Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 21. Arturo #2
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21. Arturo #2

—Me alegro de que nuestros exploradores pudieran volver e informar —respondió Nedd, sin perder comba—. Sí, hemos tenido un pequeño altercado, pero ya está todo resuelto.

Dayan bajó la mirada a sus botas, moviéndose con nerviosismo, casi… con remordimiento.

—Dayan nos ha atado —soltó Sadie de golpe—. Así que sí, vale, puede que no disimuláramos demasiado bien.

—Erais las personas más sospechosas del planeta —dijo Dayan—. Pero no habría pensado que erais alienígenas si no hubiera estado esperándome ya que me atacaran.

—La Supremacía ha secuestrado a algunos amigos de Dayan —explicó Nedd—. Gente que no terminaba de creerse la historia del Elíseo. Al menos uno de ellos era citónico.

—¿Creéis que se los han llevado a la estación espacial del cielo? —preguntó Dayan.

Me quedé boquiabierto.

—¿Tu gente sabe que está ahí?

—No todo el mundo —respondió Dayan—. Yamin acumuló recursos en secreto, pagó a una ingeniera para que le construyera un telescopio lo bastante potente para echar un buen vistazo a la estación espacial y vio que no era ninguna estrella.

Miré yo misme también, y hasta vi unas cuantas naves espaciales yendo y viniendo. Está claro que alguien nos vigila.

—Creemos que es Ivy —dije—, la misma persona que locuta los Juegos de la Ascensión. ¿Cómo se relaciona tu pueblo con ella?

Dayan pareció confuse.

—¿La voz locutora? Es solo una interfaz del sistema de puntuación automático. Los drones-cámara graban los partidos y el sistema asigna los puntos, porque así no hay sesgo, y luego un protocolo de texto a voz anuncia el resultado. Está programado para sonar un poco rebuscado y enardecer al público.

Nos miramos entre nosotros.

—Pues esa misma voz ha sido la que nos ha contactado nada más llegar —dije—. Ha enviado cazas dron a atacarnos. No creo que sea ningún sistema automatizado. Creo que es la líder de la Supremacía encargada de vigilar este planeta.

—¡Congrio! —exclamó Dayan, y el tono me hizo pensar que era una palabrota.

—¿No sabéis quién es Ivy, entonces? —preguntó Sadie—. Si está manipulando a tu gente para que enviéis gladiadores al Elíseo, podría haberse infiltrado en vuestro gobierno o algo.

—No —dijo elle—. Tenemos un consejo representativo formado por concejales de cada distrito de la ciudad. Nuestros contactos en el Elíseo les envían mensajes explicando lo que necesitan en el frente de la batalla. No vuelven de la guerra en persona, así que…

Estrellas.

—Así que esos supuestos contactos humanos podrían ser en realidad una fuerza alienígena —terminé yo la frase.

Dayan parecía a punto de vomitar solo con pensarlo, y quizá hasta era una reacción comedida, teniendo en cuenta las circunstancias.

—En un principio, nos enviaron aquí para establecer una alianza con tu pueblo —dije—. Si hablamos con vuestros líderes, podríamos convencerlos de que dejen de enviar gladiadores al Elíseo.

Dayan negó con la cabeza, poniendo una profunda mueca.

—Por algunas comunicaciones que interceptó Zimmel… pensaba que nuestros representantes podrían estar colaborando en el sabotaje de nuestras infraestructuras. Puede que una parte del consejo sepa que están apoyando a alienígenas. No sé a quiénes sería seguro dirigirnos.

Tirda, eso sería una traición enorme al pueblo de Dayan. Era posible que Ivy estuviera engañando al consejo, pero no lo veía tan claro como para arriesgarme a hablar con ellos.

—Entonces, esa Supremacía está controlando nuestros juegos, secuestrando a nuestros gladiadores, robándonos a la gente con poderes citónicos —enumeró Dayan—. Pero ¿para qué? ¿Solo para mantenernos dóciles?

—Es muy probable —respondí—. Nuestro pueblo también estaba atrapado en un planeta, aunque a nosotros nos atacaban sin parar y nos obligaban a refugiarnos bajo tierra. Tardamos un siglo en descubrir por qué nos retenían allí.

—Si de verdad ganasteis la guerra contra esa gente —dijo elle—, sabréis cómo derrotarla, ¿verdad? ¿Sabéis cómo ayudarnos a escapar?

Estrellas, cualquiera pensaría que sí.

—Hay complicaciones —contesté. Dado que la siguiente información podía deducirse de todos modos, no vi ningún problema en compartirla—.

