19. Arturo #2
Y, en una sala espaciosa y abierta, la encontramos.
Los soportes de hierro de la parte trasera de la puerta se extendían desde el suelo hasta el techo a nuestra derecha.
Había un cabrestante en aquel lado, y un interruptor para levantar la puerta, además de varias máquinas grandes y cilindros llenos de líquido, que debían de servir para crear aquel humo tan siniestro.
A nuestra izquierda, la sala se extendía unos veinte metros y terminaba en una pared cubierta de líneas garabateadas, como si alguien hubiera sostenido un lápiz a distintas alturas mientras correteaba una y otra vez de un lado a otro por ella. Contemplé la pared y algo empezó a encajar en mi mente.
—Por eso no tienen mucha seguridad aquí abajo —dije—. Se ocultan dentro de un portal a la ninguna-parte.
Había visto antes esos portales, uno en Detritus y otro en el planeta kitsen.
Cuando hipersaltábamos, cruzábamos la extraña dimensión de los zapadores, pero, si queríamos quedarnos allí, teníamos que entrar a través de un portal.
Los portales podían cerrarse desde dentro, así que, si los varvax se escondían al otro lado, no hacía ninguna falta vigilar los pasillos del sótano.
Nadie salvo un citónico podía entrar ni salir sin su permiso.
—Los varvax se han llevado a Gamon a la ninguna-parte —añadí—, así que vete a saber dónde estará el Elíseo. Han estado secuestrando a humanos y trasladándolos a algún sitio. Igual sí que es aquí donde la Supremacía reclutaba a sus guardaespaldas humanos.
—Pero no tiene sentido —respondió Alanik—. Los juegos consisten en entrenar para combatir a alienígenas. ¿Por qué iba nadie a hacer que sus esclavos lo odien?
Tenía razón, pero no se me ocurría ninguna hipótesis que lo explicara todo.
—¿Crees que podemos usar este portal para salir del planeta? —pregunté.
—No lo sé. Podría estar bloqueado. Jorgen consiguió abrir el de Orilla Perpetua, pero, incluso si averiguo cómo cruzar, no puedo garantizarte que luego seamos capaces de volver.
Y no sabemos qué hay al otro lado. Podríamos terminar rodeados de varvax.
Podría no ser más seguro que probar a volar por el campo de escombros.
Era cierto, y no quería dejar tirado al resto de nuestro equipo en Infortunio, incluso más superados en número que como estábamos en esos momentos.
—No podemos arriesgarnos —dije—. Aún no. Nuestra gente no puede permitirse perder a un jefe de escuadrón y a una citónica ahora mismo.
Habíamos obtenido información y, con un poco de suerte, Nedd y Sadie habrían averiguado alguna cosa también.
Podíamos volver allí más adelante y probar a cruzar el portal con el equipo al completo, pero, si nos perdíamos en la ninguna-parte y no conseguíamos volver a casa, Jorgen seguiría enviando un equipo de rescate a buscarnos, que terminaría derribado por los drones de Ivy.
Estrellas, qué horrible era tener las respuestas tan cerca y ser incapaz de encontrarlas. Pero estábamos atrapados en Infortunio, y muy solos. Aunque pudiéramos atravesar el portal, el riesgo sería demasiado grande antes de haber agotado todas nuestras otras opciones.
Llegaron voces de varvax escalera arriba, discutiendo otra vez, aunque el alfiler no captó lo suficiente para discernir el tema. Alanik apagó la línea de luz, sumiéndonos en la oscuridad.
Tirda. Teníamos que salir de allí antes de que nos capturasen y nos llevasen al otro lado del portal para hacernos lo que fuera que les hacían a los gladiadores. Así obtendríamos respuestas, sí, pero sin garantías de poder escapar y llevar ese conocimiento al resto de nuestro equipo.
No podíamos volver a bajar por la escalera y, si hipersaltábamos, estaríamos arriesgándonos a revelar nuestra posición a Ivy y a cualquier citónico que hubiera entre los varvax.
Noté la mano de Alanik otra vez en la mía, sus uñas puntiagudas raspándome los dedos con suavidad.
Fui consciente del latido de mi corazón, de nuestro aliento en la oscuridad.
Cerré la mano en torno a la suya y me dejé guiar poco a poco hacia la puerta.
No podíamos activar el mecanismo, porque haría demasiado ruido y los alertaría al instante.
Alanik me llevó al cabrestante motorizado que mantenía la puerta en su sitio.
Me arrodillé junto a él y ella tapó la línea de luz con su cuerpo, la encendió y mantuvo el brillo anaranjado concentrado sobre el motor.
Los varvax seguían discutiendo y sus voces llegaban cada vez más fuertes, por lo que o bien se aproximaban, o bien estaban enfadándose mucho.
Yo no era ningún experto en ingeniería, pero logré encontrar el sitio por el que la manivela se desconectaba del motor.
La giré a mano y la puerta se elevó un centímetro con un suave estallido.
Contuve el aliento mientras levantaba la puerta poco a poco, muy despacio, hasta que la separé unos treinta centímetros del suelo. Miré hacia Alanik. ¿Sería suficiente?
Ella asintió y apagó la línea de luz. Juntos nos escabullimos cruzando el hueco, arrastrándonos por el suelo.
Suki levitaba al otro lado del parapeto que separaba la rampa y los asientos del estadio, asomando el hocico.
—Ya era hora —dijo—. Una de esas personas con túnica ha salido aquí buscándoos, pero luego ha vuelto a irse.
—Marchémonos —ordené.
Alanik y yo saltamos el parapeto y subimos todos por la escalera para regresar hacia Gilaf y nuestra cuerda de luz.
Los varvax terminarían descubriendo la puerta levantada, pero para entonces ya estaríamos muy lejos.