30. Arturo
Arturo
Nunca había reparado en lo mucho que dependía de la gravedad hasta que desapareció.
El cañón avanzaba hacia nosotros desde el lado opuesto de la sala, anclado al suelo por lo que supuse que serían imanes, mientras nosotros nos aferrábamos a los muebles, en un intento desesperado de mantenernos fuera de su trayectoria.
Naga se aovilló en torno a mi nuca, metiendo la parte trasera en el cuello de mi traje de vuelo para no salir despedida flotando cuando me moviera.
Habíamos logrado todos llegar lo bastante bajo para evitar el grueso de la oleada conmocionadora, que pretendía doblegar nuestra mente y dejarnos sin sentido.
La Supremacía no acostumbraba a poner a taynix en armas pequeñas; solía reservarse la citónica para las naves de guerra y otro armamento pesado, de modo que no fuese fácil que sus babosas terminaran robadas o extraviadas.
Aquellos varvax sin duda operaban con una filosofía distinta.
Había cinco amontonados a ambos lados del cañón, con las pistolas listas, buscando cobertura tras una hilera de mesas.
Al contrario que los varvax con túnica que habíamos encontrado bajo el coliseo, aquellos llevaban el exoesqueleto típico, el que ocultaba su cuerpo real de cangrejo tras la celada del yelmo.
Sus pies se pegaban al suelo, gracias a lo que supuse que sería también un diseño magnético y no algún tipo de magia antigravitatoria varvax.
Abrieron fuego al instante.
—¡Tirda! —grité, disparando también mi pistola en dirección a ellos.
Mi equipo apuntó alrededor de distintas piezas de mobiliario de oficina y disparó a los varvax mientras Suki se cubría en una esquina del cubículo y se perdía de vista.
Dayan me agarró por el hombro y rodeó con la punta de su látigo de luz el borde del marco de una puerta abierta.
Tiró de mí hasta el otro lado y nos refugiamos en lo que parecía un almacén.
La espada láser que había robado del coliseo seguía en mi mochila, pero no iba a embestir con ella por delante mientras ese cañón siguiera avanzando.
El lugar al que habíamos huido contenía equipo de mantenimiento, probablemente utilizado por el personal de tierra para reparar sus drones.
Fuera del almacén, el fuego de pistola hizo trizas varios monitores.
En pleno caos, Nedd y Alanik habían conseguido unirse a Sadie, Gilaf y Suki en la zona de cubículos, justo al otro lado de la puerta que habíamos cruzado Dayan y yo.
Un disparo quemó el brazo de Sadie, dejándole una larga marca negra en la manga y haciendo que soltara su pistola, que salió flotando fuera de su alcance.
Sadie se agachó, hizo palanca para pegarse al suelo y arrojó una silla por encima de la pared del cubículo.
En el reflejo de un monitor lejano, vi cómo la silla se catapultaba por el aire, impactaba en un varvax y lo derribaba.
El varvax y la silla dieron contra la pared del fondo.
Me agarré al marco de la puerta para no meterme sin querer en la línea de fuego mientras los varvax, con sus botas magnéticas, avanzaban hacia nosotros con facilidad. A cada paso, habían estado más preparados de lo que esperábamos.
Apunté al varvax más cercano y disparé. Le di en el hombro y destruí el brazo de su exoesqueleto con el que disparaba.
Desde los cubículos, el resto abrió fuego también contra los varvax mientras Sadie iba agarrando sillas que flotaban por ahí para lanzarlas por encima de la pared, enviándose ella misma cada vez contra el lado opuesto del cubículo.
En la confusión, disparé al varvax manco, pero esa vez apuntando a la cabeza.
Sonaron chasquidos y estallidos desde el lado opuesto, los gritos en su propio idioma de un varvax que hacía aspavientos. Todos los varvax que había dentro de la sala se apartaron contra las paredes, alejándose del cañón.
Tirda, iban a disparar otra vez.
—¡Al suelo! —grité.
Dayan se agarró a un estante y usó su látigo de luz para atraparme e impulsarme hacia abajo.
Choqué contra el suelo y noté un dolor agudo en la cadera.
