Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 35. Arturo
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35. Arturo

Arturo

Los árboles cambiaron de posición a nuestro alrededor, como si fuese otro bosque.

Nos materializamos al lado del Dulo, posado entre las ramas bajas de un árbol gigantesco.

Sus ramas estaban combadas por encima de Alanik, sentada en el asiento del copiloto, como protegiéndola del cielo.

Tenía el hombro vendado y el traje de vuelo manchado de sangre oscura, pero estaba despierta y me sonrió.

Estrellas, qué bien sentaba verla. Me pareció que iba a caerme al suelo de puro alivio.

—Estáis vivos —dijo Gilaf.

Estaba sentado en el asiento del piloto, evidentemente cuidando de Alanik. Suki estaba en el panel de mandos, comiéndose un trocito de las raciones que habíamos traído al planeta. Alanik fulminó con la mirada a su hermano.

—¿Es que había alguna duda al respecto?

Había estado inconsciente durante el final de la lucha, y supuse que Gilaf había preferido no explicarle los detalles.

—Un poquito —dije, acercándome con Dayan para verla mejor—. ¿Cómo habéis escapado?

—He estado haciendo dar vueltas a los drones hasta que Alanik ha despertado lo suficiente para teleportarnos —dijo Gilaf.

—Me alegro —respondí.

—Puede que la haya zarandeado un poquito —confesó Gilaf.

—Ya lo creo —respondió Alanik—. Ha dolido.

—Pero no habéis muerto —dijo Dayan—, así que creo que al final…

Calló al ver a Sadie y Nedd, que aparecieron de repente junto al morro del Dulo. Dayan se sobresaltó.

—Sé que es lo que acabamos de hacer también —dijo—, pero sigue confundiéndome.

—Al final te acostumbras —le aseguré.

Saludé con la cabeza a Nedd y Sadie. Nedd aún tenía la cara enrojecida por aquel asunto de las lanzas de luz, y Sadie tenía una quemadura en el brazo, pero por lo demás parecían ilesos.

—¿Estáis bien? —les pregunté.

Nedd vino derecho hacia mí y me dio un puñetazo en el brazo.

—¡Au! —grité—. ¿A qué viene eso?

—Es por hacernos creer a todos que habías muerto —dijo Gilaf—. Evidentemente.

—¿Cuándo hemos creído que había muerto? —preguntó Alanik en tono brusco.

—Sí, bueno —dije—. La próxima vez te dejo a ti ser quien salte de una nave estelar a punto de estrellarse con solo tu traje de vuelo y una hiperbabosa, ¿te parece bien?

—¿En serio has hecho eso? —preguntó Alanik.

—Si no lo hubiera hecho —dijo Dayan—, yo habría muerto.

—Estoy bien —aseguré a Alanik, aunque aún parecía horrorizada.

—En realidad, saltar desde un objeto alto con una hiperbabosa suena así como divertido —comentó Sadie—. Si ya tienes permiso para hacer un hipersalto, claro.

—Algún día tienes que visitar ReAlba —dijo Gilaf—. Te llevaré a saltar con liana elástica desde las ramas.

—Ya lo creo que vas a llevarme —asintió Sadie—. Cuanto antes, mejor. Qué ganas tengo.

—Ha muerto gente saltando así —advirtió Alanik.

—¡Estamos yéndonos todos por las ramas! —exclamé—. Tenemos que hablar sobre cómo regresar a la ciudad.

—¿Es ahí donde vamos? —preguntó Gilaf.

—Qué remedio —dijo Sadie—. Lo de la estación espacial se ha ido al garete, así que ahora el único lugar donde podríamos encontrar respuestas y una salida del planeta es el portal a la ninguna-parte que hay bajo el coliseo, ¿verdad?

—Verdad —confirmé—. Aunque no sabemos lo que vamos a encontrar ahí dentro, así que no podremos saber si nos conviene hasta que echemos un vistazo.

No me gustaba nada la idea de enviar a mi equipo con tan poca información, pero habíamos agotado todas las otras opciones.

—¿Podremos cruzar siquiera el portal a la ninguna-parte? —preguntó Sadie—. ¿Y si está bloqueado?

—Mañana se celebra un torneo final —dijo Dayan—. Si planean llevarse a quienes lo ganen, tendrán que abrirlo.

—Muy bien pensado —asentí—. Y, más o menos a esa hora, podría haber también una distracción gigantesca en el coliseo.

Sadie sonrió.

—Porque vamos a crearla nosotros, ¿verdad?

—Esa era la idea —dije. Me volví hacia Dayan—. ¿Qué opinas tú?

Elle sonrió.

—Opino que me gustaría conseguir los suficientes puntos para ir al Elíseo, acercarme lo suficiente a uno de esos sacerdotes con túnica y entonces arrancarle la túnica en plena palestra para que todo el mundo vea lo que hay debajo.

—¡Uuuh! —exclamó Sadie—. Sí que serviría de distracción, sí.

Era muy probable que sirviera. Ivy no había dado muestras de reconocer a Dayan en la estación espacial, así que, con un poco de suerte, nuestra treta de ponerle un traje de vuelo y taparle el pelo había funcionado.

—Supongo que el público se sorprenderá bastante cuando vea que la puerta al Elíseo está vigilada por alienígenas —dije.

—Los varvax atacarán a Dayan si hacemos eso —advirtió Alanik—. Parte del escuadrón tendría que quedarse en el coliseo para proporcionarle apoyo.

—¿Crees que los demás gladiadores te apoyarían si le quitaras la túnica a un varvax delante del público? —pregunté.

