22. Sadie
Sadie
Me quedé un poco atrás mientras salíamos de Epifanía.
Nedd miró hacia mí con cara de preocupación, pero le hice lo que confiaba en que fuese un gesto tranquilizador.
Debería estar emocionada: ¡Arturo me había elegido para un encargo importante!
¡Confiaba en mí lo suficiente como para dejarme llevar la iniciativa en algo vital para nuestra supervivencia!
Pero si la jorobaba, mis compañeros de equipo podían morir. Arturo estaba admitiéndome en su círculo de confianza, y estaba desesperada por no fallarle.
El sitio donde alquilaban canoas estaba al norte de la ciudad, más allá de las norias, en el recodo por el que el río se separaba de la colina para internarse en el bosque.
Dayan no nos pidió que pagáramos nuestras barcas: entró y salió con dos boletos para entregárselos a la empleada que esperaba en el muelle.
La mujer sacó dos canoas de su soporte y las puso en el agua.
Subí a la parte trasera de una mientras Arturo embarcaba al frente de la otra.
Deseé que Nedd subiera a la mía, pero se colocó en el asiento central detrás de Arturo.
Se me ocurrió que el jefe de escuadrón y su segundo no deberían ir en el mismo vehículo, pero a lo mejor solo se aplicaba a los cazas estelares.
Dayan ocupó el asiento central de mi canoa y Alanik el delantero.
Gilaf se puso en el de atrás de la canoa de Arturo.
Nos pusimos las mochilas entre las rodillas, con Suki en la de Alanik al frente de mi barca, todavía preparando su informe.
Reparé en que todos los hombres iban en la misma canoa, aunque posiblemente Dayan tuviera más fuerza en el torso que cualquiera de nosotros, así que aún jugábamos con ventaja.
Dayan soltó los remos del lado de nuestra canoa.
Cada uno tenía dos palas sujetas a ambos extremos de una larga vara, para que pudiéramos hundirlos en el agua a izquierda y derecha sin tener que reorientar el remo.
Nos dio unas instrucciones básicas y luego usó su remo para apartarnos del muelle.
La canoa empezó a moverse río abajo con la corriente.
Alanik miró el agua oscura como si hubiera asesinado a un amigo suyo.
Tirda, se me había olvidado que Alanik no sabía nadar, ni Gilaf tampoco. Lo que estábamos haciendo debía de ser aterrador para ellos.
—¿Estas barcas vuelcan muy a menudo? —pregunté a Dayan.
—Solo si haces alguna idiotez —dijo elle.
—Procuremos no hacer idioteces, entonces —respondí.
—De acuerdo —dijo Alanik.
Mientras Arturo se empujaba también para alejarse del muelle, dio un grito y se llevó la mano al cuello. Al separarla, tenía un poquito de sangre.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Nedd.
—¡Que Mimitos acaba de usar sus cuchillas mentales para rascarme el cuello! —exclamó Arturo—. ¿Se puede saber por qué? —preguntó hacia la mochila de Gilaf.
—Estará descolocado por llevar todo el día en una mochila —dijo Nedd.
—¿Y ha decidido hacerme sangre? —casi gritó Arturo.
—¡Rascar! —trinó Naga.
Arturo gimió.
—No entiendo nada, pero creo que Mimitos necesita un permiso en casa.
Nos turnamos a remar mientras pasábamos la ciudad, ya que nos interesaba ir más rápido que la corriente natural.
Pensé en acurrucarme y echar una siestecita, pero decidí no hacerlo.
Por muy cansada que estuviera después de las doce horas transcurridas desde que habíamos dejado las naves esa mañana, que parecían incluso más, de pronto se me ocurrió que me moría de hambre.
—¿Tienes hambre? —pregunté a Dayan mientras metía la mano en mi mochila.
Encontré una gran seta encima de todo lo demás, aunque estaba bastante segura de que no estaba cuando Dayan me había quitado la mochila.
Nanay, Vuelta y Mimitos iban en la canoa de Arturo, Gilaf y Alanik, así que fue mucho más fácil sacar las raciones envasadas al vacío que habíamos traído al planeta.
Dayan volvió la mirada hacia la comida mientras yo la desenvolvía.
—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Algas marinas?
—No vienen del mar, pero sí —dije—. Son tiras de alga. Si no te gustan, también tengo fruta seca del pueblo de Alanik. Es seguro comerla también para el ser humano.
Dayan miró mis tiras de alga con cierto escepticismo, pero parecía más escéptique todavía con la fruta alienígena, así que estiró el brazo y aceptó la tira que le estaba ofreciendo.
—No sabe horrible —dijo.
Alanik volvió la cabeza desde su posición en la parte de delante.
Al dejar Epifanía atrás, se había vuelto a poner el alfiler traductor y había activado el altavoz para que Dayan pudiera entenderla.
Hoid mantenía su ilusión de todos modos, para que no pareciera evidentemente alienígena a ojos de cualquiera que pudiésemos cruzarnos en barca o en la orilla.
Mientras la ciudad desaparecía a nuestra espalda, el bosque se cernió sobre el río y unas ramas como brazos empezaron a extenderse sobre nuestra canoa, tapándonos el cielo.
—Oye, Dayan —dije—, ¿cuántos de estos árboles son vástagos?
Dayan miró alrededor.
—Ninguno —respondió—. Si lo fueran, nos interesaría palear más rápido.
