14. Sadie
Sadie
A mí me parecía muy injusto darle a un luchador un espadón enorme y a otre un bastón diminuto, mientras la tercera tenía un arma electrificada.
Me pregunté si esas armas las habrían elegido los propios luchadores, si era un proceso aleatorio o si se las habría asignado algún dirigente de la liga propenso al favoritismo.
Cuanto más lo pensaba, menos claro tenía para qué podían servir las habilidades de aquel torneo.
La FDD nunca había librado una guerra de infantería.
Todo nuestro combate lo practicaban los pilotos de nuestros cazas estelares.
¿Aquella gente estaría preparándose para alguna batalla épica entre humanos y vástagos? Y, si era el caso… ¿qué pintaba Ivy en ello?
Los tres luchadores avanzaron hacia el centro del estadio.
No me gustaba mucho la idea de que atacaran al vástago —¿y le cortaran las ramas?
¿De ahí venían los árboles trabajadores?
—, pero la energía del público era contagiosa.
Si la humanidad de verdad estaba en guerra contra los árboles, a lo mejor no debería lamentarlo.
Era perfectamente posible que los vástagos acostumbrasen a masacrar a niños humanos y desayunárselos.
—¿Crees que va a ganar Malia, entonces? —pregunté a Nedd.
—Claro —dijo él—. Tiene la mejor arma.
—No lo veo tan claro —terció Arturo—. A mí no me importaría llevar esa espada.
—Vale, pero Malia es la que más buenorra está —dijo Nedd.
Ah. Miré cómo Malia avanzaba con cautela hacia el vástago con su lanza electrificada por delante. Tenía físico de guerrera: era alta y fibrosa, más o menos lo contrario a mí en todos los aspectos.
—No creo que el vástago discrimine basándose en el atractivo —repuso Arturo.
Malia y Gamon casi habían llegado hasta el vástago, pero Dayan se quedó atrás. Trepó a uno de los árboles caídos, levantó su bastón y entonces movió de golpe la muñeca como si utilizara un látigo. De la punta del arma salieron disparadas tres líneas de luz que crepitaron en el aire.
Qué cosas.
—Espera, espera —dijo Nedd—. ¿A uno le dan una espada metálica y le otre tiene un látigo de luz? Quiero cambiar mi voto.
Ninguna de esas armas sería mi primera elección para enfrentarme a un árbol, pero ¿qué sabía yo?
Los vítores cesaron a medida que la multitud se concentraba en la acción, y el hombre que teníamos delante se volvió hacia nosotros.
—Cada cual elige su arma —dijo en inglés con mucho acento—. A Gamon le interesa ponerse muy por delante en ramas amputadas para llevarse la bonificación. Y no se puede cortar miembros con un látigo de luz.
—Ah —respondió Nedd—. Gracias.
Arturo le lanzó una mirada. Se suponía que no debíamos llamar la atención, pero el tío de delante no parecía haberle dado ninguna importancia.
Yo no veía nunca los partidos de cavabola en casa; por lo visto, hacer preguntas idiotas sobre un deporte no revelaba al instante que viniéramos de otro planeta.
Además, Arturo me había dicho en la calle que tenía permitido hacer preguntas.
—Disculpa —dije, dándole un golpecito al tío en el hombro—. ¿Sabes por qué eligió Malia su arma?
—Creo que estáis a punto de verlo —respondió él, volviéndose de nuevo hacia el combate.
Malia se acercó al vástago, desviando los golpes que le lanzaba la criatura.
Las ramas tenían una base gruesa conectada al tronco que se movía muy despacio, así que el vástago las usaba a modo de látigo, haciendo oscilar hacia Malia las puntas, más finas, y aporreando la empuñadura plana de su lanza.
Mientras ella lo distraía, Gamon se aproximó desde el otro lado con su espalda y descargó un mandoble a dos manos contra las ramas traseras. Cercenó una tan gruesa como su brazo de un solo tajo.
La multitud bramó y el vástago dio media vuelta y atacó con sus ramas a Gamon, que retrocedió a trompicones para evitar que lo derribaran.
Llevaba su arma, más pequeña, sujeta al cinturón de sus pantalones cortos, y no la había usado aún.
Malia aprovechó la oportunidad para entrar encogida hasta el tronco y clavar su lanza electrificada a través de la corteza.
El aire a su alrededor estalló en chispazos y el vástago se convulsionó, aturdido por un momento.
Gamon se abalanzó sobre él con su espada por delante, pero Malia agarró la rama que había amputado y se la arrojó, obligándolo a retroceder para esquivarla.
—¿No serían más eficaces si colaborasen? —preguntó Nedd.
Alanik lo miró horrorizada.
—Están compitiendo. No pueden ayudarse a ganar unos a otros.
—Claro, claro —dijo Nedd—, pero ¿qué es más importante, que uno gane o sobrevivir al vástago?
Dayan parecía priorizar la supervivencia.
Se fue acercando poco a poco, dejando que Malia y Gamon cansaran a la criatura hasta que el vástago, rehuyendo los golpes de Gamon, tropezó con el cadáver al que elle se había subido.
