21. Arturo #3
—Necesitaremos tener un informe preparado —dije—. Algo que podamos enseñarle y explique lo muy bien que está haciendo su trabajo.
—Lo muy bien que está oprimiendo a mi pueblo —añadió Dayan en tono seco.
No era el mensaje que quería enviar yo tampoco, pero quizá fuese el más efectivo. Preparar un informe como ese entraba perfectamente dentro de las capacidades de Suki, con todas las notas que había estado tomando.
—Hay alguien de nuestro equipo que podría redactarlo —dije a Dayan—. Pero no te la hemos presentado aún.
Pareció sorprenderse.
—¿Tenéis a más gente en la ciudad?
—Podría decirse. —Suspiré. Si Dayan iba a venir con nosotros, tendría que adaptarse a la idea de tener aliados alienígenas. Si no era capaz de aceptarlo, quizá sería mejor que se quedara en Infortunio—. ¿Nedd y Sadie te han contado que nos hemos aliado con alienígenas?
—Sí que lo han mencionado —respondió elle.
No parecía muy entusiasmade con la idea, pero no se había marchado al conocer la noticia, así que era buena señal.
—Quiero presentarte a una de ellos, pero antes necesito estar seguro de que comprendes que esta persona trabaja con nosotros. No debe sufrir ningún daño.
—Te refieres a que no quieres que la enganche con mi látigo de luz y la arrastre a un callejón oscuro —dijo Dayan.
Nedd sonrió.
—Por ejemplo.
Dayan suspiró.
—No haré daño a vuestros aliados. Mi problema es con los seres alienígenas que están secuestrando a mi gente, no con nadie que os esté ayudando.
—Me alegra saberlo —dije, y entonces la cremallera de la mochila de Alanik se abrió y Suki asomó la cabeza.
Alanik se volvió para que no pudiera verse a Suki desde el sendero, aunque el parque parecía vacío en esos momentos.
Dayan se sobresaltó y miró a Suki con los ojos como platos.
—¿Qué es eso?
—Suki es una kitsen —dije—. Es xenoantropóloga.
—¡Saludos! —exclamó Suki—. ¡Ya estoy redactando ese informe!
Regresó al interior de la mochila y siguió tecleando en su tableta de datos.
—Llevas a una xenoantropóloga en la mochila —dijo Dayan.
—Llevamos a varios seres alienígenas en las mochilas —corregí, abriendo mi propia bolsa para revelar a Naga en su interior.
—¿Qué es eso? ¿El especialista diplomático de vuestro equipo?
—A veces me da esa impresión —dijo Nedd.
—Especialista en navegación, en realidad —respondí.
—¡En realidad! —añadió Naga.
Dayan parecía no estar creyéndoselo. Saltaba a la vista que no sabía que la taynix era nuestro hipermotor, lo cual tenía sentido. La Supremacía llevaba siglos reprimiendo esa información.
—Muy bien —dijo Dayan—. Así que viajáis con diminutas criaturas alienígenas que son aliadas vuestras.
Se había tomado bastante bien la noticia, así que era el momento de divulgar el resto.
—Y puede que con otras no tan diminutas.
Dayan me miró expectante.
—¿Quieres enseñárselo? —pregunté a Alanik.
Alanik miró a Dayan con cierta suspicacia, pero luego volvió la espalda del todo hacia el sendero y la ilusión desapareció de su rostro, revelando su piel violeta y las protuberancias óseas de los pómulos.
La mano de Dayan se movió hacia su látigo de luz. Aún no les había devuelto las pistolas a Nedd y a Sadie, así que esperé que no estuviéramos a punto de lanzarnos a un tiroteo en pleno parque.
—¿Todo el equipo sois alienígenas? —preguntó con brusquedad.
—No —dije—. Solo Alanik y Gilaf. —Señalé hacia donde Gilaf montaba guardia—. Los demás procedemos de otra colonia humana, te lo prometo.
Dayan nos miró a todos con recelo, pero entonces apartó la mano del látigo de luz, cosa que me animó un poco ver.
—Si no quieres venir con nosotros… —empecé a decir.
—No, sí que quiero —me interrumpió elle—. Mi gente necesita que la liberen, y es evidente que tenéis más recursos que quienes participamos en los torneos.
Sonaba un poco reticente, y lo cierto era que no podía reprochárselo. Era mucho que asimilar.
—De acuerdo —dije—. Me alegro de tenerte a bordo.
Alanik restauró su disfraz y activó de nuevo su alfiler traductor.
—¿Estás preparado para llamar a Ivy?
Negué con la cabeza.
—No quiero hipersaltar hasta las naves, por si hacerlo permite a Ivy determinar nuestra posición exacta.
Volveremos caminando y la llamaremos desde allí.
Si esa llamada provoca que vuelva a atacarnos, por lo menos estaremos en condiciones de devolver el fuego, y no pasándolas canutas para defendernos.
Además, así Suki tendrá tiempo de sobra para terminar el informe.
—¡Recibido, Anfi! —exclamó Suki desde la mochila de Alanik.
—¿Dónde tenéis las naves exactamente? —preguntó Dayan.
—Río abajo —dije—. Escondidas en el bosque, a no mucha distancia de la ciudad.
—Si vamos a favor de la corriente, unas canoas serían más rápidas —propuso Dayan—. Sé un sitio donde podemos alquilarlas.
—¿Qué es una canoa? —preguntó Sadie.
Me alegré de que lo hiciera, porque yo tampoco lo sabía.
—Una barca pequeña, con remos —dijo elle—. ¿En el sitio del que venís no hay canoas?
—En el sitio del que venimos no hay ríos —contesté, y era cierto en el caso de todo el mundo excepto Suki.
—¡Vamos a ir en barca! —exclamó Sadie.
Alanik parecía mucho menos entusiasmada.
—Vámonos ya —ordené—. No queremos hacer esperar a Ivy.