Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 26. Arturo
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26. Arturo

Arturo

—A todas las naves —dije—, despegad y volad bajo sobre el bosque durante noventa kilómetros. A la señal de Nedder, pivotad y dirigíos hacia la estación en formación de rombo.

Tras mi asiento, Dayan iba bien sujete y encogide.

Confiábamos en que pasaría desapercibide en la estación, porque se había puesto un traje de vuelo de Alanik y llevaba el pelo cubierto por un pañuelo.

Suki estaba sentada en el panel de mandos y Naga se había metido en el arnés de Dayan y se había acurrucado contra elle para darle apoyo.

No tenía ni idea de si Dayan se sentiría apoyade con aquello, y de hecho miraba a Naga como si temiera llevarse un mordisco, pero, cuando intenté poner a Naga en su hamaca, al instante se teleportó de vuelta a los brazos de Dayan.

No sabía cómo explicarle que quizá deberíamos hacer un poco más gradual el contacto directo de Dayan con las especies alienígenas, así que lo dejé estar.

Despegamos y nos alejamos volando de la ciudad, poco por encima de la copa de los árboles.

Íbamos lo bastante altos para tener maniobrabilidad si los drones de Ivy nos atacaban, pero lo bastante bajo para minimizar la cantidad de civiles que podrían avistar nuestras naves.

Sadie llevaba a Hoid y a Vuelta en su nave, y Nedd y Gilaf tenían a las hiperarmas, Mimitos y Plam.

Alanik solo compartía su cabina con Bob.

—Nedder —dije—, informa.

—Nada de drones aún —respondió él—. Los monitores indican que hay unos pocos cerca de la estación espacial. Aproximándonos al punto de giro.

Cuando Nedd nos lo indicó, elevamos el morro de las naves.

—Allá vamos —dije a Dayan mientras el escuadrón empezaba a ascender.

El bosque de color púrpura marronáceo menguó por debajo de nosotros mientras la ciudad se hacía visible en la lejanía, un círculo blanco sobre la deforestada colina marrón.

—Caray —dijo Dayan—. Sí que hay distancia hacia abajo.

—No es de ahí de donde viene el peligro —respondí.

—¡De donde viene el peligro! —convino Naga.

Miré atrás y vi que Dayan había rodeado a Naga con los brazos. Quizá resultaba que la taynix sí que sabía lo que se hacía, a la hora de aclimatar a Dayan a la vida alienígena.

—Ahora los drones sí que están descendiendo —informó Nedd—. Nos interceptarán antes de que lleguemos a la estación.

—Cambiad de canal al hipercomunicador —ordené—. Sadie, adelante. Todo el resto, no quiero nada de charla.

Pasamos todos al hipercomunicador.

—Ivy, ¿me recibe? —dijo Sadie, tomando la iniciativa en mi lugar para dar la impresión de que era nuestra líder—. Aquí Centinela, guardaespaldas jefa de le inspectore Zuzen. Vamos de camino hacia su posición. Hemos dado un pequeño rodeo para evitar alertar a los habitantes de su planeta.

—Les agradezco la discreción —respondió Ivy de inmediato.

—¡Estaremos encantados de conocerla! —añadió Sadie—. Le aseguro que mis asociados humanos y UrDail estarán bajo control en todo momento. No tiene por qué preocuparse. Están todos muy bien entrenados.

—¿Va en serio? —me preguntó Dayan al oído.

Le habíamos proporcionado unos auriculares, pero hablaba con la radio apagada, solo para mí… y apenas, con el ruido que hacían mis propulsores.

—Es como habla esa gente —respondí.

—Por desgracia —asintió Suki—, el jefe de escuadrón está en lo cierto.

—Fantástico —dijo Dayan.

Al aproximarnos a la estación, distinguí a los drones que venían desde arriba.

Tras ellos, eché mi primer auténtico vistazo a la estación espacial.

La había visualizado como una de nuestras plataformas, rectangular y plana, pero tenía más forma de tubería, redonda y alargada, con bocas abiertas en ambos extremos.

—El campo inhibidor empieza a cincuenta kilómetros de la estación —informó Alanik.

—Recibido —dijo Sadie.

Cuando llegáramos, toda nuestra citónica dejaría de funcionar, pero no estábamos usando ilusiones para ocultar nuestra identidad, así que no debería haber problema a menos que Ivy decidiera encerrarnos.

En ese caso, o bien tendríamos que lanzar un asalto de infantería para tomar la estación, o bien usar nuestras naves para huir.

Abordar la estación espacial nos daba una oportunidad de encontrar respuestas, pero, aun así, habría preferido que nos marchásemos y luego regresar en busca de esas respuestas con toda una armada a nuestra espalda.

—Se aproximan más drones desde los escombros —dijo Nedd.

Tirda. Ya los veía en mis monitores. Eran diez, todos avanzando directamente hacia nosotros.

