Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 17. Arturo
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17. Arturo

Arturo

—Parece que esta gente no duerme nunca —dije.

—Hablando con más propiedad —respondió Suki desde mi mochila—, parece que no duermen nunca todos a la vez.

Alanik y yo nos habíamos sentado en un banco cerca del coliseo y observábamos las multitudes, con Suki en mi mochila y Hoid en la suya. Gilaf se paseaba cerca de la entrada, esperando mientras cambiaba el turno para ver cuántos trabajadores nuevos llegaban.

—Esto es lo normal en ReAlba —dijo Alanik—. Nuestro día es demasiado largo para pasarlo en vela, así que alternamos ciclos de sueño. Así, la ciudad puede seguir adelante sin importar si hay luz o no.

—Aquí nunca va a oscurecer —respondí—. Y, si no tienen una fase nocturna en la que la mayoría de la ciudad duerma, no podremos esperar a que las calles se despejen antes de intentar colarnos.

—Cuando estemos dentro del coliseo, no se nos verá desde la calle —me recordó ella—. ¿Estás retrasándolo porque tienes miedo?

—¿Qué? ¡No! —repliqué—. ¿De qué iba a tener miedo?

—Yo sí que tengo miedo —terció Suki—. Estamos atrapados en territorio desconocido sin apenas intuir siquiera cómo podríamos volver a casa.

—Ese es el objetivo de esta investigación —afirmé—. Averiguar qué pasa aquí y encontrar una salida.

—Aun así, hay muchas cosas de las que tener miedo —dijo Alanik—. Que te capturen. Afrontar el peligro sin una nave que te proteja.

Vale, cierto, esas cosas me preocupaban. Estaba desubicado y lo sabía. Pero tenía una pistola en la mochila, además de una hiperbabosa y una citónica a mi lado. Todo eso significaba que no debería asustarme.

Sin embargo, lo estaba. Miré el cielo y no vi ni un solo dron patrullando, buscándonos.

Me dije que eso era buena señal. Significaba que podríamos hacer nuestro trabajo sin que nadie nos disparase o, lo que sería peor, que disparase a transeúntes intentando darnos a nosotros.

Pero temía que pudiera comenzar una lucha en cualquier momento y, cuando lo hiciera, algunas de esas personas terminarían en medio.

Y en algún sitio muy al fondo, tal vez hasta quería que alguien nos disparara, porque eso era un problema sencillo, del que sabía cómo ocuparme. Obtener información era un proceso más desconocido, y por tanto más aterrador.

El hecho de que aquello tuviera sentido para mí debía de significar que estaba irrevocablemente tarado.

—No nos pasará nada —dije—. Me preocupa más el otro equipo.

No me gustaba nada dejar que mi gente se enfrentara a una situación delicada sin mí.

Si iba a poner a alguien en peligro, siempre quería ser yo mismo.

Pero ser jefe de escuadrón significaba que debía combatir ese impulso a cada momento que pasaba.

Jorgen me había dicho que los líderes tenían que quedarse atrás a veces y delegar los riesgos, porque perder a un líder en el fragor de la batalla era lo peor que podía pasarle a un equipo.

No era que yo fuese más sacrificado que Jorgen; era solo que a él se le daba mejor permitir que la lógica guiara sus decisiones.

Quizá su razonamiento me parecería más atractivo si tuviera mínimamente controlado mi punto de vista sobre aquella misión concreta.

Tenía la sensación de que estábamos volando a ciegas.

Me pregunté si nuestro equipo diplomático habría estado tan perdido como yo. Estuve a punto de preguntarlo, pero al final me mordí la lengua. Yo era el comandante. Como mínimo, tenía que aparentar que sabía lo que hacía.

Gilaf regresó de su puesto junto a la puerta de servicio. De espaldas a la calle, encendió su alfiler y habló en voz baja para que ningún viandante oyera su voz.

—El último turno parece haber salido —dijo—. Solo he contado que entren seis trabajadores para el siguiente. Aunque fuesen todos de seguridad, ese coliseo es enorme. Deberíamos poder evitarlos.

—Pues entonces, el momento de entrar es ahora —respondí—. Vamos a comprobar la parte de atrás, a ver si hay alguna forma de colarnos sin que nos vean.

Gilaf asintió y abrió la marcha. Alanik lo siguió con su mochila al hombro.

Su avance daba una sensación de propósito.

Alanik nunca parecía perdida, nunca le faltaba dirección.

Había entrenado como espía antes de empezar a trabajar con nosotros, y me pregunté si eso le daba confianza en situaciones como aquella.

Parecía extraordinariamente confiada, y era difícil imaginarla de alguna otra manera.

—¿Esto viene de tu entrenamiento como espía? —le pregunté—. ¿Lo de andar así?

Alanik volvió la cabeza y me lanzó una mirada confundida.

—¿Lo de andar cómo?

—Con tanta confianza. Como si supieras lo que haces.

Pareció incluso más perpleja.

—Arturo, solo estoy andando. ¿Por qué piensas tanto en ello?

Me sonrojé. Estrellas, se suponía que no tendría que estar obsesionándome con los andares de Alanik. Se suponía que no tendría que estar pensando en ella para nada. Se suponía que debía centrarme en la misión, es decir, en descubrir la mejor manera de superar a la seguridad del coliseo.

