Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 21. Arturo
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21. Arturo

Arturo

Suki se adelantó flotando mientras recorríamos el coliseo, agachados a la sombra de los bancos, vigilando por si veíamos guardias.

Alanik parecía tan nerviosa como yo me sentía, caminando cerca de mí, con los hombros casi tocándose.

Llegamos al arco del que colgaba la cuerda de la línea de luz y descendimos para luego dispersarla al llegar al suelo.

Encontramos a Gilaf patrullando por la zona. Hoid había vuelto a ponerle la ilusión a Alanik, por lo que parecía humana de nuevo, y Gilaf también llevaba la suya. Si la había perdido un rato mientras Hoid nos ocultaba a nosotros, se había ocupado de ello.

—No he oído ninguna alarma —dijo en voz baja—. ¿No os han descubierto?

—Saben que hemos estado ahí —respondió Alanik—, pero no nos han visto.

—¿Qué había detrás de la puerta? —preguntó Gilaf.

—Portal a la ninguna-parte —dije.

Mi mente no paraba de dar vueltas a nuestras opciones.

Aparte de cruzar ese portal a la ninguna-parte y quizá caer en una emboscada, no se me ocurría cómo seguir investigando.

Al otro lado de ese portal podíamos encontrar casi cualquier cosa.

Era imposible prepararnos para todas las posibilidades, y nuestros recursos escaseaban.

—Reunámonos con Nedd y Sadie —propuse.

Necesitaríamos recibir su informe completo antes de trazar un plan, lo cual me daba como mínimo ese tiempo para ir urdiendo alguno.

Habíamos acordado encontrarnos cerca de la escalinata del coliseo, en un parquecito que tenía un árbol enorme en el centro.

Había poquísimos árboles en la densa ciudad, y los que crecían detrás de edificios o en los patios eran más bajos y espigados que en los bosques de corteza púrpura que cubrían el continente.

El del centro de aquel parque era el único que habíamos visto que se parecía a los de fuera, y en su aislamiento se había hecho más grande y grueso, tanto que ni todos nosotros cogidos de la manos habríamos sido capaces de abarcar su tronco.

Mientras entrábamos en el parque, volví la cabeza para confirmar que no nos seguían.

—Deja de hacer eso —me dijo Alanik—. Pareces nervioso.

—Tú has mirado tres veces desde que hemos salido del coliseo —repuse.

Alanik bufó un poco, pero no lo negó.

—No creo que los varvax estén siguiéndonos.

Igual tendría que haberlo dejado estar, pero no pude evitarlo.

—Cosa que sabes porque no paras de mirar.

—¡Mirar! —repitió Hoid en voz baja desde la mochila de Alanik.

—No empieces tú también —murmuró ella.

—¡Tú también! —trinó Naga desde mi mochila.

—Que conste —dijo Suki, que había pasado a ir escondida en la mochila de Alanik y tenía buen ángulo— que yo tampoco he visto a nadie siguiéndonos.

Por lo menos, Suki y las babosas evitaban levantar la voz, que la malla también amortiguaba un poco.

Nos detuvimos cerca de un arroyo que corría a la sombra del inmenso árbol.

Me tomé la presencia de aquel ejemplar como una confirmación de que no todos los árboles eran ambulantes, porque nadie plantaría una criatura que pudiera despertar de vez en cuando y atacar a los viandantes en un modesto parquecito.

Había gente paseando cerca, pero teníamos una relativa intimidad al resguardo del árbol, además de una vista despejada sobre cualquiera que se acercara desde ambos lados del sendero.

Me moría de hambre, así que me senté en la hierba y saqué las raciones. Si aún estuviéramos en Detritus, ya empezaría a anochecer. En algún momento, Naga se había infiltrado en la bolsa que contenía las setas que eran su propio sustento, y quedaba menos de la mitad de las provisiones.

—Tú también tenías hambre, ¿eh? —dije, dejándola en un hueco de las enormes raíces del árbol, donde podría moverse libremente pero seguir oculta.

Al momento, aparecieron tres babosas junto a ella, materializándose como después de un hipersalto. Eran Vuelta, Nanay y Mimitos, las babosas que habían ido con Nedd y Sadie al pub.

—Hum, hola —dije—. ¿Qué hacéis aquí, y dónde están Nedd y Sadie?

—¡Hacéis aquí! —trinó Vuelta—. ¿Nedd y Sadie?

No sé muy bien qué había esperado, porque las babosas siempre repetían nuestras palabras, pero aquellas frases en concreto me preocuparon.

—¿Corren peligro?

—Peligro —dijo Mimitos, y sonó incluso más agorero por su voz de barítono.

—¿Crees que les ha pasado algo? —preguntó Gilaf.

Su misión consistía en tomarse una bebida no alcohólica en un pub. Se suponía que la peligrosa era la nuestra, y habíamos salido de ella intactos. Pero, si nuestro equipo había aprendido algo, era que las cosas no siempre salían como esperábamos.

—¿Necesitan ayuda? —pregunté a Vuelta.

—¡Ayuda! —flautearon las tres babosas a la vez, componiendo una extraña armonía.

Tirda. Podíamos probar a contactar por radio, pero los receptores no sonaban a través de nuestros auriculares, por lo que nos oiría cualquiera que tuviésemos cerca.

—¿Es muy grave? —pregunté—. ¿Tenemos que ir ahora mismo?

—¡Muy grave! —exclamó Vuelta—. ¡Ir ahora mismo!

