Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 12. Arturo
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12. Arturo

Arturo

La muralla blanca de la ciudad fue creciendo y creciendo a medida que nos aproximábamos al pie de la colina sobre la que se alzaba.

Era una ciudad inmensa, mayor que cualquier caverna individual de Detritus.

La barcaza continuó río arriba, en dirección a una serie de muelles de madera en la base de la colina, tras los que se distinguían edificios también de madera y unas enormes norias metálicas para generar energía.

De un edificio salían varias tuberías que ascendían por el acantilado hasta un enorme depósito que había sobre la muralla.

Reparé en que el río no atravesaba la ciudad. Se accedía a ella por una carretera zigzagueante que subía por la ladera desde el río. También había mucha gente viviendo fuera de la muralla, granjeros y obreros, y quizá hubiese más escondidos en el bosque.

En Detritus, la Supremacía nos había atacado sin descanso, así que habíamos tenido que convertirnos en tribus nómadas que siempre estaban desplazándose de una caverna a otra para evitar la aniquilación total.

Incluso después de que construyéramos la base Alta en la superficie, arriesgábamos la vida de nuestra gente en las cavernas superiores a diario.

Una bomba bien colocada y nuestra civilización entera se habría venido abajo.

—Aquí no están defendiéndose —dije—. No hay baterías armamentísticas, ni búnkeres, ni refugios antiaéreos.

Alanik me miró con cara de pena y me arrepentí al instante de haber hablado.

Pero la idea de que aquella gente estuviera viviendo en el punto de mira de una estación espacial de la Supremacía y se les permitiera…

bueno, vivir sin tener que estar pensando en disgregarse por seguridad…

Tendría que haber sentido alivio por ellos, pero solo sentía furia.

—Si no tienen naves —dijo Alanik—, es posible que la Supremacía no los considere una amenaza.

Eso dolía también. A nosotros nos habían atacado nada más vernos. Habían estado preparadísimos para nuestra llegada y, en cambio, esa gente vivía en aparente paz.

—¡Con lo mucho que luchábamos en Detritus para defender el aparataje que nos permitía construir naves estelares! —exclamé—. ¿Estás diciéndome que, si les hubiéramos dejado destruirlo, habrían pasado de nosotros?

—Tampoco teníamos mucho más que eso en Detritus —respondió Nedd—. Viene a ser una roca pelada.

—Excepto por los taynix —dijo Sadie—. Habríamos conseguido hipermotores de todos modos, ¿verdad? Aunque se hubieran cargado el aparataje, en algún momento habríamos podido escapar.

—No os destruyeron —añadió Alanik—. Y ahora han desaparecido. El puesto de avanzada que hay aquí es solo un vestigio.

—Como un fantasma —asintió Sadie—. Aquí no estamos librando una guerra. Esto se parece más a… un exorcismo.

Sí que daba esa sensación, teniendo en cuenta que lo único que conocíamos de Ivy era su voz incorpórea.

—Si pueden construir centrales eléctricas pero no cazas estelares —dije—, entonces nuestro escáner debe de haber acertado. Parece que no tienen ninguna fuente de piedra de pendiente, aunque está claro que aún les quedan ingenieros, si son capaces de alimentar las fábricas con norias.

—Si nuestro escuadrón se quedase varado en un planeta con las naves estelares destruidas —planteó Alanik—, ¿seríais capaces de construir una central eléctrica?

—Hum… —dijo Sadie—. No.

—Pero tampoco podríamos poblar una ciudad nosotros solos —señaló Nedd—. Es normal que tengan experiencia en campos mucho más variados.

Por delante de nosotros, la barcaza amarró en la plataforma de madera.

Para cuando llegamos, un carro grande con otra jaula descomunal se le había aproximado.

Los trabajadores de la barcaza alinearon su jaula con la del carro, abrieron la puerta de ambas y empujaron a la criatura con sus ganchos hasta obligarla a pasar de la primera jaula a la segunda.

Luego trasladaron la criatura arbórea podada al yugo del carro.

Llegamos desde atrás, pasamos junto al carro fingiendo tener un propósito y los trabajadores de la barcaza no nos prestaron ninguna atención mientras seguíamos colina arriba hacia la ciudad.

Miré atrás y luego estiré el cuello para observar el camino que nos faltaba por recorrer, esperando que alguien nos detuviera, que nos pidiera identificarnos o que reparase de algún modo en que estábamos colándonos en una ciudad alienígena como si nada.

Pasaron más habitantes del planeta, caminando con calma o sobre carritos motorizados.

Nadie pareció creer que estuviéramos fuera de lugar.

—Ojalá pudiéramos preprogramar los hipersaltos —dije a Alanik—, por si tenemos que marcharnos deprisa. Me siento más expuesto aquí que cuando nos han atacado.

Comprendía por qué nos habían impuesto aquellas normas nuevas: si todo el mundo solicitaba permiso cada vez que había la más mínima posibilidad de que pudiera hacerle falta un hipersalto, entorpecería el sistema y retrasaría los hipersaltos para quienes de verdad los necesitaran.

—Si hipersaltamos otra vez, podríamos estar revelando nuestra posición —respondió Alanik—. Solo deberíamos usarlos si nuestra vida corre un peligro inmediato.