Naga se apretó contra mi cuello desde atrás y yo pegué la cara a la superficie, un poco vuelta para mirar por la puerta.
Mis compañeros de equipo se esforzaban también por apuntar su propio vector de impulso hacia abajo.
Tiraban unos de otros agarrándose del brazo, el tobillo o la manga del traje de vuelo, cualquier cosa con tal de escapar del próximo disparo.
Me preparé para desorientarme, esperando que no hubieran conseguido poner el cañón con el suficiente ángulo descendente para alcanzarnos esa vez.
El cañón disparó y una metralla invisible atravesó las paredes del cubículo e hizo un agujero en la pared por encima de mí. Los monitores de ordenador se quebraron en una lluvia de plástico y cristal volando que flotó como hojas atrapadas en una repentina corriente ascendente.
¡Estrellas, eso había sido un ataque con cuchillas mentales!
Los varvax debían de estar torturando a sus taynix, para hacer que reaccionaran con tanta violencia.
Me habría encantado lanzarme a la carga y liberarlos, pero los varvax ya habían vuelto a disparar y no había forma de cruzar el centro de mando sin que me derribaran.
Nedd y Sadie interceptaron un pedazo de pared de cubículo rota que volaba hacia ellos, le dieron impulso con la palma de las manos e invirtieron su dirección para que volara hacia los varvax mientras ellos se impulsaban hacia el suelo.
La pared no iba a dañar a nuestros atacantes, pero, de momento al menos, les bloquearía la línea de visión.
El disco de Suki se movió como una exhalación doblando la esquina en la dirección desde la que habíamos llegado.
Me alegré de que estuviera poniéndose a salvo.
Alanik estaba desplomada en el suelo al lado de Sadie, agarrándose el hombro, mientras unos pegotes de algo húmedo y oscuro salían flotando de su piel.
Oh, no. Era sangre. A Alanik la habían alcanzado o bien las cuchillas mentales, o bien la metralla.
Gilaf se empujó desde una mesa, llegó flotando junto a ella y le agarró el brazo para presionarle la herida con la otra mano.
Mientras yo abría fuego de cobertura a través del marco de la puerta, Dayan usó su látigo de luz para agarrar a Alanik por la cintura y tirar de ella hacia nosotros.
Llegó flotando por la puerta y la agarré, dejé que su cuerpo chocara contra el mío y nos metiera más a los dos en el almacén.
Dayan se cambió el látigo de mano y apuntó con su pistola hacia la puerta para cubrirme mientras yo atendía a Alanik.
Tenía los ojos cerrados, el cuerpo flácido. Le apreté las manos contra el hombro y una sangre oscura burbujeó entre mis dedos. No podía luchar y contener su hemorragia a la vez, así que le quité la chaqueta de vuelo y se la até alrededor del hombro tan tensa como pude.
En lugar de avanzar hacia nosotros, los varvax empezaron a subir por la pared del lado opuesto.
El primero en llegar arriba pivotó, plantó los pies en el techo y procedió a cruzar la sala.
Le disparé con mi mano libre y le dañé una pierna, que arranqué de la bota, con lo que ya solo le quedaba un pie sujeto al techo por magnetismo.
Eso le impidió seguir adelante, pero el varvax se quedó en el techo y abrió fuego, en la práctica convertido en una torreta.
Dayan atacó en su dirección con el látigo de luz y envió al varvax contra el suelo, pero ya había otros recorriendo el techo cerca de él.
No íbamos a poder contenerlos. Estrellas, ¿cuándo había aprendido la Supremacía a luchar así? Si otros operativos enemigos que habíamos encontrado hubieran sido igual de eficaces, a lo mejor aún estaríamos atrapados en Detritus.
El equipo del cañón estaba cruzando con él la sala, dándole empujones cortos para no separarlo por completo del suelo cuando el mecanismo magnético se desactivaba. Si lograban dispararlo otra vez contra mi equipo, estábamos muertos.
Aquello no funcionaba. Teníamos que escapar.
Si nos retirábamos al hangar, aún tendríamos que regresar luchando contra naves enemigas para liberarnos del inhibidor y poder hipersaltar de vuelta al planeta para escondernos.