Me adelanté a Alanik y Gilaf y guie al equipo lejos de la entrada principal y rodeando una sección del estadio delimitada por una pared de unos dos metros de altura que ocultaba la mitad de la planta baja a la vista de los edificios residenciales contiguos.

Encontramos otro par de puertas anchas, pero estaban cerradas con llave.

Podríamos probar a forzarlas, pero el ruido sin duda atraería al equipo de seguridad.

Los arcos de los pisos superiores, en cambio, estaban abiertos por completo, como una serie de bocas bostezando al viento. Señalé uno.

—¿Qué opinas de trepar?

Alanik se encogió de hombros.

—No me dan miedo las alturas.

—¿Puedes ir tú delante, Suki? —pedí. La ayudé a salir de mi mochila y activé su disco flotante—.

Vuela hasta ahí arriba y echa un vistazo por el arco, a ver si hay algún guardia.

Haremos que Hoid levante una ilusión delante del coliseo para que no seas visible desde las ventanas de delante al llegar al primer piso.

No sabía lo que podrían hacer los ciudadanos de Epifanía si veían un jerbo bípedo flotando sobre un disco hasta la primera planta del estadio, pero la atención resultante no favorecería nuestra causa.

—Sí —dijo Suki—. Creo que estoy plenamente cualificada para mirar por un arco e identificar si hay alguna persona presente.

Me dio toda la impresión de que estaba siendo sarcástica, aunque ese tono a veces no se traducía.

Nadie de nuestro grupo estaba plenamente cualificado para lo que estábamos haciendo allí, pero nuestra otra opción era quedarnos esperando a que llegaran refuerzos y los hicieran picadillo, así que íbamos a seguir adelante, cualificados o no.

—Hoid dice que la ilusión ya está —dijo Alanik.

Lo comprobé acercando la mano y vi cómo atravesaba la imagen de la pared del coliseo medio metro por delante de la pared física. Podríamos escalar por el espacio entre ambas sin que se nos viera desde los edificios circundantes.

Crucé la ilusión para poder mirar mientras Suki ascendía. Detuvo su plataforma cuando sus ojos estuvieron a la altura del pie del arco, de forma que solo sus orejas serían visibles para alguien de dentro.

Descendió de nuevo y paró delante de mi cara.

—No he visto a nadie —dijo—. ¿Quieres que proceda por el pasillo?

—Solo un poco —respondí—. Para hacernos una idea de lo que hay mientras trepamos.

Suki asintió, alzó un puño solidario hacia mí y luego subió de nuevo y se metió por el arco del primer piso.

Me aseguré de que la mochila con Naga estuviera bien sujeta a mi espalda, disparé una línea de luz hasta la primera hilera de arcos abiertos y di un golpecito con los dedos en el aparato para liberarla.

La línea permaneció sujeta a la parte superior de la pared, colgando tras la ilusión como una cuerda, lista para escalar por ella.

—Gilaf, quédate aquí vigilando —dije, entregándole mi línea de luz—. Usa esto si tienes que venir hacia nosotros.

Me levantó el pulgar, otro gesto que había aprendido de Nedd, y retrocedió hasta el muro del otro lado del callejón para montar guardia.

—¿Preparada? —pregunté a Naga a través de la malla de mi mochila.

—¡Preparada! —trinó Naga.

—Muy bien —le dije a Alanik—, las damas primero.

Me miró como si no estuviera segura de si era broma o no.

—O las espías entrenadas primero —añadí—, si lo prefieres así.

Alanik sonrió, agarró la línea de luz y empezó a trepar. Desapareció enseguida tras la ilusión. Yo pasé de nuevo a su interior para monitorizar el progreso de Alanik. Aún veía a Gilaf al otro lado de la imagen, pero él ya no podría verme a mí.

—¿No es raro que estas ilusiones solo funcionen desde un lado? —pregunté.

—No —dijo Alanik—. Si funcionaran desde ambos lados, yo no podría ver a través del color que Hoid me ha puesto encima de los ojos.

—Sí que es verdad.

La planta baja del coliseo tenía el doble de altura que las siguientes, así que tuvimos que escalar unos seis metros. Sostuve la línea firme desde la parte de abajo y, cuando Alanik estuvo más o menos a mitad de camino, comencé a trepar tras ella.

Alanik se aupó al suelo del arco y se volvió para ver cómo me iba a mí.

Subí también, doblamos una esquina y apretamos la espalda contra la piedra blanca.

Estábamos en uno de los pasillos que rodeaban el coliseo, jalonado de asientos e interrumpido cada cincuenta metros aproximados por escaleras ascendentes.

Habían apagado los focos, así que la palestra estaba casi a oscuras, iluminada solo por el cielo del ocaso.

Suki nos esperaba varias bancadas por delante. Blandió el puño hacia mí, gesto que interpreté como un saludo y, a la vez, la indicación de que aún no había encontrado a nadie de seguridad.

Alanik se agachó tras una hilera de asientos y yo la imité para contemplar la oscurecida palestra.

—Ahí —dijo, señalando por encima del banco.

Y, en efecto, distinguí que alguien se movía por un pasillo en el nivel superior al nuestro, recorriendo el estadio por el lado opuesto. Esperamos otro minuto buscando a más gente, pero no vimos a nadie.