Había una luz en el centro, y trozos de ciudades orbitando como asteroides entre ellas.
Si me quedaba atrapada allí, al menos vería algo que la mayoría de la gente normal nunca llegaba a presenciar.
Y yo, Sadie Chay, iba a cruzar la primera.
Cogí la mano de Nedd y aferré mi pistola con la otra. Él me miró sorprendido.
—No quiero que nos separemos —dije.
No era un gesto raro. Si tenía un buen motivo, no podía ser raro.
Entonces, sin esperar a que me contestara, crucé.
No aparecí en una isla, ni flotando en un abismo.
En vez de eso, Nedd y yo estábamos uno al lado del otro junto a la pared interior de algún tipo de almacén, enorme y rectangular, con una hilera de ventanas oscuras cerca del techo.
Era un espacio tan enorme como la mayor de las cavernas de cultivo allá en casa, ocupado por grandes grupos de lo que parecían miles de cabinas de limpieza apiladas unas sobre otras, conectadas entre sí por tubos y cables, junto con unos diales y manivelas que parecían pensados para hacer rotar las cabinas y permitir el acceso a todas.
Era como una especie de balneario gigantesco al que podía ir la población de una caverna entera de Detritus para bañarse a la vez.
Pero no podía ser eso. Dudaba mucho que un hatajo de varvax estuvieran recolectando a los mejores de los mejores luchadores cuerpo a cuerpo humanos para lavarlos. Aunque supuse que tampoco era quién para criticar su acervo cultural si era eso lo que hacían.
Más alarmante que los miles, quizá cientos de miles, de cabinas eran los varvax que correteaban entre ellas.
El portal que habíamos cruzado estaba desprotegido.
En lugar de defenderlo, los varvax corrían de aquí para allá, entre destellos de luz y aullidos de sirenas que los alertaban para hacer…
lo que fuese que estaban haciendo. Eran docenas, algunos con tablillas sujetapapeles, otro empujando carritos cargados con bolsas llenas de fluido para goteo intravenoso.
No llevaban túnica, y sus exoesqueletos estaban completos con su correspondiente cabeza.
La mayoría no parecían soldados. Daban más la impresión de ser… operarios de cubas.
La voz de Ivy llegó por unos altavoces, aunque hablaba en otro idioma. Activé mi alfiler para que interpretara sus palabras.
—Intrusos en el portal —dijo Ivy—. ¡No dejéis que interrumpan los preparativos!
Varios varvax corrieron hacia nosotros entre las cabinas, con armas cortas apuntadas en nuestra dirección.
—¡Alto! —exclamó uno—. ¡Soltad las armas!
Si soltábamos las armas, lo más probable sería que nos mataran.
Así que Nedd y yo nos arrojamos a cubierto detrás de la cabina más cercana y disparamos.
Los varvax devolvieron el fuego y le dieron a la cabina que teníamos delante.
Empezó a derramarse un líquido viscoso que se convertía de inmediato en vapor al despresurizarse.
Una oleada de frío me envolvió como si hubiera abierto de golpe un refrigerador y, a través de la parte rota de la cabina, vi el brazo y la mano del ser humano que contenía.
No estaban recolectando a gente. Estaban congelándola.
—Es algún tipo de cámara de estasis —dije—. Están preservando a todos estos humanos.
—Eso contesta a la pregunta de adónde van los gladiadores —respondió Nedd, disparando otra vez hacia los varvax por encima de la cabina.
Me di cuenta de que estábamos apoyándonos en algún tipo de monitor de constantes vitales.
La cámara medía e informaba sobre el nivel de oxígeno en sangre, la temperatura y el ritmo cardiaco.
Yo no era ninguna experta en medicina, pero todas esas cifras parecían muy por debajo de las normales en humanos.
La persona de dentro no estaba literalmente congelada, pero sus signos vitales se habían reducido al mínimo mientras la cámara la mantenía médicamente viva.
Pensé en lo que me había dicho Liba de que había otros planetas entrenando a humanos con distintas habilidades: pilotos, infantería, marina.
¿Los enviaban a todos a aquel lugar? Seguro que Ivy no necesitaba a cien mil luchadores cuerpo a cuerpo altamente especializados como los gladiadores.
Si aquello era de verdad un ejército bien equilibrado de humanos entrenados y listos para combatir a alienígenas, podría ser justo el recurso que necesitábamos para enfrentarnos a Ivy y volver a casa, sobre todo si había naves y armas de fuego almacenadas en aquellas instalaciones.
¿Podríamos despertar a toda aquella gente y convencerlos para que se pusieran de nuestro lado?
Pero también había otra pregunta importante: ¿para qué había reunido Ivy aquel ejército? ¿Qué pretendía hacer con él?
—¿Es que sois unos incompetentes? —espetó Ivy—. ¿Tengo que hacerlo todo yo misma?
—Tirda —dijo Nedd.
Una hueste de pequeños drones, no más grandes que taynix, llegaba volando por encima de las cabinas. Uno parecía idéntico a los drones-cámara del estadio, pero los demás tenían pequeñas armas y brillaban con una siniestra luz naranja.
—¡Vamos! —exclamó Nedd.
Corrió agachado por detrás del grupo de cabinas. Lo seguí con la pistola hacia atrás, y solo me detuve un momento para apuntarla a un dron y derribarlo del aire. Cayó sobre una cámara con un pesado tañido.
Pero los otros drones eran demasiado rápidos.
Ya descendían hacia nosotros. Nedd y yo disparamos como locos, pero solo conseguimos derribar a otro antes de que uno apretara el cañón resplandeciente de su arma contra la piel de mi nuca.
Levanté la mano para agarrarlo y quitármelo de encima, pero ya era demasiado tarde.
Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo, provocándome espasmos en todos los músculos.
Mi mochila cayó al suelo y oí que Hoid gemía dentro.
Todo mi cuerpo estaba chillando de dolor, y creo que chillé yo también, aunque no estaba segura de si había sido en voz alta o solo en mi mente.
—Traedme a los humanos —dijo Ivy por los altavoces—. Si no sois capaces de ocuparos de ellos, lo haré yo.
La corriente cesó, pero mis músculos seguían agarrotados y estaba indefensa en el suelo, incapaz de resistirme mientras los varvax nos levantaban por las axilas y se nos llevaban.