23. Arturo
Arturo
Me volví en mi asiento y vi que la barca de Alanik se quedaba atrás.
—Más vale que se den prisa —dije—. Cuanto antes lleguemos a las naves, antes podremos llamar a Ivy y, con un poco de suerte, salir del planeta.
—Creo que deberíamos dejar que hagan —respondió Nedd—. Suki aún estará trabajando en su informe, y no conviene meterle prisa.
Nedd no había podido usar bien la prótesis para remar, así que estaba usando la rodilla como punto de apoyo para la vara y hundía la pala en el agua solo por un lado. Estaba sudando por el esfuerzo, pero contribuía tanto como yo.
—¿De qué hablabais Sadie y tú cuando hemos salido de la ciudad? —preguntó.
—Le he dicho que quiero que sea ella quien llame a Ivy —respondí—. Tú ibas con ella en esa última misión. ¿Te parece buena idea?
—Creo que puede ocuparse —dijo Nedd—. Pero ¿lo cree ella? Parecía un cachorrito con miedo a llevarse una patada. Apóyame en esto, Gilaf.
—Sí que parecía un mono asustado —respondió Gilaf—. Sigo sin tener clara la diferencia entre eso y un cachorrito.
—Los cachorritos son más redondos —afirmó Nedd—. Menos dados a subirse a árboles. Creo. Ahora que lo pienso, nunca he visto un cachorrito y un árbol en el mismo sitio. Detritus no tiene muchos árboles.
Detritus tampoco tenía sobrepoblación de cachorros precisamente, solo unas cuantas mascotas para la gente rica.
—En todo caso, creo que deberías tener cuidado de no sobrecargarla mucho —añadió Nedd.
—¿Por qué te importan tanto los sentimientos de Sadie? —Me volví para mirar a Nedd—. ¿Es que te gusta?
Nedd miró atrás, como si temiera que lo oyeran en la otra canoa, pero estaba quedándose incluso más atrás.
—¡Qué va! —exclamó—. Solo estoy cuidando de mi compañera de escuadrón, nada más.
Se había dado una prisa muy extraña en contestar. No estaba muy seguro de creerme lo que decía, pero Nedd nunca había sido de los que lo negaban cuando se interesaban en una chica, así que no sabía muy bien qué pensar.
Nedd debió de darse cuenta de que sus palabras no estaban colando del todo, porque hizo un cambio brusco de tema.
—¿Y qué pasa contigo y con Alanik? —preguntó.
Estrellas. No hacía falta que le dijera a Nedd que Alanik me gustaba.
Él lo sabía de sobra. Y la mayoría del tiempo, cumplía su deber solemne y tácito de no sacar nunca el tema, y menos delante del hermano de Alanik, que nos observaba a ambos como si estuviera buscando la forma de hacer un chiste de «tu madre» con aquello, pero no nos siguiera el ritmo.
—¿Qué pasa con nosotros?
—Que habéis ido solos a esa misión —dijo Nedd.
—No estábamos solos. Gilaf y Suki venían con nosotros.
—Parte del tiempo —tuvo a bien matizar Gilaf.
—Estabais solos —insistió Nedd—. En un coliseo oscuro y vacío. Anda que no podrías haber hecho la jugada.
Volví la cabeza hacia Gilaf. Estábamos hablando de su hermana, pero no parecía nada afectado.
—¿Qué pasa? —preguntó—. Yo no voy a impedírtelo. Pero si a Alanik no le gusta tu jugada, no te preocupes, que ya lo hará ella.
Estrellas, justo eso era lo que me daba miedo.
—Estaba allí como jefe de escuadrón en un asunto oficial, no para hacer ninguna jugada.
—Pues Jorgen no se cortó un pelo —replicó Nedd.
Yo estaba bastante seguro de que Jorgen sí que se había cortado un pelo, y de que por eso había tardado tanto en juntarse con su novia, Spensa, que en esos momentos se había marchado a alguna aventura con el programa de exploración de la FDD.
