Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 16. Sadie #2
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16. Sadie #2

El camarero se encogió de hombros.

—A cualquier sitio, supongo. Hay toda una galaxia que explorar ahí fuera, cuando los alienígenas dejen de intentar matarnos.

«Ya lo han hecho», quise decirle, pero desde luego no me correspondía a mí darles esa noticia. Y, además, no tenía ninguna prueba, así que sería muy probable que no me creyera.

—¿Y crees que los gladiadores estarán entrenando? —pregunté—. ¿Por qué iban a hacer eso?

—¡Yo qué sé! —replicó el camarero—. No soy su secretario. ¿Qué os pongo?

Miré a Nedd. No teníamos ningún motivo para gastar el dinero allí si no iba a ir ningún gladiador, aunque quizá podríamos sonsacarle información a alguien más para que no fuese una pérdida de tiempo total. Y, de todos modos, teníamos que esperar a que el equipo de Arturo se colara en el estadio.

—¿Tienes alguna cosa sin alcohol? —pregunté.

—Tenemos colada —dijo el camarero.

—Que sean dos —pidió Nedd.

—Claro —dijo el hombre. Sacó dos copas tintadas de color humo de debajo de la barra y las llenó hasta arriba—. Cuatro ardites.

Nedd le dio la cantidad exacta, lo cual significaba que debía de haber prestado mucha más atención que yo cuando estábamos comprando la ropa.

Probé la bebida. Estaba mucho más dulce que las cosas que estaba acostumbrada a tomar, con un toque un poco ácido que no identifiqué.

Desde luego, las algas nunca sabían así.

Me habían enseñado en la escuela que la mayoría de las culturas humanas no consumieron muchas algas hasta que salimos al espacio, y no por escasez, ya que en la antigua Tierra las tenían a montones, sino porque tenían tantas otras fuentes de comida que las algas ni siquiera se consideraban un grupo alimenticio.

En cambio, eran de los nutrientes más baratos y fáciles de cultivar en una nave espacial.

Los humanos de Infortunio sin duda habían viajado por el espacio en algún momento, pero no parecían haber traspasado esa costumbre a su nueva sociedad. Me pregunté qué comería mi gente si hubiéramos aterrizado en algún lugar más hospitalario que Detritus.

—Eh —dijo Nedd, dándome un codazo. Fingí no darme cuenta de que me había tocado. Mi cuerpo entero en absoluto estaba vibrando solo por un contacto de codos con él. En absoluto—. Parece que al final no tenían tantas cosas que hacer.

Alcé la mirada y vi que llegaba un grupo de gladiadores, mientras la gente los rodeaba al mismo tiempo que se apartaba para dejarlos pasar.

El zumbido de voces ganó volumen y más volumen, hasta que varios clientes soltaron aullidos y vítores.

Nedd y yo nos volvimos en nuestros taburetes, él manteniendo su prótesis cerca de mí para que nadie topara con ella.

Los gladiadores ya no llevaban su atuendo de combate, pero aun así vestían más ajustados que la moda general de la ciudad, con ropa bien entallada y más apropiada para la batalla.

Malia Matabrigo, con su larga melena negra ya destrenzada, entró cogida del brazo con un hombre alto y fornido.

Supuse que también sería gladiador, porque los dos saludaban y chocaban puños al pasar junto a los clientes del pub.

Fueron derechos hacia la barra y se despejó un espacio para ellos al fondo, aunque la gente se apresuró a ocupar los taburetes libres.

Me incliné hacia la persona que se había puesto a mi lado, una mujer con una larga coleta que le caía desde un moño.

—Oye, somos nuevos aquí —dije—. ¿Quién es ese que va con Malia?

—Es Efraín Epopeya —respondió ella—. Lleva ya un tiempo en la primera categoría. Seguro que estará en el Torneo del Final de Todo, intentando conseguir los puntos que le faltan.

—¿Se llama así de verdad?

Sus apellidos sonaban todos falsos, pero no podía saberlo seguro con una muestra tan pequeña. La mujer rio.