Desde luego que sí. Supuse que deberíamos palear más rápido de todos modos, porque la canoa de Arturo iba más de cincuenta metros por delante. Pero, por una vez, Alanik no parecía muy ansiosa por acelerar.
—¿Cómo de comunes son los vástagos? —pregunté—. ¿Y qué comen?
—Comen luz, creo —dijo Dayan.
—¡Qué interesante! —llegó la voz del traductor de Suki mientras la kitsen hablaba desde la mochila de Alanik—. ¿Hacen la fotosíntesis?
—¿Tú no estabas trabajando en un informe? —preguntó Alanik.
—Lo estoy —dijo Suki—. Pero puedo hacer descansos para tomar notas.
—¿Qué clase de científica decías que eres? —preguntó Dayan.
—Soy xenoantropóloga. Investigo sobre humanos, pero me interesan todas las clases de vida alienígena. Así que, por favor, háblanos más de los vástagos. ¿Se reproducen por semillas? ¿Defecan?
—¡Eso, eso! —exclamé—. ¡Hablemos de caca de árbol!
—Por favor, no lo hagamos —dijo Alanik.
—Lamento decepcionaros —respondió Dayan—, pero la verdad es que no conozco la respuesta a ninguna de esas preguntas.
—Pues parece una laguna importante en vuestra educación —lamentó Suki.
Me figuré que los detalles internos de los vástagos no habían sido muy relevantes en la vida de Dayan. Así que pasé a otro tema que sí que era más probable que conociese.
—¿La gente de Epifanía nunca protesta por el trato que les dais a los vástagos? —pregunté—. Parece que los combates les hacen daño.
—Sí, hay protestas —dijo Dayan—. Pero, en general, se acepta que tenemos que practicar con algo para unirnos al esfuerzo bélico, y esto es mucho mejor que matarnos entre seres humanos.
Tenía cierto sentido, y sonaba muy parecido a la clase de argumentación que oíamos de los líderes de la FDD cuando estábamos en guerra.
—No tienes por qué contestar sus preguntas —dijo Alanik a Dayan—, si te resultan ofensivas.
—¿Por qué iban a resultarme ofensivas? —preguntó elle.
—Eso, Alanik —dije yo—. ¿Por qué iba a encontrar mis preguntas ofensivas?
—Quien se ofende por las preguntas —afirmó Suki— quizá esté revelando la debilidad de su propia posición retórica.
Alanik miró a Suki con los ojos entornados, como si no supiera muy bien si la estaba insultando.
—Si no te ofendes —dije—, ¿puedo preguntarte por tu género? He visto que en Infortunio es más normal no usar «él» ni «ella».
—Esa pregunta seguro que sí que es ofensiva —comentó Alanik.
—No lo es —respondió Dayan—. Y sí que es normal. Aquí tenemos tres géneros: masculino, femenino y agénero. Mucha gente cambia de uno a otro al crecer.
—¿Es lo que tú hiciste? —pregunté.
—Sí. En realidad, no fue para tanto. Tengo hermanas, y a mi padre le costó un poco cambiar de decir «mis chicas» a «mis chiques», pero, después de eso, ya nadie volvió a hablar mucho del asunto. —Dayan volvió la cabeza para mirarme—. ¿No va así en el sitio del que venís?
—No —dije—. Estuvimos un siglo combatiendo activamente a la Supremacía, así que nuestra sociedad favorece mucho que cada cual se ciña al papel que le corresponde. No hay mucho espacio para crearte tu propia identidad.
—Suena a vida desgraciada —respondió Dayan.
A veces sí que lo era. Tal vez era la verdadera razón de que me gustasen tanto los accesorios. No había muchas maneras aceptables de ser diferente en Detritus.
Seguimos corriente abajo en incómodo silencio por unos momentos. Alanik no paraba de mirar atrás hacia mí, como si quisiera decir algo, pero no lo hacía. En general, no había forma de impedirle que soltara exactamente lo que opinaba.
—¿Estás bien, Alanik? —pregunté.
—Por supuesto que sí —dijo ella, mirándome sobre el hombro—. ¿Por qué lo preguntas?
—Pensaba que igual te habías quedado muda por lo inapropiado de mis preguntas.
—No estoy muda —dijo Alanik.
—Me alegro —respondí—. Me ha parecido que querías decir algo.
—Es verdad —dijo Alanik—. Pero no sé muy bien cómo preguntarlo.
—Las preguntas se hacen formulando frases en modo interrogativo —apuntó Suki.
—Muy bien —dijo Alanik—. ¿Cogerse de la mano es un gesto reconfortante entre humanos?
Vaya, no sabía qué había esperado que preguntara, pero desde luego no era eso.
—Sí, a veces —respondí—. Por ejemplo, si hay alguien llorando, podrías cogerle la mano para hacerle saber que estás ahí con esa persona. —Miré a Dayan—. ¿También es así entre tu pueblo?
—Ya lo creo —dijo Dayan—. No todo el mundo es muy de dar la mano, pero hay gente que sí.
—¿Y si no hay nadie llorando? —preguntó Alanik—. ¿Qué significa entonces?
Observé cómo mi pala hacía ondear el agua. Empezaban a dolerme los brazos, pero no iba a protestar.
—Depende del contexto, supongo. —Creía saber bastante bien hacia dónde iba aquello, pero quería asegurarme—. ¿Hay un contexto?
Alanik se removió en su asiento. Ni en un millón de años habría creído que iba a ver a Alanik incómoda. Siempre atravesaba como un cuchillo la incomodidad de los demás.