36. Sadie
Sadie
Iba sentada junto a Nedd en el ala de la nave, que llevaba una ilusión que la hacía parecer la cubierta de una barca.
Tenía el pelo oculto bajo el pañuelo que había comprado en la ciudad, con ganchitos por debajo para que no se saliera ningún mechón.
Si iba a morir en la ninguna-parte, por lo menos llevaría los accesorios adecuados para ello.
—¿Hay alguna forma de saber qué árboles son vástagos? —pregunté.
—Unos se mueven y los otros no —llegó la voz de Dayan desde la otra ala.
—Pero ¿es la única diferencia? Me alucina que se parezcan tanto. ¿Creéis que serán parientes? ¿Los árboles evolucionaron en vástagos o los vástagos en árboles? ¿O es que los vástagos son una especie completamente distinta que evolucionó para parecerse a los árboles que tenía cerca?
Estrellas, ya estaba parloteando otra vez. Por lo menos, esa vez no parloteaba sobre el trauma de Nedd.
—Supongo que será eso último —dijo Nedd—. Transformarse de árbol en vástago parece un salto evolutivo bastante gordo.
—Pues sí —coincidí—. Y supongo que sería un paso atrás echar raíces y dejar de moverte para siempre.
Me pregunté si se reproducirían mediante esporas similares, si habían llegado juntos a aquel planeta.
Empezamos a cruzarnos con otras embarcaciones en el río: balsas motorizadas, pequeñas barcas también a motor e incluso alguna que otra barcaza remolcada por un vástago podado, como la que habíamos seguido hasta la ciudad la primera vez.
Nedd y yo teníamos que tener cuidado de no dejar que las piernas colgaran por partes de la ilusión que atravesarían.
Hasta unos marineros ocupados terminarían dándose cuenta.
Al poco tiempo, empezamos a ver la ciudad por encima de los árboles, cada vez más y más a medida que el bosque empezaba a ralear a nuestro paso.
Oí que Dayan maldecía. Justo por delante, en la misma ribera, estaban los restos de una nave enemiga parcialmente sumergidos, como si el dron hubiera caído al río y luego lo hubieran sacado.
—Por las estrellas —dije—. ¿Pensarán que son naves alienígenas, que han venido a atacarlos desde el mismo Elíseo?
—Es lo que yo supondría —respondió Dayan.
Por lo menos, si había caído en el río y no en la ciudad, las bajas probablemente habrían sido mínimas.
La «barca» de Arturo aceleró hasta ponerse a nuestra altura.
—Busquemos un sitio donde esconder las naves —dijo—. Haremos el resto del camino a pie.
Tenía sentido. Podríamos atracar las naves cerca de la ciudad, pero Hoid no podría mantener la ilusión para siempre si iba a acompañarnos a Nedd y a mí para colarnos por el portal.
En el siguiente recodo del río, nos detuvimos junto a la orilla y esperamos a que no pasara ninguna barca.
Entonces le pedimos a Hoid que levantara una ilusión de la ribera a nuestra espalda mientras llevábamos las naves, volando a velocidad de hangar, hasta una arboleda.
No estaba tan apartada como nuestro anterior escondrijo, pero la vegetación parecía intacta, así que debería bastar para unas horas, por lo menos.
Cuando hubimos ocultado las naves, salimos todos para recorrer el camino que seguía la orilla hasta la ciudad.
—Podrías quedarte con las naves —dijo Arturo a Alanik mientras ella bajaba del Dulo—. Para asegurarnos de que nadie las descubra.
—También podrías quedarte tú —replicó ella—. O asignarle la guardia a otra persona.
Arturo suspiró.
—Bien. Pero si el dolor empeora demasiado, o si empiezas a marearte, tienes que informarme al instante. Promételo.
Alanik asintió.
—Lo prometo —dijo.
No sabía si Alanik cumpliría esa promesa, pero tampoco iba a defender la idea de dejarla atrás.
La zona de tenderetes estaba más vacía que la vez anterior y, mientras la cruzábamos, una mujer reconoció a Dayan y se puso a hacer emocionados aspavientos.
—¿Cómo es que no estás en el coliseo? —le preguntó—. ¿El torneo final no estaba a punto de empezar? ¡He apostado a que ascenderás!
—Ya voy para allá —dijo Dayan—. ¿Has visto esa nave derribada fuera de la muralla? ¿Qué ha pasado?
—Que ya viene el Final de Todo —respondió la mujer—. Algunos gladiadores irán al Elíseo, y los que no lo consigan se quedarán aquí para defendernos cuando llegue el resto de los alienígenas.
Estrellas, iban a necesitar mucho más que unos cuantos gladiadores si pasaba eso. Me alegré de que en realidad no estuviéramos librando una batalla galáctica, porque no teníamos las suficientes naves allí para defender a aquella gente si llegábamos a eso.
