37. Arturo #2
Dayan corrió hacia el borde de la palestra. En vez de salir de inmediato, trotó por la arena hasta llegar a la rampa, rebasó el murete y se puso junto a Errol. Malia llegó un momento después y les dio una palmada en la espalda a Errol y a Dayan.
Quedaban cinco gladiadores en la arena, y solo tres vástagos en activo. No había estado siguiendo las estrategias de los demás, pero sus puntuaciones no dejaban de subir.
—¿Van a ganar todos? —pregunté—. Porque, si van a llevárselos igualmente, ¿qué sentido tiene esto?
Alanik negó con la cabeza.
Aquello era todo teatro. Tenía que serlo.
Pero, si a los varvax les daba igual quiénes eran los mejores combatientes, si solo querían llevarse a humanos por el portal, ¿para qué molestarse en organizar unos juegos?
¿Por qué no secuestrar a humanos mientras dormían, por qué no llevarse a criminales o prisioneros?
Los varvax dedicaban mucho esfuerzo a aquellos torneos, a hacer que los humanos lucharan.
¿Era porque creían que éramos violentos, que aquello era lo que queríamos, o había algún propósito más profundo?
Cayeron otros dos vástagos y dos gladiadores más se unieron a sus compañeros en la rampa.
Uno de los que quedaban había llegado cojeando al borde de la palestra para refugiarse cerca de otro gladiador herido, agarrándose el brazo, que parecía roto.
Varios espectadores ayudaron a sacar a los dos maltrechos gladiadores de la palestra y de la pelea.
El último gladiador alzó la mirada hacia los ojos del vástago que quedaba, que había logrado conservar al menos la mitad de sus extremidades.
El público pareció inhalar una bocanada colectiva, y entonces el gladiador se abalanzó contra el vástago con una lanza.
La criatura se movió y el gladiador pasó de largo corriendo, se volvió y arrojó su lanza contra la espalda del vástago.
El árbol se derrumbó y rodó por la arena.
No habría sabido decir si estaba muerto o solo incapacitado, pero al ver que no volvía a levantarse, el público dio unos vítores tan ruidosos que no pude oír el anuncio de los puntos del último gladiador.
Vi cómo se unía a los demás en la rampa.
Empecé a avanzar pegado a la pared, mirando cómo empezaba a salir humo entre los listones decorativos de la puerta metálica.
—¡Gladiadores! —atronó la voz de Ivy—. ¡Os habéis demostrado dignos de uniros a las filas de vuestros antepasados en el Elíseo! Acercaos para reclamar vuestro lugar en los ejércitos de vuestros ancestros.
Desde el final de la rampa, Dayan me miró a los ojos y asintió.
—Allá vamos —dije a Alanik y Gilaf.
La puerta que llevaba al Elíseo se deslizó hacia arriba y el humo descendió por la rampa en oleadas, como una avalancha de nubes, revelando a dos figuras con túnica. Alanik y yo estábamos solo a unos metros de ellas, pero esperamos mientras Dayan y los demás gladiadores subían por la rampa.
Errol Ejecutor iba en primer lugar. Caminaba con la cabeza gacha, en gesto de respeto a los sacerdotes, pero aún llevaba el hacha en las manos.
Ivy no podía exigir que los desarmaran: iban a la guerra, al fin y al cabo, a defender a la humanidad en el Elíseo.
Dayan seguía de cerca a Errol, con el látigo de luz apagado y la postura modesta, nada amenazadora.
Los otros gladiadores subían por detrás, sin dar ninguna señal de que pasara nada raro.
Pero cuando la niebla ya le llegaba a Errol por las rodillas, a solo un metro de los sacerdotes con túnica que iban a llevárselo por el portal, movió atrás el hacha y atacó con ella al sacerdote más cercano. Lo partió por la mitad de un solo golpe.
Un silencio aturdido embargó al público.
La gente que estaba cerca de la rampa miró conmocionada mientras Dayan daba un paso adelante y arrancaba la túnica de los pedazos del caparazón del varvax, que quedó expuesto.
Dayan agarró un trozo de caparazón y lo sacó de la niebla.
De él goteaba un líquido marrón… y una criatura parecida a un cangrejo salió correteando y cayó a las volutas de humo.
Dayan se agachó, lo agarró por una pata y lo sostuvo en alto.
Por un instante, las pantallas mostraron al auténtico varvax con forma de cangrejo en toda su desnuda gloria.
Entonces las pantallas se apagaron.
—¡Nos han engañado! —gritó Dayan.
Estaba dirigiéndose a todo el público, pero su voz no era lo bastante potente para que la oyera apenas nadie sin amplificación.
—Dayan Diabueno —resonó la voz de Ivy por todo el estadio, ahogando las palabras de Dayan—. Eres une traidore a tu especie, ¡y une traidore al Elíseo!
Ay, estrellas, Ivy iba a decirle a la gente que Dayan era el problema y, sin una manera de emitir nuestro propio mensaje, el público no tendría nadie más a quien creer.
—¿Bob aún está a este lado del portal? —pregunté a Alanik—. ¿Puedes comunicarte con él?
Alanik estuvo callada un momento.
—Sigue aquí. ¿Qué quieres que le diga?
