Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 31. Sadie
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31. Sadie

Sadie

Nedd y yo nos impulsamos desde la pared del pasillo y volamos hacia el hangar.

Suki avanzaba por delante sobre su disco, alternando miradas preocupadas hacia delante, en dirección a Alanik y Gilaf, y hacia atrás, donde estábamos nosotros.

Nedd y yo colisionamos entre nosotros al poco de dejar atrás al varvax muerto y nos abrazamos para evitar salir despedidos en direcciones opuestas.

Lo normal habría sido entusiasmarme con tanto contacto físico, pero en esos momentos lo único que me preocupaba era que sobreviviéramos.

Íbamos a dar contra la pared del final poco por encima del agujero donde había estado la puerta doble del hangar, así que roté, di una patada al techo y arrastré a Nedd conmigo volando por el hueco.

Descendimos dando manotazos al aire hasta estrellarnos contra el suelo del hangar.

Gilaf había logrado llegar al Dulo, todavía cargando con Alanik.

Tirda. Con Alanik herida, nos faltaba un piloto.

—¿Ponemos a Alanik en mi espacio de carga, como a Dayan? —pregunté.

Nedd negó con la cabeza.

—Que vaya en el Dulo. Yo pilotaré su nave.

—Los cazas enemigos aún estarán esperándonos fuera —le advertí—. Tendrás que combatir nada más despeguemos.

—Alanik está herida —dijo él—. Necesita un asiento. Podré con ello.

Se empujó pared abajo hasta el botón que controlaba las puertas del hangar. En el momento en que las abriésemos, los drones de fuera podrían atacarnos de nuevo.

—Ya lo hago yo —dije—. Tú ve a la nave de Alanik.

Gilaf ya estaba poniéndole las correas a su hermana en el asiento del copiloto del Dulo, y Suki se unió a ellos en el asiento de tamaño kitsen que había en el panel de control de la nave biplaza.

Arturo y Dayan llegaron volando por el agujero de la pared, agarrados uno a le otre, impulsados por el látigo de Dayan.

Le gladiadore usó su arma para enganchar el morro de la nave de Arturo y desplazarse hacia ella.

—¡Voy a llevar yo la nave de Alanik! —le informó Nedd—. Sadie se ocupa de los controles de la puerta.

Por la mirada que lanzó Arturo a Alanik, noté que habría preferido ser él quien volara con ella, pero no protestó.

—Entendido —dijo Arturo—. Vámonos de aquí ahora mismo.

Nedd abrió la cubierta de Alanik y se metió dentro, cargado con la mochila de Alanik, donde iban varias babosas.

Cuando Dayan se hubo puesto el arnés improvisado y todos mis compañeros de escuadrón estuvieron en sus naves, pulsé el control de las puertas del hangar y me impulsé desde la pared en dirección a mi propio caza.

Los demás elevaron sus naves en el aire mientras yo me apresuraba a sentarme y ponerme los correajes.

A través de mi cubierta, vi que el cañón taynix de los varvax llegaba por el agujero de la pared, apuntado en nuestra dirección.

Sin darle ocasión de atraparme en su área de impacto, despegué, giré mi nave y salí disparada del hangar tras el resto de mi equipo, dejando atrás la fricción de la burbuja de oxígeno.

El enemigo estaba esperándonos y abrió fuego al instante. Encontré a Nedd y me quedé a su ala por si se metía en problemas, aunque mantenía un rumbo firme. Sobrecargamos juntos los propulsores y nos alejamos de la estación hacia el planeta.

—Espíritu —dijo Arturo por el comunicador—, ¿cómo está Ángel?

—Inconsciente —respondió Gilaf—, pero respira.

Arturo soltó una palabrota.

—Tenemos que decirle a Bob que solicite un hipersalto.

—¡Bob! —trinó Naga por la radio—. ¡Hipersalto!

—Creo que habrá entendido el mensaje —dijo Nedd.

—Id hacia el borde del campo inhibidor —ordenó Arturo—.

Cuanto antes salgamos de la zona muerta, antes podrá hacer Bob la solicitud.

Hipersaltaremos hasta el bosque y nos esconderemos, igual que la vez anterior.

Por ahora, solo maniobras evasivas. Vuestro objetivo es seguir con vida y seguir juntos.

—¡Recibido, Anfi! —exclamé, haciendo bailar mi nave en una pauta errática para dificultar que el enemigo me apuntara.

—Nedder —dijo Arturo—, ¿cómo vas?

—Sigo aquí —respondió Nedd, aunque su nave empezó a temblar por la resistencia al reentrar en la atmósfera de Infortunio.

