Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 24. Arturo
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24. Arturo

Arturo

Cuando llegamos al recodo del río en el que habíamos visto por primera vez la barcaza, sacamos las canoas a la orilla y las dejamos guardadas entre los árboles.

Habíamos ocultado las naves lo bastante bien como para tener que marchar casi a ciegas por el bosque siguiendo las balizas de recuperación de nuestros anillos de pendiente para encontrarlas.

—¿Hay alguna forma de saber si tenemos vástagos cerca? —pregunté a Dayan—. Hemos encontrado uno aquí al llegar, pero entonces una barcaza se lo ha llevado para luchar en el estadio.

—Son muy territoriales —dijo elle—. Si ya habéis encontrado uno aquí, es muy improbable que topéis con otro. Al menos, hasta que pase un tiempo.

Me alegró saberlo.

—Que todo el mundo coma, si no lo ha hecho ya —ordené.

Había sido un día largo. En circunstancias normales, habría recomendado que durmiéramos antes de volar otra vez, pero, si convencíamos a Ivy de que nos dejara marchar, podríamos estar en nuestras camas dentro de unas pocas horas. Merecía la pena el riesgo de apretar.

Los demás se dispersaron, algunos para comer, otros para cambiarse de traje de vuelo, otros para hacer sus necesidades en el bosque.

Gilaf le ofreció a Dayan unas raciones que llevaba en la nave. Dayan se sentó en un tronco al otro lado de nuestros cazas estelares, incapaz de apartar la mirada de ellos.

Ah, claro. Nuestras naves resultarían impresionantes para alguien que nunca hubiera visto una en la vida.

Alanik dejó salir de su mochila a Suki, que ocupó su asiento del panel de mandos y siguió trabajando con su tableta.

—¿Cómo va el informe? —pregunté.

—Ya casi está —dijo ella—. Estoy dándole los últimos toques.

Más nos valía estar listos para despegar cuando hubiera terminado.

Me puse a despejar espacio para Dayan detrás de mi asiento.

No iba a ser cómodo, pero era técnicamente posible meter a una persona allí atrás, y teníamos correas de carga para sujetar objetos sueltos con las que podíamos improvisar un arnés y que Dayan no se convirtiese en una tortita pegada al interior de la cubierta con mi primer picado.

Aun así, mejor que no me derribaran, o Dayan no lo contaría.

—Necesitarás un traje de vuelo —dijo Alanik a Dayan—. Eres más o menos de mi altura, así que ven y te presto uno mío.

Alanik se llevó a le gladiadore al compartimento de carga de su nave y le enseñó un traje de vuelo. Nedd y Gilaf subieron a su nave para devorar unas raciones mientras Dayan se metía en el bosque para cambiarse y Alanik preparaba su nave para la misión.

Busqué cabos sueltos. Teníamos un plan, pero, en el momento en que hiciéramos la llamada a Ivy, podían salir mal muchas cosas.

Tenía que mantener la mente puesta en la misión.

Estaba llevando a mi equipo a una situación precaria contra un enemigo bien armado.

Pero no podía concentrarme en el peligro inminente mucho tiempo antes de que el zumbido de la ansiedad se volviera demasiado ruidoso y mi cerebro empezara a buscar alguna cosa, cualquier cosa, en la que fijarse.

Cuanto más me preocupaba, más quería orbitar en torno a Alanik, solo por estar cerca de ella. Eso significaba algo que no estaba dispuesto del todo a reconocer ante mí mismo, pero no podía resistirme a la atracción de su gravedad. Fui hacia su nave.

—¿Quieres hablar sobre la llamada a Ivy? —preguntó Alanik.

—¡Estrellas, no! —respondí—. Quiero hablar de cualquier otra cosa.

Alanik sonrió, sentada en su cabina.

—¿Tienes algo en mente?

Y quizá fuese el estrés, o el agotamiento, o mi desesperación por hablar de absolutamente cualquier otra cosa aparte de la misión que se avecinaba, pero dejé que cayera de mi boca la siguiente frase:

—He estado pensando en una cuestión ética.

Oh, tirda. ¿En serio iba a empezar así la conversación? Hasta Nedd pensaba que era mala idea, y Nedd era Nedd.

—Muy bien —dijo Alanik. Esperó.

Yo no quería seguir adelante, pero al parecer tendría que hacerlo.

