18. Sadie
Sadie
Nedd y yo esperamos a que se despejara un poco la aglomeración que rodeaba a los gladiadores, pero no lo hizo.
Ya estaba haciendo acopio de valor para acercarme a codazos y hacerles un par de preguntas cuando los clientes de la terraza aclamaron de nuevo, y al mirar vi que Dayan Diabueno estaba entrando por la puerta del pub.
La actitud de Dayan era muy distinta a la de Malia y Efraín, que habían favorecido los vítores y los gritos al interactuar directamente con la clientela.
Dayan saludaba con educación y sonreía afable, pero evitaba el contacto visual con las personas concretas.
Su pelo corto y negro tenía mechones azules y violetas.
Que hubiera elegido el azul hizo que me cayera bien de inmediato.
Me pregunté si podría haber prescindido del pañuelo, pero, incluso si la gente suponía que era teñido, probablemente el pelo azul me haría demasiado memorable.
Dayan saludó con la mano a Malia y Efraín, pero luego ocupó un taburete en el extremo de la barra opuesto a los otros gladiadores, donde podía poner la espalda contra la pared.
Al instante se congregó una pequeña multitud alrededor de elle.
Alguien le ofreció una bebida, que Dayan aceptó.
El camarero la sirvió y se la entregó, dirigiéndose a elle por su nombre.
Estaba claro que Dayan había acudido allí sabiendo que terminaría rodeade de aficionados entusiastas, pero parecía menos a gusto con las atenciones.
Aquella multitud menos numerosa sería más fácil de superar a codazos, supuse.
—Creo que nos irá mejor con Dayan —susurré a Nedd.
Asintió.
—Dejémosle un momento para acomodarse.
Tenía sentido. Sería sospechoso acribillar a preguntas a le gladiadore nada más entrar por la puerta.
Nedd pidió una segunda ronda de coladas y les dimos un sorbito.
El corrillo alrededor de Dayan nunca se despejaba del todo, pero cuando dedicaba un tiempo a hablar con alguien, esa persona individual a veces se marchaba.
En cambio, Malia y Efraín parecían estar celebrando audiencia general, con todo el mundo a la vez, lo que imaginé que dificultaría que alguien llevara la conversación a su terreno.
Dayan era sin duda a quien debíamos abordar.
Mientras esperábamos, escuché las conversaciones de alrededor por si averiguaba alguna cosa.
La mujer que había a mi lado se terminó su copa y se marchó, y entonces se sentaron dos hombres que llegaban ya en plena discusión sobre el cobre.
Había habido un accidente minero, en algún lugar de las montañas sobre Epifanía.
—No tendríamos que haber incrementado la producción —dijo uno de los dos—. Pasa lo mismo cada vez que lo intentamos. Esa mina está maldita.
—Son supersticiones —respondió el otro.
—No es superstición si pasa todas las veces.
Si era cierto, no iba errado.
—¿Hubo heridos? —pregunté.
Los dos se me quedaron mirando y me encogí un poco. En casa la gente me decía que era muy brusca, y eso debería haberme enseñado cómo interrumpir a la gente, pero la práctica no me había vuelto menos torpe en ello.
—Esta vez no —dijo el primer hombre, y se volvió de nuevo hacia su amigo—. Volveremos a ponerla en marcha, pero Japen dice que tenemos que topar la producción al ochenta y cinco por ciento del estándar.
—No para de bajar —repuso el otro hombre—. A este paso, no construiremos nunca fuera de la muralla de la ciudad.
—Tendríamos que renunciar. La única manera de ganarnos la vida como debe ser es llegar hasta el Elíseo.
Yo creía que solo aceptaban a gladiadores. Pero, si los soldados ganaban la guerra que supuestamente estaban librando, una fracción mayor de la población querría marcharse del planeta.
—Ojo ahí —dijo Nedd, señalando a Dayan con el mentón.
Su conversación más reciente acababa de terminar, y estaba bebiéndose la copa a grandes tragos mientras pudiera. Nedd me dio un codazo, como indicándome que fuese yo delante, así que caminé hacia elle. Nedd me siguió.
Dayan parecía tener el cuerpo incluso más nervudo, estando encorvade en un taburete. Era de complexión esbelta, pero claramente tode músculo. Nos sonrió al ver que nos acercábamos.
—¡Hola! —saludé—. No venimos mucho a la ciudad, pero te hemos visto luchar hoy. Has estado increíble.
—Gracias —dijo Dayan.
—¡Gracias a ti! —exclamé. Quizá sonaba demasiado entusiasta, pero se suponía que debíamos serlo, ¿verdad? Para algo éramos fans—. ¿Cuánto tiempo llevas participando en torneos?
—Unos seis meses —respondió elle.
Seis meses costaba conseguir casi los puntos necesarios para ir al Elíseo.
—¿Entrenaste mucho tiempo antes de eso, para poder entrar?
Dayan dio un sorbo a su bebida y asintió.
—Sí, llevo entrenando desde niñe.
—¿Siempre quisiste luchar en el coliseo, entonces?
Nedd y yo seguíamos de pie al lado del taburete de Dayan, pero la gente que estaba sentada al lado por fin se apiadó de nosotros y nos cedió el asiento. De momento, teníamos a Dayan para nosotros solos. Aparté mi taburete de la barra para dificultar que la gente se agolpara alrededor.
