15. Sadie
Sadie
Nos quedamos sentados mientras la gente empezaba a abandonar el coliseo, muchos de ellos pasando sobre nuestras rodillas para llegar al pasillo y la escalera. Me abracé a la mochila donde iba Nanay, procurando no dejar que nadie la aplastara.
Cuando la zona a nuestro alrededor se vació, supuse que ya podía hablar sin medir las palabras.
—¿Dónde crees que lleva esa puerta? —pregunté a Arturo, inclinándome por encima de Nedd para no tener que gritar.
—Ni idea —dijo él—. ¿Alguien ha oído hablar del Elíseo? Me suena, pero no sé muy bien de qué.
—Es un paraíso mitológico de la antigua Tierra —explicó Suki en voz baja desde la mochila de Arturo—. Se mencionaba mucho en los escritos filosóficos de Jason Write, que llevó a los humanos al escenario galáctico empleando la citónica.
—Y creó las inteligencias artificiales que después se transformarían en los zapadores —asintió Arturo.
—Pues vaya —dijo Nedd—. Si están usando la antigua retórica humana y entrenando a la gente para luchar… ¿la Supremacía no debería haber intervenido? Ivy está animándolos, no oponiéndose a ellos.
—Sí que parece que Ivy tiene influencia sobre los humanos de aquí —susurró Alanik—. No creo que sea buena idea abordarlos. Podrían no simpatizar con nuestra causa.
—No entiendo lo que puede estar haciendo Ivy con ellos —dije—. ¿De qué le sirve un puñado de luchadores contra vástagos en una batalla definitiva?
—Los luchadores cuerpo a cuerpo especializados pueden resultar útiles en muchas situaciones —respondió Suki—. Es difícil defender un territorio sin infantería, y solían enviarse equipos de asalto humanos a asesinar a los líderes de los planetas que conquistaban.
Arturo y Alanik cruzaron una mirada.
—Había guardaespaldas humanos trabajando para la Supremacía antes de su caída —dijo ella—. Siempre había supuesto que tenían programas de crianza.
—¿Crees que Ivy tenía encargado reclutar guardaespaldas en Infortunio? —preguntó Arturo—. No figuraba en la información que les robamos, así que debían de ser datos censurados incluso dentro de la Supremacía.
Era una idea inquietante. Y me llevó a preguntar:
—Si Ivy está proporcionando guardaespaldas humanos a la Supremacía, ¿dónde los envía, ahora que la Supremacía ha caído?
—Necesitamos más información —dijo Arturo—. Ni siquiera tenemos confirmado que esté sucediendo eso. Nos vendría bien ver dónde da esa puerta y hablar con unos cuantos gladiadores.
Dayan y Malia seguían en la palestra, estrechándole la mano a los admiradores que se congregaban en el borde.
Incluso perdiendo, eran populares; supuse, teniendo en cuenta su sistema de puntuación, que cualquier aspirante debería perder muchos combates antes de poder clasificarse para ascender al Elíseo.
No podíamos hablarles en esos momentos. Apenas le dedicaban un par de segundos a cada miembro del público antes de pasar a estrechar la siguiente mano, y siempre tenían detrás a guardias de seguridad preparados para meter prisa cuando alguien intentaba robarles demasiado tiempo.
Si pretendíamos mantener una conversación, tendríamos que abordar a Dayan o a Malia cuando no hubiera fans fervientes por todas partes.
Con la multitud ya despejándose, llegaron equipos de gente de nuestra edad o más jóvenes que subieron las escaleras y empezaron a pulular por las gradas, barriendo el suelo con escobas de cerda ancha, desechando las sobras de comida y recogiendo pertenencias olvidadas.
—¿Contratarán a gente? —pregunté.
—¿Para el servicio de limpieza, te refieres? —dijo Arturo.
Me encogí de hombros.
—Claro. Seguro que es el tipo de trabajo en el que siempre falta gente, ¿verdad?
A nadie le gusta limpiar lo que ensucian los demás, ¡y este sitio es enorme!
Queríamos una forma de conseguir dinero.
Y además, si trabajamos aquí y parecemos encajar, será menos sospechoso que hagamos preguntas.
Hasta podríamos pillar a algún gladiador después de que todos sus seguidores se hayan ido a casa.
—También podría proporcionarnos acceso a esa puerta —dijo Alanik— y revelarnos qué hay detrás.
—Es buena idea —reconoció Arturo—. Sadie, ¿quieres acercarte a alguien del personal y preguntarles si buscan a gente?
Lo miré, sorprendida.
—¿Yo?
—Sí, tú —dijo Arturo—. Puedes ocuparte. Limítate a hacer la pregunta sin delatarnos.
—Menos mal que se lo has recordado —intervino Nedd—. Seguro que, si no, iba a ponerse a gritar que somos alienígenas a la primera de cambio.
Arturo lanzó una mirada a Nedd, que le devolvió una sonrisa inocente. Estrellas, ¿Arturo pretendía que hablara yo siempre en aquella misión? Me debatía entre el ansia por hacer mil preguntas y el deseo de no jorobar toda la operación.
Me levanté, le pasé con mucho cuidado a Nedd la mochila que contenía a Nanay y bajé unas pocas gradas hasta el lugar que estaba limpiando la persona más cercana, una chica de mi edad aproximadamente que llevaba un mono azul, no muy distinto de los que nos poníamos en Detritus, aunque el suyo era menos ajustado y la tela era de hilo más suelto.