Entonces Dayan echó atrás su látigo de luz y lo descargó hacia la base de las ramas superiores.
Las cuerdas de luz se engancharon y Dayan tiró del látigo para propulsarse hasta las ramas del vástago, a las que se agarró con todas sus fuerzas.
Huy, pues Dayan no tenía un estilo de lucha conservador en absoluto, al parecer.
Solo había estado esperando su oportunidad.
El vástago se sacudió y se revolvió, intentando golpear a Dayan con sus ramas para zafarse de elle, pero Dayan se agachó para evitar los ataques e intentó desplazarse con el cambiante centro de gravedad y no caer.
La multitud empezó a entonar números, contando los segundos que Dayan permanecía sobre el árbol en movimiento. Entretanto, Gamon cortó otras tres ramas del lado izquierdo del vástago y Malia atacó el tronco de nuevo.
La lanza alcanzó su objetivo y el vástago tembló cuando otra corriente de energía recorrió su tronco. El cuerpo de Dayan se tensó hacia atrás por la electricidad y salió volando de encima del vástago para caer a la arena.
¡Hala! Desde luego, aquellos competidores no se preocupaban nada de hacerse daño entre ellos.
El vástago retrocedió impulsándose con las ramas y levantó su tronco del suelo. Atacó a Dayan, que rodó a un lado y evitó el empalamiento por los pelos.
—¡Estrellas! —exclamó Arturo—. ¡Al final va a matar a alguno!
Sí que parecía bastante probable. Los luchadores no parecían decididos a acabar con la vida de la competencia, pero el vástago no estaba conteniéndose.
—¿Los juegos también son así en tu planeta? —susurró Arturo a Alanik.
—No —dijo ella—. A veces muere gente, pero es muy infrecuente. Hay normas que protegen a nuestros atletas.
Tenía sentido. El deporte estrella de ReAlba consistía en pilotar cazas estelares en maniobras complicadas.
Si los competidores intentaban matarse entre ellos, terminarían perdiendo a un montón de pilotos diestros y valiosas naves espaciales.
En Detritus, los deportistas llevaban motos aerodeslizadoras con pequeños anillos de pendiente.
No estaban tan protegidos como los pilotos de nave estelar, pero tampoco iban tan rápido ni de lejos.
Dayan había vuelto a ponerse en pie y rodeaba al vástago, sin duda buscando otra ocasión de subirse encima.
No iba a matar al vástago así, por lo que supuse que habría algún sistema de puntuación que recompensaba a quienes se encaramaban al vástago durante largos periodos de tiempo.
Dayan vio un hueco y saltó de nuevo a las ramas superiores.
Esa vez duró más antes de que el vástago lograra zafarse de elle con un golpe de rama.
Dayan usó el látigo de luz para ayudarse a buscar cobijo en un tronco cercano.
—Parece divertido —dije.
—Sadie —respondió Arturo—, si encontramos otra criatura de esas en estado salvaje, te ordeno específicamente que no intentes trepar a ella.
—Vaya, hombre —lamentó Nedd—. Con lo gracioso que habría sido.
Fingí hacer un mohín, aunque en realidad no me apetecía nada morir asesinada por un árbol gigante.
Tampoco tenía ningún deseo de hacerles daño a esos seres: incluso si aquella gente estaba en guerra contra ellos, aún no había visto nada que sugiriese que eran árboles malvados, sino solo que se defendían contra ataques no provocados.
A aquellas alturas, Gamon ya había acumulado diez ramas cortadas, y el público enloqueció cuando envió la undécima volando por los aires. El contraataque del vástago arrancó la espada de la mano de Gamon, que tuvo que esquivar de un salto para evitar un golpetazo tremendo en el costado derecho.
El público calló un momento, pero luego estalló en vítores al ver que Gamon sacaba su otra arma del cinturón, la empuñaba ante él y la encendía. Una deslumbrante espada láser emergió de la pequeña y humilde empuñadura.
—Vale —dijo Nedd—, eso sí que es un arma.
El caos se apoderó del coliseo mientras Gamon corría tras el vástago para amputarle otras tres ramas y Malia se apartaba esquivando aquella espada láser.
Ni Malia ni Dayan estaban intentando cortar ramas, así que debía de haber distintas estrategias viables para avanzar hacia la ascensión, fuese lo que fuese aquello.
Malia siguió con su táctica de acercarse al tronco y mantenerlo entre Gamon y ella para evitar la furia de su espada láser.
El vástago hacía aspavientos, intentando acercar las ramas lo suficiente a ella para fustigarla, y de vez en cuando conseguía darle algún golpe.
Malia electrocutó al vástago por tercera vez y, en esa ocasión, Dayan avanzó con su látigo de luz, atrapó varias ramas juntas y subió al árbol.
Cuando el vástago superó la momentánea conmoción, alzó sus ramas al aire, intentando quitarse de encima el látigo de luz. Dayan se aferró al mango del látigo y apoyó los pies contra las ramas que el vástago estaba levantando y zarandeando.
El público enloqueció y empezó a contar de nuevo, siete segundos, ocho, superando la anterior marca de Dayan en aquel combate, y siguió hacia arriba.