18. Sadie #2
Dayan se concentró en su bebida, como si ya no le gustara la conversación.
Nedd y yo cruzamos la mirada. Habíamos hecho un buen trabajo consiguiendo que Dayan hablara, pero luego habíamos hecho que se pusiera a la defensiva.
Nedd señaló con la cabeza hacia Malia y Efraín, como sugiriendo que probábamos con ellos.
Pero a mí me caía bien Dayan y no estaba dispuesta a rendirme.
—Supongo que tienes razón —dije—. Lo sabrás mejor que nosotros.
Dayan se encogió de hombros otra vez.
—Solo soy une gladiadore. En realidad no sé nada más sobre el Elíseo que nadie. Pero sí que creo en lo que estamos haciendo, en luchar por la humanidad. —Alzó la mirada hacia mí—. ¿Tú no?
No sabía cómo responder a eso. Lancé una mirada a Nedd, pero el muy traidor se llevó la copa a los labios.
—Yo querría que no estuviéramos en guerra —dije por fin—. Porque me parece un desperdicio, ¿sabes? Siglos y siglos de muerte, cuando podríamos buscar la forma de coexistir, de vivir en paz.
—¿En serio? —replicó Dayan—. ¿Crees que los alienígenas querrían la paz con nuestro pueblo?
La conversación había despertado la curiosidad de varios otros clientes del pub, que se acercaron más a nuestro alrededor. ¿Tan indignante era lo que había dicho? ¿Nadie de ese planeta se planteaba siquiera la posibilidad de la paz?
—¿Sería pedir demasiado? —pregunté.
—No ocurrirá nunca —dijo un hombre detrás de mí.
—Los alienígenas son quienes nos hicieron encallar aquí —añadió Dayan—. Son la razón de que estemos en este planeta y no en otro mejor. Son la razón de que la antigua Tierra desapareciera.
Por las estrellas, yo no sabía si eso era verdad o no.
Mi gente no tenía ni idea de por qué se había esfumado la antigua Tierra.
Nuestra antigua compañera de escuadrón Spensa había descubierto a un antiguo ser de inteligencia artificial llamado M-Bot que parecía saberlo todo, y ni siquiera él podía explicar qué le había pasado a la Tierra.
Pero yo no estaba muy segura de saber más que aquella gente sobre el estado de la relación de la humanidad con las distintas especies alienígenas, así que había llegado el momento de cambiar de tema.
Sonreí y levanté los hombros.
—Son castillos en el aire, supongo. Es solo que no me gusta la idea de tanta muerte, ¿sabes?
—Somos blandos —dijo el hombre de detrás—. Mientras en el Elíseo no paran de luchar, aquí nos hemos puesto demasiado cómodos.
—¿Por qué no va más gente al Elíseo? —preguntó Nedd—. ¿Por qué envían solo a gladiadores? ¿No hay más trabajos que hacer allí fuera? Los luchadores no sirven de mucho sin gente que los alimente, o que les fabrique armas, o que limpie lo que ensucian.
—Sí que enviamos suministros a veces —respondió el hombre—. Metales, sobre todo, de la mina. Pero todas esas cosas ya las tienen. La gente que cultiva, la que extrae mineral… no muere tan rápido como los soldados. Lo que siempre hay que rellenar son combatientes.
Dayan parecía haberse ofendido, y con razón.
Ese hombre acababa de decir, más o menos, que los gladiadores eran desechables.
Pasaba lo mismo en nuestro ejército. Antes del final de la guerra, habían tenido que reducir la edad de admisión cada vez más, solo para llenar los asientos de nuestros cazas estelares.
Nos entrenaban, sí. Y nos hacían grandes muestras de respeto.
Pero, sobre todo antes de que tuviéramos hipermotores, cuando luchábamos por nuestra supervivencia, éramos carnaza en los cazas y poco más.
—Los gladiadores son luchadores especializados —dije—. No son desechables.
—Claro que no —convino el hombre—. ¡Ganar los juegos es un honor tremendo! Requiere dedicación y habilidad. ¿No es cierto, Dayan?
Dayan sonrió y levantó su copa, aunque no parecía convencide del todo. Se volvió hacia mí.
—¿Dónde os habéis alojado en la ciudad?
Oh, no. Casi no sabía dónde estaba nada. ¿Dónde había dicho Liba que vivía? No podía inventarme nada, o me pillarían al instante.
Debía de estar tardando demasiado en contestar, porque Nedd intervino.
—Aún no lo tenemos decidido.
—Siempre hay pisos disponibles en el distrito del depósito —dijo Dayan—. Las fábricas hacen mucho ruido, así que la gente no suele quedarse mucho tiempo. Si tienen dinero para irse, claro. Muchas parejas jóvenes empiezan allí.
