20. Sadie
Sadie
—Nedd —dije—, Dayan está siguiéndonos.
—¿En serio? —respondió él—. Lo normal sería que no quisiera vernos nunca más.
—¿A que sí?
No tenía ni idea de qué quería Dayan de nosotros, y cuando la calle se despejó ya no estaba entre las sombras. Pero estaba segura de haber visto su silueta. Y Nedd me creía, porque estaba escudriñando la calle.
—No veo nada.
—Estaba al lado de ese edificio de ahí, pero ya no —dije.
Era evidente que estábamos buscando, así que, si Dayan todavía nos observaba, sabría que estábamos al tanto de su presencia. Ya empezaba a preguntarme si habría huido, o incluso si estaba imaginándome cosas, cuando llegó una voz desde una calle perpendicular a mi izquierda.
—Eh —dijo la voz—, por aquí.
Me volví y vi a Dayan apretade contra la pared entre dos edificios.
Nedd y yo nos miramos. Habíamos ido allí para obtener información de los gladiadores, de modo que, si Dayan quería hablar con nosotros en privado, deberíamos escuchar lo que tuviera que decirnos. Pero no me hacía gracia la idea de una emboscada en un callejón oscuro.
Metí la mano en mi mochila y encontré la pistola.
Mantuve la culata empuñada mientras me acercaba.
A la tenue luz que se filtraba entre los edificios, alcancé a distinguir una especie de porche empotrado en la fachada trasera detrás de elle, aunque todas las ventanas de la vivienda estaban a oscuras.
—¡Hola, Dayan! —exclamé—. ¿Querías… hablar más con nosotros? Podemos buscar una mesa tranquila en el pub.
—Necesito que hablemos en privado —dijo Dayan—. Venid aquí.
Miré atrás hacia Nedd, que venía pegado a mi espalda. Habíamos recorrido la mitad de la distancia que nos separaba de Dayan, que ya se había internado del todo en las sombras del callejón, invisible desde la calle principal.
—Esto ya parece bastante privado —repliqué, dando media vuelta.
Dayan se movió tan deprisa que apenas pude reaccionar.
Un látigo de luz cobró deslumbrante vida en su mano y lo hizo restallar hacia nosotros.
Nos atrapó a los dos por las rodillas y nos derribó al suelo.
La mano se me enredó en la bolsa al intentar sacar la pistola, y oí que Nanay daba un gañido al llevarse un codazo.
—¡Perdón! —exclamé, pateando para liberar los pies del látigo mientras seguía forcejeando para sacar el arma y preguntándome si debería disparar a través del fondo de la mochila y punto, pero así podría darle a Nanay sin querer.
Dayan nos rodeó, amarrando nuestros cuerpos uno contra el otro, cada vez más apretados.
Al momento noté los brazos sujetos a los costados y ya no podría haber sacado la pistola ni queriendo.
Dayan retrocedió al porche hundido, tirando de Nedd y de mí hasta tenernos donde su látigo de luz ya no se vería desde la calle.
—¡Espera! —exclamé, intentando como una idiota levantar las manos en gesto de rendición—. Creo que ha habido un malentendido.
Dayan se alzaba sobre nosotros, manteniendo tenso el látigo.
—¿Qué les habéis hecho? —preguntó en tono imperioso.
Parpadeé. Miré a Nedd, cuya prótesis se había soltado, haciendo que pareciera tener el brazo roto dentro de la manga, con la mano enguantada colgando en un ángulo antinatural. Si Dayan creía haberle hecho una herida grave, no lo demostró.
—¿Qué les hemos hecho a quiénes? —pregunté.
Nedd consiguió liberar un pie y lanzar una patada a Dayan, que le dio en una rodilla e hizo que retrocediera a trompicones. Pero no cayó y tiró más fuerte del látigo, procurando mantenerse fuera del alcance de la pierna de Nedd.
—A Zimmel —dijo Dayan—. Y a Laryna y Yamin.
—No sabemos quiénes son esas personas —le aseguré.
—No me mientas —respondió elle—. Sé que no sois de los arrozales. Zimmel dijo que había gente husmeando, haciendo preguntas, y ahora él y los demás han desaparecido. Así que dejad de fingir y decidme qué habéis hecho con ellos.
Estaba perdiendo la sensibilidad en las piernas y tenía un brazo tan doblado que pensé que se me iba a dislocar el hombro. No íbamos a salir de aquella haciéndonos pasar por arroceros.
—¡Muy bien! —dijo Nedd—. Nos has pillado. No venimos de las granjas de arroz. ¿Nos sueltas para que podamos hablar de esto?
—¿Y que me hagáis desaparecer también a mí? —replicó Dayan—. Sé que nos vigiláis desde vuestra preciosa estrella. ¿Creéis que podéis bajar aquí como si nada y secuestrarnos sin que nadie vaya a hacer nada al respecto?
—¿Sabes lo de la estrella? —pregunté—. ¿Lo de los alienígenas que os vigilan?
Dayan tiró del látigo y grité cuando me retorció aún más el brazo. Nedd intentó moverse para liberar la presión sobre mi articulación antes de que se dislocara.
—¡Para! —gritó—. Hablemos. No somos quienes tú crees.
—Eso es justo lo que diríais —respondió Dayan— si fuerais alienígenas y pensarais que sé demasiado sobre vuestras pequeñas maquinaciones.
Ay, estrellas. ¿Dayan sabía algo sobre las tretas de la Supremacía? En caso afirmativo, sería un recurso valiosísimo. Teníamos que librarnos de aquello hablando, sin hacerle daño, y meterle en la cabeza de algún modo la idea de que estábamos en su mismo bando.