Tenía razón, pero lo único que conseguía era hacerme sentir menos protegido. Miré su rostro humano ilusorio y se me ocurrió una cosa.

—¿Podemos usar más ilusiones de Hoid, entonces? —pregunté—. ¿Un citónico sería capaz de saberlo?

—Casi seguro que no —dijo Alanik—. Las ilusiones son mucho más difíciles de percibir que los hipersaltos. Es como la diferencia entre un susurro y un grito.

Justo entonces el carro con la jaula nos adelantó, camino a la ciudad. La criatura arbórea movió sus ramas hacia nosotros con gesto amenazador, aunque sus extremidades bifurcadas se atascaron en los barrotes y no pudo alcanzarnos.

Me pregunté si querían domesticar a ese ejemplar o si el que tiraba del carro estaba criado en cautividad desde un principio. Parecía cruel podar a la criatura; le habían serrado los brazos y la habían dejado solo con las extremidades suficientes para caminar.

Coronamos la colina y cruzamos una arcada en la muralla blanca de la ciudad.

Me fijé en que no estaba pintada, sino hecha de algún tipo de piedra que era blanca por naturaleza.

Me pregunté si habría alguna cantera cerca, quizá más arriba en las montañas.

Sobre el arco, cincelada en relieve, estaba la frase BIENVENIDOS A EPIFANÍA .

Había más palabras inscritas debajo en tres alfabetos distintos, probablemente traducciones a otros idiomas que hablaban los humanos de allí.

—Un nombre interesante para una ciudad —comentó Nedd en voz baja.

—Es bonito —añadió Sadie.

Sí que lo era. «Epifanía» significaba al mismo tiempo la revelación de una idea nueva y la aparición de un ser sobrenatural. Me pregunté qué definición habrían tenido en mente cuando le pusieron el nombre a la ciudad.

—¿Sabes qué idiomas son esos? —pregunté, encarando la malla de mi mochila para que Suki pudiera ver.

—Mi alfiler indica que son hebreo, ucraniano y árabe, respectivamente —dijo Suki—. No domino ninguno de los tres, por desgracia.

Nadie del equipo los hablaba tampoco, pero al menos conocíamos uno de los cuatro.

Cruzamos la arcada y encontramos una multitud congregándose al otro lado. Se me aceleró el corazón. ¿Se habrían fijado en nosotros mientras llegábamos?

Pero no: la gente había rodeado el carro que transportaba a la criatura arbórea enjaulada, apelotonándose tanto que los operarios de la barcaza tenían que apartarlos con sus ganchos mientras el carro avanzaba muy poco a poco.

Por un instante, me pregunté si estarían atacando de algún modo a la tripulación de la barcaza, pero no vi a sus miembros preocupados, y la muchedumbre sonaba emocionada por la aparición de la criatura.

Gritaban y vitoreaban, haciendo exclamaciones en varios idiomas distintos, el inglés entre ellos.

No le hacían ningún caso al árbol podado que tiraba del carro, sino que corrían junto a la jaula, hostigando al árbol salvaje con escobas, palas y varas, lo que tuvieran a mano en ese momento.

—¿Qué hacen? —pregunté a los demás.

—Podríamos preguntarle a alguien —sugirió Sadie, esperanzada.

Sí que parecía nuestra mejor opción, y allí mucha gente hablaba inglés, así que podíamos dirigirnos a los lugareños sin destacar de inmediato.

—Muy bien —dije a Sadie—. Permiso concedido.

Los ojos de Sadie se ensancharon.

—¿Quieres que pregunte yo?

—¿Quién mejor?

No había querido traer a Sadie a la misión porque a veces no sabía estar callada, pero, si necesitábamos a alguien que nos hiciera de portavoz, era la elección natural.

El rostro de Sadie se iluminó mientras se volvía hacia una anciana que estaba a un lado de la calle, hablando en inglés con dos chicas jóvenes que quizá fuesen sus nietas.

—¡Disculpe! —exclamó Sadie—. Estábamos preguntándonos dónde se llevan el árbol.

La mujer pareció confundida.

—¿El vástago? —dijo. Tenía más acento que otra gente de la multitud, pero no logré situarlo—. Le toca ya mismo. Van con un pelín de retraso.

Sadie me lanzó una mirada. La mujer no había respondido del todo a la pregunta, pero sí que nos había dado a entender que toda la gente de allí ya sabía lo que estaba pasando. Lo más probable sería que insistir despertara sospechas.

—Gracias —le dije a la mujer desde lejos, e indiqué a mi equipo que me siguiera calle abajo.

—Un vástago —susurró Nedd—. ¿Por qué lo llamarán así?

Alanik se encogió de hombros.

—Mi alfiler lo ha traducido como esqueje, como los que se usan para plantar un árbol nuevo a partir de una ramita.

—También es una palabra de la antigua Tierra con la que se designaba a un descendiente noble —añadió Suki—. ¿Un descendiente del bosque, tal vez?

Las dos parecían hipótesis plausibles.

—La mujer dice que «le toca ya mismo» —planteé a Alanik—. ¿Qué crees que significa?

—Tú conoces la cultura humana mejor que yo —dijo ella.

—Esta vez no está sirviéndome de mucho. Suki, ¿alguna idea?