Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 33. Sadie
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33. Sadie

Sadie

Estaba sentada en mi nave con la cubierta levantada y la mirada fija en los árboles poco iluminados.

Vuelta había llevado mi nave a salvo entre la maleza del suelo del bosque, pero Nedd se había quedado enganchado en las ramas y había tenido que bajar trepando por un árbol cercano.

Juntos, habíamos escuchado mientras Gilaf y Arturo intentaban resistir el tiempo suficiente para que les autorizaran un segundo hipersalto.

Y luego… No estaba segura de lo que había pasado luego, la verdad.

La radio había quedado en silencio, y no me atrevía a enviar un mensaje por si Ivy lo utilizaba para triangular nuestra posición.

No sabía si nuestros compañeros de equipo estaban vivos o muertos.

Cuando la radio había dejado de emitir, Nedd se había metido en el bosque y no estaba muy segura de dónde había ido.

Las babosas estaban reconfortándose entre sí fusionadas en un gran montón acurrucado en la hamaca junto a mi asiento, embutidas en el pequeño espacio.

Por algún motivo, eso solo conseguía hacerme sentir más sola.

Como si hubiera captado mi malestar, Nanay se deslizó fuera del montón, subió por mi asiento y encajó su cuerpo azul y verde en mi regazo.

—Oooh —dije—. Gracias, Nanay.

La recogí entre mis brazos, bajé de la nave y miré alrededor, esperando por si algún árbol decidía alargar hacia mí sus ramas largas y retorcidas.

El cielo estaba tranquilo. No llovían disparos entre los árboles. No había naves patrullando sobre mi cabeza.

—¿Nedd? —llamé.

—¿Nedd? —repitió Nanay.

No hubo respuesta. El único sonido era el del viento soplando por los árboles. El paracaídas de Nedd colgaba de un árbol y su asiento eyector oscilaba bocabajo en las cuerdas.

Eché a caminar en la dirección que había tomado Nedd, hundiendo los pies en el suelo blando. Lo encontré sentado en un tronco, a unas docenas de metros de distancia, dándome la espalda.

—¿Nedd? —lo llamé.

No se volvió. Llegué tras él, sin saber muy bien qué decir. Quizá debería dejarlo tranquilo, pero ni en los mejores momentos se me daba bien callar y marcharme.

—Quizá han sobrevivido —dije.

—¡Han sobrevivido! —repitió Nanay.

Nedd siguió sentado en silencio. Ni siquiera se dio la vuelta.

—Arturo y Naga —dije—. Él habrá escapado, y se habrá llevado a Dayan consigo. Y Gilaf iba a huir y esconderse. Puede que lo haya conseguido.

—¡Conseguido! —trinó Nanay, y detrás de mí, en la nave, las otras babosas reflejaron la emoción en diversas octavas.

Más silencio.

—Nedd, di algo.

—¡Algo! —repitió Nanay, retorciéndose para que la liberase.

Cuando lo hice, se deslizó por el suelo del bosque en dirección a Nedd.

El silencio estaba empezando a ponerme nerviosa. Era evidente que Nedd quería que lo dejara en paz, pero estábamos varados juntos en aquel bosque y necesitábamos trazar un plan. Así que, aun sabiendo que era mala idea, rodeé el tronco para encararme a él.

Y encontré sus ojos hinchados, su cara, que aún tenía manchas rojas por los vasos sanguíneos rotos, surcada de lágrimas. Tirda. Nedd estaba llorando.

—Lo siento —dije—. Lo siento. Puedo irme.

Supuse que debería haberlo hecho en vez de decirlo. Retrocedí trastabillando, pero Nedd levantó una mano.

—Está bien —dijo. Tenía la voz ahogada, y áspera, y en absoluto neddiana—. Perdona que no te haya hecho caso.

—¡No, tranquilo! —exclamé.

Estrellas, era posible que su mejor amigo acabara de morir y allí estaba yo, molesta porque no quería hablarme. Seguro que no estaba enfadado conmigo, sino solo destrozado por la situación. Pero habría sido más fácil verlo enfadado que tan hecho polvo.

No sabía qué decir, y no quería empeorar las cosas tirando para delante sin pensar. Así que me senté en el extremo del tronco, a unos dos metros de Nedd, y esperé a que hablara él.

Esperé.

Y esperé.

Estrellas, qué difícil era quedarme callada sabiendo que alguien sufría.

—Tú no estabas cuando perdí a mis hermanos —dijo Nedd por fin—. No habías empezado aún en la escuela de vuelo.

Solo era seis meses más joven que el Escuadrón Cielo original, pero a veces daban la sensación de ser muchísimo tiempo.

—Ya —respondí—. Ni siquiera había hecho el examen de piloto.

—Hubo unos escombros —dijo él— cayendo de los cinturones que rodeaban Detritus, y los krells los utilizaron como cobertura para venir a por nosotros.

—Su voz sonaba muy distante, como si una parte de él hubiera regresado a aquel momento—.

Una instalación enorme caía hacia la superficie, y los krells persiguieron a mis hermanos a su interior.

Se perdieron allí dentro y yo estaba intentando salvarlos, ayudarlos a encontrar la salida.

—No lo consiguieron —dije. Conocía el final de la historia, aunque nunca había oído a Nedd contarla.

—Casi morí allí dentro con ellos. —Se encogió de hombros—.

A veces aún los oigo hablándome. Están atrapados y no pueden salir.

