Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 34. Arturo
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34. Arturo

Arturo

Estaba sentado en el suelo del bosque. Los pulmones me ardían y el corazón me aporreaba como si fuese a salir despedido de mi pecho. ¿Sería la sensación que daba un infarto? Aún notaba el cuerpo entero como si estuviera cayendo, cayendo, cayendo.

Pero ya no lo hacía. Estaba sobre un suelo firme y suave. Había un montón de raíces y troncos para sentarme, pero estaba en el suelo con las dos manos apretadas contra la tierra. Necesitaba sentirla debajo de mí.

Estrellas, nunca me habían dado miedo las alturas, pero estaba empezando a pensar que quizá ahora sí.

Oí el crujido de unas hojas a un lado. Dayan había pasado flotando por encima apenas unos segundos después de nuestro aterrizaje.

Naga había calculado bien cuál era el lugar al que debía teleportarnos.

Sabía que debería estar levantándome y yendo a comprobar si Dayan estaba bien, pero supuse que los sonidos que hacía al acercarse eran buena señal.

Y tampoco estaba seguro, si me levantaba, de no ir a caer de nuevo al instante.

—¿Estás bien? —me preguntó Dayan.

Miré entre los árboles y encontré su cara sonriente.

—¿Cómo es que tú estás bien? —repliqué.

Dayan se encogió de hombros, aunque sí que estaba un poco pálide, y se agarraba a la rama baja de un árbol cercano con demasiada fuerza.

A lo mejor era solo que se le daba mejor que a mí poner buena cara.

—¡Bien! —trinó Naga a mi lado, frotándome la pierna con la cara.

—Bien —dije—. Sí, estamos bien. Gracias.

—¡Gracias! —respondió Naga.

No pretendía parecer un desagradecido. Naga me había salvado la vida. Pero, estrellas, iba a tener pesadillas sobre caer del cielo durante años. Me desplomé hacia atrás y quedé tendido en el suelo, mirando el dosel del bosque, por suerte no compuesto de vástagos.

—No volvamos a hacer esto nunca —dije, dirigiéndome sobre todo al cielo.

—Buen plan —contestó Dayan—. ¿Y qué vamos a hacer ahora, exactamente?

Allí estábamos bien ocultos. Había oído pasar un dron volando por arriba, pero, si habían rastreado la posición final de nuestro hipersalto, luego no habían sido capaces de localizarnos con precisión bajo las copas de los árboles.

—Encontrar a los demás —dije—. Aunque no podemos usar la radio sin transmitirle nuestra posición a Ivy.

—Ya, vale. Eso está claro.

—Muy bien, centrémonos en las opciones que sí que tenemos.

—¡Sí que tenemos! —flauteó Naga.

Eso.

—Tenemos un hipermotor. Sadie también tiene uno. Ivy no parece capaz de rastrearnos cuando hipersaltamos.

Lo cual significaba que probablemente Ivy no era citónica, aunque también podía ser que no se le diera muy bien ese poder en concreto, igual que Jorgen aún no había descubierto cómo hipersaltar y Alanik nunca había sido capaz de formar cuchillas mentales.

¡Estrellas, Alanik! Estaba malherida, y Gilaf no tenía una hiperbabosa que pudiera haberlos teleportado. Me dolió el pecho al pensar en lo que podría haber sucedido.

Teníamos que encontrarlos cuanto antes.

—Naga, ¿puedes pedirle permiso a Bob para hipersaltar otra vez?

—¡Otra vez! —dijo Naga.

Esperé que eso significara que Bob, al menos, había sobrevivido, aunque no podía estar seguro.

De modo que esperamos. Sabía que Jorgen decía que era más importante la cantidad de hipersaltos que estuvieran haciéndose por toda la galaxia que en nuestra zona particular, pero seguía preocupándome que aquel fuese a tardar un buen rato, dado que habíamos solicitado muchos hipersaltos seguidos.

Quería ver a los demás, estar con Alanik y asegurarme de que no le pasara nada.

No tenía ni idea de qué encontraríamos al otro lado si Naga nos llevaba con los otros, pero prefería estar con mi equipo, les pasara lo que les pasara, que allí solo dudando.

Crujieron ramas en lo alto. Dayan se levantó al instante, con la mano en su látigo de luz, que había logrado conservar en la caída.

—¿Ha sido solo el viento? —pregunté.

Antes de que Dayan pudiera responder, una rama descendió desde el dosel y se clavó en la tierra a solo un metro de mi cabeza, tan fuerte que se enterraron más de veinte centímetros de punta en el suelo blando.

Dayan empuñó el látigo de luz hacia el lado y lo activó. Los zarcillos de luz salieron disparados del extremo, azotando los árboles. Me levanté de un salto, deseando no haberme dejado la espada láser en la nave. Delante, uno de los gruesos troncos empezó a moverse.

—¿Vas a luchar contra él? —pregunté.

—Pensaba que huiríamos —dijo Dayan—. Aquí no se ganan puntos por luchar.

Era verdad.

—Muy bien. —Fijé la mirada en el tronco mientras su superficie ondeaba y dos grandes ojos, enormes fauces de oscuridad, se abrían en la corteza—. A la de tres.

Dayan ni siquiera esperó a que empezase a contar. Dio media vuelta, enganchó el látigo de luz a las ramas de un árbol estático, alzó las piernas y se alejó balanceándose.