—No estamos con los alienígenas de la estrella —dije—. Llevamos en este mundo menos de un día. Venimos de otra colonia humana y queremos ayudaros.
Nedd me lanzó una mirada, como si no estuviera seguro de que fuese buena idea haber dicho nada de aquello, y a lo mejor no debería haberlo hecho.
Pero mentir u ocultar quiénes éramos solo habría hecho que Dayan sospechara más, y necesitábamos su ayuda para descubrir qué pasaba con la Supremacía y salir de aquel planeta.
—Puedes soltarnos —dije—. Te prometo que no vamos a hacerte daño.
—Entonces, ¿no ibas a sacar un arma de tu mochila?
Tirda.
—¡Claro que sí! —exclamé—. Pero solo porque no te conocemos y estabas tendiéndonos una emboscada en un callejón y la verdad es que tampoco iba tan errada al pensar que era una situación peligrosa.
Dayan pensó un momento.
—Soltad las mochilas —dijo.
Oh, no. Ahora quería llevarse nuestras mochilas, que contenían a los taynix.
—Esto… —dije.
—¡No discutáis! Soltad las bolsas. Voy a quedarme vuestras armas y luego os liberaré y podremos hablar.
Hablar mientras elle seguía armade con un látigo de luz y Nedd y yo estábamos completamente desarmados no me parecía justo del todo, pero aun así sería una mejora. Miré a Nedd.
—Haz lo que dice —asintió, y solté mi mochila.
Dayan se acercó, preocupándose de evitar la pierna suelta de Nedd, y se llevó mi mochila con una mano mientras seguía tirando fuerte del látigo de luz con la otra.
La mochila parecía desinflada, como si ya la hubieran vaciado.
Dayan miró dentro y no chilló al instante por haber encontrado una babosa azul y verde con volantes.
Sacó la pistola, dejó caer la mochila contra la puerta de la casa y luego hizo lo mismo con la de Nedd, que también estaba parcialmente vacía.
Vuelta debía de haber hipersaltado con las babosas a un lugar seguro. Podía hacerlo sin pedir permiso, siempre que solo llevara a otros taynix con ella. Confié en que estuvieran bien los tres y no demasiado golpeados y magullados.
Dayan apagó su látigo de luz, liberándonos a Nedd y a mí en una maraña de extremidades. Nedd se puso en pie y me tendió su mano biológica. El brazo prostético seguía sujeto por correas a su cuerpo, y la mano cubierta por el guante, pero inútil dentro de su manga.
—Muy bien —dijo Dayan, con el látigo listo para atraparnos a los dos otra vez si hacíamos el más mínimo movimiento brusco—. Decidme quién narices sois en realidad.
Me volví hacia Nedd. Era el comandante de nuestra pequeña misión secundaria, y posiblemente tenía razón en que no debería haberle proporcionado a Dayan la información que le había dicho. Tendría que disculparme por eso más tarde.
Nedd se encogió de hombros.
—Parece que vamos a tener que hacerlo —dijo—. Adelante.
Estrellas, ¿aún quería que fuese yo quien hablara?
—Nos llamamos Sadie y Nedd, como te hemos dicho —empecé a decir—. Pero venimos de un planeta llamado Detritus. Nuestra gente estaba apresada allí por los mismos alienígenas que os vigilan aquí.
—Entonces, ¿también sois prisioneros? —preguntó Dayan, y ya parecía menos convencide de que habíamos secuestrado a sus amigos, así que lo consideré un progreso.
—Lo éramos hasta hace poco —dije—. Nuestra gente se estrelló en Detritus al final de la Última Guerra Humana.
—¿Cómo que al final?
—No sabemos adónde van vuestros gladiadores —intervino Nedd—, pero no están luchando en el Elíseo… porque la guerra ha terminado.
El dedo de Dayan se acercó al gatillo del látigo de luz.
—Si la guerra ha terminado, ¿por qué esos alienígenas siguen reteniéndonos aquí?
Esa parte no iba a gustarle a Dayan, pero no sabía cómo explicarme sin contarle la historia completa.
—Los humanos perdimos la guerra hace casi un siglo —dije—. Y la Supremacía, que son los alienígenas contra los que luchábamos, decidieron que éramos demasiado peligrosos, así que nos mantuvieron aislados en nuestro planeta y nos derribaban cada vez que estábamos a punto de escapar.
—¿Cómo podíais escapar? —preguntó Dayan—. ¿Tenéis naves? ¿Habéis llegado aquí volando?
Era mejor admitir eso que revelarle todo lo que sabíamos sobre hipermotores citónicos.
—Sí —dije—. Tenemos naves cerca. —Amagué una mirada hacia Nedd, que asintió para indicarme que siguiera—. Los alienígenas de la estrella no han estado disparándoos, ¿verdad? ¿Tenéis naves estelares funcionales?
—No —respondió elle—. Cada vez que intentamos reparar nuestras viejas naves, algo sale mal. Igual que cuando nuestra capacidad de fabricar telescopios avanza demasiado o nuestra minería se vuelve demasiado productiva.
Qué cosas. Parecía raro que la Supremacía nos hubiera disparado a nosotros desde lejos, pero estuviera saboteando a la gente de Infortunio desde cerca.
La Supremacía nos había tenido un miedo espantoso a los humanos, tanto que preferían dispararnos con drones antes que pisar el mismo terreno que nosotros recorríamos.
¿Por qué le habían dado un trato tan distinto a aquel grupo?