Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 19. Arturo
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19. Arturo

Arturo

Alanik y yo pegamos el cuerpo contra la pared tras la ilusión mientras un alienígena llegaba doblando la esquina a toda prisa. Lo identifiqué al instante.

Era un varvax, perteneciente a una de las especies principales que habían gobernado la Supremacía antes de su caída.

La criatura tenía un duro exoesqueleto que parecía hecho de arenisca y acero, con una forma vagamente humanoide.

Pero en realidad eran unos seres pequeños y parecidos a crustáceos que vivían suspendidos en un fluido, generalmente tras la máscara de su traje.

Aquel exoesqueleto parecía un poco distinto.

El varvax flotaba en el torso, cerca de donde estaría un corazón humano.

En vez del habitual yelmo acorazado, solo había un armazón de alambre con una pequeña lente encima, asomando sobre los hombros.

En sus manos larguiruchas, sostenía una túnica como las que habían llevado puestas las figuras que escoltaron a Gamon hacia el Elíseo.

El varvax se detuvo y, al no ver nada más que la ilusión de un pasillo vacío, levantó la túnica y se la puso por encima del armazón de alambre, cubriendo el cuerpo y dando la impresión de estar decapitado bajo la capucha.

Supuse que utilizaría aquella lente para ver cuando llevaba puesta la ropa, y que en esos momentos estaba mirando alrededor, buscándonos.

Contuve el aliento e intenté permanecer inmóvil por completo.

Aquellos seres no eran unos sacerdotes místicos, sino solo las criaturas que habían aterrorizado a mi pueblo, las que nos habían encarcelado en Detritus, las que habían intentado exterminarnos a nosotros y a nuestros aliados.

Se suponía que todos los varvax estaban neutralizados. Aislados.

¿Qué tirdas tramaban en aquel planeta?

El varvax gritó algo más en su idioma, agitando los brazos en el aire. El alfiler de Alanik captó parte de la frase y envió la traducción también a mis auriculares. El varvax estaba pidiendo ayuda, avisando de la presencia de intrusos.

Si tanto temían que los descubriesen allí abajo, ¿por qué no habían montado una seguridad mejor? Al momento, por el pasillo llegaron corriendo otros dos varvax con túnicas idénticas.

Estrellas, qué grima daban, yendo por ahí sin cara. Era como si las túnicas volaran pasillo abajo ellas solas.

El primer varvax estudió la puerta, que estaba entreabierta, y la cerradura que había caído bajo la escalera del otro lado.

Alanik y yo nos apretamos contra la pared para evitar que nos rozara.

Si el varvax pasaba demasiado cerca de nosotros, era posible que algunas partes de su túnica desapareciesen detrás de la ilusión y lo pusieran sobre aviso.

Pasó por delante de nuestro escondrijo, y luego por la puerta, buscando intrusos. Los otros dos esperaron, haciendo aspavientos y hablando con unos chasquidos y golpes demasiado bajos para que los captara el alfiler de Alanik.

Sonaba a discusión, y el que la perdió pareció enfurruñarse un momento antes echar a andar por el pasillo y perderse de vista mientras el otro se quedaba en su sitio, vigilando.

Si apartaba la mirada, podríamos escabullirnos antes de que el tercero regresara, pero no nos atrevíamos a movernos teniéndolo allí mismo, así que esperamos unos momentos que se me hicieron eternos.

Alanik respiraba lenta y deliberadamente, como intentando controlar el miedo.

Pasé la mano por la pared y le rocé la manga.

Ella volvió la cabeza hacia mí, pero su rostro era una máscara, su expresión no revelaba nada.

Hoid había retirado la ilusión que la hacía parecer humana, posiblemente para concentrarse en la ilusión de la pared que teníamos alrededor, y me gustó ver de nuevo sus verdaderos rasgos, aunque fuese en aquellas circunstancias.

Quise preguntarle si estaba bien, pero no podía arriesgarme a que me oyeran. A medida que pasaban los segundos, sentí que me ahogaba, como si apenas faltasen unos momentos para que nos descubrieran, nos interrogaran, quizá nos ejecutaran unos alienígenas que no iban a pensárselo dos veces.

Los dedos de Alanik rozaron los míos y yo rocé los suyos, y luego extendí la mano un poco más y agarré la suya. Esperaba que la retirase, pero lo que hizo fue apretar, y una corriente cálida me recorrió el brazo, tranquilizándome.

El primer varvax regresó, gritando lo bastante alto como para que el alfiler lo tradujera.

—¡Ahí no hay nadie!

El varvax se detuvo a meros centímetros de nosotros.

Alanik me apretó más la mano mientras los dos lo mirábamos directamente y la tela de su túnica se acercaba a la ilusión…

que se contrajo para esquivarla. Me pregunté si habían sido imaginaciones mías o si Hoid, mirando por la malla de la mochila, se había dado cuenta de que necesitábamos que se retrajera un poco.

El tercer varvax regresó también, cargado con herramientas eléctricas y una cerradura nueva para la puerta.