Bajé la mirada hacia las babosas, al lado de mi asiento, y vi que los pinchos de Hoid volvían a ser de colores.

—¿Cómo va Bob con ese permiso? —pregunté.

—¡Con ese permiso! —flauteó Vuelta, pero supuse que en realidad aún no lo teníamos, porque nadie había hipersaltado.

—Se me ha roto la lanza de luz en la pelea —añadí por radio—. Así que alguien tendrá que conectar mi nave cuando estemos listos para saltar.

—Yo me ocupo —dijo Nedd, aunque en esos momentos no parecía capaz de hacer mucho aparte de mantener su nave recta mientras atravesábamos la atmósfera en dirección al planeta.

Distinguí Epifanía, muy por debajo de nosotros, como un puntito blanco en un mar de gris purpúreo.

El enemigo nos dio alcance y tres drones se pusieron a mi cola, todos disparando para crear un efecto de fuego cruzado, imposible de esquivar. Lo intenté de todos modos, lanzando mi nave a una tijera gemela, pero no pude evitar el fuego de destructor y mi escudo se llevó un impacto.

A Nedd le iba peor. No tenía la destreza necesaria para hacer maniobras evasivas complejas. Las naves enemigas me adelantaron y alcanzaron sus escudos una vez, dos. Tres veces.

—¡Nedder! —grité—. ¡Anfi, Nedder tiene problemas!

Un último disparo le dio en el ala y su nave empezó a caer. Se me atenazó la garganta mientras veía a Nedd intentando controlar su nave, pero ni el piloto más hábil del universo podría haber sacado esa nave de su descenso incontrolado.

—¡Nedder! —chillé por la radio—. ¡Eyéctate!

Durante un horripilante momento, la nave de Nedd empezó a caer en espiral con él todavía dentro.

Y entonces el caza se partió en dos y la explosión catapultó el asiento del piloto por los aires mientras los restos seguían cayendo, cayendo, cayendo.

Un dron enemigo voló hacia él, sin dejar de disparar.

Estrellas, estaba totalmente desprotegido.

Si iban a seguir disparándonos incluso después de derribar nuestras naves, no podía dejarlo atrás para que aterrizara en el bosque.

Di la vuelta a mi nave con un bucle Ahlstrom y disparé a la nave que iba a por él.

El dron desvió sus disparos hacia mí e inicié maniobras evasivas, llevándome también las otras naves enemigas a mi cola.

Más abajo, vi que el paracaídas de Nedd se abría. Si conseguía mantener esas naves apartadas de él, con un poco de suerte llegaría a la superficie ileso.

—Centinela —llamó Arturo—, informe de situación.

Vi en mis monitores que su nave y la de Gilaf seguían acelerando en dirección a la ciudad, acosadas por varios cazas enemigos más. Arturo llevaba a Naga y yo a Vuelta, así que, si Bob conseguía permiso para dos hipersaltos, aún podríamos salir de aquella incluso estando separados.

—No puedo abandonar a Nedd —dije por la radio.

Nedd tenía un comunicador portátil, pero, incluso si lo llevaba encima, era muy improbable que pudiera sacarlo y utilizarlo hasta después de aterrizar.

—Daremos media vuelta —dijo Arturo.

—Van más naves hacia vosotros —dije.

Estrellas, no creía que fuésemos a poder con tantas. Me alejé más de Arturo y Gilaf, volando más bajo, concentrándome en evitar el fuego enemigo.

Ya no distinguía a Nedd sobre el bosque. Era posible que hubiera aterrizado por fin. Estrellas, esperaba que sobreviviera al impacto.

Vuelta trinó a mi lado.

—¡Permiso! —dijo en tono apremiante—. ¡Permiso!

Por las estrellas, ya era hora.

—Creo que Vuelta tiene permiso para hipersaltar —informé.

—Úsalo —dijo Arturo—. Vete.

Recibí otro impacto en mis escudos mientras los cazas enemigos me rodeaban.

—¿Y tú, qué? —pregunté.

—Centinela —dijo Arturo—, ¡vete!

Viré de golpe a la derecha para evitar el fuego enemigo y la inercia me empujó de lado en mi asiento cuando los ConGravs se saturaron. Llevaba cuatro drones a cola y venían más en mi dirección.

—Muy bien, Vuelta —dije—. ¡Hipersalto!

—¡Hipersalto! —exclamó Vuelta.

Comprendí que estaba esperando a que le dijera dónde ir.

—Llévame con Nedd —le pedí.

Y de pronto el mundo se oscureció.