Yo recogí a Naga y me volví para ir tras elle, moviendo una mano torpe hacia la línea de luz que colgaba de mi cinturón.

La criatura apuñaló el suelo con otra rama justo a mi lado y luego embistió contra mí con su gigantesco tronco y me estampó contra un árbol caído.

Mi pecho golpeó de lleno la curva del tronco, dejándome sin aliento.

Naga salió despedida por encima de una rama y cayó a los matorrales del otro lado.

Yo me quedé allí tendido, indefenso, con las manos en un lado del tronco y las piernas en el otro, mientras el vástago se erguía sobre mí.

Dayan colgaba de su látigo de luz, que había sujetado a las ramas de un árbol.

Miró atrás y me vio tendido encima del tronco igual que un pedazo de carne, pero estaba demasiado lejos para volver y ayudarme.

Aquel monstruo se abalanzaría sobre mí en cuestión de segundos.

Me esforcé en inhalar mientras el vástago clavaba sus ramas a ambos lados para alzar su cuerpo sobre mí.

¿Iba a comerme? ¿A aplastarme? Ninguna opción parecía demasiado atractiva.

En el otro lado del tronco, mis manos hallaron un gran palo, casi tan alto como yo. Aún no había logrado inhalar una bocanada de aire, pero agarré el palo, clavé los pies en el suelo y lo alcé por encima de mi cabeza.

Colisionó contra el vástago y rebotó en su gruesa corteza.

Estrellas, ¿qué creía que estaba haciendo?

¡Mira que atacar a un árbol con un palo!

Sería como atacar a una persona con… bueno, con un pedazo de otra persona.

Pero no sabía qué otra cosa hacer. Me impulsé con las piernas contra el tronco, rodé y ataqué hacia los grandes ojos de la criatura, usando el extremo puntiagudo del palo a modo de lanza.

Logré darle una estocada justo debajo de uno de aquellos ojos y arranqué un buen pedazo de corteza. La madera de debajo, si era madera, se veía oscura, de un color entre verdoso y negro.

El vástago descargó una rama hacia mí e intenté esquivarla, pero solo conseguí apartarme un poco y me llevé un golpe en el hombro izquierdo. Al momento, los zarcillos del látigo de luz de Dayan apresaron esa rama, la rodearon y tiraron de ella, impidiendo que el vástago me atizase de nuevo.

Quizá tendría que haber salido corriendo, pero al sostenerle la mirada a aquella criatura, descubrí que no quería.

Quizá era por la derrota en la estación espacial, o por el hecho de que mi equipo había fracasado en nuestra misión.

Quizá era por la caída libre de varios kilómetros, que aún me tenía rebosante de adrenalina, o por el estrés acumulado de intentar hacer de espías cuando claramente éramos cualquier cosa menos eso.

Podría ser incluso por la presión de mis padres para que entrara en su imperio estelar, o incluso por el desastre incómodo en el que había transformado mi relación con Alanik.

Fuese cual fuese la razón, me mantuve firme, levantando la rama por delante de mí como una lanza. No podía resolver ninguno de mis otros problemas amenazándolos con un palo grande, y tal vez aquel tampoco se resolvería de ese modo, pero como que me llamaba Arturo que iba a intentarlo.

Solté un bramido gutural. El vástago se retorció y movió sus ramas para arrancarlas del látigo, pero Dayan aprovechó el impulso para subir a su copa y se posó en una rama particularmente gruesa a tres metros de altura.

La criatura se revolvió, intentando quitarse a Dayan de encima, pero elle se agarró como si le fuera la vida en ello, igual que había hecho durante la batalla en el estadio.

Esa vez, distinguí otra cosa en las agitadas ramas del árbol. A lo mejor estaba proyectando, pero su lenguaje corporal sugería desesperación. Miedo.

—No te muevas —dije a Dayan mientras bajaba mi lanza improvisada.

Empecé a recular, alejándome entre los árboles para dejar de resultar amenazador.

El vástago se revolvió un poco más, pero entonces paró.

Dejó sus ramas en reposo, aunque las que sostenían a Dayan aún se contorsionaban, como si el vástago tuviera un erizo atascado allí y se hubiera resignado a no ser capaz de quitárselo.

Dayan se quedó muy quiete, y luego estiró el brazo hacia la rama de un árbol cercano, la agarró con fuerza y apagó su látigo de luz. Muy poco a poco, trasladó peso a la rama hasta levantar su cuerpo del vástago.

El ser pareció notar la liberación y su tronco cambió de postura, sus ojos parpadearon mirando arriba, hacia Dayan. De la raspadura bajo sus ojos manaba una savia verde, y de pronto lamenté haberle hecho daño.

El vástago volvió sus ramas en redondo y se marchó con paso pesado, como si solo quisiera librarse de nosotros.

—Tu técnica es terrible —dijo Dayan mientras se dejaba caer del árbol—, pero te daría todos los puntos por empeño.

—No tendría que haberlo hecho —respondí—. Tendría que haber huido, como decías.

—Pero no estás muerto, así que ¿cómo sabemos si tenía razón?

Tenía el hombro muy magullado por el golpe del vástago, y notaba un entumecimiento en el costado izquierdo que sabía que iba a empeorar mucho cuando me enfriara.

Pero, a pesar de todo ello, sonreí.

—¿Por qué no has huido? —preguntó Dayan.