Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 28. Sadie
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28. Sadie

Sadie

Estábamos cerca de la plataforma de aterrizaje.

La encontramos vacía de naves, quizá porque habían despegado todas antes de nuestra llegada para tendernos la emboscada y derribarnos.

Arturo decía que no era culpa mía. Y yo había interpretado el papel que me tocaba interpretar.

Pero aun así lo sentía como un fracaso, como si fuese responsabilidad mía que estuviéramos luchando por nuestras vidas contra un enemigo abrumador, sin tener apenas idea de qué clase de resistencia afrontaríamos al aterrizar.

Lo único que se interponía entre nosotros y ese descubrimiento aterrador eran las baterías armamentísticas que rodeaban el perímetro de la abertura circular de la estación espacial.

Había cuatro, situadas a las doce, las tres, las seis y las nueve en punto.

La plataforma de aterrizaje estaba cerca de la entrada del acceso al tubo gigante, con una burbuja atmosférica sobre ella.

Se perdía de vista hacia dentro de la estación, así que supuse que el hangar estaría oculto en algún lugar más profundo.

Arturo y Alanik estaban logrando quitarnos de encima a los cazas enemigos, pero cada vez que me acercaba demasiado a la plataforma de aterrizaje, las baterías automáticas apuntaban a mi nave y enviaban una descarga de energía en mi dirección que me obligaba a apartarme.

—¿Órdenes, Anfi? —pregunté.

—Nedder —dijo Arturo—, ¿podemos destruir esas armas estáticas?

—Afirmativo —respondió Nedd—. Tienen escudos, pero disparándoles lo suficiente deberíamos poder destruirlas.

—Hacedlo —ordenó Arturo.

—Recibido —dije—. Ataquemos juntos a la de arriba.

Gilaf y yo volamos hacia la batería situada a las doce en punto y abrimos fuego contra ella.

El arma apuntó a mi nave y tuve que danzar en una sucesión de maniobras de tijera, atrayendo su atención mientras Gilaf lograba disparar unas cuantas veces a los escudos del emplazamiento y acabar con ellos.

Nivelé mi nave, apunté al arma fija y disparé.

Mi destructor acertó a la batería, la redujo a humo y dejó un hueco de metal retorcido y chamuscado en la estación.

Las dos baterías más próximas a la que había eliminado oscilaron en mi dirección y recibí un impacto en el escudo, tan fuerte que desvió mi caza de lado.

—Sadie —dijo Nedd—, ¿no te morías de ganas de insultar las entrañas de tus enemigos? Parece buen momento.

¡Muy cierto!

—Malditas seáis vosotras y vuestras… —Tirda, las baterías armamentísticas no tenían entrañas—. Vuestros cañones de ardiente… ardor. ¡Ojalá implosionen todos en una nube de humo y os asfixiéis con él!

—Oye, esa última parte ha estado muy bien —comentó Nedd.

—Tu madre sí que ha estado muy bien —dijo Gilaf.

—Tu madre sí que se cayó a una batería armamentística humeante —repliqué, y Gilaf soltó una carcajada.

—¿Estáis concentrándoos en esas armas fijas? —preguntó Arturo—. Aquí fuera tenemos un poco de jaleo.

—Ya vamos —dije.

Ensarté el borde superior de la estación con mi lanza de luz y la usé como ancla para pivotar y regresar tras otra batería armamentística.

Lo cual me dio una idea.

—Esperad —dije—. Voy a probar una cosa.

Seguro que, con tiempo, seríamos capaces de acabar con todas las baterías armamentísticas a base de fuego de destructor, pero cada segundo de retraso era uno más que tenía la gente de Ivy para prepararse dentro de la estación.

El cañón que tenía delante seguía escudado, pero al pasar por detrás lo enganché con mi lanza de luz y seguí adelante a toda velocidad.

Cuando llegué al final del rayo de luz, el arma estática se resistió un momento, sacudiendo mi nave, y luego se desgajó de la estación espacial. Miré atrás y vi cómo la batería armamentística flotaba libre.

