Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 11. Sadie #3
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11. Sadie #3

—No es el trabajo más fácil del mundo —dijo—. A menudo parece que no hay mucho motivo para reír, pero tenemos que seguir haciéndolo de todos modos.

—Es mejor que la alternativa.

Nedd asintió.

—Mucho.

Sus ojos descendieron hacia el agua, su mandíbula se cuadró.

Si estuviéramos saliendo juntos, o incluso si fuésemos amigos íntimos, le preguntaría qué quería hacer en vez de reír.

Pero Nedd y yo no éramos íntimos, solo compañeros de escuadrón que mantenían una conversación casual, y yo no quería volverla rara, así que no pregunté.

—Sí, bueno —dije—. Cuenta conmigo para que ayude con las risas.

Nos quedamos callados de nuevo, y esa vez sí que fue incómodo sin duda.

Sobre todo, porque no sabía qué más decir.

Podría preguntarle a Nedd por qué había elegido su identificador, pero el origen de la palabra Nedder no era precisamente un misterio.

Acabábamos de establecer que se suponía que era una persona graciosa, pero ¿y si no se me ocurría nada divertido que decir?

¿Significaba que también se me daba mal ese trabajo?

—¿Crees que los drones nos encontrarán aquí? —pregunté por fin, observando el cielo de color lavanda.

—Aún no lo han hecho —dijo él—. Parece buena señal.

—¿Por qué crees que querían matarnos?

—Me parece que Arturo tiene razón —contestó Nedd—. Se han enterado de que derrotamos a la Supremacía y tienen miedo de lo que podamos hacerles a ellos.

—Si nos disparan, no nos dejan mucha más opción que devolver el fuego.

—Cierto —dijo él—. Has volado bien en ese combate.

—Gracias. Tú también. —Hice una mueca. Nedd era copiloto. No había volado él—. ¡Me refiero a que has hecho un buen trabajo! —me apresuré a añadir—. Había mucha navegación que hacer y los demás estábamos demasiado distraídos intentando seguir vivos y…

—Tranquila —me interrumpió Nedd—. Ya sé a qué te referías.

Yo no pensaba que estuviera refiriéndome a nada.

Solo parloteaba porque estaba nerviosa. Pero, si Nedd iba a ofrecerme una salida, no sería yo quien lo corrigiera.

Vi que su sonrisa había desaparecido, sin embargo, y que tenía la mirada fija en el río como si la corriente hubiera apaleado a algún amigo suyo.

Había metido el dedo en la llaga, aunque no lo pretendiera. Y posiblemente eso significaba que debería cerrar el pico, escabullirme e ir a hacer mi trabajo. Pero, si había algo que se me daba bien, era no retirarme cuando iba perdiendo.

—¿Cómo es lo de ir de copiloto? —pregunté.

Nedd se encogió de hombros. Los demás se habían adelantado mucho y tendríamos que estar apretando el paso, pero no quería que nos interrumpieran.

—Está bien —dijo él.

Su tono decía otra cosa, y tampoco me extrañaba. No poder volar era la peor pesadilla de la mayoría de los pilotos.

—Con esa opinión tan entusiasta, igual solicito el traslado.

Con eso le saqué una risita.

—No lo hagas. El escuadrón te necesita.

—¿Ah, sí? —repuse—. ¿Para qué?

Lamenté al instante haber hecho esa pregunta también. ¿Ahora echaba la red buscando cumplidos?

Quizá sí. Pero a veces, cuando una echaba la red, lo único que atrapaba era una pieza perdida de material para cubas.

—Porque eres buena piloto —dijo Nedd—. Y eres buena para la moral.

Moral. Era un papel que tener, supuse.

—¿Como una mascota?

—¡No, no! Como una… persona que no se toma la vida demasiado en serio.

—Igual que tú —dije.

Nedd negó con la cabeza.

—Para nada igual que yo. Yo me burlo de todo el mundo. Pero tú nos recuerdas a todos que estamos en un planeta alienígena y deberíamos mirar alrededor y fijarnos en lo increíble que es estar aquí, incluso cuando da miedo y nos asusta que nos maten.

Vale. Lo más probable era que eso no fuese a hacerlo nadie más.

—No deberíais necesitar que os lo recordaran —dije—. Es evidente.

—Ya, bueno. —Nedd me miró a los ojos—. Puede que las cosas evidentes sean las más fáciles de olvidar.

Esa sensación burbujeante me llegó hasta la punta de los dedos de los pies.

No debería haberme hecho sentir mejor que me ofrecieran el papel de la persona que dice cosas evidentes, como una especie de bufona de la corte salida de las antiguas historias.

Pero Nedd parecía pensar con sinceridad que era algo valioso.

Si eso significaba que pensaba en mí en lo más mínimo, por mí de maravilla.

Estuvimos un rato más caminando en silencio y me pregunté si algo de las bromas que habíamos compartido podría considerarse un coqueteo.

Yo no tenía ni la menor idea de cómo coquetear.

Si FM estuviera allí, quizá podría haberle preguntado, pero Alanik y Gilaf seguro que no iban a ser de mucha ayuda y Arturo sin duda me acusaría de hablar demasiado.

El río se dividió en dos y la criatura arbórea tiró de la barcaza remontando el afluente más pequeño, que fluía colina abajo desde la misma ciudad.

Más adelante había un puente que estaba cruzando un vehículo motorizado que transportaba una carga de aquellas piñas pinchudas.

La ciudad aguardaba sobre la colina, amurallada e imponente.

—¿Crees que estamos preparados para esto? —pregunté.

—Ni idea —dijo Nedd—. Pero supongo que vamos a averiguarlo.