16. Sadie
Sadie
Iba a salir a un pub con Nedd.
¡Iba a salir a un pub con Nedd!
Y nuestros compañeros de escuadrón no vendrían con nosotros, ¡así que ni siquiera tendría que borrarlos de mi mente para fingir que estábamos solos!
Por supuesto, íbamos para cumplir un encargo muy serio de reunir información, no para pasar el rato juntos. Y solo íbamos porque Arturo nos lo había ordenado. Y se esperaba de mí que hablara… lo que significaba que tendría que ser lista, y práctica, y sobre todo coherente. En un pub. Con Nedd.
Arturo no debía de sospechar en absoluto que me gustaba su segundo al mando, o sabría que acababa de multiplicar por diez nuestras probabilidades de fracaso.
Encontramos una tienda no muy lejos del coliseo y utilizamos parte de las monedas metálicas que habíamos ganado para comprar ropa y un pañuelo azul muy bonito para la cabeza, aunque tuvimos que preguntar por otro sitio que vendiera guantes de trabajo, ya que Nedd necesitaba un par que le entraran tanto en su mano biológica como en la protésica.
Antes de alejarnos demasiado de Hoid, entramos en unos servicios públicos para cambiarnos y guardar los trajes de vuelo en la mochila.
Como no había manera de esconder los auriculares, nos los quitamos también: no íbamos a necesitarlos para traducir en el pub, de todos modos.
Me puse el pañuelo en la cabeza. Me daba un aire festivo y el color coincidía con el de mi pelo natural, por si se me soltaba un poco.
Pregunté a una vendedora de comida callejera dónde quedaba el Tejón Furioso.
—Tenéis que seguir por la calle principal como un kilómetro —nos dijo—. Veréis el telar a vuestra derecha. Rodead el edificio y luego girad a la izquierda justo después del puente.
—Gracias —respondí. No parecíamos haber despertado sospechas hasta el momento, así que aventuré otra pregunta—. ¿Cuánto falta para el tercer turno?
La mujer clavó la mirada en mí.
—El tercer turno ha empezado hace una hora —dijo—. ¿Llegáis tarde a algo?
—¡Ajá! —exclamé—. ¡Tenemos que irnos!
Nedd se puso a mi altura mientras me marchaba a toda prisa.
—¿Cómo de torpe ha sido eso? —le pregunté.
—En una escala entre FM y Alanik, te daría un Jorgen sobrado —dijo Nedd.
Reí. Que me comparasen con el almirante no podía ser malo.
—Vamos —dije—. No sabemos cuánto durará el tercer turno, así que mejor que corramos.
—Mejor que corramos disimulando —puntualizó Nedd—, para no llamar la atención.
—Claro —dije.
No habíamos avanzado mucho cuando caí en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo correr disimulando.
Estaba bastante segura de que parecía cualquier cosa menos disimulada, yendo al trote calle abajo e intentando mirarlo todo.
Nedd caminaba a zancadas con los pulgares enganchados en las correas de su mochila, donde iban Mimitos y Vuelta.
Yo llevaba a Nanay en mi mochila, aunque no creía que fuésemos a necesitar un inhibidor citónico.
Incluso si al final nos hacía falta, levantar un campo inhibidor podría revelar nuestra posición al enemigo.
Había esperado que las calles se vaciaran un poco al avanzar el día, pero el nivel de tráfico no había cambiado mucho con el nuevo turno.
Debíamos de haber llegado de buena mañana, porque la ciudad no estaba aflojando el ritmo en absoluto.
Algunos edificios tenían luces dentro, y las farolas iluminaban constantemente el perpetuo anochecer.
La mayoría de las construcciones tenían ventanas en un solo lado, encaradas hacia el sol para dejar pasar toda la luz que pudieran.
Encontramos el telar, un enorme edificio industrial al que llegaba directamente un conducto de agua procedente de la dirección del depósito que había sobre la muralla de la ciudad.
En su fachada lateral vimos un gran mural con la imagen de una nave volando ante un planeta azul y verde que podría haber sido la Tierra.
En la parte superior se leían las palabras: ¡ POR UNO , POR TODOS , POR EL ELÍSEO !
Al otro lado del telar, el agua seguía fluyendo como en un río artificial, jalonado de rocas y bancos y zonas de…
¡Ay, estrellas, eso era hierba verde! Había oído hablar de la hierba, pero no la había visto nunca.
Era rara y pinchuda, con pequeñas hojas que salían del suelo como innumerables espadas en miniatura.
Pero no podía ser una cosa tan agresiva como parecía, porque había gente sentada sobre ella, comiendo y charlando y disfrutando del día.
O de la noche. O de la hora que fuese. Mi radio tenía un reloj que me indicaba qué hora era allá en Detritus, pero iba a servirme de poco allí.
—¿Crees que alguien se fijaría si la tocara? —pregunté.
—¿El agua del río? —dijo Nedd mientras nos acercábamos al puente que cruzaba el arroyo.
—No, la hierba.
—Ah, eso. Dale, dale. Yo te cubro.
Nedd se quedó a mi lado mientras me detenía junto al borde de la hierba y fingía que me ajustaba la bota para bajar la mano y tocar aquella planta verde.
¡Por las estrellas, era suave! ¡Y como peludita! Contuve un chillido y me erguí de golpe.
—Tienes que probar tú —dije.
