13. Arturo
Arturo
Nos abrimos paso por la zona residencial hacia el centro de Epifanía. Al ir avanzando, pasamos ante edificios más altos y de estructura metálica, que tenían aspecto de estar construidos a partir de ruinas o incluso de viejas naves estelares reconvertidas.
En varios edificios había grandes carteles, solo algunos de los cuales estaban en inglés.
TODO ESFUERZO APOYA EL ESFUERZO BÉLICO , proclamaba uno, y otro simplemente decía: NOS SACRIFICAMOS UNO POR UNO, PERO NUESTRA VICTORIA ES PARA TODOS .
Me recordaron a la propaganda que distribuía la FDD durante nuestra guerra contra los krells, pero no podía imaginarme contra quién podría estar luchando aquella gente, aislada y desprotegida como estaba.
Ya más cerca del centro de la ciudad, empezó a destacar una estructura por delante: un círculo de piedra blanca que se elevaba incluso por encima del edificio más alto.
Cada planta de la pared estaba compuesta de enormes arcos, abiertos al aire, y a través del nivel más alto se veía el cielo de color lavanda al otro lado.
La multitud se acumuló a su alrededor y entró en tropel al edificio por las arcadas abiertas en los cuatro puntos cardinales.
Era un coliseo, comprendí. Sin techo, expuesto al cielo.
A lo mejor Sadie no había errado mucho al decir que el vástago iba a actuar.
Aquel estadio era tan grande que me pregunté si lo habrían construido a partir de una estructura metálica, pero lo único que se veía era piedra.
Quizá lo hubieran levantado empleando técnicas inspiradas por los viejos edificios de la antigua Tierra.
Recorrimos otra avenida comercial, esa con tiendas más permanentes en vez de puestos de mercado, aunque todas tenían expositores en la calle para anunciar su mercancía a los viandantes.
Allí había menos ingredientes a la venta y más comida preparada: porciones de arroz y carne envueltas en tortitas y vasos de una sustancia esponjosa de color amarillo claro que no logré identificar.
El aroma a especias llenaba el aire y me hizo salivar.
—¿Será seguro comer la comida de aquí? —pregunté.
No me preocupaba mucho que los lugareños me oyeran, con el clamor que había. Ya era difícil que me oyeran mis propios compañeros de escuadrón, incluso con lo amontonados que estábamos.
—Salta a la vista que es seguro para tu especie —dijo Alanik.
—Puede —intervino Suki desde su bolsillo, delante de mí—, pero, incluso en un mismo planeta, ingerir comida de otra región puede exponerte a patógenos que provocan problemas digestivos.
Un hombre que había cerca miró raro hacia mi mochila, aunque para él la voz de Suki sonaría como unos ladriditos agudos. Le di la espalda y no vino tras de mí.
—Yo quiero probar la comida de todas formas —dijo Nedd—. ¿Tenemos dinero?
Le lancé una mirada.
—¿De dónde íbamos a sacar el dinero?
—Ni idea —dijo él—, pero más vale que nos las ingeniemos, porque me muero de hambre.
—Yo también —añadió Sadie.
Parecía haber mucha comida disponible. Si aquella gente estaba en guerra, desde luego no había racionamiento. Quise decirles a los demás que tenían absolutamente prohibido comer aquella comida y que se limitaran a las raciones de sus mochilas. Pero era cierto que olía de maravilla.
Seguimos avanzando hacia el coliseo y me fijé en un mercader que había en una esquina, vendiéndole una espada de madera a un hombre que llevaba a una niña sobre los hombros.
La pequeña dio un chillido de alegría cuando su padre le entregó la espada y, al instante, tuvo que levantar una mano para impedir que la niña le atizase en la cara, por pura emoción.
Los estantes que había detrás del tendero estaban llenos de distintas armas de juguete: espadas de todas las formas y tamaños, hachas, lanzas, látigos…
y algo que parecía un lanzador de arpones lleno de lucecitas, con su batería y todo.
Reparé en que nadie de la muchedumbre llevaba armas reales, otra señal de que no parecían estar librando ningún tipo de guerra de superficie, a pesar de lo que dijeran los carteles.
—¿Qué opinas de eso? —pregunté a Suki, subiendo la mochila hacia mi cara para que pudiéramos hablar en voz baja y señalándole el lanzador de arpones.
—Es evidente que disponen de armamento avanzado —dijo ella—. O, al menos, de su recuerdo. Los niños kitsen juegan con imitaciones de armas. ¿También sucede en Detritus?
—Sí —respondí.
En Detritus, los niños de todos los estratos socioeconómicos jugaban con pistolas de juguete.
En las cavernas superiores, más pobres, a veces tenían que fabricárselas de cualquier manera con los materiales que encontrasen por ahí, pero en las cavernas inferiores, nuestras armas de juguete disparaban chorros de agua o rayos láser.
