Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 34. Arturo #2
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34. Arturo #2

—No lo sé —dije—. A lo mejor solo quería enfrentarme a algo contra lo que tuviera alguna posibilidad.

Dayan bufó.

—¿Y vas y eliges a un vástago?

—Ahí puede que no haya estado muy fino.

Aun así, la criatura no se había puesto tan agresiva como esperaba. Me pregunté en qué medida la violencia de los vástagos se debía solo a que los acorralaban.

Estrellas, hasta empatizaba con aquello.

—¿Estás preocupado por los demás? —preguntó Dayan.

—Sí, claro —dije—. Gilaf no llevaba hiperbabosa. No tengo ni idea de si ha podido escapar.

—Y tenía a esa chica alienígena en su nave.

—Sí, Alanik. Es citónica, pero no podría haberlos sacado a los dos de un hipersalto estando inconsciente.

—Y estás preocupado por ella, en concreto —dijo Dayan.

Era… una pregunta rara.

—¿Por qué lo dices?

Dayan se encogió de hombros.

—Me ha parecido que quizá teníais una relación.

Le gladiadore solo llevaba un día con nuestro escuadrón. ¿Tan mal se me daba disimular?

—¿Y por qué lo has pensado? —pregunté.

—He oído cosas.

—¿Has oído cosas? ¿Estás diciéndome que el escuadrón chismorrea sobre mí?

Dayan se encogió de hombros otra vez.

—Venga ya —dije—. No puedes dejar caer que has oído cosas y luego no explicarte.

—Yo creo que sí que puedo —replicó Dayan—. Aunque, si tú quieres explicarte, soy tode oídos.

Gemí mientras me sentaba en un tronco, encarado hacia la dirección por la que se había marchado el vástago.

—Tú odias a las especies alienígenas —dije.

—No las odio. —Dayan se sentó a mi lado, aunque sin soltar el látigo de luz—. Es que no sé nada sobre ellas. Hasta que os he conocido, daba por hecho que todos los seres alienígenas pretendían exterminarnos. ¡Y resulta que algunos sí! Pero Alanik parece… maja.

Reí.

—No creo que haya mucha gente que la describa así.

—Bueno, vale, parece no-genocida, lo cual es un buen principio.

Sí que era una cualidad positiva, aunque estuviésemos poniendo el listón deprimentemente bajo.

—Alanik es genial —dije—. Y sí, estoy muy asustado por ella.

Dayan asintió, pero no dijo nada.

—¿En serio no vas a contarme qué dice el escuadrón de mí?

—Nadie ha dicho nada irrespetuoso —me aseguró elle.

Bien estaba, supuse. Aunque seguía sin hacerme mucha gracia que la gente hablara sobre mi vida personal.

—Pero no estáis saliendo juntos —dijo Dayan.

—No —confirmé—. Es… complicado.

Dayan soltó una carcajada.

—Está bien saber que eso es una constante universal de la existencia humana.

—Ahí está el asunto —dije—. Ella no es humana.

Y sí, nuestras culturas tienen algunas cosas en común, pero otras ya no tanto.

Y las relaciones ya son bastante complicadas sin añadirles otro puñado de malentendidos culturales, ¿no te parece?

Además, nos juzgaría la gente de ambos planetas.

A lo mejor, hasta las personas más cercanas a nosotros.

—Conque las especies alienígenas también tienen prejuicios, ¿eh?

—Las personas tienen prejuicios —dije—. Y los alienígenas son personas.

Dayan asintió. Parecía estar adaptándose a la idea bastante bien, teniendo en cuenta que se había visto arrojade a nuestro mundo muy de sopetón.

—¿Qué quieres sacar de esto? —preguntó Dayan.

—¿De salir con ella?

—De estar aquí —se explicó Dayan—. De contactar con mi gente. De luchar contra esa Supremacía vuestra.

Me lo pensé.

—No lo sé —dije—. ¿Y tú?

—Yo quiero sobrevivir —afirmó Dayan—. Siempre me han enseñado que eso es lo más importante. Teníamos que esforzarnos mucho, luchar mucho, entrenar mucho y llegar al Elíseo, porque la humanidad entera contaba con nosotres para sobrevivir.

—A mí también me criaron así. Ese fue el único objetivo de la existencia de mi pueblo durante muchísimo tiempo.

Y lo habíamos sacrificado todo por cumplirlo: nuestros pilotos, nuestra individualidad. Quizá hasta nuestra humanidad, a veces.

—¿Alguna vez piensas que podría no ser suficiente?

—preguntó Dayan, contemplando el púrpura azulado del cielo—.

¿Alguna vez piensas que, si el universo de verdad no está lleno de alienígenas que quieren destruirnos, si las cosas van mejor que como siempre habíamos creído que iban, entonces podría ser agradable querer otra cosa, para variar?

Pensarlo hizo que me doliera el pecho, y tardé un poco en comprender por qué.

—He estado intentando averiguar eso —dije—.

Qué debería querer, si se me permitiera querer algo aparte de la mera supervivencia.

—Aquella misión no había ayudado nada en ese aspecto.

Era alarmante lo cómodo que resultaba preocuparte solo por volver a casa, rebotando de una situación aterradora a la siguiente—.

Antes creía que solo quería volar, pero es más que eso.

Quiero formar parte de algo importante, ¿sabes? Quiero que mi vida aporte algo.

Y quizá el sitio donde más podría aportar sería en el Alto Mando con Jorgen, pero la idea me repelía, y no sabía qué hacer con esa disonancia.

Estrellas, ¿por eso no quería dejar a mi equipo y ascender en el escalafón? Estaba acostumbrado al terror existencial de saber que podían aniquilarme en cualquier momento, tan acostumbrado que la seguridad me parecía incómoda. Ajena, incluso.

¿Seguía volando porque no sabía cómo vivir si no estaba luchando constantemente por conservar la vida?

—¡Otra vez! —exclamó Naga—. ¡Otra vez!

—¿Eso significa que tu extraño ser alienígena amarillo ya puede llevarnos con el resto de tu equipo? —preguntó Dayan.

—Sí —dije—. Creo que eso dice, pobrecita.

Dayan miró a Naga entornando los ojos.

—¿Cómo sabes que es chica?

—En realidad, creo que no lo sabemos —dije—. Me parece que no tenemos ni idea de cómo se reproducen. En su momento, les asignamos un género igual que les asignamos un nombre. Es mejor decir «él» o «ella» que «ello», supongo.

—Pero no son las únicas opciones —respondió Dayan.

Era verdad.

—Venga —dije, recogiendo a Naga en el hueco de mi brazo y tendiéndole la otra mano a Dayan—. Naga, llévanos con Alanik.

—¿Estás intentando cogerme la mano? —preguntó Dayan, mirando con escepticismo mis dedos extendidos.

—Tenemos que tocarnos, o te quedarás atrás.

Dayan se encogió de hombros.

—Vaya, parece que ese gesto sí que tiene muchos significados.

No sabía a qué se refería, pero Dayan cogió mi mano sin más explicaciones y entonces el bosque desapareció.