37. Arturo
Arturo
El estadio estaba atestado, sin apenas espacio entre un espectador y el siguiente.
Alanik, Gilaf y yo no pudimos conseguir asientos, así que nos apretujamos en el pasillo, acosados desde todas partes por aficionados sudorosos y gritones.
Me alegré de haber enviado a la mitad de los taynix con el otro grupo, porque ya era bastante difícil escudar a Suki de la muchedumbre.
Con tanta gente tan cerca, era imposible que habláramos con ella sin que nuestros vecinos se dieran cuenta de que las mochilas nos respondían.
Sadie y Nedd habían desaparecido por la escalera que llevaba debajo de la palestra.
Confié en que no encontraran demasiada resistencia allí abajo, pero, si la había, por lo menos estaban juntos.
Alanik aún podía comunicarse con Bob y llevar a nuestro equipo hipersaltando si hacía falta, aunque evidentemente eso llamaría la atención de los varvax.
Y no sabíamos si la comunicación seguiría funcionando cuando Sadie y Nedd cruzaran el portal.
La voz de Ivy terminó de presentar a los gladiadores.
Malia Matabrigo estaba allí, además de un tío enorme con el pecho y los brazos cubiertos por completo con el tatuaje de un poderoso vástago.
Los ojos del árbol miraban desde su pecho, y unas ramas afiladas se extendían sobre sus hombros y bajaban por sus brazos.
No sabía si se podía intimidar a un vástago con tatuajes, pero a mí desde luego me habría dado miedo.
Llevaba un hacha enorme a dos manos, con un mango casi tan alto como él.
Lo habían presentado como Errol Ejecutor, y me parecía el nombre más apropiado del universo.
—Apuesto por ese —dije, dándole un codazo a Alanik mientras Errol bajaba de un salto a la arena, seguido por los demás gladiadores.
—¿No deberías ir a favor de nuestre aliade? —me susurró Alanik.
—Y voy —respondí—. ¡Pero es que míralo!
Todos los gladiadores corrieron hacia los vástagos.
Dayan se destacó del grupo, llegó hasta una de las criaturas con cicatrices de batalla y enlazó una rama de arriba con su látigo de luz.
Se izó a la copa del árbol, plantó los pies y rodeó otra extremidad cercana con el látigo.
El vástago se revolvió, pero Dayan estaba bien agarrade.
Los demás se dispersaron entre los cinco objetivos.
—Estrellas, menudo montón de vástagos —dije.
Salían casi a uno por gladiador. El anterior combate que habíamos visto había sido de tres contra uno.
—Tiene sentido —dijo Alanik—. Cuantos más enemigos, más oportunidades de ganar puntos.
Era cierto. El primer vástago estaba intentando agarrar a Dayan en su copa, pero le gladiadore se resguardó detrás de las ramas, así que la criatura recurrió a sacudir el cuerpo entero adelante y atrás, haciendo oscilar a Dayan de un lado a otro en arco.
Sus pies se separaron de la rama y quedó sujete al árbol solo por el látigo de luz, cuyos brillantes zarcillos le daban dos vueltas en torno a las muñecas.
Me pregunté qué pasaría si los gladiadores dejaban de amenazar a los vástagos.
¿Las criaturas seguirían luchando o buscarían alguna forma de escapar, como había hecho el vástago del bosque?
A nuestro alrededor, el público estaba contando para Dayan.
—Once… Doce…
—Mira eso —dijo Alanik.
Estaba señalando hacia los drones-cámara. En la pelea anterior enfocaban solo a los gladiadores, proyectándolos en las pantallas. Ese día, varios de ellos flotaban también delante del público y capturaban metraje de los espectadores, que mostraban de vez en cuando.
Supuse que Ivy estaría buscándonos. Los varvax ya sabían el aspecto que teníamos, pero contábamos con la protección de la multitud y, al menos de momento, Ivy parecía estar más interesada en mandar a tantos gladiadores como pudiera al Elíseo que en peinar toda una ciudad para dar con nosotros.
Me pregunté qué le pasaría a aquella gente cuando el torneo concluyera, si los varvax pretendían abandonar el planeta, retirarse por el portal y desaparecer en la ninguna-parte.
Sería bueno para la gente de Infortunio, que quedaría libre de la manipulación varvax, pero no respondería a nuestras grandes preguntas sobre qué estaban haciendo allí esos varvax y por qué.
El vástago por fin se quitó de encima a Dayan, aunque el látigo de luz seguía enredado en sus ramas más altas.
Alanik me agarró el brazo mientras veíamos a Dayan caer y rodar hasta detenerse junto a una rama rota y retorcida.
Una gladiadora, armada con un lanzador de arpones, llegó a la carga y atacó al vástago desde atrás.
La criatura se convulsionó mientras Dayan se ponía de pie, aunque parecía dolerse un poco del brazo derecho.
El público rugió, contando de nuevo, aunque en esa ocasión para Errol, que estaba enfrentándose a uno de los vástagos más sanos y cortándole ramas de una en una.
—¡Mirad! —gritó Gilaf mientras Dayan echaba a correr hacia el vástago que tenía su látigo enganchado en el follaje.
