Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 20. Sadie #2
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20. Sadie #2

—Si todavía nos retienen —dijo Dayan—, es que la guerra no ha terminado. Quizá hayan declarado la victoria, pero aquí no nos hemos rendido.

Aquella conversación se me estaba escapando.

—De verdad que la guerra ha terminado. Sí, perdimos durante un tiempo, pero hace poco nos recuperamos e hicimos alianzas con varias especies alienígenas.

Derrotamos a la Supremacía, y ahora estamos fundando un nuevo orden galáctico.

La gente que os retenía aquí está neutralizada y ahora la humanidad es libre.

—¿Y esto os parece libertad? —dijo Dayan sin entonación.

Vale, quizá estaba exagerando un poco. Por las estrellas, qué bien nos vendría tener a algún diplomático en esos momentos.

—Hemos venido para liberaros —probé de nuevo—. Y después invitaros a entrar en nuestra alianza y trabajar por la paz galáctica.

Dayan me miró entornando los ojos.

—Si venís a liberarnos, ¿por qué merodeáis haciéndoos pasar por arroceros? ¿Y por qué ibais a aliaros con las criaturas que os apresaron?

—Nuestros aliados no eran nuestros captores —explicó Nedd—. Esto puede ser difícil de creer, pero hay muchas otras especies sapientes en la galaxia, y muchos alienígenas también eran prisioneros de la Supremacía. Nuestros aliados quieren coexistir, aprender a vivir en paz.

—Los alienígenas que os impiden salir de aquí son un remanente de las fuerzas de la Supremacía —añadí—.

Vuestro planeta está en algún tipo de burbuja dimensional que nos dificultaba muchísimo llegar, cosa que ayuda a que las tropas de la Supremacía sigan reteniéndoos aunque el resto de nosotros seamos libres.

Hemos conseguido atravesar esa burbuja para establecer contacto, pero ahora estamos atrapados aquí y no podemos volver ni pedir refuerzos.

—Así que venís a rescatarnos —dijo Dayan—, pero no tenéis más poder que nadie de aquí.

Seguíamos disponiendo de naves. Y de hipermotores, aunque no pudiéramos utilizarlos para salir del planeta.

—Nos quedan algunos recursos —contesté—. Lo que nos falta es información. ¿Puedes contarnos algo más sobre la gente que os retiene aquí?

—No sé mucho —dijo elle—. Hace unos meses, unos gladiadores mayores me hablaron de la estrella.

Me explicaron que tenían motivos para creer que nos vigilan, y sospechaban del Elíseo, de que nadie vuelva nunca de visita ni nos diga cómo es.

Hay quienes pensamos que nos entrenan y se nos llevan con algún otro propósito, pero no sabemos cuál es.

Hablamos de intentar enviar un mensaje de vuelta después de pasar al otro lado, pero nadie lo ha conseguido aún.

—¿Ya eras gladiadore cuando supiste lo de la estrella? —pregunté—. Entonces, ¿cuando entraste en los juegos, no sospechabas nada?

Dayan negó con la cabeza.

—Al principio, no. Quería luchar en los torneos, igual que todo el mundo, ¿sabes?

Por dinero, por prestigio, incluso por defender a nuestro pueblo.

Pero cuando me hablaron de la estrella, de la gente que nos vigila, dejé de creer en las historias sobre lo importantes, lo vitales que somos para la supervivencia de la humanidad.

Creo que quizá nos la estén jugando, y quiero saber por qué.

—Y los gladiadores que te hablaron de esto… —dijo Nedd—. ¿Podríamos conocerlos?

—Ahora ya no —respondió Dayan—. Han desaparecido. Zimmel estaba oyendo voces en su cabeza. En general, cualquiera que manifieste capacidades citónicas se salta los juegos y va como un rayo al Elíseo, por lo importantes que son para la guerra.

Por las estrellas, esa gente sabía sobre los citónicos, pero Ivy los había convencido de deshacerse de ellos.

—Pero Zimmel oía voces que hablaban de vigilarnos, órdenes sobre qué instalaciones atacar a continuación.

Y su información era precisa: nos avisó de que la mina iba a cerrar otra vez y lo hizo.

Pero hoy, durante el primer turno, cuando he ido a verlo para hablar sobre el final de todo, habían revuelto su casa de arriba abajo y él y los demás habían desaparecido.

Tirda. Me pregunté si también eso estaba relacionado con nuestra llegada o si había algún otro factor allí que se nos escapaba.

—¿Y todos los gladiadores que sospechaban de los juegos han desaparecido? —preguntó Nedd—. ¿Excepto tú?

—No —dijo Dayan—. Aún quedan. Gamon quería comunicarse con su familia, decirnos a todo el mundo dónde se lo habían llevado.

A lo mejor aún lo consigue y recibimos noticias suyas.

Si no, Malia pretendía capturar a algún sacerdote con túnica, a ver qué nos cuenta.

Pero solo salen al final de un combate, para llevarse a quienes ganan por la puerta.

Atacarlos delante del público sería un suicidio.

—No sé a dónde da esa puerta —respondí—, pero estoy bastante segura de que no os llevan a luchar por el honor y la gloria, o no en nombre de la humanidad, al menos.

Seguía sin poder imaginarme a esa gente luchando a favor de la Supremacía. No habíamos encontrado nunca a milicias humanas en nuestras batallas contra ellos.

Se me ocurrió otra idea.

—Es posible que no estén reclutando un ejército, sino solo quitándoos a vuestras mejores tropas, manteniéndoos débiles.

Dayan fijó la mirada en mí, con la ira estirándole la cara. No se lo reprochaba. Si esa teoría era correcta, significaba que en vez de partir para luchar por una causa noble, los amigos de Dayan estaban encerrados o asesinados.

—¿Cuánto tiempo lleva tu pueblo enviando gladiadores al Elíseo? —pregunté.

—Más de un siglo —dijo elle—. Aproximadamente, desde que terminó la guerra según vosotros. Pero, si no hay guerra, ¿por qué estamos en el final de todo? ¿Por qué acabar con los juegos?

—A lo mejor tiene algo que ver con nosotros.

Su líder intentó matarnos, pero sabe que algunos seguimos vivos y escondidos.

—Había muchas respuestas sin responder, tantas que no estaba nada segura de cuál era el siguiente paso—.

Nuestro equipo ha venido a reunir información —añadí—, y ahora mismo tú eres nuestra mejor fuente.

¿Querrías acompañarnos a hablar con nuestro jefe de escuadrón?

Estrellas, tendríamos que haberle propuesto eso muchísimo antes en la conversación.

—¿Vuestro líder está aquí, en la ciudad?

Dayan movió un poco el látigo de luz, como rumiando si era seguro venir con nosotros, renunciar a aquella posición en la que contaba con una ventaja evidente.

—Sí —respondí—. Se supone que tenemos que volver con él y con el resto de nuestro equipo.

Dayan pensó durante otro momento.

—Muy bien —dijo al fin.

Nedd me asintió, como diciéndome que había hecho un buen trabajo.

Solo esperaba que Arturo estuviera de acuerdo.