—Lo haré cuando volvamos.
Claro, sí. No podíamos ser los dos gente rara que acariciaba la hierba. No había nadie más haciéndolo, así que supuse que no era costumbre allí, aunque debería serlo.
Bajamos por una calle en la que había varios restaurantes y dejamos atrás terrazas en las que la gente se juntaba alrededor de las mesas para jugar a juegos de dados o cartas, o simplemente charlaba mientras comía.
—¿Y cuál será nuestra historia? —pregunté a Nedd.
—¿Nuestra historia?
—Claro. ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde vivimos?
—Tú eres Sadie y yo soy Nedd —dijo él—. Más fácil así, ¿verdad?
—Verdad. —Ya le había dicho mi nombre real a Liba. Lo más práctico sería ceñirme a él. Además, por radio habíamos usado nuestros identificadores de vuelo, así que Ivy no sabría cómo nos llamábamos—. ¿Y somos… amigos? ¿Hermanos? ¿Desconocidos que acaban de encontrarse?
—Amigos —dijo Nedd—. Eso también es verdad.
¡Mira qué bien! ¡Nedd me consideraba una amiga! En fin, lo ideal habría sido que pensara en mí como algo más, pero no ser solo una compañera de escuadrón ya era alucinante, y al menos no había querido que fingiéramos ser hermanos. Habría resultado rarísimo, y seguro que se me habría dado fatal.
—Estupendo. Amigos. Y aficionados a los Juegos de la Ascensión. De los cuales hemos visto exactamente un torneo y no hemos comprendido del todo las reglas.
Arrugué la nariz. Aquello no iba a encajar. Menos mal que estábamos abordando el problema allí y no luego, delante de gente.
—Somos aficionados recientes —propuso Nedd—. Trabajamos en un arrozal y hemos venido hoy a la ciudad para ver nuestro primer combate.
—¡Y por eso tenemos tantas preguntas! —exclamé—. ¡Oye, qué bien se nos da esto!
Nedd me sonrió, y casi hizo que olvidara quién se suponía que era.
Ah, sí, claro. Yo misma. La única mentira que habíamos preparado hasta el momento era que trabajábamos en un arrozal.
—¿Tú sabes algo sobre cultivar arroz? —pregunté.
Habíamos visto platos con arroz fuera del coliseo, así que sabíamos que lo tenían en la ciudad.
—¿Tú no te criaste en la caverna-granja?
—Sí —respondí—. Pero el único arroz que cultivábamos estaba hecho de algas coaguladas. Estoy bastante segura de que el arroz no crece en cubas.
—Ñam —dijo Nedd—. Me encanta cuando la comida es coagulada.
Si no supiera que no, podría haber pensado que estábamos tonteando. Pero Nedd bromeaba así con todo el mundo, por lo que parecía bastante claro que no significaba nada.
—Me alegro —respondí—. Una vez intenté explicar el proceso de coagulado de algas durante la cena y Tenderete me dijo que, como usara otra vez esa palabra en su presencia mientras comía, me retiraría la palabra.
—Ya —dijo Nedd—, pero ¿tú crees que alguien de ese pub va a interrogarnos sobre las técnicas de cultivo arrocero?
—Bien pensado.
Seguramente no nos preguntarían nada en absoluto. Estaría todo el mundo demasiado atento a los gladiadores.
Encontramos el Tejón Furioso un poco apartado de la calle, con una gran terraza delante y un toldo de tablillas sobre ella para resguardar las mesas de la lluvia.
Al otro lado de la terraza, las puertas abiertas daban una sensación acogedora.
Había camareros yendo entre las mesas, que estaban bastante llenas.
Se parecía bastante al pub al que solíamos ir cuando estaba en la escuela de vuelo, a excepción de la ausencia total de monos oficiales de la FDD.
La clientela del pub iba vestida con la misma tela bordada que ya habíamos visto, aunque allí había menos ponchos y pañuelos para la cabeza.
Igual que en el coliseo, estaban representados todos los estratos sociales y había gente con ropa más cara, chaquetas con solapas, cuello y botones, y otra que llevaba camisas holgadas como las de la tripulación de la barcaza.
La mayoría tenían platos con comida delante, y el olor a carne y especias era embriagador.
No vi a ningún participante de los juegos, pero también era verdad que solo conocía a dos y desde muy lejos, así que era muy posible que se me pasaran por alto.
Nedd echó a andar con paso confiado entre las mesas, flexionando la prótesis dentro del guante. Cruzamos la terraza, entramos en el local y fuimos hasta la barra, donde encontramos un par de taburetes vacíos y esperamos al camarero.
—¿Ha venido hoy algún gladiador? —pregunté cuando vino a preguntar qué queríamos tomar.
—Aún no —dijo él—. Estarán ocupados entrenando o pasando tiempo con la familia, por eso del final de todo y tal.
—¿De qué va ese asunto, por cierto? —preguntó Nedd—. ¿A qué viene tanta prisa por enviar a todo el mundo al Elíseo? ¿Ha pasado alguna cosa?
—¡Que estamos ganando la guerra! —exclamó el camarero—. Con un poco de suerte, la lucha terminará pronto y podremos salir de este dichoso planeta.
Que salieran del planeta era justo lo que queríamos para ellos, pero dudé mucho que Ivy fuese a decir lo mismo.
—¿Dónde irías, si pudieras? —le pregunté.