Supuse que un grupo de gladiadores armados lo haría bastante bien contra los varvax de las túnicas, aunque, si los sacerdotes iban armados también, preferiría tener a varios miembros de nuestro equipo en el estadio con pistolas.

—Puedo explicárselo de antemano —respondió Dayan—. Hay bastantes que están ya de nuestro lado.

—Tendremos que volver a dividirnos en dos equipos, pues —dije—. Uno que se cuele por el portal mientras esté abierto y otro que ayude a Dayan y los gladiadores en el coliseo.

Ambos equipos iban a correr un riesgo inmenso. Uno atacaría a los varvax en un estadio lleno de inocentes, y el otro se metería en una situación absolutamente desconocida sin forma de saber que podría salir de nuevo. No sería la primera vez que perdíamos a gente en la ninguna-parte.

Y caí en la cuenta de que yo solo podría estar en uno de los dos equipos. No me gustaba nada la idea de enviar a miembros de mi escuadrón a afrontar nada de aquello sin mí.

—Sadie y yo podemos ocuparnos del portal —sugirió Nedd.

Tenía sentido. Sabía que Sadie iba a querer entrar y, si yo iba a una misión, Nedd tendría que ir a la otra.

—Será peligroso y… —empecé a decir.

—Todo es peligroso —me interrumpió él—. Tenemos que avisar a Jorgen de lo que está pasando antes de que envíe más naves para acá. Incluso aunque luego no podamos salir, merece la pena el riesgo.

Era verdad, por muy mal que me pareciese que hubiéramos llegado a aquello.

—Muy bien —dije—. Llevaos a Bob. No sabemos si podrá comunicarse desde dentro de la ninguna-parte, pero que lo intente.

—Los hipersaltos no funcionaban para entrar o salir de la ninguna-parte, solo para cruzarla, pero Jorgen sí que había podido usar la comunicación citónica para hablar con nuestra excompañera de escuadrón Spensa cuando estuvo allí, así que valía la pena intentarlo—.

Y llevaos también a Hoid y a Naga, para usar ilusiones mientras os infiltráis y por si os pillan bajo el estadio y tenéis que escapar hipersaltando.

—Yo preferiría quedarme en esta realidad, si no te importa —pidió Suki—. No me apetece nada perderme en la ninguna-parte.

Esperaba que nadie fuera a perderse, pero comprendía la cautela de Suki. Los citónicos de su pueblo habían estado atrapados en la ninguna-parte durante siglos; se habían liberado hacía muy poco.

—Gilaf también se quedará conmigo —dije—, para ayudar a revelar a los varvax, defender a Dayan y provocar la distracción. Alanik…

—No vas a dejarme atrás —me interrumpió ella.

Miré su hombro.

—Estás herida.

Alanik sacó los pies de la nave y bajó al ala. Quise estirar el brazo para sostenerla, pero no creí que fuese a gustarle mientras intentaba demostrar algo.

—Estoy bien —insistió ella.

No parecía estar bien. Parecía estar herida, pero también decidida.

—Tendremos que descansar un poco antes de hacer nada, en todo caso —dije—. Si vamos sin dormir, estaremos torpes y descuidados.

—Pero si tenemos que volver andando a la ciudad —objetó Dayan—, sería mejor irnos ya. Aunque regresemos a por las canoas, remontar la corriente será mucho más esfuerzo que ir a favor.

—Escucha esto —dije—. Tengo otra idea.

Dormimos en el bosque, y le negué a Alanik hacer un turno de guardia para que descansara todo lo posible.

Unas horas después, estaba sentado en el asiento del piloto del Dulo, con la cubierta levantada y la nave flotando en el agua y avanzando a velocidad muy lenta, al menos para tratarse de un caza estelar.

Las orillas pasaban a ambos lados y las ramas de los árboles que se alzaban sobre nosotros nos ocultaban.

Hoid iba en el panel de mandos, manteniendo una ilusión sobre la nave para hacer que pareciera una barca a motor de las que habíamos visto al llegar, pequeñas y sin techo, con la proa redonda, de modo que Hoid tuvo que rellenar la zona del morro y disimular la forma del Dulo.

Mientras no nos acercásemos mucho a nadie, me parecía una idea bastante buena.

Por delante, Sadie y Nedd navegaban en el ala de la nave de Sadie, disfrazada de un modo similar, con Gilaf sentado en la cabina abierta y Suki y Dayan en el ala opuesta.

Alanik iba en el asiento contiguo al mío, en teoría descansando, contemplando las ramas que iban pasando por arriba.

Gilaf le había limpiado la herida y cambiado los vendajes, le había dado analgésicos y le había puesto el brazo en cabestrillo.

Lo llevaba pegado al costado y no podría volar hasta que se le curase del todo, pero, si le dolía mucho, se negaba a acusarlo.

Avisté una estrella singular y brillante en el cielo, la estación espacial de la Supremacía.

—Aquí no se ven muchas estrellas —le dije a Alanik—.

Siempre había creído que éramos bastante únicos en mi planeta, atrapados bajo las plataformas de Detritus, incapaces de ver el cielo.

Aquí la gente lo tiene entero, pero la luz solar constante les impide ver las estrellas.

Aparte de la estación espacial, solo se distinguen un par de las más brillantes.

—En ReAlba tampoco vemos las estrellas —respondió ella.

Era cierto. El planeta natal de Alanik era un gigante gaseoso, una masa de gases tóxicos que solo limpiaban del aire los enormes árboles flotantes en los que vivía su pueblo.