Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 35. Arturo #2
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35. Arturo #2

Escudriñé entre los árboles hasta encontrar los pocos puntitos de luz visibles sobre las montañas que había detrás de Epifanía. El universo era un lugar realmente descomunal, y las estrellas visibles desde cualquier posición eran solo una pequeñísima parte del total, pero…

—¿Desde aquí se verá la estrella de ReAlba? —dije—. O desde fuera del cinturón de escombros, al menos.

—Incluso aunque pudiera verse —respondió Alanik—, no sería la misma luz que vemos nosotros.

La luz tarda miles de años en cruzar la galaxia.

—Se encogió de hombros—. Es… difícil de explicar, pero el universo que yo capto en mi mente, el que percibo con mis poderes…

no es el mismo que el que tú ves con los ojos.

La luz que vemos en el suelo es solo un recuerdo, una impresión del universo tal y como era antes.

Un poquito de radiación que la estrella emitió hace muchísimo tiempo, como una fotografía antigua.

Y el universo está en movimiento constante, dando vueltas, cambiando.

Ya no se puede visitar esa imagen del pasado, porque nada es como era antes.

Para visitar la estrella que estás viendo, tendrías que retroceder en el tiempo.

—Visto así —dije, mirando las ramas que pasaban por encima—, es difícil imaginar que algo de lo que hacemos importe.

—Supongo que depende. ¿A quién ha de importarle?

Ahí tenía razón. Supuse que casi nada de lo que hiciéramos importaba a escala universal, pero nuestros actos eran muy relevantes para la gente más cercana a nosotros, e incluso para el futuro de la humanidad.

—Gracias —dije.

Alanik me lanzó una mirada confundida.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Por ser tú.

Pareció sorprenderse, y entonces se quedó callada. El silencio me dio una sensación incómoda, como si ninguno de los dos supiera muy bien qué decir.

En la nave de delante, Sadie y Nedd estaban riéndose por algo.

Los dos iban tumbados con la cabeza en las palmas de las manos, mirando los árboles, como si estar juntos fuese lo más fácil del mundo, y de pronto me dieron envidia, no solo porque hicieran que pareciese tan fácil, sino porque sabía que quien me lo dificultaba a mí era yo mismo.

—Esos dos de ahí están de lo más amistosos —dije.

Alanik miró en su dirección.

—¿Crees que es ético? —preguntó—. Hipotéticamente, me refiero.

Estaba burlándose de mí y me lo merecía.

—Él es su superior, así que puede que no. Pero no voy a impedírselo.

Alanik se quedó callada un momento.

—¿Crees que para ellos es más fácil, por ser de la misma especie? —preguntó.

Se me paró el corazón. Había estado pensando eso mismo, pero no quería reconocerlo.

A mí no me importaba que Alanik fuera UrDail.

Al contrario, me gustaba así. Su especie formaba parte de la persona que era.

Alcé la mirada al cielo, a la estrella que no era una estrella, e imaginé todas las estrellas de detrás, puntitos titilantes en el gigantesco firmamento, tan lejos que las luces que veíamos eran solo destellos del pasado.

Alanik tenía razón. Nada en el universo permanecía igual, y no se podía regresar al pasado, a la forma en que eran antes las cosas.

—No creo que atreverte a estar con otra persona sea fácil nunca —dije—. Y menos en una vida tan complicada como la nuestra.

—¿Qué la vuelve tan complicada? —preguntó ella—. ¿Las convenciones sociales?

—Sí. Mis padres podrían renegar de mí y desheredarme.

Era la primera vez que lo decía en voz alta. Quizá la primera vez que lo reconocía del todo ante mí mismo. Aborrecía pensar en los sermones que sabía que iba a echarme mi madre. Ya estaba enfadado por las cosas que sabía que diría sobre Alanik, y eso que ni siquiera las había dicho aún.

—A los míos tampoco les haría mucha gracia —convino ella—. Pero creo que no me importa. ¿Y a ti?

Quise decirle que tampoco. Pero era evidente que no habría vacilado si me diera igual. Todavía valoraba la opinión que tenían mis padres sobre mí. Todavía quería que me respetaran, que se enorgullecieran de mí, que mi comunidad se enorgulleciera de mí.

El problema era que no estaba seguro de querer la clase de vida de la que se enorgullecían mis padres y sus amigos. Ya no.

—A mí sí que me importa —respondí—. Pero creo que sería más feliz si dejara de hacerlo.

—¿Y es así de fácil? —preguntó Alanik—. ¿Puedes hacer que deje de importarte y ya está?

—No. Pero tampoco tengo por qué permitir que la opinión de los demás gobierne mis decisiones, aunque siga molestándome. ¿Tiene sentido para ti?

Alanik se reclinó en su asiento y miró las ramas. Proyectaban una pauta de sombras en su cara que cambiaba a medida que avanzábamos.

—No quiero ser algo de lo que te avergüences —dijo.

Eso me golpeó como un tronco de árbol en el pecho. No se lo merecía. Alanik era demasiado asombrosa para ser algo de lo que nadie se avergonzara.

—No podrías serlo —dije, sorprendido por lo cierto que era—. Si estuviera contigo, nunca podría sentir por ello otra cosa que orgullo.

Alanik sonrió. Y entonces estiró el brazo y me cogió la mano por debajo del panel de mandos, donde nadie más pudiera verlo.