Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 14. Sadie #2
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14. Sadie #2

Sí, desde luego me gustaba más ese método para acumular puntos que los otros. Dayan no parecía estar haciéndole daño al vástago, aunque sí que estaba cabreándolo que no veas. Gamon aprovechó la distracción para cortar una rama tras otra.

El vástago empezó a moverse más despacio.

Le dolieran o no, aguantar tantos ataques estaba pasándole factura.

Yo estaba dividida. Por una parte, aquel deporte era increíble: ¡látigos de luz!

¡Espadas láser! ¡Gente encaramada a árboles que se sacudían!

Pero, por otra… parecía evidente que estaban haciéndole daño a la criatura.

El público no parecía muy preocupado por la ética.

La gente se puso en pie en una especie de oleada que empezó en la parte baja del auditorio, cuando cada hilera se levantó de un salto para poder ver cuando se lo impidió la de delante.

La gente ya había perdido la cuenta y solo bramaba y chillaba y silbaba con desenfreno.

El hombre que teníamos delante estaba agitando un puño en alto, y el griterío del estadio alcanzó un volumen que me dio la impresión de que podría dejarme sorda.

Me dejé llevar por la emoción y cogí a Nedd del brazo para aullarle al oído.

Me di cuenta demasiado tarde de que le había agarrado la prótesis, cosa que quizá no debería haber hecho sin preguntar antes, y tirda, a lo mejor no le hacía gracia que lo tocara en absoluto.

Pero no pareció importarle y aulló también animando a los luchadores.

En la palestra, Malia intentó acercarse de nuevo al vástago, pero Gamon se cruzó en su camino, impidiéndoselo.

Llegó a las ramas a las que se había sujetado Dayan.

El vástago estaba intentando quitarse de encima a le luchadore con una extremidad en torno a su cintura, pero Dayan usó el látigo a modo de liana y pasó a otra rama, sin perder la postura.

Cuando se acercó la espada láser de Gamon, Dayan tiró de las ramas, intentando mover al vástago fuera del alcance de su adversario.

El árbol empezó a pivotar, pero entonces, con un poderoso tajo, Gamon cortó la rama en la que estaba Dayan, que cayó al suelo junto a la extremidad amputada.

Dayan rodó para evitar las raíces móviles del vástago, cuyos ataques se vio obligade a esquivar frenéticamente. Gamon aprovechó el momento para echar atrás su sable láser y darle una estocada al vástago en toda la cara. En venganza, una rama le alcanzó en el pecho y lo proyectó lejos.

Pero el vástago retrocedió trastabillando y cayó a la arena, casi encima de Dayan, que se apartó rodando una última vez.

El árbol se quedó inmóvil y Malia se aupó al tronco y se quedó allí de pie con una mano en la cintura y cara de muy malas pulgas.

—Ha ganado él, ¿verdad? —grité.

—¡Sí! —exclamó el hombre de delante, aunque no supe si estaba respondiéndonos a nosotros o era solo una exclamación general de alegría.

Los números que había junto al nombre de Gamon en el marcador eran los más altos, así que supuse que mis sospechas estaban confirmadas.

Gamon y Dayan se levantaron del suelo, y Dayan le dio a Gamon una palmada en la espalda. Luego los tres campeones fueron trotando hacia el final de la palestra, por donde habían entrado.

En el otro extremo del coliseo se abrió otra puerta hacia arriba, en una arcada lo bastante grande como para que pudiera cruzarla un vástago. De ella emergió un humo de color púrpura que descendió sobre la rampa hasta el suelo del estadio y luego se elevó flotando en el aire.

Al público lo embargó un extraño silencio que ahogó las aclamaciones en sus labios.

Quienes no se habían levantado aún lo hicieron.

Dos figuras vestidas con túnica salieron del humo, que era lo bastante denso como para no dejar ver lo que había al otro lado de la arcada.

Las figuras tenían el rostro oculto por capuchas, así que ni siquiera pude saber si eran humanas.

Dudaba mucho que pudiera hacer preguntas sobre ellas sin llamar la atención.

Una cosa era no conocer las reglas concretas de un deporte y otra muy distinta mostrar ignorancia sobre algo que sin duda era conocimiento común…

aunque, con tanto humo místico y esos disfraces siniestros, me pregunté si la gente de allí sabía de verdad qué era lo que sucedía.

Si aquel espectáculo estaba organizándolo Ivy, quizá las dos figuras fuesen también varvax.

Explicaría el velo literal de secretismo.

Bajo esas capuchas podía ocultarse cualquier cosa.

—¡Gamon Gabardina! —exclamó la voz de Ivy por los altavoces—.

Solo tú te has demostrado digno de unirte a las filas de tus antepasados en el Elíseo.

Acércate para reclamar tu lugar en los ejércitos de tus ancestros.

Los demás aún no han probado su valía, pero tendrán otra oportunidad en los últimos dos días del Torneo del Final de Todo, ¡cuando se unirán a sus compañeros gladiadores en un Gran Combate!

Me había esperado que la gente vitorease al oír aquello, pero solo hubo silencio.

Gamon dejó caer su espada al suelo del estadio y fue hacia la base de la rampa mientras una mujer que sostenía a un niño corría hacia él.

Los dos abrazaron a Gamon. Él los levantó del suelo, devolviéndoles el abrazo.

La forma en que se aferraban al cuello del luchador no daba a entender que estuvieran felicitándolo.

Parecía que estaban despidiéndose de él.

Tanto la muchedumbre como Ivy guardaron silencio mientras se abrazaban.

Luego Gamon le dio un beso a la mujer, y otro al niño en la mejilla, y por fin subió la rampa entre el humo.

Las dos figuras misteriosas lo siguieron y la puerta descendió de nuevo para cerrarse sin haber revelado en ningún momento lo que había al otro lado.

La mujer y el niño permanecieron en la rampa mientras el público estallaba de nuevo en gritos, muchos de ellos entonando el nombre de Gamon. El fragor era tan ruidoso que mi corazón alineó sus latidos a él, y entonces un trino agudo se unió también desde la mochila de Nedd.

—¡Gamon! ¡Gamon! —exclamó Plam, acompañado por la voz más grave de Mimitos en la mochila de Gilaf.

Arturo le dijo algo a Alanik que no alcancé a oír y las babosas callaron. Alanik debía de haberle transmitido a Bob la necesidad de disimular. Nadie se había fijado en las extrañas voces entre tanta cacofonía de cánticos, gritos y voces.

En el centro de todo, la mujer tenía la mirada fija en la puerta, aferrando al niño contra su costado. No le distinguía bien la cara a tanta distancia, pero las sacudidas de sus hombros evidenciaban que estaba llorando.

—Un momento —dije—, ¿adónde ha ido?

El hombre que teníamos delante estaba demasiado ocupado aclamando para escuchar mi pregunta, cuya respuesta supuse que debería conocer, pero casi deseé que se diera cuenta, porque así podría explicarme las cosas que no sabía.

¿Qué tirdas era el Elíseo y adónde llevaba esa puerta?