25. Sadie
Sadie
Arturo estaba al lado de la cubierta levantada de mi nave.
Todo el resto se había puesto las correas y se había preparado para el despegue, pero también tenían las cabinas abiertas para poder contribuir a mi conversación con Infortunio sin tener que usar la radio para comunicarse conmigo.
Si todo salía bien, pronto saldríamos volando a través del campo de escombros y nos iríamos a casa con las bendiciones de Ivy.
—Muy bien —dijo Arturo, apoyándose en el lado de mi nave—. Hazlo tal y como hemos acordado.
Encargarme a mí llamar a Ivy era una muestra de confianza por parte de Arturo. Debería estar emocionada. Aquello era lo que quería, mi oportunidad de distinguirme. Pero, en esos momentos, me preocupaba distinguirme como la persona que hizo que nos mataran a todos.
—Si la fastidio —dije—, estaré echando a perder nuestra única oportunidad real de volver a casa.
—Si te sirve de algo —intervino Nedd desde su nave—, es muy posible que no tengamos ninguna oportunidad de volver a casa para que la eches a perder.
Arturo le lanzó una mirada.
—Puedes hacerlo —me dijo—. Tú sigue el plan y ya está.
Respiré hondo, procurando no hiperventilar.
Ya me había ocupado mucho de hablar en aquella misión, pero hasta el momento había podido hacerlo sobre todo en situaciones de bajo riesgo, como con Liba en el coliseo o con Dayan en el pub.
En ambos casos, si la jorobaba, podía marcharme y probar de nuevo con otra persona.
La conversación con Dayan después de que nos atacara había sido distinta, pero me había pillado demasiado atada por su látigo de luz para plantearme las consecuencias hasta que la parte hablada ya casi había terminado.
—Vale —dije—. Muy bien, puedo hacerlo.
Activé mi hipercomunicador.
—Ivy —llamé—. Ivy, ¿está usted ahí?
No hubo respuesta desde el otro lado. Probé otra vez.
—Al habla la guardaespaldas jefa de le inspectore Zuzen, del Servicio de Protección de la Supremacía. Ivy, por favor, responda.
Suki nos había proporcionado ese nombre, basado en un contacto de su pueblo cuando la Supremacía intentaba reclutar a las llamadas especies inferiores para su ejército.
El hipercomunicador permaneció en silencio, así que repetí la petición. Empezaba a preguntarme si Ivy habría dejado de monitorizar las comunicaciones, si todo aquello había sido en vano.
Y entonces Ivy habló, con una voz igual de animada pero mecánica que antes.
—Hola, guardaespaldas jefa —dijo—. Antes he hablado con un subordinado suyo que ha exigido mi rendición incondicional.
—¡Lamento la idiotez de mis subordinados! —exclamé—. Ese no tenía derecho a decirle lo que le dijo, y le garantizo que recibirá un castigo de lo más severo.
Confié en que eso hubiera sonado adecuadamente violento. En la Supremacía pensaban que los humanos no éramos más que unos monstruos ansiosos de sangre, y quería cumplir esas expectativas.
—La agresividad podría ser el único lenguaje que comprenden —dijo Ivy—. ¿Dónde está le inspectore Zuzen?
—Por desgracia, Zuzen ha muerto durante el ataque de sus cazas a nuestra llegada —respondí.
—Es lamentable que Zuzen eligiera no avisar con antelación de su visita. De haberlo hecho, ese malentendido podría haberse evitado.
Apreté la mandíbula. Por lo visto, seguíamos llamando «malentendido» al asesinato de la mitad de nuestro equipo.
—Es comprensible, aunque lamentable —dije, manteniendo la voz inexpresiva—. Teníamos órdenes de no avisar. Nuestros superiores querían que observáramos el planeta encubiertamente. No esperábamos que estuviese tan bien protegido.
Miré a Arturo, que asintió.
—Entiendo —respondió Ivy—. Sus superiores subestimaron el excelente trabajo que he hecho conteniendo aquí la amenaza humana durante muchos años.
—¡Estoy de acuerdo! —exclamé—. Hemos terminado de inspeccionar su población, ¡y concluimos que las condiciones aquí son excelentes! Estamos concluyendo nuestras observaciones y luego ya podremos marcharnos.
—Bien —susurró Arturo.
Sí que estaba yendo bien. Si Ivy aceptaba dejarnos ir, quizá podríamos cruzar volando el campo de escombros e hipersaltar a casa sin tener que interactuar más con ella.
