12. Arturo #2
—Ninguna, me temo —dijo la kitsen, y su alfiler tradujo sus palabras—. El verbo suele utilizarse para cuando a alguien le llega su turno, ¿verdad? A lo mejor se refería a que pondrán a esa criatura a trabajar nada más lleguen.
—También podría ser que saldrá a un escenario —aventuró Sadie—. Para una actuación o algo. A lo mejor va a participar en una obra. ¿Quieres que pregunte a alguien más?
—De momento, mejor sigamos al carro y punto —dije—. A ver dónde va.
Habíamos entrado en la ciudad por una avenida principal jalonada de puestos comerciales, expositores hechos de la misma madera púrpura que el bosque, donde se vendía ropa y utensilios, frutas y verduras, carne y grano.
Reconocí los toneles de arroz, pero también había manojos de una planta talluda que no me sonaba de nada.
En un tenderete había estantes llenos de cepillos de dientes y jabón.
Otro tenía a la venta percheros llenos de ropa, todo en la calle.
Los tenderos no dejaron de prestar atención a sus puestos, aunque también ellos levantaron el puño a modo de saludo y gritaron al ver pasar el carro. Había distintas plantas creciendo en jardineras y macetas de piedra, algunas puestas al sol y otras a la sombra.
No se veía mucha tecnología avanzada, aunque sí que había un puesto grande que vendía radios. La calle tenía luces eléctricas, pero la calzada era de adoquines y la mayoría de los edificios estaban hechos de madera, no de acero.
—Es como viajar al pasado —susurró Sadie para que solo la oyéramos nosotros—. Con edificios de madera y carros que se mueven sobre ruedas.
—En la antigua Tierra no había árboles andantes —respondí.
—Nunca imaginé que el pasado fuese a oler tan mal —añadió Nedd mientras nos cruzábamos con un pequeño rebaño de cabras.
Había bastantes zonas de la acera llenas de estiércol. Debía de ser relativamente común ver animales por la ciudad, cosa que tenía sentido viendo la cantidad de puestos donde vendían carne.
—Esta ciudad tiene una mezcla de tecnologías —dijo Suki.
Yo llevaba la mochila por delante para protegerla del gentío.
Hablaba en voz tan baja que me costó oírla—.
Ninguna ciudad de vuestro pasado tendría el mismo aspecto exacto que esta.
No parece salida de ninguna era concreta, sino ser una mezcla de distintos tiempos pasados.
—Tiene sentido —contesté.
Supuse que aquello era lo que ocurriría si nuestra gente, en Detritus, intentase reproducir una ciudad de la antigua Tierra.
Seguramente crearíamos una mezcla de anacronismos, cosas que considerábamos antiguas sin más, pero que en realidad procedían de muchas épocas distintas, usando cualquier cosa que pudiéramos agenciarnos a partir de los recursos que teníamos.
Por las estrellas, ¿era posible que aquello fuese una recreación intencionada? ¿Una especie de… parque temático de la antigua Tierra?
Pasó una chica joven montada en bicicleta, una máquina de las antiguas, con cadena y pedales para mover las ruedas.
Dirigía el vehículo con una mano e iba metiendo la otra en una cesta que había delante del manillar, llena de folletos.
Le dio uno a Gilaf y siguió adelante, repartiendo octavillas entre la muchedumbre.
Ahora que me fijaba, mucha gente de la que rodeaba el carro ya las tenía en la mano.
—¿Qué pone? —pregunté.
Gilaf me la entregó. El folleto estaba escrito en varios idiomas, y encontré el pasaje en inglés más o menos en el centro de la página.
¡El final se acerca! , proclamaba. Las fuerzas de la humanidad se congregan para una última batalla. ¡No se pierda el acontecimiento más emocionante del siglo! ¡El Torneo del Final de Todo empieza hoy!
—¿El final de todo? —preguntó Nedd, leyendo la octavilla por encima de mi hombro—. Suena dramático.
Sadie estaba leyéndola también por encima de mi otro hombro.
—¿A que lo adivino? —le dije—. A ti te parece que es una pasada.
—No sé —respondió ella, pensativa—. Supongo que depende de cuánto te guste el mundo actual y por qué finaliza.
Tenía sentido. Escuché a mi alrededor. La mayoría de la gente parecía confundida, pero una pareja que seguía al vástago por delante de nosotros estaba comentando que no sabían si aquello significaba que la guerra estaba a punto de terminar.
—¿Lo habéis oído? —pregunté a los demás, señalando a la pareja con el mentón.
—Yo sí —dijo Alanik—. ¿A qué guerra se referirán?
—Podríamos preguntarle a alguien —propuso Sadie. Me miró y entonces añadió—: Aunque parece otra duda que no tendríamos si viviéramos aquí.
Era cierto. Sin embargo, nada de aquel asentamiento sugería que estuviesen en guerra.
Sí, la ciudad estaba amurallada, pero supuse que aquello era más para evitar que los árboles ambulantes se desmadraran que para protegerse de naves estelares.
¿Estarían en guerra con los vástagos? ¿El que llevaban en el carro era alguna especie de prisionero?
Seguimos tras el vehículo, aunque daba la impresión de que todo el mundo en la ciudad había tenido la misma idea.
La gente se aglomeró más mientras entrábamos en algún tipo de barrio residencial con edificios de madera de varias plantas.
Al poco tiempo, ya estábamos rodeados por todas partes y, pese a la observación de Nedd, el olor de la muchedumbre no era tan horrible como habría esperado.
Era evidente que aquella gente se bañaba a menudo y controlaba su olor corporal.
Tenían una gran variedad de color de pelo y tono de piel, desde el blanco hasta el marrón oscuro, aunque no vi a nadie allí con el cabello azul de Sadie.
Algunas mujeres llevaban el pelo cubierto del todo por pañuelos, cosa que podría ser una opción si Sadie tenía que pasar desapercibida sin usar ilusiones.
La multitud hacía el suficiente ruido y estaba lo bastante distraída como para que nadie nos prestara ninguna atención, aunque tuvimos que quitarnos las mochilas de la espalda y sujetarlas entre nosotros para evitar que Suki y las babosas terminaran aplastadas.
Lo último que nos interesaba era que alguna hiperbabosa volara de un salto fuera de su mochila hacia el denso gentío.
Había más personas protegiendo también sus bolsas, aunque supuse que tendrían motivos distintos para no querer que maltrataran sus pertenencias.
Seguimos adelante y la gente se puso más ruidosa y emocionada, y entonces Sadie y Gilaf vitorearon también, uniéndose al estado de ánimo general.
—¿Qué es lo que nos tiene tan entusiasmados? —pregunté.
—¡Todo! —exclamó Sadie, dando una vuelta entera a saltitos, como si estuviera asimilándolo todo.
Me puse a escuchar, tratando de deducir dónde íbamos, qué guerra estaba librando aquella gente y por qué se aproximaba su final, pero los fragmentos aleatorios de conversaciones no bastaban para proporcionarme ninguna información útil.
De todos modos, si las ansias de la multitud indicaban alguna cosa, el lugar al que llevaban a aquel vástago no iba a decepcionarnos.