Casi me atraganté. ¿Parejas?
—Ah, no estamos… O sea, no es que él y yo… No somos…
Tanto Dayan como Nedd estaban mirándome, esperando a ver cómo terminaba la frase. Nedd tenía una expresión oronda en la cara, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
Bueno, con un poco de suerte, no todo lo que estaba pensando.
—Solo somos amigos —dijo Nedd muy tranquilo, como si fuese la frase más fácil de componer en todo el universo.
Vale, me gustaba mucho menos dicho así.
—Nos criamos juntos —añadió.
—Ah —dijo Dayan—. Perdón, no quería prejuzgar.
—No hay problema —respondí—. Nos pasa mucho.
Dayan parecía dudar, probablemente porque, si fuese verdad, yo no habría tartamudeado tanto al respecto. Tirda. Desde luego, no era la mejor mentirosa del mundo. Quería vivir en un universo donde a Nedd y a mí nos tomaran continuamente por una pareja. Esperé que no se me notase mucho en la cara.
—Tendremos que ir a ver esos pisos —dije.
Dudaba que pudiéramos permitirnos uno con la paga de un día limpiando, pero no tendría mucho sentido que hubiéramos llegado a la ciudad solo con ese dinero. Di un sorbo a mi copa, pero la pajita hizo ruido al sorber del fondo.
—¿De qué granja decíais que venís?
No lo habíamos dicho. Porque no habíamos preparado esa parte de nuestra tapadera.
—De una de arroz —dije—. Río abajo.
Dayan asintió, pensative.
—Y os criasteis juntos allí.
—Sí —dije—. Arroceros de pura cepa.
—Siempre he tenido curiosidad —prosiguió Dayan— por el trabajo en los arrozales. ¿Me contaríais en qué consiste?
Me volví hacia Nedd, el genio que había decidido que nadie de aquel pub iba a interrogarnos sobre el cultivo de arroz.
—Te lo contaría —dijo Nedd, evitándome tener que adivinar cómo se trasladaba el proceso de cultivo en cuba a la tierra de verdad—. Pero, lo creas o no, el proceso es increíblemente aburrido. Me duermo a mí mismo cada vez que pienso en ello.
Dayan seguía pareciendo dudar. Casi me tentó decirle que éramos unos embusteros y que por supuesto que no habíamos crecido en un arrozal, sino que éramos de otro planeta, pero no me apetecía nada ser la que había echado a perder la misión entera por bocazas después de que Arturo confiara en mí para hablar con la gente.
—¡Bueno, ya te hemos robado bastante tiempo! —exclamé—. Ha sido estupendo conocerte. Con un poco de suerte, volveremos a verte luchar pronto.
—Claro —dijo Dayan—. Estaré en el torneo final del campeonato.
—¡Genial! —respondí, levantándome de golpe y tirando del brazo de Nedd.
Dayan pareció sorprenderse un poco, pero se despidió con un gesto y se volvió de nuevo hacia la barra, donde una fan ansiosa ya estaba acercando un taburete para darle la paliza.
—Ha sido un desastre —dije a Nedd mientras huíamos del pub—. ¿Hemos averiguado alguna cosa?
—Hemos averiguado que la gente sí que está interesada en los arrozales —respondió él—. Igual tendríamos que buscar trabajo en una granja para ganar dinero.
—Me alisté en la FDD para escapar de las granjas —refunfuñé, pero Nedd me pasó el brazo biológico por los hombros mientras caminábamos por la calle, y eso me animó.
—No te fustigues —dijo—. Arturo no lo habría hecho mejor. Y Jorgen habría hecho una tirda de intento. ¿Te acuerdas de la vez que intentó mantener una conversación diplomática y, en vez de eso, hizo estallar la sala con su cerebro?
Sí que me acordaba, aunque no había estado presente en esa reunión.
—¿Nunca te sientes como si todo el mundo se inventara las cosas sobre la marcha? —pregunté—. ¿Como si en realidad nadie tuviera ni idea de lo que está haciendo?
—A todas horas —dijo Nedd.
Suspiré. Pero me gustaba tener el brazo de Nedd alrededor de los hombros, aunque solo fuese un gesto amistoso por su parte. Miré su mano, que me rozaba el brazo con los dedos…
… y descubrí que había alguien recorriendo la sombra de los edificios al otro lado de la calle, evitando la luz de las farolas como si no quisiera que nadie reparase en su presencia.
Entorné los ojos y entonces me deslumbraron varios camiones de ganado motorizados que pasaron por la calle, tapándome la acera de enfrente. Pero había podido echar un buen vistazo y, aunque había poca luz, fue suficiente para revelarme lo que pasaba.
Dayan Diabueno estaba siguiéndonos.