33. Sadie #2
Pensé en ello. ¿Era esa mi identidad, Sadie la alegre? Tampoco era un papel tan malo. Pero…
—No estoy segura de ser una persona alegre, o al menos no a todas horas.
—Me sentí como si estuviera revelando un secreto oscuro, uno que había estado mucho tiempo pasando por alto.
Nedd pareció sorprenderse, y me pregunté si eso me haría perder valía a sus ojos.
Pero, a la vez, mis palabras no habían sido precisas del todo—.
Supongo que ya hay bastante horror y dolor y terror en el mundo.
No puedo cambiar lo que ya ha ocurrido. No puedo impedir lo que está por llegar.
Así que ¿para qué tomar prestado más de ese horror?
¿Para qué suponer que los otros están muertos, cuando es posible que no lo estén?
¿Para qué provocarme a mí misma el trauma, el duelo, el suplicio, si aún hay una posibilidad de que no haga falta sentirlo?
—A lo mejor, porque la esperanza da miedo —respondió él—. Porque da miedo creer algo y luego descubrir que no es verdad.
—Sí que da miedo —asentí—. Pero ¿crees que la muerte de Arturo va a dolerte menos si te resignas a ella?
—No. Va a ser horrible de todos modos. —Bajó la mano a su mano biológica y la flexionó—. Igual sí que debería ver más el lado bueno de las cosas.
—No me refería a eso —dije—. No es que crea que debemos cerrar los ojos a todas las cosas terribles que están pasando.
Ni que debas intentar olvidar a tus hermanos o no sentirte triste.
Solo pienso que, aunque haya muchísima oscuridad y destrucción, también hay mucha esperanza y belleza.
Y, aunque unas no compensen las otras, aunque las cosas buenas no borren las malas…
las malas tampoco tienen por qué borrar las buenas, ¿sabes?
La esperanza y el dolor pueden coexistir.
Estaba dando vueltas alrededor del argumento que quería plantear, y tampoco sabía si lo que decía tenía sentido. Pero Nedd seguía escuchándome, así que volví a intentarlo.
—A lo mejor, lo que tienes que hacer es mirar todos los lados, el bueno y el malo.
Por ejemplo, tus hermanos están muertos, y eso es horrible.
Pero tú no, y eso es una pasada. Y puede que Arturo haya muerto ahí arriba y eso es aterrador.
Pero puede que no. Él y Naga ya han estado en otras situaciones difíciles, y podrían haber salido.
—¡Salido! —exclamó Nanay—. ¡Salido!
—No lo sabemos —dijo Nedd en voz baja.
—¡Sabemos! —gritó Nanay.
Estaba echando a perder un poco el momento, pero no la regañé. Cada cual lidiaba con el estrés a su manera, supuse.
—Estrellas, ya me he puesto a parlotear otra vez. Lo siento. Nunca sé qué es lo que debería decir.
—¿Estás segura? —preguntó Nedd—. Porque eso ha sido bastante perfecto.
—¿Ah, sí?
No me gustaba nada que Nedd sufriera. Pero, si no podía cambiar las cosas que le provocaban dolor, al menos sentaba bien ser capaz de hacer que una minúscula parte de ello fuese un poquito menos horrible.
—Probablemente hayan sobrevivido —dijo Nedd sin levantar la voz, como si estuviera probando las palabras.
—¡Sobrevivido! —exclamó Nanay.
—Probablemente —dije.
—¡Sobrevivido! —repitió Nanay, en voz más alta y aguda a cada estallido—. ¡Sobrevivido! ¡Sobrevivido! ¡Sabemos! ¡Sabemos!
La comunicación entre humanos y babosas era difícil incluso en los mejores momentos, pero Nanay sonaba muy… convencida.
—Huy —dije—. ¿Tú crees…? ¿Tú crees que Nanay… lo sabe?
—¡Sabe! —chilló Nanay—. ¡Sabe sabe sabe!
—¡Eh, eh! —exclamé—. ¡Las babosas hablan entre sí! Y, si Bob puede hablar con Naga y Bob puede hablar con Nanay…
—¡Bob! ¡Nanay! ¡Naga! —gritó Nanay—. ¡Sobrevivido!
—¡Eh! —dije—. ¡Han sobrevivido!
Nedd aún parecía temeroso de creérselo. Vaciló unos instantes, y luego una sonrisa se abrió paso en su cara cuando se permitió a sí mismo aceptar la esperanza.
—Están bien —dijo Nedd—. Gracias a las estrellas.
Me sonrió, y yo le sonreí también a él. Estrellas, mirar a Nedd a los ojos así y verlo tan feliz… me dio un cosquilleo por todo el cuerpo. Sabía que debería apartar la mirada. Aquello era sobre que Arturo había sobrevivido, no sobre mi estúpido cuelgue.
Pero justo habíamos estado hablando de que deberíamos apreciar las cosas bonitas allá donde las encontrásemos, porque la Santa sabía que el mundo ya rebosaba lo suficiente de cosas espantosas.
Así que me di permiso para absorber todo aquello. Nedd y yo, solos en el bosque.
Aún estaba mirándome, con una expresión pensativa en la mirada, cuando de sopetón rompió el contacto visual y pareció necesitar que sus ojos se posaran literalmente en cualquier otro sitio.
Oh, no. ¿Estaba siendo muy evidente? Seguro que estaba siendo muy evidente. Noté que me sonrojaba y me maldije por echar a perder un momento perfecto.
—Esto… —dijo Nedd—. Hum, esto… Estrellas. —Miró alrededor, como si acabara de darse cuenta de que estábamos perdidos en un bosque habitado por vástagos—. Si los demás están bien, tenemos que encontrarlos.
Seguro que quería alejarse cuanto antes de la chica insegura que malinterpretaba las situaciones.
—Sí —respondí—. Y tenemos una hiperbabosa, así que vamos a ver si Vuelta puede echarnos una mano.