—Hola —saludé—. ¿Cómo entraste a trabajar limpiando aquí?
Ella se encogió de hombros.
—La oficina del coliseo paga a diez ardites por sección. Ve a mirar si necesitan gente. Ponen ellos el material, pero, si ven que te has dedicado a vaguear, te dan la patada enseguida.
Le di las gracias y le pedí indicaciones hacia la oficina del coliseo, donde un hombre arisco de pelo muy rizado nos puso una tablilla sujetapapeles en la mano y frunció el ceño mientras nos inscribíamos como personal de limpieza.
La sección más cercana a la misteriosa puerta ya estaba asignada, y nos dieron instrucciones estrictas de no pasar de las zonas de graderío asignadas.
Seguimos a Arturo de vuelta hacia el estadio en sí, donde escogimos las secciones disponibles más cercanas a la puerta del humo púrpura.
Había un guardia apostado delante de la arcada, mirándonos con mala cara, sin duda dispuesto a echarnos si intentábamos mirar al otro lado de la puerta.
El último grupo de aficionados se dispersó mientras el equipo de seguridad se llevaba a Malia y Dayan.
La palestra quedó vacía salvo por los cadáveres de los vástagos caídos.
Dejamos las mochilas en un banco y nos pusimos a trabajar.
Gilaf y Alanik cogieron unas escobas anchas para barrer el suelo sucio mientras yo usaba un cepillo de mano y un recogedor metálico para ir despejando sus montoncitos.
Nedd y Arturo empezaron a limpiar los bancos con trapos.
Cuando pasé por la hilera que estaban haciendo, Arturo me indicó que me acercara.
—Estamos integrándonos bien —dijo—, así que es buen momento para hacer más preguntas.
Señaló con la cabeza hacia la chica con la que había hablado, que estaba limpiando el suelo entre la hilera inferior de bancos de nuestra sección y el murete que rodeaba la palestra.
Me atronó el corazón.
—¿Quieres que vaya yo?
—Sí —dijo Arturo—. Ya has hablado con ella, así que te reconocerá, y se te da bien charlar con la gente. Haz que parezca natural y averigua todo lo que puedas sobre ese Elíseo.
—Tampoco sé si diría que se me da bien —respondí—. La cantidad no es lo mismo que la calidad.
—¿A quién preferirías que enviara? —preguntó Arturo.
Miré alrededor. Gilaf y Alanik necesitarían un alfiler traductor para comunicarse, así que estaban descartados.
Eso nos dejaba a Arturo, a Nedd y a mí. De entre los tres, Nedd era el mejor haciendo que la gente se relajara, pero no había oído que se presentara voluntario.
Y, si Arturo quisiera intentarlo, no me lo habría propuesto a mí.
—Muy bien —dije—. Lo haré yo.
Y de verdad quería hacerlo. Era solo que no tenía ganas de decepcionar a Arturo. Seguro que vacilar tanto como estaba haciéndolo ya le daba más motivos para dudar de mí, así que respiré hondo y bajé la escalera hasta el final de nuestra sección.
—Gracias por las indicaciones —dije mientras me acercaba a la chica.
Le enseñé el recogedor y luego me agaché para llevarme el montón que había reunido. Si iba a intentar sonsacarle información, echarle una mano con el trabajo no me perjudicaría.
—De nada —respondió ella, pasando junto a mí para seguir barriendo la amplia franja de suelo.
—Me llamo Sadie —dije—. ¿Vives por aquí?
—Liba —dijo la chica—. En el distrito del depósito.
Supuse que se referiría a la zona del gigantesco depósito de agua que había sobre la muralla de la ciudad.
—¿Trabajas mucho aquí?
—Después de casi todos los combates. Mi madre trabaja en un telar, y yo hago algún turno allí cambiando los carretes, pero esto se cobra mejor. A no ser que haya alguien enfermo, porque entonces puedo llevar una máquina yo sola. Cuando pasa, a veces me pierdo algún combate.
Tenía sentido que fuese cogiendo trabajo allá donde pudiera.
—¿Te gusta esto? —pregunté.
Liba se encogió de hombros.
—Es trabajo. Da de comer.
No habíamos visto signos de gran riqueza en la ciudad, pero tampoco mucha pobreza.
La mayoría de la gente parecía haber comido hacía poco, y no parecía que hubiera nadie durmiendo en la calle.
Pero también era posible que no hubiéramos pasado aún por los barrios pobres, o que fuese obligatorio tener cierto nivel económico para vivir en la ciudad.
Desvié la mirada hacia el cadáver del vástago.
—¿Tenemos que limpiar también ahí?
—Qué va —dijo Liba—. Dejan los cuerpos ahí como obstáculos para el siguiente combate. Cuando se acumulan demasiado, los leñadores los trocean y se los llevan.
Qué manera más horripilante de tratar unos cadáveres, aunque fuesen de árboles. Pero expresar mi repugnancia al respecto podría delatarme.
—¿Has podido ver el combate? —pregunté.
Liba asintió.
—Me ha gustado. Nunca había visto a Dayan aguantar tanto. ¿Era tu primer torneo?
—Sí —contesté—. Parece que ha sido de los buenos, con eso del final de todo y demás.
—¿A que sí? —exclamó Liba—. ¡Es increíble! Es como si la guerra llevara siglos en marcha. Cuesta creer que podamos estar preparándonos para la batalla final.