29. Sadie
Sadie
Ay, estrellas. ¡Ay, estrellas! Las otras naves seguían agolpándose a nuestro alrededor, disparando sin tregua, pero Nedd y Gilaf desaparecieron bajo el saliente de la estación cilíndrica, por unas puertas de hangar abiertas.
Si cerraban esas puertas, ya no podríamos llegar hasta ellos.
—¡Nedder! —gritó Arturo por el comunicador—. ¡Nedd!
—Voy a entrar —dijo Alanik.
No pidió permiso, no esperó a que Arturo lo autorizase. Descendió sin más entre la lluvia de fuego de destructor y se perdió de vista también por las puertas del hangar.
—¿Anfi? —dije.
—Ve con ella —dijo Arturo—. Te cubriré y os seguiré.
No me hacía gracia dejarlo atrás, pero no vacilé. Descendí siguiendo a Alanik por encima de la plataforma de aterrizaje. Mi nave empezó a comportarse de un modo distinto al pasar por la burbuja de aire que la rodeaba, y la súbita resistencia atmosférica hizo que pareciera lenta y torpe.
El dron enemigo que había remolcado a Nedd y Gilaf al hangar de aterrizaje dio media vuelta e inmediatamente abrió fuego contra Alanik y yo.
Recibí un segundo golpe en el escudo estando concentrada en el Dulo de Gilaf, que había chocado contra el suelo del hangar y yacía inerte bajo la nave enemiga.
Veíamos gracias a una luz tenue y amarilla que llegaba desde arriba.
Me eché hacia delante contra el arnés al invertir los propulsores para frenar rápido y evitar estamparme contra la pared del fondo.
Estrellas, ¿cómo de fuerte había sido la inercia de ese giro? ¿Les había hecho estallar los vasos sanguíneos? ¿Los había matado?
Mi escudo recibió un último impacto y cayó, dejándome desprotegida.
Chillé y concentré mis destructores en la nave que tenía delante.
Alanik se unió a mis disparos y, entre las dos, la destrozamos.
Logré detener mi nave justo detrás de los restos, para usarlos como cobertura.
Puse mi escudo a reiniciarse y comprobé los niveles de oxígeno en el exterior.
Mis monitores indicaron que el aire era respirable. El personal de tierra parecía haber evacuado la zona, pero la enorme puerta doble que llevaba hacia la estación propiamente dicha estaba abierta y el cañón de una gran arma asomaba por el hueco.
—¡Gilaf! —gritó Alanik por la radio, sin molestarse en utilizar su identificador—. ¡Responde!
Cayó más fuego de destructor sobre la plataforma de aterrizaje a nuestra espalda mientras Arturo trazaba un bucle, apartando al grueso de los drones de nosotras, pero incapaz de hacer un aterrizaje seguro sin traérselos consigo.
El arma que asomaba de la estación en sí no parecía lo bastante pesada como para dañar nuestras naves, pero sí que nos impediría bajar de los cazas para ir a ayudar a Nedd y Gilaf.
—¡Cúbreme! —pedí a Alanik.
Encaré mi nave hacia las puertas al mismo tiempo que el arma empezaba a disparar. Devolví el fuego.
Aquella ametralladora no era rival para los destructores de una nave estelar. Mis disparos aniquilaron el arma, ambas puertas y una parte considerable del marco. No se veía a nadie al otro lado. Imaginé que había enviado al tirador muy atrás y hecho pedacitos.
Estrellas, si entrábamos allí, ¿veríamos el cadáver?
La mayoría de las naves que derribábamos eran drones, e incluso las que iban pilotadas solían estar lejos, meros restos cayendo por el aire.
Sabía que aquella persona había intentado matarme a mí antes, pero seguía sin gustarme la idea de mirarla a los ojos más adelante, si quedaba algún ojo que mirar.
Agarré mi mochila con la radio, la línea de luz y la pistola.
Metí dentro a Hoid, todavía sin color en los pinchos, y a Vuelta antes de salir de mi nave.
Alanik ya había desembarcado y corría desde la relativa seguridad de su caza hacia la sombra del Dulo para forzar la abertura de su cubierta.