—Dile que necesitamos que venga aquí y emita la voz de Dayan al público a través del hipercomunicador del coliseo —respondí—. ¿Podrá hacerlo?
—Creo que sí —dijo Alanik.
Por las estrellas, si lo hacíamos así, estaríamos dejando a Sadie y a Nedd sin forma de comunicarse con nosotros después de cruzar el portal.
Pero no podíamos arriesgarnos a que Ivy pusiera a la multitud en contra de Dayan.
Si pasaba, estábamos todos muertos. Tendríamos que buscar otra forma de comunicarnos con ellos, o esperar que Nedd y Sadie lograran salir del portal por su cuenta.
Salió otro varvax con túnica que levantó su pistola hacia Dayan, pero elle descargó su látigo de luz, obligando al varvax a retroceder y dejar de apuntar. El público estaba empezando a refunfuñar llamando traidore a Dayan, y no teníamos mucho tiempo para invertir la tendencia.
Los gladiadores cargaron contra los varvax y yo salté por encima del murete que separaba al público de la puerta del Elíseo. Alanik y Gilaf me siguieron, igual que varias personas del público. Unos momentos después, Naga desapareció y luego reapareció acompañada de Bob, sobre mis hombros.
Entretanto, los gladiadores no habían perdido tiempo con los varvax.
Malia clavó su lanza en el más alejado de Dayan y envió una corriente eléctrica a través de él.
El caparazón salió volando hacia atrás entre la niebla y cayó con un golpe seco.
Errol y otro gladiador apartaron al otro varvax de Dayan y lo retuvieron contra el suelo.
Llegué hasta Dayan, le puse una mano en el hombro y le pasé a Bob. El taynix erizó sus pinchos anaranjados, como poniéndose en posición de firmes.
—Háblale otra vez al público —dije—. Bob emitirá tus palabras.
Con los varvax reducidos, Dayan se volvió hacia la multitud.
—¡Nos han engañado! —repitió, y su voz reverberó en los altavoces.
—¡Sigue hablando! —exclamé.
—¡Nos han mentido! —gritó Dayan—. Esos sacerdotes no están llevándonos al Elíseo. ¡Son de una especie alienígena que está secuestrando a nuestros mejores combatientes! ¡Están reprimiéndonos, impidiendo que contraataquemos!
El público vibró.
—No sé dónde han ido nuestros gladiadores —añadió Dayan—. No sé qué nos espera en el Elíseo, ¡pero tenemos que plantarles cara!
Hubo gente del público que gritó furiosa a Dayan, pero la mayoría solo parecían confusos. Los gladiadores formaron un círculo prieto a su alrededor.
—Hemos recibido a visitantes de otro planeta —dijo Dayan, señalándome—. Son otros seres humanos, aliados nuestros que también estuvieron encerrados por esos extraños alienígenas.
—¡Son el enemigo! —gritó alguien de la multitud, y muchos otros se mostraron de acuerdo.
—Los varvax que nos han retenido aquí —dijo Dayan al público, señalando al que Errol tenía inmovilizado—, los que han secuestrado a nuestros gladiadores con promesas del Elíseo, ¡ellos son el enemigo!
Estos humanos han venido a ayudarnos. Traen noticias que nunca habríamos podido imaginar.
Las guerras galácticas han terminado. —Dayan me miró a los ojos—. Y la victoria es nuestra.
Hubo un momento de silencio, y entonces una parte del público empezó a vitorear, aunque la gente sonaba confusa, insegura.
Las cosas eran mucho más complicadas que lo que aquellos humanos alcanzarían a comprender, pero si conseguíamos que al menos creyesen aquello, que ya no había que luchar más, que la guerra ya estaba ganada, quizá después podríamos convencerlos de que empezaran a considerar a especies alienígenas como posibles aliadas.
Quizá podríamos llevarlos un paso más cerca de estar preparados para unirse a nuestra alianza.
—Es verdad —dije, y Bob amplificó mi voz junto a la de Dayan, haciéndola audible para miles de humanos—. Somos amigos, y hemos venido a ayudar.
Era un sentimiento muy simple, pero el único que me veía capaz de transmitir a tantísima gente a la vez. Era el mensaje que nos enviaron los taynix, una y otra vez, la base de nuestra alianza con ellos.
Quizá era el mensaje más importante que un grupo de gente podía enviarle a otro. Quizá todo lo demás era solo ruido.
—¿Y qué hay del Elíseo? —gritó alguien entre la muchedumbre—. ¿Dónde están los gladiadores, si la guerra ha terminado?
—Tenemos que encontrarlos —dijo Dayan—, y tenemos que traerlos a casa.
Dayan volvió a mirarme. No tenía ninguna respuesta sobre los gladiadores ni sobre el Elíseo. Esperé que Nedd y Sadie estuvieran aprovechando la ocasión para meterse en el portal, si podían.
—Os ayudaremos a encontrarlos —prometí a Dayan, y Bob emitió mis palabras.
Pero entonces, muy por encima de nuestras cabezas, al borde de la pared del coliseo, algo me llamó la atención. Un objeto, moviéndose en el cielo.
Un caza dron enemigo, que venía derecho hacia nosotros.