Tu planeta tiene una especie de campo extraño a su alrededor que nos impide hipersaltar directamente aquí.

Y, ahora que hemos atravesado ese campo, también nos impide contactar con nuestros superiores para solicitar refuerzos.

—¿Alanik y tú no habéis encontrado nada que nos sirva? —preguntó Sadie.

Tirda, aún no les habíamos contado nada a los demás de lo que habíamos averiguado. Alanik me lanzó una mirada. Hasta el momento, había tenido la boca cerrada… porque, si hablaba, Dayan podría darse cuenta de que pertenecía a otra especie. Era una buena decisión por su parte.

—Nuestro equipo se ha colado detrás de la puerta que hay en el coliseo —dije a Dayan.

—Ya habíamos probado a hacerlo también —respondió elle—. Allí solo hay sacerdotes con túnica y paredes de ladrillo. La única otra salida lleva de vuelta al estadio.

Comprendí que pensaran así, si no sabían lo que estaban mirando.

—¿Os fijasteis en la pared que está como llena de garabatos?

Dayan negó con la cabeza.

—No fui yo en persona, sino Laryna. Pero no podemos preguntarle, porque ha desaparecido.

—Esa pared es un portal —expliqué—. Lleva a la ninguna-parte, la dimensión por la que pasan los objetos cuando hipersaltan.

—Entonces, podría llevar al Elíseo —dijo Dayan—. Esté donde esté.

—No lo sabemos. Podría haber un despliegue significativo de varvax al otro lado. Son los alienígenas que encerraron a nuestro pueblo y que están encerrando al tuyo.

—Si no podemos volver a casa por el portal —dijo Sadie—, ni tampoco hipersaltando ni volando a través del campo inhibidor, ¿qué otra opción tenemos?

Miré a Dayan.

—Cuando Ivy ha contactado con nosotros al llegar, parecía creer que éramos un equipo de inspección enviado por la Supremacía.

Podríamos hacer lo que sugería Sadie antes: hablar con Ivy, decirle que hemos terminado de inspeccionar el planeta, que aprobamos su trabajo y que solicitamos permiso para marcharnos y darle a sus superiores el informe más positivo del universo.

La única alternativa que se me ocurría era esperar a que Jorgen se diera cuenta de que nuestra misión iba mal y enviara varios contingentes pequeños a su muerte hasta comprender que aquella situación requería las armas grandes.

¿Y quién sabía cuánto tiempo llevaría eso, o cuántas vidas se perderían en el proceso?

Si había alguna manera de evitarlo, le debíamos a todo el mundo intentarlo al menos.

Alanik parecía incómoda. Se rascó bajo la solapa y, con mucho disimulo, apagó su alfiler traductor.

—Pero no somos alienígenas —dijo en inglés, con mucho acento.

Dayan no pareció sorprenderse de que una integrante de nuestro equipo tuviera otro idioma nativo.

—Es verdad —convine—. La Supremacía no habría enviado a inspectores humanos, y Ivy ya sabe que hablamos en inglés.

—Podríamos decirle a Ivy que nuestre líder dione ha muerto en el ataque, al llegar —propuso Sadie.

Les diones eran una de las especies que dirigían la Supremacía antes de que cayera, y era cierto que a veces utilizaban a humanos como guardaespaldas, así que resultaría creíble.

—Sí —dije—. Somos el equipo de seguridad de le dione. Su muerte ha hecho que entremos en pánico.

—No se aleja mucho de la verdad —asintió Nedd.

—Hemos visto las condiciones que hay en este lugar —continué— y estamos preparados para darle un informe positivo a la Supremacía, contarle que nuestre líder ha muerto en un accidente.

Negociaremos con Ivy para que nos deje salir volando por el campo de escombros y luego hipersaltaremos a casa y volveremos con un buen ejército a liberar al pueblo de Dayan.

—Quiero acompañaros —dijo elle.

Vacilé. Quería aceptar, porque Dayan sabía mucho más sobre aquel planeta que nosotros, y podría responder a preguntas del Alto Mando que a nosotros quizá ni se nos habían ocurrido todavía.

—No tenemos asientos libres en nuestras naves —dije—, así que tendrías que ir en la zona de carga. No será cómodo.

—Está bien —respondió Dayan.

Asentí. Llevar a Dayan como carga en una nave era arriesgado, porque el piloto de esa nave no podría eyectarse en caso de emergencia sin que significara su muerte. Pero, si conseguíamos salir del planeta pacíficamente, sin luchar, eso no sería un problema.