13. Arturo #2
La familia que teníamos delante empezó a dar vítores y un rugido ensordecedor se alzó desde el resto del público cuando una mujer que hacía ondear un par de brillantes banderas rojas echó a correr junto a la pared que rodeaba el suelo del estadio.
Fue señalando hacia cada sección de gradas al pasar, indicando a los segmentos del estadio circular que se pusieran en pie y aplaudieran.
El fragor de la multitud se hizo más ruidoso.
Y entonces una voz atronó por todo el estadio, alta y clara, hablando en inglés.
—¡Bienvenidos a los Juegos de la Ascensión!
—Ay, estrellas —murmuré. Había reconocido la voz—. Es Ivy.
—¿Los juegos de qué? —preguntó Alanik en inglés—. ¿Qué significa esa palabra?
—Ascensión —repetí, lo bastante alto para que me oyera ella entre el ruido y, con suerte, no la gente de otras filas—. Es como alzarse.
—¿Ponerse de pie? —preguntó ella.
—Más grandioso —dije—. Como alzarse de entre las cenizas o… bueno, ascender a un plano superior.
No se debía usar una palabra en su propia definición, pero no sabía cómo explicárselo si no. Miré alrededor, pero no localicé los altavoces, aunque era evidente que allí debían de tener un sistema de sonido en alguna parte. Supuse que oculto en la piedra decorativa.
¿Ivy, la voz de las fuerzas de la Supremacía que vigilaban aquel planeta, era también la presentadora de la… liga deportiva de aquellos humanos? No le veía ningún sentido. Y, sin embargo, aquella voz clara, mecánica y femenina habló de nuevo por los altavoces.
—¡Bienvenidos al Torneo del Final de Todo!
La guerra por el futuro de la humanidad llega a su fin.
Toda persona capaz debe alzarse y luchar.
Hoy, ante vosotros, tres campeones inascendidos combatirán, demostrando su valía para unirse a quienes protegen los intereses de la humanidad a lo largo y ancho de la galaxia.
—Vaya, vaya —dijo Nedd a mi lado.
Lo mismo pensaba yo. Esa gente luchaba para unirse a los ejércitos que protegían a la humanidad…
pero nosotros ya habíamos derrotado al enemigo que la amenazaba, y la voz que estaba haciéndoles aquellas promesas era la misma que había reconocido abiertamente formar parte del equipo de seguridad desplegado para impedir que esos humanos contraatacaran.
Allí estaba pasando algo muy raro.
De entrada, era bueno que estuvieran forjando una fuerza bélica, a la que con un poco de suerte pudiéramos reclutar para que nos ayudara a salir de aquel planeta. Pero si quien reclutaba a ese ejército era Ivy… ¿de verdad se pondrían de nuestro lado?
Por otra parte, si Ivy estaba ayudando a los humanos a combatir contra la Supremacía, quizá sí que estuviéramos todos en el mismo lado y el ataque a nuestra llegada fuese solo un malentendido.
Pero ese «malentendido» había provocado cinco muertes, así que no estaba nada dispuesto a asumir que se diera ese caso.
—¿Estáis preparados para saludar a vuestros campeones? —gritó la voz de Ivy, y la multitud enloqueció.
En el lado opuesto del estadio, tres humanos bajaron corriendo por una rampa. Uno tras otro, subieron a una plataforma en el borde del óvalo y saludaron al público mientras Ivy los presentaba por los altavoces.
La primera era una mujer de largo pelo moreno, recogido desde la coronilla hasta la cintura en una sola y gruesa trenza. Llevaba un pantalón ceñido con las perneras metidas en botas negras altas y un top ajustado.
—Malia Matabrigo ostenta el récord de golpes mortales en una sola temporada. ¡Tiene la mejor marca defensiva de toda la Liga de la Ascensión y la mejor puntuación general que haya alcanzado jamás ningún competidor en los Juegos de la Ascensión!
—Habrá que apostar por ella, entonces —dijo Nedd.
—No tenemos dinero, ¿recuerdas? —contestó Sadie.
—Todos ellos son campeones —dije—. ¿Por qué crees que ella será la mejor?
Gilaf le susurró algo a Alanik, que le hizo de intérprete para que la gente de alrededor no oyera a su hermano hablando en UrDail.
—Gilaf dice que no hay que subestimar la desesperación. Y es verdad. La gente que está abajo puede trepar a zarpazos.
—Ir siempre con los menos favoritos —dijo Sadie—. Me apunto a eso.
Yo no estaba nada seguro de que alguno de esos tres encajara en la categoría de «menos favoritos».
Le llegó el turno al siguiente competidor, un hombre vestido con pantalón corto, sandalias con cordeles hasta la pantorrilla y poco más.
—¡Un aplauso para Gamon Gabardina! —exclamó Ivy—. ¡Encabeza la clasificación en número de ramas cortadas y ha quedado más veces en segunda posición que ningún otro competidor vivo!
—No parece que sea muy de llevar gabardinas —comenté.
—¿Y quedar muchas veces en segundo lugar es bueno? —preguntó Alanik—. Parece como presumir de que pierde mucho.
—Quedar en segundo lugar no es perder —dijo Sadie—. Es como ganar, pero solo casi.
—Si solo hay tres luchadores —respondí—, el segundo está a la misma distancia de perder que de ganar.
—¿En serio van a pelear contra un vástago sin armadura? —se sorprendió Sadie.
—No les hace falta —dijo Nedd, señalando a los competidores—. ¿Ves a ese tío? Lo protege su pintura.
En efecto, en vez de armadura, Gamon llevaba el pecho pintado a franjas. Tampoco se parecían demasiado a una gabardina.
—Ahora veremos de qué le sirve —dijo Alanik.
—No levantéis la voz —les advertí.
Sonábamos demasiado novatos para ser gente supuestamente oriunda de la ciudad. Quizá, si afirmábamos proceder de las granjas de la periferia, sería creíble que nunca hubiéramos visto un torneo de aquellos.
Ivy hizo la última presentación.
—Dayan Diabueno ostenta el récord de más logros en trepar y menos golpes recibidos. ¡También es elle quien más votos del público ha recogido en su primer año de competición!