—No se preocupe, señora, que Dayan llegará a tiempo —dijo Arturo, azuzando a Dayan en dirección al estadio.
—Deben de haber adelantado el horario —lamentó Dayan—. No voy a tener tanto tiempo como quería para hablar con el resto de los aspirantes. Pero haré correr la voz. Todo el mundo está al tanto de la desaparición de Zimmel. Querrán luchar.
Eso esperaba, porque iban a hacernos falta.
En nuestra anterior llegada al coliseo, la multitud ya había sido impresionante, pero esa vez las gradas estaban a rebosar.
Había gente de pie en los pasillos y cubriendo la pared trasera, otra mucha sentada en los escalones o levantada en la parte baja, con los brazos colgando sobre el borde de la palestra.
Aquel público tan numeroso era una tapadera estupenda: así era imposible que nuestro grupito destacara.
Nedd y yo nos separamos del resto, que se quedó buscando asientos mientras íbamos hacia la escalera que llevaba al subsuelo.
Más nos valía no tener mucha prisa. La muchedumbre era tan densa que, a ese ritmo, el combate habría terminado para cuando llegáramos.
Me puse la mochila por delante, sujeta al pecho, y le pisé los talones a Nedd para proteger a Hoid y Bob de los codazos de la gente. Nedd llevaba a Vuelta en la mochila a su espalda, para que cuidara yo de todas las babosas mientras él se abría paso entre el gentío.
Dayan ya se había reunido con el resto de los gladiadores, que estaban haciendo estiramientos, saludando al público y esperando a que diese comienzo el combate, con su imagen proyectada en las pantallas de arriba.
Eran siete hasta el momento. Si aquel torneo se parecía en algo al que habíamos visto, lo más probable era que terminara deprisa.
Un carro descendió marcha atrás por la rampa y liberó a un gran vástago en el suelo de la palestra.
En el lado opuesto se abrió una puerta y empujaron a otros dos vástagos con varias ramas rotas a la arena.
Esos dos estaban cubiertos de cortes y cicatrices, marcadas por gruesas y protuberantes capas de corteza.
Serían los supervivientes de anteriores batallas, supuse, traídos allí para un último combate.
Mientras avanzábamos por el atestado pasillo inferior, atisbé a Arturo, Alanik y Gilaf abriéndose paso por el pasillo que había cerca de la rampa que llevaba al portal del Elíseo.
Esperarían allí para apoyar a Dayan cuando el combate hubiera terminado.
Arturo estaba mirándonos con cara de preocupación.
Supuse que estaba preocupado por lo que pasaría si no llegábamos a tiempo al portal y, a la vez, por lo que ocurriría si sí.
El público empezó a vitorear y vi un destello de banderas por debajo de nosotros cuando la corredora recorrió de nuevo el perímetro de la palestra a la carrera, enardeciendo a la multitud.
—No tenemos tiempo —dije—. Voy a empezar a repartir patadas.
No le di ningún puntapié real a nadie, pero sí que usé los codos para adelantar a Nedd y empezar a avanzar más agresivamente, protegiendo con los brazos a las babosas de mi mochila.
Estaba resguardándolas bastante bien hasta que los altavoces empezaron a presentar a los gladiadores, uno por uno.
Entonces la primera fila de gente se levantó de sopetón, y una de ellos alzó los brazos emocionada, empujó el mío y dio un golpe a mi mochila, justo en el bolsillo.
Una babosa dio un gañido y yo chillé para taparlo.
La mujer que nos había golpeado, que tenía a un niño de pie a su lado sobre el banco, intentando subirse a ella por el costado para ver mejor, no pareció darse cuenta.
Me acerqué más la mochila a la cara, seguí avanzando como pude y me metí por un hueco entre la gente que había de pie al borde de la palestra, dando voces.
—¡Mira eso! —exclamó Nedd a mi lado.
Me volví para ver a otros dos vástagos que sacaban de un carro a la arena.
La multitud estaba enloqueciendo; dudé mucho que hubieran visto alguna vez un combate contra cinco vástagos.
Ya eran ocho gladiadores. Dayan estaba entre ellos, empuñando tanto un látigo de luz como una espada corta.
Cuando dijeron su nombre, alzó ambos por encima de la cabeza, luciéndose para el público.
Esperé que a Dayan no le pasara nada allí fuera. No sería fácil seguir una batalla con tantos vástagos y tantos competidores. Si mataban a Dayan durante el combate, ¿qué íbamos a hacer?
Serpenteé entre las últimas personas del público y encontré la escalera justo donde Arturo había dicho que estaría.
Había gente congregada en el rellano, y varias personas de pie en el pasamanos para ver mejor por encima del muro de la palestra.
Empujé hasta llegar a la pared opuesta y los dejé atrás bajando peldaños.
—Muy bien, Hoid —susurré hacia la mochila—. Cúbrenos al fondo de la escalera.