Oigo cómo me chillan, en sueños. Estoy buscándolos, pero me deslumbro y no consigo encontrarlos.

Y luego, a veces estoy despierto del todo y oigo a Callum llamarme, como si fuese él quien me busca a mí, todavía intentando encontrar una salida de ese sitio.

Se me partió el corazón por él. Sabía que Nedd echaba de menos a sus hermanos, pero no que lo obsesionaran tanto.

—Siento mucho lo que pasó —dije.

Nedd negó con la cabeza.

—Hoy no debería haberme subido a una nave. No debería ni siquiera estar aquí.

—No ha sido culpa tuya que la batalla nos haya salido mal —repuse—. Arturo nos ha ordenado aterrizar ahí arriba. Era una mala decisión, pero no había manera de saberlo antes de llegar.

Estrellas, quizá nos habíamos acostumbrado todos un poquito demasiado a ser excepcionales durante la guerra, a conseguir cosas casi imposibles, a triunfar contra todo pronóstico.

A lo mejor se nos había terminado la racha e íbamos a morir todos allí uno tras otro.

—Tienes razón —dijo Nedd—. Pero, a la hora de la verdad, me ahogo.

No soy como Jorgen o como Arturo. Me entra…

como una desesperación, ¿sabes? Por salvar a la gente que me importa.

Cuando me derribaron en la guerra, perdí el brazo, pero la hiperbabosa que volaba conmigo perdió la vida.

Mofletes no se lo merecía, y no quiero que muera nadie más por mi culpa.

—Mofletes no murió por tu culpa. Murió porque era un soldado en una guerra. Murió haciendo lo que más le gustaba.

—Murió intentando protegerme —dijo Nedd—.

Hoy no quería poner a Alanik en peligro solo porque no puedo volar.

Quería demostrar que sí que puedo. Pero no es verdad, y veros volar a todos los demás me destroza un día tras otro.

Pero incluso ese dolor se queda en nada comparado con el de ver quemarse a la gente a la que quiero y ser incapaz de salvarlos.

Eso sí que no puedo soportarlo. No debería estar al mando.

No debería ir en una nave, ni siquiera como copiloto. No soy más que un tirdoso lastre.

Deseé que hubiera otra persona allí en mi lugar, alguien que tuviera algo sabio que responder. No me parecía que yo supiera gran cosa sobre el liderazgo, ni sobre la muerte y el duelo y la pena.

—No sé si sentirte así te hace mal comandante —dije al final—, pero sí sé que preocuparte cuando la gente corre peligro te convierte en buena persona.

Nedd se inclinó hacia atrás y alzó la mirada hacia los árboles.

—Nunca quise estar al mando. Llevo todo este tiempo escondiéndome detrás de Arturo y Jorgen. Pero no quiero que nadie muera porque yo no puedo con ello. Es peor que si hubiera aceptado un puesto en tierra. Jorgen me lo ofreció; debería haberle dicho que sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Nedd cerró los ojos.

—Porque no quería decepcionar a Arturo. Pero no era solo eso. También quería seguir en el escuadrón. No quería quedarme atrás.

—Eso lo comprendo —dije—. Arturo no quería traerme a esta misión, y yo tampoco quería quedarme atrás.

—¿Y ahora desearías que te hubiera dejado en Detritus? —preguntó Nedd.

Me lo pensé.

—No —dije al fin—. Porque entonces no habría visto este planeta tan alucinante con este bosque increíble.

Habríais estado todos en peligro igualmente, pero habríais tenido una piloto menos defendiéndoos.

Y puede que pensar así sea egoísta, porque igual otro piloto lo habría hecho mejor, pero me alegro de haber sido yo.

Me alegro de haber tenido la oportunidad de luchar contigo, y con Arturo, y con Alanik y con Gilaf.

Y también me alegro de que tú estuvieras aquí.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Porque eres Nedd. Porque tú… —Me costaba reflejar con palabras en qué consistía la nedditud por excelencia que hacía de él un miembro valioso del equipo—.

Porque tú no tienes miedo de decir las cosas obvias que todos los demás pensamos.

¡Y a veces hay que decir esas cosas! Porque eres un navegador bueno y competente y nos evitas muchos problemas.

Porque ayudas a mantener el buen humor, incluso cuando la misión se pone siniestra que no veas. Porque…

Porque todos nosotros éramos personas válidas que aportábamos mucho al grupo, incluso si no lo hacíamos exactamente igual que lo haría otra persona. Porque no lo hacíamos exactamente igual que nadie más.

—Me alegro de que los dos estemos aquí —añadí—. No cambiaría por nada esta experiencia, incluso si hay partes de la experiencia que son horribles. ¿Tú sí?

Nedd negó con la cabeza.

—Ni hablar. Si Arturo se hubiera marchado y hubiera muerto aquí, me habría pasado la vida lamentando no haber estado aquí con él. Preguntándome si hubiera podido hacer algo para impedirlo, aunque fuese imposible.

—Exacto —dije—. Pero no sabemos si Arturo está muerto. Gilaf y él podrían haber sobrevivido.

—No lo sabes.

—No lo sé. Pero tengo esperanza. Y voy a seguir teniendo esperanza hasta que el universo me demuestre lo contrario.

—¿Cómo puedes hacerlo? —preguntó Nedd—. ¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Cómo te mantienes así de alegre, con toda la violencia y la muerte y la destrucción que hemos visto?