—Me alegro mucho —respondió Ivy con calma—. Si ya han completado la inspección, me encantaría ver su informe antes de que se marchen.
Sonreí. Nos habíamos preparado para aquello.
—¿Quiere que se lo envíe por el hipercomunicador? —sugerí, moviendo los dedos sobre la tableta de datos de tamaño humano a la que Suki había transmitido su informe.
—Preferiría recibir su informe en persona —repuso Ivy—. Y aún no han observado las condiciones aquí, en nuestra estación, que sin duda deberían figurar en sus notas.
Tirda. Miré a Arturo, que vaciló.
—Solo tenemos orden de investigar la situación de los humanos aquí —dije—. No hace falta que se moleste en recibirnos.
—¡No es molestia en absoluto! —exclamó Ivy—. Será un placer recibirlos.
Qué raro. En general, la Supremacía consideraba aterradores a los humanos, sobre todo en grupo.
—Un momento, por favor —dije, y apagué el transmisor para que Ivy no oyera mis siguientes palabras—. ¿Qué quieres que haga?
Arturo titubeó de nuevo.
—No quiero aterrizar en su estación, pero… ¡estrellas, la de cosas que podríamos averiguar ahí arriba!
—¿Qué otra opción tenemos? —preguntó Nedd—. ¿El portal a la ninguna-parte?
—Veo más viable la estación —afirmó Arturo—.
Podemos intentar apaciguar a Ivy, pero, incluso si le da por atacar, por lo menos en la alguna-parte nos queda la opción de huir, quizá a algún sitio desde el que podamos hipersaltar otra vez a la superficie de Infortunio y escondernos para buscar otro plan.
En la ninguna-parte no se puede hipersaltar, así que tendríamos menos escapatorias.
—Yo también creo que la estación merece el riesgo —dijo Alanik.
Arturo volvió la mirada hacia Dayan.
—Puedo ayudar —dijo elle—, si al final tenemos que luchar cuerpo a cuerpo.
—A la Supremacía siempre se le ha dado fatal combatir en persona —asintió Arturo—. Y los operativos que hemos encontrado hasta ahora siempre nos tenían un miedo terrible a los humanos. Suelen huir antes que luchar, así que, por esa parte, creo que vamos bien.
—Le daré su merecido a cualquier alienígena —respondió Dayan.
Alanik le lanzó una mirada dura, pero no hizo ningún comentario.
—¿A ti qué te parece? —me preguntó Arturo.
Por las estrellas, ¿quería saber mi opinión?
—Si son esas dos opciones o esperar a que Jorgen envíe a más pilotos a su muerte —dije—, creo que deberíamos ir.
Arturo miró hacia Nedd y Gilaf, que asintieron los dos.
Estrellas, debería agradecer que Arturo estuviera pidiéndonos la opinión.
Pero un comandante solo hacía eso cuando temía estar tomando la decisión errónea, o cuando pensaba que la balanza entre la victoria y la muerte estaba tan decantada hacia lo segundo que quería consolarse con el consentimiento de sus subordinados.
—Dile que estás de acuerdo —me ordenó—. Si luego Ivy no nos deja marchar, quizá podamos apoderarnos de la estación espacial, o encontrar respuestas sobre el campo inhibidor que nos permitan acceder a los códigos y marcharnos hipersaltando.
Volví a activar el transmisor.
—Aceptamos —dije—. Observaremos las condiciones en su estación espacial, le entregaremos nuestro informe en persona y luego cruzaremos el campo de escombros e hipersaltaremos con nuestros superiores. ¿Lo encuentra satisfactorio así?
—Espero con ansia su llegada —respondió Ivy—. Mis drones les proporcionarán escolta. Siempre que se dirijan aquí directamente, no hallarán resistencia alguna.
—¡Gracias! Ardo en deseos de conocerla —concluí, y apagué el hipercomunicador—. Cuando aterricemos, ya no va a dejar que nos marchemos, ¿verdad que no? —pregunté a mis compañeros.
—Puede que no —dijo Arturo—. Pero, una vez estemos en la estación, podemos empezar a planificar cómo eliminar a Ivy.
Arturo indicó a los demás que cerrasen las cubiertas y luego subió a su propio caza.
Para bien o para mal, íbamos a hacer aquello.
Solo esperaba que saliéramos con vida.