Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 13. Arturo #3
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13. Arturo #3

No parecía que los vítores pudieran ser más vehementes, pero para Dayan ganaron volumen de manera notoria.

Dayan era de complexión alta y delgada, con el pelo corto, negro con mechones violetas y azules, algunos del mismo tono que el cabello de Sadie.

Pero el de Sadie era natural, mientras que el pelo de Dayan parecía decolorado y teñido.

Lo llevaba más largo por arriba, el mismo corte que había visto en mucha gente del público.

Me había percatado del pronombre no binario en su presentación.

En el colegio había conocido a chiques que los preferían también, pero nuestros maestros a veces se negaban a utilizarlos.

La FDD no era demasiado tolerante con esa clase de cosas.

Mi madre decía que nuestra población relativamente escasa, sumada a los constantes ataques de los krells, significaba que debíamos centrarnos en la procreación y la supervivencia de la especie, aunque eso coartara la expresión personal.

Aquel asentamiento humano quizá tuviera incluso menos habitantes que Detritus —era imposible confirmarlo sin saber cuánta gente vivía fuera, en el bosque—, pero al parecer lo afrontaban de un modo distinto al nuestro, así que quizá las dos prioridades no estuvieran tan enfrentadas como me habían educado para pensar.

—¿Creéis que esto será fingido? —preguntó Nedd.

—¿El combate? —dijo Alanik desde mi otro lado—. ¿Por qué iba a ser fingido?

—Como una obra de teatro —respondió Nedd—, lo que decía Sadie. A lo mejor ya tienen decidido quién va a ganar.

Alanik pareció ofendida por la idea.

Yo no me había parado a pensarlo, pero tenía tanto sentido como todo lo demás.

Si no había ejército, ni guerra, ni ataques contra la humanidad, quizá todo aquello era solo una treta para mantener ocupada a la población y que no intentara escapar del planeta.

Todo aquello parecía muy exagerado. Y, a menos que su sociedad fuese más belicosa de lo que parecía, los luchadores no estaban usando su apellido real.

—¡Todos los participantes tienen ya casi acumulados los puntos suficientes para ascender al Elíseo!

—exclamó Ivy, con una voz incluso más intensa que me dio escalofríos.

La multitud redobló su griterío, tanto que temí que fuese a dañarnos el oído—.

¡Es muy posible que uno o varios asciendan hoy mismo…

pero solo si hacen el combate de su vida!

Los luchadores que no lo consigan se unirán al resto de los gladiadores en los juegos del campeonato mañana y pasado mañana.

Tres juegos. Tres batallas. ¡Tres posibilidades de mostrar su valía y unirse a la última resistencia por el futuro de la humanidad! ¡Que comiencen los juegos!

El rugido del público era ensordecedor. Alanik me dijo algo, pero no lo oí con tanto chillido. El resto de nuestro equipo estaba vociferando con la multitud, lo cual era conveniente para no destacar, pero yo no estaba seguro de querer vitorear cuando no estaba seguro de qué era lo que vitoreábamos.

¿Y qué tirdas era el Elíseo?

Los tres luchadores dieron una vuelta a la palestra, corriendo tras la mujer de las banderas y saludando con el brazo hacia las gradas mientras su imagen se transmitía a las pantallas de arriba.

Dayan se detuvo después de recorrer más o menos la tercera parte del perímetro, Gamon a los dos tercios y Malia hizo la vuelta completa hasta el mismo lugar donde habían empezado.

La mujer de las banderas repitió el recorrido, y en esa ocasión entregó armas a cada uno de los competidores.

La de Malia era una lanza electrificada, una versión a mayor tamaño de una réplica que había visto en la tienda.

Malia activó su arma y la punta resplandeció en azul, tan brillante como para ser visible incluso desde las gradas.

La portaestandarte llevó a Gamon una espada casi tan larga como él, que sostuvo en alto mientras el público lo aclamaba, y también otra arma pequeña, apenas más larga que su antebrazo, que mantuvo a su lado.

Ampliada en las pantallas, parecía la empuñadura de un arma, no el arma en sí.

Yo no veía muy claro de qué iba a servirle esa combinación, pero la multitud parecía emocionada por la espada.

A Dayan, la mujer le entregó solo un bastón que no sería más largo que mi brazo.

—¿Qué es eso? —preguntó Alanik.

—No lo sé —dije—. Por el bien de Dayan, espero que sea más peligroso de lo que parece.

La gente siguió aclamando mientras los tres competidores alzaban sus armas y se encaraban hacia el vástago, que se había aposentado en el centro del estadio y agitaba sus ramas con furia, como las hojas de un ventilador gigante de madera.

Tanto Malia como Gamon parecían gozar de la atención del público, pero Dayan tenía una expresión más calmada, más centrada, menos expresiva…

aunque costaba discernir nada auténticamente significativo sobre sus personalidades a tanta distancia.

—¡Competidores, a la palestra! —gritó Ivy.

Al mismo tiempo, los tres luchadores se dejaron caer a la arena del suelo, rodeando al vástago.