Estaba agarrando a Gilaf por las axilas cuando llegué yo.
Gilaf gemía, con las dos manos en la cabeza.
Las protuberancias óseas de su cara estaban rodeadas de manchas de color púrpura oscuro, y tenía puntos casi negros en la esclerótica.
Pero estaba consciente. Estaba vivo. Dijo algo, pero se le debía de haber caído el alfiler traductor, porque no lo entendí.
Nedd parecía igual de desorientado, pero me miró parpadeando mientras me izaba al interior de la nave.
Se le había soltado la prótesis y colgaba flácida en su manga.
Hice una mueca cuando se quitó la máscara.
Tenía el rostro cubierto de erupciones rojizas, los ojos enrojecidos también por los capilares rotos.
Tenía un aspecto horrible, y me imaginé que también un dolor de cabeza infernal, pero al menos estaba consciente. Cosa que probablemente significaba que no tenía daños permanentes en el cerebro.
Alanik metió a Mimitos, Plam y Nanay en su mochila con Bob y empezó a sacar a Gilaf de la nave.
—¿Estás bien? —pregunté a Nedd.
—Creo que sí —dijo él—. ¿Dónde estamos?
—En el hangar.
Localicé su pistola en el lado del asiento y se la puse en la mano. Normalmente no querría que una persona desorientada fuese por ahí con un arma corta, pero, en ese caso, dejarlo sin una era un riesgo aún mayor.
Llegó más fuego de destructor, que desintegró los restos de la nave que había derribado. No podíamos quedarnos allí, o iban a matarnos.
La nave de Arturo llegó a través de las puertas del hangar. Cuando aterrizase, ya no tendríamos a nadie en el aire para apartar esos drones de nosotros.
—Tenemos que irnos —dije—. ¡Vamos!
Saqué a Nedd de la nave y tiré de él hacia la puerta que daba a la estación en sí.
Nuestras naves habían terminado casi contra la pared, así que los drones no podrían dispararles sin destruir partes de la estación espacial.
Quizá lo considerasen un daño colateral aceptable si así nos impedían huir, así que busqué en la pared hasta hallar un panel de control.
Recé por no estar a punto de evacuar todo el oxígeno, aunque supuse que eso requeriría algo más que apretar un simple botón, y fui accionando interruptores hasta que las puertas del hangar se cerraron, impidiendo que los cazas enemigos nos siguieran, de momento al menos.
Alanik llevó a Gilaf por el agujero en la pared de la estación.
Nedd y yo los seguimos mientras Arturo aterrizaba.
Abrió la cubierta de su nave, bajó de un salto y echó a correr hacia nosotros.
Dayan salió tras él, con el látigo de luz en una mano y Naga en la otra, poniendo cara de susto pero alegre por haber abandonado el caza estelar.
Nedd no parecía tener el paso muy firme, pero sí que llevaba la pistola destructora apuntada hacia donde debía mientras entrábamos en el pasillo.
El cuerpo roto del varxax al que había disparado yacía contra la pared del fondo, su exoesqueleto hecho pedazos, dejando escapar un fluido marronáceo.
Dayan se lo quedó mirando como si no supiera muy bien qué veía.
Yo aparté los ojos del cuerpo. Quizá el varvax había sobrevivido. Pero, en ese caso, ¿iba a dejarlo allí para que intentara matarnos otro día? No supe qué preferir.
Arturo tomó a Naga de la mano de Dayan y nos siguió dentro, seguido por Suki flotando en su disco.
Éramos una unidad de infantería bastante poco numerosa, pero los varvax siempre habían cedido terreno ante la agresividad humana, y esperé que lo hicieran allí también.
Llegamos todos al final del pasillo, apuntando con las pistolas hacia delante, dispuestos a abrir fuego contra cualquier resistencia que encontrásemos.
Nos pegamos a las paredes, con las armas hacia fuera, y entramos en una especie de centro de mando con el techo alto y las paredes cubiertas de pantallas de ordenador por encima de puestos de control.
La parte izquierda de la sala estaba dividida en cubículos por paredes parciales, de solo metro y medio de altura.