—¡Bien hecho, Centinela! —me felicitó Nedd.

—¡Bien hecho, Centinela! —repitió Vuelta.

Bajé la mirada a la hamaca que había junto a mi asiento y la vi acurrucada con Hoid, que temblaba un poco y ya no tenía los pinchos de todos los colores del arcoíris, sino del mismo tono perlado que el resto de su cuerpo.

Habíamos entrado en el campo inhibidor, así que ni siquiera podía lanzar una ilusión que decorase sus propios pinchos.

—Así me gusta —dijo Arturo—. Repetid la jugada.

Gilaf enganchó el arma de la parte de abajo y la arrancó. Luego dio la vuelta y la soltó para arrojarla contra la plataforma de aterrizaje.

—Mejor incluso —dijo Suki mientras yo agarraba el cuarto cañón.

Mi nave se sacudió de nuevo cuando la lanza de luz tiró del arma, y entonces algo estalló bajo mi nave y la lanza de luz desapareció.

—Tirda —dije—. Creo que acabo de romper mi lanza de luz.

—¡Pero has inutilizado el arma! —respondió Nedd—. Está colgando de su montura.

—¡Atención! —gritó Alanik.

El espacio alrededor de la estación se llenó de fuego de destructor cuando una nave enemiga se abalanzó sobre nosotros.

Viré para encararme a ella y dancé entre las líneas de disparos mientras llegaban más drones.

Gilaf se acercó lo suficiente para agarrar una nave con su lanza de luz y arrojarla hacia la estación, contra la que se estrelló de costado, doblando un ala. El caza cayó en descenso incontrolado.

—Centinela, Espíritu —dijo Arturo—, ¿podéis aterrizar ya?

—¡Aún no!

Otras dos naves enemigas habían empezado a patrullar en círculo alrededor de la zona de aterrizaje, disparando sobre el espacio de encima para impedirnos el descenso.

No me atreví a aterrizar sin mi compañero de ala, así que rodeé yo también la estación espacial, esquivando más fuego enemigo, intentando localizar a Gilaf.

Vi su nave justo mientras un dron enemigo le clavaba su lanza de luz.

Abrí fuego, observando cómo el dron aprovechaba el impulso de Gilaf para proyectar su nave hacia la estación.

El Dulo en el que volaban Gilaf y Nedd salió despedido en bucle, pero la nave enemiga no lo soltó.

Al principio, me alivió que no se hubieran estrellado contra la estación, pero entonces el dron modificó su propio impulso para que Gilaf y Nedd siguiesen rotando como al final de un cordel.

Por las estrellas, el ángulo de rotación era tan pequeño y la aceleración tan enorme que la fuerza debía de haber superado por completo sus ConGravs.

Nunca había visto a un dron enemigo intentar aquella maniobra.

Los drones contra los que habíamos luchado hasta entonces ni siquiera tenían lanzas de luz.

El piloto de aquel tenía una destreza considerablemente mayor que las de los operarios remotos contra los que solíamos combatir.

Rodando así, Nedd y Gilaf estarían absorbiendo una aceleración durísima, y la sangre fluiría hacia la parte delantera de su cuerpo y hacia los pies, hasta dejarlos inconscientes.

La nave enemiga rotaba en dirección opuesta con la misma aceleración, sí, pero no tenía piloto.

Podía soportar unas fuerzas mucho mayores antes de sufrir daños.

—¡Espíritu! —grité por la radio—. ¡Nedder! ¿Estáis bien?

Silencio.

—¡Anfi! —llamé—. Nedder y Espíritu tienen problemas.

—Estoy viéndolo —respondió Arturo—. ¡Dispárale a esa nave!

Ya estaba haciéndolo, y Arturo y Alanik se unieron a mí. La nave dejó de hacer rodar el Dulo y se volvió hacia la abertura del hangar para internarse en la estación espacial.

Llevándose a rastras el caza de Nedd y Gilaf.