Recordé cuando Nedd y yo jugábamos en nuestros terrenos con los hijos de los vecinos, correteando por los pasajes del servicio, disparándonos rayos láser y siempre discutiendo sobre a quién le tocaba hacer de nuestro enemigo alienígena.
Si la Supremacía solo estaba vigilando a aquella gente y no agrediéndola, ¿contra quién luchaban sus niños cuando jugaban a la guerra?
La multitud, que ya atestaba la calle principal y las arterias cercanas que llevaban al estadio, avanzaba hacia las entradas del coliseo incluso más despacio que antes.
El vástago había renunciado a lanzarse contra el gentío y se había quedado en el centro de la jaula envolviéndose con sus ramas, como intentando resguardarse del caos.
El carro se metió en una calle lateral, frenó y reculó para descender por una rampa a las entrañas del coliseo.
Desapareció mientras la gente se dispersaba por escaleras de piedra hacia las gradas de los niveles superiores. No había nadie controlando la entrada; el acceso era libre.
Nos dejamos guiar hasta las gradas mientras el carro reaparecía por una rampa en el suelo del estadio.
Era un espacio ovalado cubierto de arena y de los cadáveres de varios vástagos, unos troncos gigantescos que yacían de costado con las ramas y las raíces asomando en enormes marañas.
Supuse que aquel Torneo del Final de Todo no iba a consistir en que nadie le diera un abrazo al vástago.
—No creo que vaya a participar en ninguna obra de teatro —dijo Sadie en tono triste.
—Este sitio es inmenso —comentó Nedd.
Y lo era. Superaba muchísimo en tamaño a los estadios de cavabola que teníamos en casa.
No había ni un solo edificio tan grande en todas las cavernas de Detritus, en parte porque, cuando nos acosaban los krells, no era seguro reunir a tanta gente, ni siquiera en las profundidades.
Ahí teníamos otra señal de que aquella ciudad no estaba bajo ataque constante.
Alanik se encogió de hombros.
—El estadio de ReAlba es más grande —dijo en voz baja—. Aunque allí los participantes pilotan cazas estelares, así que necesitan mucho más espacio.
Desfilamos siguiendo a unas personas que hablaban en un idioma que no reconocí hasta que llegamos a una hilera de bancos de piedra vacíos, a unos dos tercios de la altura del coliseo.
Era evidente que aquel estadio se usaba mucho y estaba construido para durar.
La parte superior estaba abierta al cielo, pero había focos por todo el perímetro del suelo para tenerlo siempre bien iluminado.
En las gradas cabían miles de personas, quizá decenas de miles, y parecía que, al menos ese día, iba a llenarse casi del todo para aquello que llamaban el Torneo del Final de Todo.
Me senté en el centro de mi equipo, con Alanik y Gilaf a un lado y Nedd y Sadie al otro, que ya tenían la mirada fija en el centro del estadio.
Me puse la mochila en el regazo con el bolsillo hacia fuera, para que Suki pudiera ver, aunque no estaba seguro de si estaba embelesada también por todo lo que ocurría o se afanaba en tomar notas.
Se sentó una familia delante de nosotros, un hombre y una mujer con dos niños pequeños, uno sobre las rodillas del hombre y el otro en el banco, entre ambos adultos.
Había muchas otras familias en el público, además de adolescentes, adultos jóvenes y grupos que parecía que podían haberse juntado en los descansos del trabajo.
Los ancianos ocupaban sobre todo los niveles más bajos, y me pregunté si sería una costumbre cultural cederles los asientos inferiores para que no tuvieran que subir tantos peldaños.
Había una cantidad considerable de gente de todas las edades entre la multitud cuyo género no pude identificar.
En Detritus todo el mundo llevaba más o menos los mismos monos, así que la moda de hombre difería de la de mujer sobre todo en el corte de pelo.
En Infortunio, me daba toda la impresión de que los pañuelos para el pelo los llevaban solo las mujeres.
Aproximadamente la cuarta parte de las del público se tapaban la cabeza con algún tipo de tela, en una gran variedad de colores y texturas, siempre atada en el cogote.
Algunas se recogían el pelo bajo el pañuelo y otras se lo dejaban caer por debajo de los hombros.
Mucha gente llevaba el pelo corto por los lados y más largo arriba, con el flequillo cayendo en parte sobre la cara o sujeto tras las orejas. Se veía tan ambiguo que no estaba seguro de qué género señalaba, o si señalaba un género en absoluto.
En la rampa del suelo, los tripulantes de la barcaza usaron los ganchos para sacar al vástago de la jaula y liberarlo en la arena, donde trastabilló entre los cadáveres, moviendo sus ramas en gesto amenazador hacia el público.
Había unos drones-cámara, no más grandes que nuestras mochilas, flotando alrededor del carro para capturar en vídeo al vástago y emitirlo a las enormes pantallas montadas en torno al borde del estadio.
Fuera no habíamos visto mucha tecnología avanzada, pero allí dentro era de lo más útil.
Sin ella, resultaría difícil ver lo que sucedía en el suelo del coliseo desde las gradas más altas.