32. Arturo
Arturo
Teníamos problemas muy graves. Cuando Sadie se marchó hipersaltando, las naves que habían estado persiguiéndola se volvieron en nuestra dirección.
Gilaf y yo serpenteamos por el aire, esquivando y girando sobre nuestro eje para mantenernos fuera de la línea enemiga de fuego.
Ninguno de los dos nos atrevíamos a usar el PMI para anular los escudos enemigos, aunque sí que conseguimos acumular la suficiente potencia de destructores sobre el escuadrón enemigo para derribar a dos de sus miembros.
Mientras las naves caían hacia el planeta, Dayan me gritó al oído:
—¡Van a poder vernos desde la ciudad!
—¡La supervivencia va primero! —respondí—. ¡El secretismo, luego!
—Pero acabáis de derribar dos naves del cielo —dijo Dayan—. ¿Dónde crees que van a caer?
Estrellas.
—Con un poco de suerte, en el bosque deshabitado. —Tampoco podía dedicar mucho tiempo a preocuparme por ello—. ¿Bob ha solicitado ya otro hipersalto? —pregunté por radio.
—¡Bob! —exclamó Bob, lo que interpreté como que estaba en ello.
Las naves estaban convergiendo ya sobre nosotros, y estrellas, no creía que tuviéramos tiempo de esperar al hipersalto.
Gilaf se llevó a un grupo de cazas en una dirección y yo a un segundo grupo en otra.
Incluso si los dos durábamos lo suficiente como para hipersaltar, no íbamos a poder enlazar nuestras naves para el salto sin que nos derribaran.
Y, si me daban a mí, no iba a poder abandonar la nave, al menos no sin que la eyección del asiento vaporizase a Dayan.
—Voy a distraerlos —dije a Gilaf—. Tú dirígete al río, vuela siguiendo su curso y escóndete.
—No voy a abandonarte.
—Podríais haberos ahorrado todos estos problemas —dijo Ivy por mi comunicador— si me hubierais dejado trabajar tranquila.
Tirda. Había conseguido descifrar nuestro canal privado. Si cambiábamos, ¿cuánto tardaría en seguirnos? ¿Cuánto tiempo llevaba escuchando?
Abrí la boca para ordenar silencio radiofónico, pero antes de poder pronunciar las palabras, llegó una andanada de fuego de destructor. Cuatro cazas de los que me perseguían habían tomado posición para un ataque coordinado y, mientras me escoraba para esquivar, los disparos siguieron llegando.
Mis escudos se anularon. Los destructores acribillaron el casco de mi nave. Un ala salió arrancada y mi caza empezó a caer.
—¡Tirda! —grité.
Mi mano se movió hacia la palanca de eyección, pero, si la utilizaba, Dayan moriría. Si nos estrellábamos contra el suelo en descenso incontrolado, moriríamos ambos. Agarré la esfera de control, intentando ganar tiempo. ¿Había alguna manera de que nos salváramos?
La nave de Gilaf pasó volando por encima de la mía y ahuyentó a las naves que aún me perseguían.
—¿Anfi? —llegó la voz de Nedd por radio—. ¿Estás bien?
—Me han dado —dije—. Gilaf, tienes que huir. Intenta quitártelos de encima.
Era improbable que pudiera, pero seguía siendo mejor que morir allí conmigo.
—¿Alguna posibilidad de hipersaltar? —grité a Naga.
—¡Alguna posibilidad! —trinó ella, y lo interpreté como que aún no.
Estrellas. Si seguíamos esperando al hipersalto, podríamos terminar todos muertos. Alguien tenía que eyectarse para maximizar nuestras posibilidades, pero por los santos que no iba a ser yo.
—¡Cámbiate de sitio conmigo! —grité a Dayan.
Me quité las correas y me apreté contra la cubierta mientras la nave seguía descendiendo fuera de control. Dayan solo titubeó una fracción de segundo antes de ponerse en mi asiento.
—¿Se puede saber qué haces? —preguntó.
—¡Las correas!
Bajé la mano y saqué a Naga de su hamaca. Dayan se puso las sujeciones. Estrellas, ya casi se distinguían las ramas de los árboles ahí abajo. Unos segundos más y sería demasiado tarde.
—¡La palanca de eyección está entre tus piernas! —grité—. ¡Tira de ella nada más me haya ido!
Estiré el brazo y desactivé el cierre de seguridad de la cubierta. Luego abracé a Naga fuerte contra mi pecho y abrí la cabina de la nave.
Naga y yo salimos volando al instante por los aires.
El viento me fustigaba tan rápido que no podía respirar, no podía pensar, no podía hacer nada más que aferrarme a Naga.
Nos alejamos de la nave mientras seguía cayendo, y entonces vi que Dayan se eyectaba, que su asiento salía despedido hacia arriba desde el casco roto y que su paracaídas florecía en medio del aire.
Quizá elle sobreviviera, pero a Naga y a mí nos quedaban poquísimos segundos.