—Claro —dijo Dayan, encogiéndose de hombros—. ¿No es el sueño infantil de todo el mundo luchar en los juegos?
—Ya lo creo —respondí.
Y seguro que lo era, igual que en Detritus lo era convertirse en piloto. La FDD se ocupaba de que nos criáramos idolatrando a los pilotos, para que nos esforzáramos en aprobar el examen de acceso y así alcanzar el privilegio de arrojar nuestra vida como carne de cañón contra los krells.
—Pero no creo que yo tenga lo que hay que tener —añadí—.
Parece… —Estuve a punto de decir «tirdosamente terrorífico», pero no había oído a nadie usar la palabra «tirda» allí.
Supuse que maldecirían distinto—. Parece que tiene que dar mucho miedo subirte a un árbol que se sacude sin nada más que un látigo de luz al que agarrarte.
Hay que ser muy valiente solo para salir ahí y hacerlo.
—Sí, a veces sí que asusta —dijo Dayan, relajándose por primera vez—. Sé que se supone que no debería reconocerlo.
—¿Por qué no? Yo creo que la locura sería no tener miedo. Esos vástagos son enormes. ¿Qué es lo peor de luchar contra ellos?
—El aterrizaje —dijo Dayan, sin pensárselo siquiera—. Las ramas pueden romperte las costillas, pero eso no es nada comparado con lo que puedes hacerte tú misme si caes mal. La arena parece blandita desde las gradas, pero duele un montón, incluso si te sale bien.
Miré a Nedd. En teoría estaba al mando en ausencia de Arturo, pero estaba siendo yo la que parloteaba todo el rato. Nedd me sonrió y asintió, así que seguí adelante.
—¿Y por qué lo haces, entonces? —pregunté.
Dayan levantó los hombros.
—Porque se paga bien. Antes mis padres trabajaban en la cantera. Cuando se hicieron demasiado mayores, nos mudamos a la ciudad, pero aquí cuesta llegar a pagar el alquiler.
Ay, estrellas. Tenía sentido que participar en los torneos no consistiera solo en buscar un camino fabuloso hacia el Elíseo. También tenía que ver con la supervivencia.
—En las granjas hubo gente que nos advirtió que no viniéramos —dije—. Porque era todo demasiado caro y costaba mucho encontrar trabajo.
—Encontrar trabajo es fácil —respondió Dayan—.
Lo difícil es encontrar uno bueno. Mis padres echaban muchas horas solo para llegar al alquiler.
Si consigo ir al Elíseo, mi familia recibirá una bonificación enorme.
Mis hermanas menores quieren luchar en el coliseo también, pero, si yo lo consigo, no tendrán que correr ese riesgo.
Y mis padres podrán buscar piso en un barrio mejor y no tener que preocuparse tanto por el dinero.
En Detritus nadie tenía que pensar en el alquiler, porque la FDD proporcionaba a toda la ciudadanía un alojamiento y una renta básicos.
En teoría todo el mundo era igual, pero algunos trabajos se pagaban con más créditos que otros, así que costaba mucho creer que eso fuese verdad.
Y seguía habiendo unos barrios más deseables que otros, unas cavernas más seguras, más prestigiosas.
—Yo esperaba que las cosas fueran distintas en la ciudad —dije—. Pero supongo que las cosas son difíciles en todas partes.
Dayan asintió.
—Agradezco la oportunidad de ayudar a mi familia, de luchar en los juegos. Es el sueño de todo el mundo y yo estoy viviéndolo, así que puedo considerarme muy afortunade.
Me pregunté si de verdad se sentía así o si era solo que sabía lo que los admiradores querían oír. Pensé en cómo plantearle la siguiente pregunta, para llegar a la parte jugosa.
—¿Y no te preocupa cómo será el Elíseo? —dije al fin.
—Sí, claro —respondió Dayan—. No por la lucha, en realidad.
Se supone que los juegos nos preparan para eso.
Pero me preocupa no volver a ver nunca a mi familia.
Se supone que todo el mundo está en ello por la gloria.
Incluso Gamon, antes de ganar hoy, no paraba de hablar de que por fin iba a poder darle su merecido a la escoria alienígena que amenaza la galaxia, ¿sabes?
Pero sé que le daba mucho reparo dejar a su familia.
—Hay gente en las granjas que dice que el Elíseo no existe —intervino Nedd—. No creen que en realidad haya ninguna guerra en marcha.
Dayan pareció sorprenderse.
—Pues claro que hay guerra. Así es como nos encerraron en este planeta.
—Claro —dijo Nedd—, pero ¿cómo sabemos que la guerra no ha terminado ya ahí fuera? ¿No puede ser que aquí sigamos luchando y preparándonos para una batalla que ya se hizo?
Era un riesgo, pero me pareció que hacía bien asumiéndolo. Teníamos que ir acostumbrando a la gente del planeta a esa idea, si queríamos convencerla para que se aliara con nosotros en tiempos de paz. Era bueno comprobar cómo reaccionaban.
Dayan negó con la cabeza.
—Si es así, ¿dónde va la gente que se clasifica?
—La verdad es que no lo sabemos, ¿a que no? —repliqué—. Se marchan y ya no vuelven nunca.