—¿Qué opinas sobre la ética de relacionarte fuera de tu especie?

Alanik se lo pensó.

—Probablemente depende de la sapiencia de la especie en cuestión.

—Supongamos que ambas especies son sapientes —me apresuré a decir.

—Entonces, creo que depende de cuál sea el propósito de esa relación —contestó, pensativa—.

Una pareja reproductiva entre especies no tiene mucho sentido, porque su propósito sería concebir niños y la reproducción entre especies es imposible.

Pero hay gente de mi pueblo que se empareja por compañerismo, y eso sí que es posible con otra especie.

—Se encogió de hombros, como si aquella conversación fuese puramente académica—.

¿Cuál es el propósito de relacionarse así entre humanos?

Alanik me miró expectante, como si la pregunta no tuviese ni el menor trasfondo. Tirda, si tuviese el menor interés en mí, ¿no debería estar un poquito más incómoda? Por las estrellas, Nedd comprendía lo que le decía incluso cuando a mí no me interesaba que lo hiciera. ¿Por qué ella no?

—Supongo que hay muchos propósitos —dije—. El compañerismo es uno. Tener niños es otro. Está el disfrute…

—¿Físico? —sugirió Alanik, como si estuviera comentando el tiempo—. Sí, ese es otro propósito, desde luego. Así que creo que tu pregunta debería ser más específica.

Estaba claro que sí. Lo que debería hacer era decirle de una vez: «Mira, Alanik, me gustas y no sé si crees que eso está mal a un nivel profundo e imperdonable». Pero lo que dije fue:

—¿Cuál crees tú que debería ser el propósito de relacionarse?

—Creo que todos esos son propósitos válidos —respondió ella—. Tú tuviste… novia. —Dijo la palabra en inglés—. ¿Qué propósito tenía eso?

Otra pregunta complicada.

—Nuestras familias querían que nos casáramos —dije—. Nos conocíamos desde niños y pensaron que hacíamos buena pareja. Ella venía de otra familia rica, y sus padres y los míos eran amigos. Yo la quería, pero no como a una hermana, así que era conveniente.

—Ah —respondió Alanik—. La convención social. Es otro propósito. No creo que casi ninguna relación entre especies alienígenas lo cumpla.

—Ni de milagro —asentí.

—Por lo tanto —dijo ella—, las relaciones entre especies no resultan prácticas a efectos reproductivos ni de conformidad social.

Eso nos deja con el placer y el compañerismo, ambas cosas posibles.

Aunque supongo que lo primero dependerá de la anatomía y las preferencias de la especie alienígena en cuestión.

Ay, estrellas. Me preocupé muy mucho de no mirar su anatomía. Estaba bastante convencido de que las preferencias no serían un problema, aunque supuse que tampoco sabía todos los detalles.

Esperé que Alanik no notara que estaba sonrojándome.

Me observaba, y de pronto tuve la sensación de que tal vez ella estaba deduciendo mucho más a partir de aquella conversación que lo que había esperado en un principio.

—Tengo curiosidad —añadió Alanik, en un tono que sugería que su interés era puramente objetivo— sobre los arreglos románticos humanos. Tuviste novia, pero ahora no la tienes. ¿Disolver una relación romántica es un proceso complicado?

Estrellas, en cualquier momento Suki iba a terminar su informe e interrumpirnos en medio de…

aquello. Por lo menos Nedd y Gilaf parecían encantados de reclinarse un rato en su propia cabina, ajenos a nuestra conversación, y Dayan y Sadie aún estaban en el bosque, confié en que sin topar con ningún vástago, si Dayan acertaba sobre sus costumbres.

—No —respondí—. Una novia o un novio son como… una relación provisional. Significa que hay una inclinación romántica mutua, así que se prueba con la relación para ver si en algún momento podrá convertirse en matrimonio. O no.

—Ah —dijo ella—. Entonces, si comenzaras otra relación romántica, sería provisional.

Noté una extraña decepción en Alanik, y de pronto me pregunté si era posible que nada de aquel diálogo hubiera sido hipotético para ella en ningún momento.

—No necesariamente —contesté—. Supongo que es provisional con la esperanza de que resulte ser algo más.

Alanik sonrió, y de pronto tuve la impresión de que había dicho demasiado.