El centro parecía abandonado, aunque varios monitores seguían encendidos. Gran parte del texto estaba en lo que supuse que sería el idioma varvax, pero una pantalla cerca del techo mostraba los nombres de los gladiadores de Infortunio. Parecía ser algún tipo de tabla de clasificación.
Nedd había conseguido recolocarse la prótesis y activarla. Gilaf y él parecían un poco más coherentes, y menos mal, porque necesitábamos estar todos en plena forma si queríamos salir de aquella con vida.
Alanik fue hacia una pantalla de ordenador sosteniendo en alto su alfiler traductor para que pudiera captar el texto.
Antes de que el alfiler pudiera hablar, llegó una voz por el sistema de sonido de la sala, atronadora y mecánica.
El alfiler de Alanik tradujo las palabras: «Instalación invadida».
Todas las pantallas de ordenador se apagaron.
—Tirda —dijo Arturo—. Parece que no vamos a obtener información así.
Busqué otras salidas en la sala. Había dos puertas a ambos lados de la pared opuesta, más o menos del tamaño humano habitual, que se internaban todavía más en la estación espacial.
—No vais a ganar —llegó la voz de Ivy por los altavoces—. Habéis descuidado esta instalación demasiado tiempo, y ahora es demasiado tarde.
—La Supremacía descuidó Infortunio —repetí—, ¿y entonces Ivy convirtió el planeta en su propia facción escindida?
Nadie tuvo ocasión de debatir la hipótesis conmigo, porque en ese instante todo en la sala empezó a flotar, nosotros incluidos.
Se me subió el estómago a la garganta mientras mi cuerpo entero se elevaba en el aire, ingrávido.
Hoid casi salió de mi mochila abierta, y volví a meterlo.
Vuelta y él se enroscaron alrededor del otro, con aspecto pálido y asustado.
—Tirda —exclamó Arturo—. Han apagado la gravedad artificial.
—Esto es increíble —dije.
Estiré la mano, agarré el brazo de Gilaf y me empujé hacia él mientras los dos flotábamos en el aire. Solo Suki podía moverse igual que antes, ya que iba sujeta a su disco, que estaba impulsado por piedra de pendiente y en consecuencia actuaba de forma parecida con gravedad y sin ella.
En ese momento, una de las puertas de la pared del fondo se abrió y el cañón de un arma asomó rodando.
Ay, tirda. Eso ya no era tan increíble.
—¡A cubierto! —gritó Arturo.
Era fácil decirlo. Empujé el hombro de Gilaf para impulsarme hacia el suelo. Descendí flotando mucho más despacio de lo que habría querido, pero volví la cabeza para ver horrorizada cómo Gilaf se movía en dirección contraria, ascendiendo poco a poco hacia el techo, completamente expuesto.
—¡Tirda, lo siento! —exclamé.
Pero Gilaf empujó la esquina de un monitor y se envió a sí mismo hacia el suelo mucho más rápido que yo. Suki descendió sobre su disco a mi lado. Naga salió flotando del hombro de Arturo y Dayan la atrapó con su látigo de luz para devolverla al alcance de Arturo.
Me retorcí para ver dónde estaba Nedd, no muy segura de si sus reflejos se habrían recuperado, y descubrí que Alanik y él se habían aplanado también contra el suelo, agarrados a las patas atornilladas de las mesas y empujando contra la parte inferior de su superficie para no flotar.
Me preparé para el impacto del cañón, pero no provocó ningún daño en el mobiliario, los monitores ni la pared de detrás de nosotros.
Ninguna masa de materia pasó disparada sobre nuestra cabeza, pero sentí la energía vibrar en los oídos, zumbando con una frecuencia que convirtió mis pensamientos en gelatina.
Estaba lo bastante alejada en su radio de acción para no perder la consciencia, pero reconocí aquella sensación enfermiza, desorientada, incluso tan atenuada.
—Oleada conmocionadora —dijo Alanik.
Estrellas, tenían una babosa conmocionadora atrapada dentro de aquel cañón.
Seguía sin saber qué estaban haciendo allí aquellos varvax, pero desde luego no iban a rendirse tan rápido como habíamos esperado.