Sostuvo la espada corta por delante mientras saltaba a las ramas, para ir clavando el arma y usarla a modo de asidero en su ascenso.
La criatura se sacudió por la descarga eléctrica de una lanza que empuñaba un adversario de Dayan, con las ramas erizándose y temblando.
Dayan trepó por el vástago, agarró el mango del látigo de luz y lo apagó.
Al desaparecer la luz, el mango quedó libre de las ramas.
Dayan lo reactivó y atrapó una rama bien gruesa, apretó el cuerpo contra ella y utilizó el látigo para atarse por la cintura y así aguantar mejor sujete al vástago.
Esa vez el árbol trastabilló por la palestra, casi derribando al gladiador que lo había aturdido.
Las extremidades que le quedaban se arrastraron por la arena, alzando el inmenso tronco sobre los cadáveres podridos de otros vástagos.
Se elevó otra cuenta entre el público, ya que la de Errol proseguía después de haber cercenado más de una cuarta parte de las ramas de su vástago, todas de un lado, de modo que la criatura cojeaba torciendo las piernas, intentando alejarse de él.
Las dos cuentas, la de las ramas de Errol y la del tiempo en el aire de Dayan, se entremezclaron y al final ya no supe qué números entonaba la gente ni para quién.
En el otro lado de la palestra, tres gladiadores acabaron con el otro vástago lleno de cicatrices y corrieron a unirse al combate contra el resto.
En la pared del fondo había un marcador con sus nombres.
Errol iba ganando en puntos, sin duda por su enorme leñero de ramas amputadas, y Dayan estaba en segundo lugar.
—¡Errol Ejecutor ha obtenido los puntos suficientes para ascender! —gritó Ivy mientras la puntuación ascendía junto al nombre del gladiador—. Por favor, procede hacia la puerta y espera a que los demás terminen.
Errol titubeó mientras el vástago se alejaba a rastras, incapaz ya de levantar el tronco por completo de la arena. Varios otros gladiadores dejaron de luchar para mirarlo, mientras el público murmuraba confuso.
La última vez, esa locución había llegado al final de la batalla. No habían retirado a Gamon a mitad de combate, aunque hubiera acumulado la cantidad de puntos adecuada.
—¡Errol Ejecutor, por favor, procede hacia la puerta al Elíseo! —gritó Ivy de nuevo.
Errol fue al trote hasta el borde más cercano de la palestra y se subió al murete. El público de esa zona extendió los brazos hacia él y Errol pasó corriendo hasta nuestro lado de los asientos, por donde bajó a la rampa vacía.
La puerta seguía cerrada y Errol se quedó allí con su hacha en las manos, esperando. Me pregunté si estaría entre la gente a la que Dayan había advertido sobre lo que iba a pasar.
—¡La batalla continúa! —proclamó Ivy, y los otros gladiadores retomaron la lucha.
Mientras Dayan se recuperaba de su segunda caída desde las ramas del vástago, Malia aturdió a uno de los árboles que aún estaban sanos con una descarga de su lanza electrificada.
Otros dos gladiadores, armados con espadas láser, rodearon a la bestia y empezaron a cortar estratégicamente, concentrándose en las ramas que sostenían el tronco.
El vástago se estremeció, inclinándose de lado al perder el apoyo, y entonces Malia le dio otra descarga y un empujón con el pie que lo envió rodando de costado a la arena.
El público se volvió loco y Malia acumuló puntos y superó a Dayan, pasando a encabezar la tabla de clasificación.
El vástago intentó enderezarse, fracasó y cayó otra vez al suelo, y entonces Dayan se lanzó a la carga, trepó por su tronco y se metió entre las ramas.
La criatura se sacudió, intentando expulsar a Dayan, pero le gladiadore se había apoyado bien entre dos ramas, con el látigo de luz extendido alrededor de ambas para afianzarse. El vástago clavó las ramas que le quedaban en la arena y se levantó, y entonces el público empezó a contar.
Los puntos de Dayan en el marcador subían a cada momento que pasaba en el aire. Malia atacó al árbol con su lanza y Dayan saltó en el aire, soltándose del árbol mientras la descarga eléctrica le sacudía el cuerpo.
Aterrizó de nuevo en el árbol y la cuenta prosiguió.
Su puntuación siguió ascendiendo. Malia clavó de nuevo su lanza en la criatura y esa vez Dayan saltó desde las ramas y aterrizó en la arena mientras Malia continuaba atacando.
El vástago rodó en el suelo, golpeándolo con las ramas que le quedaban como en gesto de rendición.
Una cosa era luchar contra una criatura empeñada en atacarte y otra muy distinta torturarla mientras literalmente su cabeza estaba enterrada en la arena.
Cuando el vástago no volvió a levantarse, Malia alzó su lanza en señal de victoria y su puntuación ascendió de nuevo, aunque la de Dayan ya era más alta que la suya y que la que había alcanzado Errol.
—¡Malia Matabrigo y Dayan Diabueno han ganado los suficientes puntos para ascender! —gritó Ivy—. Por favor, uníos a Errol Ejecutor en la puerta mientras la batalla concluye.