—¿Cómo es entre tu gente? —pregunté—. Has mencionado las parejas reproductivas. ¿Son algo parecido al matrimonio, o quizá a tener novia?

—Son algo entre una cosa y la otra. A veces las parejas se rompen y se rehacen con otra gente. Y tener hijos con varias personas tampoco supone mucha complicación. A nuestros niños muchas veces los crían varios cuidadores principales de todos modos, si tienen más de un abuelo capaz.

Ah, sí, los UrDail no criaban a sus propios hijos, sino que delegaban esa responsabilidad en sus padres.

—Entonces, ¿elegís pareja basándoos en la genética o…? —dije.

—En el afecto, sobre todo —dijo ella—. Te interesa emparejarte con alguien que te guste, alguien a quien le tienes cariño y con quien te apetece pasar tiempo.

—Vale —asentí—, en eso sí que os parecéis a nosotros.

Alanik asintió, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en algo, pero no estaba muy seguro de qué era.

Probé a sonar desenfadado, aunque esa fachada estaba desmoronándose muy rápido.

—¿Qué hay de ti? —pregunté—. ¿Qué buscas tú en una… relación?

Alanik me observó, y tuve la sensación de que comprendía exactamente lo que estaba preguntándole.

—Estoy abierta a una relación por placer y compañerismo, si se presenta una opción agradable. Las expectativas sociales no me preocupan ni lo más mínimo. ¿Qué hay de ti?

Me miró con aquellos brillantes ojos violetas.

¿Qué había de mí?

Yo quería rodearla con los brazos y besarla.

—Mi última relación era toda expectativas sociales —dije—, y no me interesa iniciar otra como esa.

Ella me importaba, pero hizo bien en terminarla.

No habríamos sido felices. Los sentimientos no eran lo bastante fuertes.

—Echaba de menos la comodidad de saber que una parte de mi vida ya me la habían resuelto, pero no a ella como persona.

Solo eso ya lo decía todo—. Pero… sí, disfrute, compañerismo y, con un poco de suerte, amor. Suena bien.

Alanik asintió.

—Pues, con esos propósitos en mente, una relación entre especies resultaría ética.

—Claro —dije.

—¡Todo listo! —exclamó Suki desde mi nave—. Diría que esto es una obra maestra de la falsificación burocrática.

—¡Así me gusta, Suki! —la felicitó Sadie, que salía del bosque en dirección a su nave.

Dayan también había reaparecido y estaba apoyade en un árbol y observando nuestras naves de nuevo.

Alanik se volvió hacia mí, con el atisbo de una sonrisa en los labios, y por un instante pensé que quizá estaba riéndose de mí.

¿Acabábamos de convenir que queríamos estar juntos? Estrellas, pensaba que sí, pero no podía estar seguro, y desde luego no iba a pedirle confirmación en esos momentos.

—¿Tienes alguna otra pregunta? —me dijo Alanik.

«¿Quieres que probemos con esto? —pensé. Y también—: ¿Qué probabilidades hay de que termine bien?».

Me parecía un poco morboso preguntar sobre el final de una relación que aún no había empezado. Supuse que lo adecuado sería lanzarme de cabeza y a la tirda las consecuencias. Pero ya no sabía hacer eso. Quizá no había sabido nunca.

—Luego —respondí.

Cuando estuviéramos solos. Cuando pudiera besarla si quería, cosa que ni de milagro iba a hacer delante de la unidad entera. Alanik se reclinó en su asiento y pensé que quizá estaba decepcionada.

—Bien —dijo en voz baja—. Ya avisarás.

Miré alrededor hacia mi equipo. Nedd y Gilaf estaban guardando sus raciones y Dayan miraba con escepticismo la zona de carga detrás de mi asiento. Serviría para volar fuera del planeta, y sería posible sobrevivir allí si entrábamos en combate, siempre que las cosas no se torcieran del todo.

—Última oportunidad de echarte atrás —dije a Dayan.

—Lo sé —respondió elle—, pero no es la primera vez que pongo mi vida en peligro.

Alanik me miraba en silencio, y deseé que hubiéramos podido terminar la conversación.

Lo haríamos, me prometí a mí mismo. Más adelante.

—Muy bien —dije—, que todo el mundo se prepare para despegar. —Miré a Sadie—. Todo tuyo.