Estrellas, sonaba urgente, pero no podía estar seguro con la comunicación tan limitada.

—Alanik, ¿captas alguna cosa más de ellos? ¿Quizá Bob?

—Sus pensamientos son confusos —dijo Alanik. Abrió su mochila y dejó que Bob y Hoid se unieran a las otras babosas en el gran montón entre las gruesas raíces del árbol—. Un momento. Bob está consultando.

Las «consultas» de Bob llevaron mucho tiempo y, al final, lo único que pudo averiguar Alanik fue que Sadie y Nedd se habían metido en líos y que, de algún modo, los habían detenido.

Las hiperbabosas tenían una percepción del espacio bastante rara: Vuelta podía llevarnos al instante con ellos si hipersaltábamos, pero no sería capaz de darnos indicaciones por la ciudad si queríamos desplazarnos a la manera pedestre.

Y, aunque los hipersaltos de los taynix eran prácticamente invisibles para los zapadores y los citónicos cercanos, necesitaríamos permiso si iban a llevarnos, y era muy posible que llamáramos la atención de Ivy.

—No quiero hipersaltar hasta ellos si podemos evitarlo —dije—. No hemos visto a ningún dron volar por encima de la ciudad, pero tampoco podemos garantizar que no se presenten y abran fuego si descubren nuestra posición exacta. Y no me gustaría nada ser el responsable de bajas civiles.

—Entonces, ¿mejor los buscamos a pie? —preguntó Gilaf.

—Coincido en que es el mejor plan —dijo Alanik.

Tardamos más de lo que habría querido en devolver todas las babosas a nuestras mochilas, con Suki todavía instalada en la seguridad de la de Alanik, pero, mientras caminábamos por el parque hacia la calle principal, distinguimos unas figuras familiares que se aproximaban.

Por las estrellas, eran Nedd y Sadie. Y una tercera persona a la que reconocía al verla más de cerca: Dayan Diabueno, le gladiadore del estadio.

—Oye, Vuelta —dije, encarando la malla de mi mochila en su dirección—. Sadie y Nedd no parecen detenidos.

—¡Sadie! —trinó Vuelta—. ¡Nedd!

No sabía cómo interpretar aquella situación, pero, si Sadie y Nedd se habían librado de los problemas y nos habían traído une gladiadore a quien hacerle preguntas, las cosas iban significativamente mejor de lo que nos habían dado a entender los taynix.

Dichosas barreras comunicativas entre especies.

Sadie nos saludó con entusiasmo.

—¡Hola! —exclamó—. ¡Traemos a une amigue!

Dayan no parecía muy de acuerdo con su definición como amigue por parte de Sadie, lo cual tenía sentido porque acababan de conocerse.

Tras reunirnos, volvimos juntos al árbol, donde podríamos hablar sin que nos oyera nadie. Antes de que se lo pidiera, Gilaf se apostó cerca y vigiló por si alguien se acercaba.

Nedd acompañó a Dayan a nuestro refugio bajo el árbol. Elle no paraba de mirar atrás con suspicacia, como si aquello pudiera ser una especie de encerrona. Cargaba con las mochilas de Sadie y Nedd, que, por supuesto, ya estaban vacías de taynix, pero tampoco contenían sus armas.

Así que quizá mis compañeros sí que habían estado detenidos y habían conseguido liberarse hablando. Lo cual demostraba que había hecho bien en asignarles la misión de interrogatorio y no la de infiltración.

—Dayan —dijo Sadie—, este es Arturo, nuestro jefe de escuadrón.

¿Cómo que su jefe de escuadrón? Estaba diciéndole que había un escuadrón, lo que significaba naves, lo que significaba…

—Hola —saludó Dayan—. ¿Es verdad que tenéis unas naves que os han traído aquí desde fuera del planeta?

Ay, tirda. Me impresionaba que Sadie y Nedd se hubieran librado de sus problemas a base de labia, pero… ¿de verdad acababan de revelar que procedíamos de otro planeta?

—Hum, sí —respondí. En realidad nos habían traído nuestros hipermotores, pero no sabía si Nedd y Sadie habían compartido ese dato también.

Aunque cualquiera que supiese algo sobre el viaje espacial deduciría que no habíamos recorrido las inimaginables extensiones de vacío entre planetas sin ellos—.

Nedd, ¿quieres explicarme qué pasa aquí?

—Hemos ido al pub para hablar con Dayan —dijo Nedd—, pero ha sospechado de nosotros, así que luego nos ha… abordado y nos ha acusado de trabajar para la Supremacía.

Lo fulminé con la mirada.

—¿Habéis ido a mantener una conversación casual y, al instante, habéis actuado tan raro que alguien ha sospechado que erais alienígenas?

Dayan no lo negó. Nos observaba a todos con mucha atención, como si estuviera averiguando cosas sobre nuestro grupo a partir de aquellas frases. No nos había pillado en nuestro mejor momento.

Sadie se desinfló.

—No ha sospechado de nosotros al instante.

—Sadie lo ha hecho muy bien —añadió Nedd, con una extraña intensidad en la voz que me sorprendió—.

No ha sido culpa suya. Dayan ha sospechado de nosotros y ha pensado que debíamos de venir de la estación del cielo.

Algunos gladiadores saben que la Supremacía los vigila.

Dayan ha creído que quizá fuésemos enemigos, pero ya le hemos explicado que no.

—Hemos… recibido un informe de que estabais en apuros —dije, asegurándome de evitar los detalles de quién nos había informado.