Pero, estando delante aquellos varvax tan excesivamente agresivos, teníamos más posibilidades allí fuera que contra ellos.
—¡Escuadrón Cielo, retirada! —grité.
Gilaf se impulsó con las piernas hacia atrás contra una mesa atornillada al suelo y voló hacia la puerta sin dejar de disparar al enemigo. Nedd y Sadie se arrojaron tras él, llevando aún en sus mochilas a toda una manada de taynix.
Yo intenté asomarme por la puerta para abrir fuego de cobertura y ayudar a los demás a escapar, pero los varvax del techo ya habían avanzado lo suficiente para disparar a través del hueco y nos obligaron a retroceder a Dayan y a mí.
—Necesito cobertura para sacar a Alanik —dije.
Dayan se agarró a la estantería y empezó a arrojar partes de nave, circuitería y herramientas como sierras o lijadoras, todo lo que tenía a su alcance, hacia la sala principal para cubrir nuestra huida.
Seguí disparando, con un brazo alrededor de Alanik, su cuerpo pegado al mío, mi mano apretada en su hombro. Los varvax concentraron su fuego en mí, haciendo imposible que avanzáramos por la sala de mando.
Pero eso dio una oportunidad a los demás. Sadie y Nedd lograron cobijarse en el pasillo mientras Gilaf dudaba, sin duda preocupado por Alanik. Se empujó desde la pared y se lanzó de nuevo por la sala, evitando por los pelos el fuego dirigido a mí.
—¡Anfi! —gritó Nedd.
—¡Ya voy! —respondí.
No quería soltar a Alanik, pero, si no hacía algo, íbamos a morir todos allí. Dejé que Gilaf la sujetase en mi lugar y me agaché tras la pared del almacén para meter la mano en mi mochila y sacar la espada láser.
Dayan liberó una balda de una estantería y la lanzó por el hueco de la puerta hacia los varvax del techo.
Yo me impulsé desde el suelo y me arrojé tras ella, utilizándola para cubrirme.
Los enemigos del suelo se apresuraron a apuntar el cañón hacia arriba mientras yo surcaba el aire.
El estante rebotó con estrépito en las armaduras de los varvax del techo, que abrieron fuego a lo loco en mi dirección mientras yo activaba la espada láser y la empuñaba con el filo hacia un lado.
Di un espadazo. Los varvax estaban desequilibrados por la balda voladora y logré cortar a dos por la mitad a la altura del torso antes de poner mi brazo libre por delante y prepararme para el golpe contra el techo.
Otros dos varvax abrieron fuego, pero Dayan los distrajo lanzándoles una caja de herramientas entera.
Vi las llaves inglesas y las de tubo volar en un torrente de metal.
Gilaf aprovechó la oportunidad para sacar a Alanik del almacén hacia el pasillo del hangar.
Pero tenía que conseguirle tiempo para que la pusiera a salvo.
Me impulsé desde el techo, cambié de dirección…
y calculé mal el ángulo. Un varvax gritó y una oleada conmocionadora reverberó por toda la sala y me dio de lleno.
Se me emborronó la visión y noté vibrar el cerebro dentro del cráneo.
Desorientado como estaba, di contra la pared sin protegerme y reboté en ella hacia los varvax.
No podía ver. No podía pensar. No podía hacer nada más que inútiles aspavientos mientras la cabeza me palpitaba y me daba vueltas.
—¡Voy! —trinó Naga, todavía sujeta a mi cuello, pero sin los códigos del inhibidor no podía ayudar en nada.
Entonces noté que algo se enrollaba alrededor de mi torno y de pronto tiraba con fuerza de mí hacia abajo.
Se me empezó a aclarar la visión y me descubrí remolcado detrás de Dayan como una cometa en su hilo, mientras le gladiadore se impulsaba por la puerta y pasillo abajo, siguiendo al resto en dirección al hangar.
Sacudí la cabeza, intentando despejarla. Conseguí girar en el aire y ponerme derecho. Necesitaría tener la mente clara para lo que venía a continuación.