—Qué va, desde luego que no. Creo que el verdadero apellido de Efraín es Amos. Se ponen seudónimos porque enardecen al público. —Me miró con curiosidad—. ¿De dónde eres?

Me lo preguntaban mucho, cosa que seguramente significaba que no estaba saliéndome muy bien lo de pasar desapercibida.

—Granjas de arroz —dijo Nedd por encima de mi hombro.

—Ah —dijo la mujer, aunque siguió mirándonos un poco raro antes de devolver su atención a los gladiadores.

Había cada vez más gente, clamando por invitarlos a una copa. No me hacía mucha gracia la idea de intentar abrirme paso a codazos, y tampoco parecía que nadie fuese a mantener una conversación muy personal o profunda con ellos, habiendo tanto escándalo.

Necesitábamos respuestas, pero aquellas circunstancias no eran las ideales. Me pregunté si el pub se despejaría un poco cuando se hiciera tarde, y si los gladiadores se quedarían el tiempo suficiente para que ocurriera.

Cuando el camarero de la barra vino hacia nosotros, lo llamé con un gesto.

—¿Cuánto falta para que cerréis? —le pregunté.

—¿Cerrar? —se sorprendió él—. ¿Cerrar cómo?

—Cerrar hasta mañana —dije.

Pero tal y como pronuncié las palabras, supe que eran erróneas. Saltaba a la vista que el camarero no tenía ni idea de a qué me refería.

—¿Quieres saber cuánto falta para que acabe el turno? —me preguntó—. Un par de horas.

—¿Y cuánto tiempo podemos quedarnos? —probé de nuevo.

—Mientras sigáis pidiendo bebida —respondió él.

La mujer con la que habíamos hablado un momento antes volvió la cabeza hacia mí.

—Aquí no cierran —dijo—. Siempre está abierto. Igual que todos los restaurantes. ¿En las granjas no trabajáis por turnos? Creía que la cosecha nunca paraba.

Huy. Por lo visto, en aquel planeta lo de no tener noche significaba… que no tenían noche. Epifanía funcionaba sin cesar, con la gente durmiendo y trabajando en turnos distintos.

Tenía sentido. Con una población tan numerosa, tendrían gente de sobra para mantener la ciudad en marcha.

Y, dado que no había oscuridad, no tenían motivo para detenerla.

Que nosotros simulásemos la noche en las cavernas de Detritus no significaba que fuese la única forma de hacer las cosas.

Hasta nosotros teníamos un turno de noche, porque las algas no dejaban de crecer.

—¡Sí, sí, claro! —exclamé—. Es que no sabía si aquí era igual, gracias.

La mujer desvió su atención de nuevo. Con un poco de suerte, no se habría dado cuenta de lo sonrojada que me había puesto, pero estaba convencida de que Nedd sí.

—Esto se me da fatal —le dije en voz baja.

—¡Ni hablar! —susurró él—. Nos has conseguido información. Ahora sabemos que tienen la sociedad en marcha a todas horas.

Y no era el mayor descubrimiento que habíamos hecho ese día.

—Sí que es verdad —dije—, pero esa mujer cree que soy una rara.

—Es que eres una rara —respondió Nedd—. ¿Qué tiene de malo?

Vale, eso sí que me hizo sentir un poquito mejor. No tenía nada de malo ser una rara, siempre que nadie decidiera arrestarme o atacarme. A veces la gente también me miraba extrañada en Detritus.

Ay, estrellas. ¿Arturo me había elegido para ese trabajo porque era torpe en todas las situaciones?

Di otro sorbo a mi copa, intentando consolarme con su deliciosidad.

—Si este sitio abre a todas horas y no hay noche en la ciudad —susurré—, es posible que el pub siempre esté a tope de gente. Y también va a complicar la infiltración de Arturo y Alanik.

Nedd dio un trago también.

—Sí, pero lo resolverán.

Sonaba confiado. Pero claro, Nedd también decía que no estaba fastidiándola con mi misión, así que tampoco estaba muy segura de poder fiarme de su criterio.