Discutieron un momento entre ellos sobre quién debería arreglarla y entonces dos de ellos se marcharon, internándose más en la parte subterránea del coliseo, dejando que el que había traído las herramientas se pusiera a trabajar.

El varvax cerró la puerta, le apoyó una herramienta pesada para evitar que volviera a abrirse y desatornilló los restos de la cerradura vieja.

Estaba dándonos la espalda, así que miré a Alanik e incliné la cabeza hacia el final del pasillo.

Cuando el zumbido de las herramientas cubrió nuestras pisadas, avanzamos muy despacio y pegados a la pared, mientras Hoid movía la ilusión para que el varvax no nos viera si se giraba.

Por las estrellas, ¿cómo sabía yo que aquellos seres no tenían ojos en la nuca? En teoría, una lente enfocada hacia atrás estaría cubierta por la capucha, pero sabíamos tan poco sobre ellos que teníamos que ponernos en el peor caso.

El pasillo se bifurcaba. Miré en una dirección y luego en la otra. Los otros varvax habían ido a la izquierda, así que elegí la derecha.

Alanik no me soltó la mano mientras doblábamos la esquina, todavía pegados a la pared.

Era una sensación maravillosa ir con ella de la mano, saber que estaba allí, aunque no pudiésemos hablar.

Había muchísimas cosas a las que no estaba dispuesto a poner voz, y no solo por la misión o por los varvax.

«Concéntrate», me dije. Estábamos en una instalación enemiga. No era momento de distraerme. Aun así, me permití reconfortarme. Unos nervios calmados llevaban a tomar mejores decisiones.

Avanzamos poco a poco por el siguiente pasillo hasta llegar a una escalera ascendente. Nos habíamos alejado lo suficiente de los varvax como para separarme de la pared y respirar hondo.

Los dedos de Alanik aflojaron la presión sobre los míos, mi señal para soltarla. No lo hice al instante. No quería. Pero al final relajé también el agarre y nuestras manos se separaron.

—Vamos —dijo, adelantándome por la oscura escalera, iluminada solo por unas tenues luces incrustadas en los peldaños.

El rellano de arriba daba a una gran sala que estaba totalmente a oscuras. Esperamos, pero no oí ningún movimiento ni voces.

—Creo que está despejada —dije.

—¡Despejada! —convino Naga.

Alanik activó la línea de luz e inspeccionamos la sala al resplandor rojo anaranjado.

Era una armería. Había todo un surtido de espadas, lanzas electrificadas y armas de luz colgadas de soportes a lo largo de la pared. Fui sin pensarlo hacia una espada, que parecía incluso más enorme vista de cerca, y alargué el brazo hacia ella.

—¿Esto es una investigación necesaria? —preguntó Alanik.

—Sí —dije—. Absolutamente necesaria.

Cogí la espada y la encontré más ligera de lo que había esperado.

Brillaba a la luz rojiza de la línea de luz y la empuñé con la punta hacia arriba, como un caballero de la antigüedad.

Las espadas eran unas armas espantosas, y en una pelea real preferiría llevar una pistola o un fusil, pero tenían algo majestuoso, algo que era al mismo tiempo letal e impresionante.

—¿Y llegas a alguna conclusión? —preguntó Alanik, mirándome con expresión divertida.

Vale, quizá en esos momentos no estaba siendo el jefe de escuadrón más responsable del universo, pero estaba empuñando una espada.

—Dime que no te apetece probarla —dije.

—Prefiero probar esta otra —repuso, cogiendo de la pared la empuñadura de una espada láser.

Activarla iluminaría la estancia y quizá atraería más atención. Pero…

—No oigo a ningún varvax acercándose —dije—. ¿Cuándo vas a tener otra oportunidad?

Alanik pareció a punto de discutir, pero entonces encendió la espada y el láser brilló azul.

Estrellas, qué atractiva estaba sosteniendo aquella cosa.

La apagó al momento y la devolvió a su soporte.

—Deberíamos seguir adelante —dijo—. Creo que la puerta está encima de nosotros.

Mis ojos remolonearon en la espada que tenía en las manos.

—¿Crees que podríamos llevarnos una?

—Creo que la gente de la calle se daría cuenta si vas por ahí con un arma de sus juegos sagrados.

No se equivocaba. Aquella cosa medía la mitad que yo. No iba a caber en mi mochila.

—Podríamos usar una ilusión para disimularla —propuse.

—Arturo —dijo Alanik—. ¿Qué vas a hacer con una espada que merezca correr ese riesgo?

Suspiré. Tenía razón. No iba a llevar un arma como aquella a ningún combate.

Solo sería un trofeo. Me consolé cogiendo la espada láser y guardándomela en la mochila junto a Naga.

Quizá la FDD encontrara algún uso para esa clase de tecnología.

Tampoco parecía tan diferente de nuestras líneas de luz y, aunque nunca les robaría nada a unos aliados humanos potenciales, no tenía ningún reparo en robar a los varvax.

Alanik fue hasta la puerta del final de la armería, que daba a una escalera que llevaba tanto arriba como abajo. Subimos, en dirección, supuse, a la misteriosa puerta hacia el Elíseo.