—¡Yo no soy Jorgen! —exclamé.
—Vale, vale —respondió Nedd—. Entonces, no ha pasado nada.
Nos habíamos cogido de la mano. Así que era posible que sí que hubiera pasado algo. Pero no estaba seguro de si había significado algo para Alanik, y tampoco quería darle demasiadas vueltas.
—Nedd —dije—, estamos volviendo a nuestras naves para intentar salir de este planeta. No estamos aquí para hablar de mi vida amorosa, o de su ausencia.
La única pareja que había tenido era una amiga de la familia, y la relación había estado más o menos concertada entre mis padres y los suyos.
Habíamos ido en serio. La gente daba por hecho que iba a casarme con ella.
Y entonces me envió una carta diciéndome que consideraba que yo había cambiado y que ya no encajábamos juntos.
Posiblemente, tenía razón.
—Tienes un palo metido en el culo por algo —dijo Nedd—. Me he imaginado que Alanik estaría involucrada en ello.
—Alanik es una rama metida en el culo de mucha gente —aportó Gilaf.
Tanto Nedd como yo nos volvimos para mirarlo. Algo me decía que esa frase hecha no significaba lo mismo en UrDail que en inglés.
—Es que estoy preocupado por la misión —le dije a Nedd—. Nada más.
—Muy bien —respondió él.
Esperé su siguiente pulla. No llegó.
Pero la conversación me había hecho pensar en ello.
Cogerle la mano a Alanik me había… gustado.
Me había parecido natural. Correcto. Pero ahora que ya no estábamos en peligro…
no estaba seguro de que cambiase nada. Todos los problemas seguían en el mismo sitio.
Quizá no debería haber puesto en marcha nada, si no estaba seguro de poder lidiar con las consecuencias.
Suspiré. ¡Con lo fácil que había sido mi última relación! No había requerido ningún riesgo por mi parte, ningún esfuerzo real. Al final, quizá el problema había sido ese. Quizá la relación no había terminado porque yo hubiera cambiado, sino más bien porque no le había puesto empeño.
—Hipotéticamente —dije—, ¿qué opináis sobre la ética de relacionarte fuera de tu especie?
—Colega —replicó Nedd—, está claro que le molas. Deberías lanzarte. ¿No te parece, Gilaf?
—No pienso involucrarme en la vida romántica de mi hermana —dijo Gilaf—. Es la única persona de la galaxia que me asusta.
—¿Ah, sí? —me sorprendí—. ¿La única persona?
—Sí —dijo él—. Solo ella.
A mí no me asustaba Alanik, exactamente. Más bien me asustaba fastidiar las cosas con ella. Además…
—¡No lo preguntaba por Alanik! Estaba hablando hipotéticamente y…
Estrellas, sonaba igual que Nedd cuando decía que no le gustaba Sadie.
Nedd suspiró.
—Vale, que sí, lo que tú digas. Creo que, hipotéticamente, si le pides salir, va a gustarle la idea.
—¡Eso no es lo que significa «hipotéticamente»! —exclamé—. Preguntaba, en general, si creéis que es ético…
—Creo que estaríais bien juntos, también éticamente —me interrumpió Nedd—. No sé dónde está el problema.
Estrellas, yo sí. Si mis padres ya no querían que saliera con nadie fuera de su círculo social, ¿qué dirían de una alienígena? Y no iban a ser solo mis padres. Había muchísima gente en nuestro planeta que opinaría igual que mi madre, o peor.
—No estás ayudando —le dije a Nedd.
—Eh, me has pedido tú la opinión.
—Y está claro que ha sido mi primer error.
—Eso sí, igual deberías buscar otra frase mejor para entrarle —dijo Nedd—. Lo de la ética es torpe hasta viniendo de ti.
—No sé yo —terció Gilaf—. A mí me parece la clase de disparate que podría gustarle a Alanik.
—Tomo nota —dije, y me volví para mirar hacia delante por el río, sin hacer caso a las risitas de Nedd a mi espalda.