—Esas naves son una mera escolta, a modo de bienvenida —transmitió Ivy—. Hagan como si no estuvieran. Aguardo su llegada.

—Gracias por una bienvenida tan cálida —dijo Sadie.

—Quizá llamarla «cálida» sea exagerar un poco —comentó Suki con el transmisor apagado.

Yo opinaba igual, pero al menos Sadie estaba interpretando bien su papel.

Había más drones por delante, flotando en torno a la estación espacial. Dayan se inclinó contra el lado de mi asiento, intentando comprender las lecturas de mi sensor de proximidad.

—¿Por qué hay tantas naves ahí arriba? —preguntó—. ¿A qué se dedican?

—Si consigues averiguarlo —dijo Suki—, estarás haciéndolo mucho mejor que todos nosotros hasta ahora.

—Que sepamos —añadí—, este planeta está completamente aislado, sin nadie con capacidad espacial contra quien luchar. Esas naves son drones no tripulados. Sus pilotos las controlan por hipercomunicador, así que podrían estar en esa estación o en cualquier otro lugar de la galaxia.

—¿Qué hace el inhibidor? —preguntó Dayan.

—Impedirnos utilizar los hipermotores o el hipercomunicador. Pero las naves de Ivy tendrán el código del inhibidor, así que ellas sí que podrán usar la citónica en su interior mientras nosotros no.

—¿Y tenéis acceso a algún inhibidor de esos?

—Lo tenemos —respondí—. Pero el campo que genera el nuestro es mucho menor. Podríamos utilizarlo para impedir que lleguen naves hipersaltando cerca de nosotros, pero, por lo que parece, estos drones en concreto no están equipados con hipermotores.

—¿Podéis levantar un campo inhibidor e impedir que los pilotos de dron se comuniquen con sus naves cercanas? ¿Eso no las detendría a todas?

Era una idea… increíblemente astuta por su parte.

—Ya hemos puesto a prueba esa teoría —contesté—.

Y no funciona así. Su inhibidor detiene los poderes desde su punto de origen.

Si queremos usar un inhibidor propio para anular la hipercomunicación, tendríamos que pillar el emisor de la estación dentro del alcance.

Y no podemos hacerlo mientras seamos incapaces de activar nuestro inhibidor cerca de la estación.

—Cosa que no podéis hacer porque os lo impide el suyo —dijo Dayan.

—Exacto. El punto de origen de nuestro inhibidor tendría que estar fuera del alcance del inhibidor enemigo. Pero, en este caso, el radio del nuestro es mucho menor, así que no funcionaría.

Nos acercamos un poco más y Sadie habló de nuevo con Ivy.

—¿Qué hangar prefiere que utilicemos? —preguntó Sadie—. Esperamos instrucciones.

Era una buena forma de ocultarle a Ivy que no habíamos visto nunca una estación espacial con aquella forma y que no sabíamos dónde aterrizar.

Supuse que las plataformas de aterrizaje estarían en un extremo de la estructura cilíndrica, pero no podía estar seguro y, si aquel era un diseño habitual en los puestos de avanzada de la Supremacía, era posible que los guardaespaldas de le inspectore Zuzen debieran conocerlo.

—La zona de aterrizaje B sería la más conveniente —respondió Ivy—. Es la más alejada de su punto de entrada. Los recibiré en esa plataforma a su llegada.

Probablemente significaba que tendríamos que volar a lo largo de la estación y entrar por el otro lado. Seguimos aproximándonos.

—Jefe de escuadrón —dijo Suki con la radio apagada—, esos drones se acercan mucho.

En efecto, las diez naves de escolta que llevábamos a cola estaban ganándonos terreno. Las que rodeaban la estación también se acercaban, como saliendo a recibirnos. Conté cinco, pero no podía confirmar que no hubiera más ocultas detrás de la enorme estructura.

—¡Gracias por el comité de bienvenida! —exclamó Sadie por la radio, y capté un matiz de histeria en su voz que confié en que solo fuese evidente para quienes la conocíamos.

—Mantente firme —dije en voz alta, aunque no me atreví a revelar por el hipercomunicador que mi supuesta comandante necesitaba consejos míos.

—¿De verdad hacen estas cosas? —preguntó Dayan—. ¿Envían naves armadas a recibir a la gente? Porque intimida un montón.

Sí que intimidaba. Y más a medida que nos acercábamos al límite del inhibidor, al punto tras el cual ni Naga, ni Vuelta, ni Alanik podrían sacarnos de allí.

—Allá vamos —dije.

Teníamos que aterrizar en esa estación. Necesitábamos respuestas y una forma de salir del planeta, y no íbamos a encontrarlas en ningún otro sitio.

Tenía que confiar en que resolveríamos aquello hablando y obtendríamos un billete de vuelta a casa para reagruparnos, comprendiendo mejor a qué nos enfrentábamos antes de regresar con muchísima más potencia de fuego.

Pero mis esperanzas murieron cuando una de las naves que teníamos delante empezó a disparar.