Estábamos confiando en la comunicación verbal, porque no podía hablarle mentalmente a Hoid para proporcionarle la imagen exacta de lo que quería, como Alanik sí que era capaz de hacer.
Cuando Nedd y yo cruzamos la puerta al final de la escalera, nos aplanamos contra la pared, esperando que Hoid levantara una ilusión delante de nosotros.
Aquella sala estaba llena de jaulas vacías. Debía de ser el lugar donde habían tenido a los vástagos heridos. Sus cuidadores habían regresado allí y estaban colgando las lanzas con garfios que habían usado para llevar a los vástagos por el túnel de nuestra derecha y sacarlos a la palestra.
Ninguno miró hacia nosotros, lo cual era prometedor. Nos deslizamos pegados a la pared hasta llegar a la segunda escalera, que nos internó en las entrañas del estadio.
Al final de esa segunda escalera encontramos la puerta cerrada con llave que Arturo y Alanik habían forzado.
Nedd se apretó contra la pared cerca del lado de la puerta.
Ya fuera del campo visual de los humanos de arriba, me atreví a dar un paso adelante para confirmar que Nedd estuviera cubierto por una ilusión.
Lo único que vi al mirar hacia él fue una parte lisa de pared, así que regresé.
Estiré el brazo hacia el pomo de la puerta, medio esperando que estuviera abierta y no tuviéramos que volar la cerradura de un disparo como había hecho Arturo.
Pero aún no había terminado de poner los dedos en el pomo cuando noté que giraba y la puerta se abrió, revelando a un siniestro varvax sin cara que llevaba una túnica con capucha.
No sabía si nos habría oído venir, o si tenían instalado algún sistema de alarma para avisarlos si alguien bajaba por la escalera durante el torneo.
En todo caso, aquel ser estaba a menos de un metro y tenía una pistola asomando de la manga.
Retiré la mano enseguida detrás de la ilusión, deseando que el varvax no la hubiera visto, pero ya era demasiado tarde.
El varvax dio un paso adelante, pasó la mano por la pared tras la que había desaparecido y me agarró el brazo con unos dedos lisos y fríos.
Siseó algo, pero el alfiler traductor que había traído en la mochila seguía apagado, así que no tenía ni idea de lo que dijo.
Probablemente algo del estilo de «¡Alto ahí!
», o «¡Intrusos!», o «¡Fregaré los brillantes baldosines del suelo con vuestras entrañas, viles demonios! ». Su pistola pivotó en mi dirección.
Hice lo único que podía hacer. Apunté con mi propia arma corta hacia el centro de la túnica, donde sabía que estaría alojado el auténtico varvax dentro de su extraño traje, y disparé.
El tiro resonó por la escalera mientras el varvax se derrumbaba en el umbral, con un fluido enfermizo manando de los restos de su exoesqueleto.
Nedd y yo cruzamos la puerta corriendo y escapamos pasillo abajo antes de que los cuidadores de vástagos pudieran venir a investigar.
Nos apretamos contra la pared mientras otros dos varxax corrían pasillo abajo por delante de nosotros.
Iban seguidos de drones-cámara, que supuse que serían los ojos de Ivy, buscándonos desde la seguridad de su estación espacial.
Los cuidadores de vástagos bajaron la escalera a medias y gritaron sorprendidos al topar con los varvax de las túnicas.
Los cuidadores hablaban otro idioma, aunque no supe cuál.
Uno de los varvax se puso a hablarles a los cuidadores mediante un alfiler traductor, y les dijo con su voz forzada que volvieran arriba.
No nos quedamos a ver cómo reaccionaban los cuidadores.
Nedd y yo nos internamos más en aquellas instalaciones, mientras Hoid impedía que se nos viera desde la puerta.
Encontramos la siguiente escalera que habían descrito Arturo y Alanik y llegamos a lo que debía de ser la armería, aunque estaba casi vacía del todo, imaginé que porque estaban utilizando casi todas las armas sobre nuestras cabezas, en la arena.
Oía las vibraciones a través del suelo, los gritos de la multitud y la voz atronadora de Ivy, aunque solo pude distinguir unas pocas palabras.
—Por aquí —dijo Nedd, apretando la espalda contra la pared cerca de la escalera ascendente, la que iba al portal hacia el Elíseo.
Sostuvo la pistola por delante con su mano biológica y echó una mirada hacia arriba. Yo me deslicé contra la pared a su lado.
Unos minutos más tarde regresaron dos de los varvax, chasqueando en su crudo idioma. Cruzaron la armería, pasaron por delante de nosotros y subieron la escalera hacia el portal.
Agucé el oído, intentando comprender los comentarios de Ivy. No podríamos estar seguros de que el portal estaba abierto hasta que llamaran a los gladiadores para llevárselos al Elíseo, pero cuando eso ocurriera, actuaríamos.