Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 39. Arturo
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39. Arturo

Arturo

—Oh, estrellas. —Miré las naves que se aproximaban. Bob seguía retransmitiendo mis palabras, sin saber que ya no iban dirigidas al público—. Van a atacar. Los tirdosos varvax van a atacar el coliseo.

Esas naves llegarían en cuestión de segundos.

—Tenemos que llegar a nuestras naves —dije a Alanik.

Bob captó el mensaje con eso y la transmisión se cortó a mitad de frase.

Pero… estrellas, acababa de decirle a un estadio lleno de gente que estaban bajo ataque.

Muchos de ellos habrían visto la nave que había fuera de la muralla de la ciudad, y todos habrían oído hablar de ella.

Ya oía las voces de las gradas empezando a alzarse, el pánico empezando a dominarlas.

No había tenido tiempo. Tenía que dejarle el control de aquella gente a Dayan y confiar en que pudiese evitar un tumulto. Si una muchedumbre tan grande intentaba huir en tropel, podría haber gente aplastada.

—Bob, quédate con Dayan —ordené mientras Alanik me ponía una mano en el hombro—. Estrellas, ahora tenemos que esperar al hipersalto.

Las naves quizá habrían destruido el estadio para entonces.

—Podemos irnos ya —informó Alanik—. He solicitado uno cuando Ivy ha anunciado que Dayan era une traidore. Me ha parecido que teníamos una necesidad inmediata.

No le había ordenado hacer aquello, pero no me disgustó que lo hubiera hecho. Alanik puso la otra mano en el hombro de Gilaf.

—Haremos lo posible por quitároslos de encima —dije a Dayan.

Al instante, dejamos atrás el estadio. A todos aquellos humanos a punto de recibir fuego de destructor. Sin escudos. Sin naves. Sin un techo siquiera entre ellos y la inmensa potencia de fuego de unos cazas estelares enemigos. Solo estaban Dayan y Bob para intentar que no cundiera el pánico.

Aparecimos cerca de nuestras naves.

—Alanik, tú vuelas conmigo —dije, corriendo hacia el Dulo.

Estaba herida y solo teníamos dos naves para tres pilotos.

Desde el asiento de al lado, podía ayudarme a gestionar los taynix y tenerle un ojo echado al enemigo.

Dejé salir a Suki para que pudiera subir al asiento del panel de mandos del Dulo.

Alanik y yo vaciamos nuestras mochilas de taynix y le pasé a Mimitos y Plam a Gilaf mientras subía al otro caza estelar. Alanik y yo nos quedamos a Nanay.

Pero faltaba Naga.

—¡Naga! —grité, esperando encontrarla esperando en el panel de mandos, o ya en su hamaca junto al asiento, pero no estaba. La última vez que la vi, acababa de aparecer en el coliseo—. Suki, ¿has visto dónde ha ido?

—Ha hipersaltado mientras aún estábamos en el estadio —respondió Suki.

—Tirda.

Naga era una hiperbabosa, así que no se habría quedado atrás a menos que quisiera.

—No hay tiempo de buscarla —dijo Alanik—. Tendrá que alcanzarnos ella.

Estrellas, esperé que estuviese bien, pero Alanik tenía razón. Necesitábamos volver al coliseo ya mismo.

Suki se puso las correas en el asiento del panel. Olvidé la lista de comprobaciones previas. Ni siquiera el legalista de Jorgen se complicaría con ella en esas circunstancias. Levanté mi nave del suelo y ascendí hasta justo debajo de la copa de los árboles.

—Espíritu, ¿preparado? —pregunté.

—Preparado —dijo Gilaf.

Estrellas, ¿qué creía que estábamos a punto de hacer? Éramos dos tirdosas naves contra lo que fuese que Ivy tenía a su disposición.

Pero no pensaba dejar a la gente del estadio indefensa.

—Vamos a ello —dije—. Derriba drones enemigos. Impide que disparen a los civiles del coliseo. Si te cargas una nave, asegúrate de atrapar los restos. No dejes que le caigan encima a la gente. ¿Recibido?

—¡Recibido! —exclamó Gilaf—. Pero la lanza de luz de esta nave está rota, así que tendrás que atrapar tú los restos.

—Entendido —respondí, y los dos salimos disparados a través de los árboles en dirección al estadio.

Las naves enemigas ya habían llegado y una estaba disparando a la multitud, dispersando fuego de destructor entre las gradas.

Estrellas, ya estaba muriendo gente. No teníamos ni un momento que perder, y teníamos que ir con cuidado o haríamos llover un infierno tanto sobre el coliseo como sobre las calles de alrededor.

Gilaf llegó primero a los drones y se puso a serpentear delante de ellos, atrayendo su atención hacia arriba, lejos de la multitud.

Las naves enemigas no escatimaban con los destructores y Gilaf se llevó un impacto, pero consiguió llevarse a unas cuantas del estadio.

—Oigo a Ivy por el hipercomunicador dando instrucciones a los pilotos —dijo Alanik. Esas comunicaciones eran citónicas, lo que permitía a Alanik interceptarlas—. Van a atacar a Dayan y Bob para que no puedan seguir hablando.

Tenía sentido. Ivy quería recobrar el control. Sobrevolé la parte alta abierta del estadio e hice un giro Imban, preparándome para derribar cualquier cosa que apuntara a Dayan y los demás gladiadores.

—Por las ramas —dijo Alanik.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Que ya no los oigo. Una de esas naves lleva un inhibidor.

Tirda. La Supremacía solo había puesto inhibidores en naves de guerra, no en cazas pequeños. Pero era evidente que Ivy no colaboraba con la Supremacía, ni tampoco seguía sus normas.

—¿Has perdido tu citónica? —pregunté.

—Sí. No oigo el hipercomunicador, ni tampoco podré teleportarnos fuera de aquí si esto sale mal.

Tirda. Éramos dos naves contra toda un ala enemiga, sin contar con ninguno de nuestros recursos citónicos para contribuir a la causa. Plam, Mimitos, la propia Alanik: todos neutralizados.

—Anfi —llamó Gilaf—, ¿órdenes?

Podíamos huir. Podíamos dar media vuelta, sobrecargar propulsores hasta salir del campo inhibidor y largarnos de allí.

Sadie y Nedd ya deberían estar en la ninguna-parte a esas alturas.

Quizá encontraríamos otro modo de sacarlos, o volveríamos a hurtadillas y entraríamos tras ellos cuando la carnicería hubiera terminado.

Pero nuestra misión era abrir camino para establecer relaciones diplomáticas con aquellos humanos. Y los drones estaban atacándolos por nuestra culpa. Ese infierno se lo habíamos desatado nosotros encima.

No podíamos abandonarlos. No íbamos a hacerlo.

—Proteger a los civiles —dije—. Defender el coliseo. Quizá no podamos salvarlos a todos, pero créeme que vamos a intentarlo.

A mi lado, Alanik asintió. Suki levantó su puñito en gesto de aprobación. Estaban dispuestas a morir en aquel lugar, junto a mí, para impedir aquella atrocidad.

Solo esperé que el sacrificio no fuese en balde.