Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 17. Arturo #2
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17. Arturo #2

—Supongo que habrá otro guardia en nuestro lado —susurré—. En algún lugar por encima de nosotros.

—Es probable —convino Alanik—, aunque también puede que la seguridad esté más reforzada cerca de la puerta.

Tenía sentido, considerando lo bien vigilada que habían tenido aquella puerta mientras limpiábamos.

—Vamos —dije, haciendo un gesto a Suki para que nos siguiera.

Nos mantuvimos en las sombras mientras íbamos descendiendo, para que el guardia del otro lado no nos viera.

Cuando llegamos al nivel del suelo, Suki hizo descender su minúscula plataforma por debajo de los bancos y se alejó de nosotros en horizontal hacia la rampa por la que Gamon se había marchado al Elíseo.

Alanik y yo tomamos una escalera protegida por un antepecho de un metro de altura, y luego seguimos junto al parapeto ovalado que separaba al público de la palestra.

La sombra de los cadáveres de vástago en la arena parecía más siniestra en la penumbra: ramas y raíces retorcidas, nudosas, que se curvaban en el aire como tentáculos.

—La rampa parece desprotegida —susurré.

Pero no podía estarlo, ¿verdad? Si la respuesta a dónde iban los gladiadores estaba detrás, a Ivy le interesaría tenerla bien vigilada. Escruté la zona en busca de cámaras, pero no vi ninguna, y los drones flotantes que habían retransmitido el torneo tampoco estaban por allí.

Había perdido de vista a Suki bajo los bancos, lo cual era buena señal.

La rampa solo era accesible desde la palestra, que estaba un piso o dos más hundida que la planta baja del coliseo en sí.

La separaba del público otro murete bajo, de más o menos un metro de altura, que supuse que impediría a la gente invadir la arena cuando se amontonaba para ver una ascensión.

Las orejas de Suki asomaron sobre un banco y, al poco tiempo, alcancé a distinguir su minúsculo hocico.

—Hay dos guardias rodeando los niveles por encima de nosotros —dijo—, así que cualquier ruido llamará su atención.

Encajaba con lo que habíamos observado Alanik y yo.

—Gracias, Suki —dije—. Sigue vigilando a esos guardias mientras yo compruebo esto.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Alanik.

Negué con la cabeza.

—Quédate y cúbreme si me pillan.

Aguardé, viendo cómo el guardia del lado opuesto rodeaba el segundo nivel, hasta que estuve lo bastante seguro de que ya no miraba en mi dirección.

Entonces salté al otro lado del murete y avancé pegado a él por la rampa hasta llegar a una puerta metálica ornamentada.

Tenía capas decorativas de hierro superpuestas que impedían ver al otro lado.

Agarré los barrotes de la parte de abajo y los probé.

La puerta estaba bien cerrada. No subió al darle un tirón, ni tampoco había ningún mecanismo para abrirla desde ese lado.

Los barrotes estaban demasiado juntos para que Suki cupiera entre ellos y, aunque no hubiera sido así, tampoco me hacía gracia enviarla a explorar un lugar al que no podíamos seguirla.

Miré por los huecos, pero dentro solo vi oscuridad.

—Naga —susurré—, ¿puedes hipersaltar al otro lado para ver qué hay?

—¡Naga! —exclamó Naga, y mi mochila se desinfló un poco cuando la taynix la abandonó.

Tirda. Lamenté al instante haberla enviado. Las babosas podían hipersaltar sin alertar a los citónicos cercanos de su presencia, pero, si encontraba algún peligro, estaría sola.

Estuvo separada de mí menos de diez segundos, pero me pesaron todos antes de que Naga reapareciera sobre mi hombro.

—¡Puerta! —trinó.

—Sí —dije—. Ya sé que es una puerta, pero ¿qué hay al otro lado?

—¡Puerta! —exclamó Naga.

La voz de Alanik llegó flotando sobre el murete a mi espalda.

—¿Eso es lo que ha encontrado ahí dentro? ¿Otra puerta?

—¡Puerta! —repitió Naga.

—Muy bien —dije—. ¿Y has visto qué hay al otro lado de esa puerta?

—¡No puerta!

Suspiré. Aquello no era el mejor ejemplo de comunicación entre especies, y me recordó por qué utilizar a las babosas para el espionaje no figuraba en la primera página del manual de la FDD.

—Gracias, Naga. ¿Se os ocurre cómo entrar?

—Podríamos probar por esa escalera —dijo Alanik, y su mano apareció sobre el murete señalando hacia el otro borde de la rampa.

Y sí, había un hueco oscuro justo al otro lado del muro opuesto, con peldaños descendentes.

—Muy bien —dije—. Suki, tú quédate aquí y avísanos si nos sigue alguien.

—¡Hecho! —exclamó la kitsen antes de llevar su plataforma a la palestra y cobijarse bajo las ramas de un vástago caído.

Alanik y yo bajamos la escalera, que parecía llevar directamente bajo los asientos del coliseo.

Al final llegamos a un rellano y entorné los ojos, intentando encontrarle sentido a lo que veía.

Busqué cámaras por el techo, pero no las había en aquel pasillo.

Era evidente que Ivy y aquellos humanos disponían de la tecnología necesaria para instalar cámaras de seguridad, así que no me entraba en la cabeza que aquella zona estuviese tan mal vigilada.

El piso inferior estaba iluminado por claraboyas, que proyectaban unas sombras retorcidas y siniestras por todo el suelo de piedra. Cuando entramos, las sombras se movieron, como ramas al viento.

Tanto Alanik como yo dimos un paso atrás al distinguir una figura enorme que se alzaba contra la pared del fondo: un vástago, encerrado en una celda.

Debía de haber alguna otra salida, porque era imposible que ese vástago hubiera cabido por la escalera.

La criatura avanzó hacia los barrotes como una sombra gigantesca destacada sobre la luz de atrás.

Alanik activó la línea de luz que llevaba y la iluminó en rojo anaranjado.

El vástago movió sus ramas hacia nosotros con desgana.

Tenía varias extremidades rotas, algunas colgando flácidas, apenas sujetas al tronco.

El ser nos miraba con ojos amenazadores, como si no tuviera fuerzas para luchar contra nosotros y quisiera hacernos retroceder solo a base de intimidación.

Y sí, era cierto que daba miedo, incluso débil como estaba.

No se me ocurrió para qué podían querer al vástago allí abajo.

No parecía en forma para luchar, aunque quizá ya había participado en un combate y había terminado así.

Me pregunté si esas criaturas comerían o si obtenían la energía del sol.

En el segundo caso, allí abajo iba a marchitarse poco a poco, lo que me parecía innecesariamente cruel.

A nuestra derecha había una entrada que daba a una segunda escalera que descendía más bajo el suelo.

—Probemos por aquí —dijo Alanik.

Nos alejamos del vástago y descendimos por la escalera, oscura a excepción de unas tenues luces incrustadas en los peldaños que emitían un débil brillo blanco. Alanik apagó su línea de luz para no advertir de nuestra presencia a lo que fuese que había abajo.

Cuando llegamos al final, lo único que encontramos fue una puerta cerrada con llave.

—Bueno —dije—, supongo que era mucho esperar que la dejaran abierta para nosotros. No sabrás forzar cerraduras, ¿verdad?

—No —respondió Alanik.

Probé otra vez, como si sacudir el pomo más fuerte pudiera abrirla por arte de magia.

Suspiré y di un golpecito con la frente contra la hoja.

Si los secretos del Elíseo estaban allí abajo, no los tendrían accesibles y sin vigilancia.

Podíamos dejarlo estar, pero entonces sabríamos tan poco de lo que tramaba Ivy como antes de colarnos en el estadio.

Si queríamos información valiosa, íbamos a tener que aceptar algún riesgo.

—Podemos probar a dispararle a la cerradura —propuse.

—Pero los guardias lo oirán, ¿verdad? —preguntó Alanik.

Era posible, aunque estábamos dos pisos por debajo del suelo y los guardias del estadio patrullaban varias plantas más arriba. Con un poco de suerte, el disparo no se oiría, sobre todo si no había nadie al otro lado de la puerta. Pero tampoco quería contar con ello.

—Que Hoid prepare una ilusión sobre la pared del otro lado de la puerta —dije.

El taynix no sabría de qué color tenía que ser hasta que la viera, pero Alanik podía transmitirle la idea general de mente a mente antes de que entrásemos—.

Vamos a volar la cerradura y nos esconderemos detrás de la ilusión hasta que podamos internarnos más en estas instalaciones.

Alanik asintió.

—Hoid está preparado —dijo al cabo de un momento.

Puse a Naga en mi mochila de nuevo, la rasqué a lo largo de los pinchos y luego saqué mi pistola destructora y disparé con ella hacia la cerradura.

Se partió en dos y la puerta se abrió hacia dentro, revelando un largo pasillo de piedra.

Alanik y yo entramos y nos pegamos contra la pared, confiando en que la ilusión de Hoid nos haría invisibles sobre la piedra blanca.

Si nos movíamos aunque fuese unos centímetros hacia delante, cruzaríamos la imagen y se nos vería.

En algún lugar al fondo del pasillo, una voz gritó en un idioma extraño y luego unos pasos vinieron hacia nosotros.