11. Sadie #2
—Otra planta traída aquí por los humanos, entonces —dijo Gilaf—. Esta por lo menos no ha conquistado el planeta.
—Ni tampoco parece querer matarnos —añadió Nedd, contemplando el campo de piñas.
Gilaf volvió la cabeza y entornó los ojos hacia la luz del sol, baja sobre el horizonte.
—¿Aquí no debería hacer más calor, si el sol brilla siempre?
Arturo abrió el paso mientras se quitaba el sudor de la frente.
—Yo creo que sí que hace calor.
—Más calor que este, quiero decir —respondió Gilaf.
—A lo mejor el campo de escombros bloquea parte de la luz solar —sugirió Nedd.
—O la atmósfera —propuso Suki.
—Se supone que es una estrella enana roja —dijo Arturo—. ¿No debería dar luz roja?
—Esa es una confusión muy habitual —respondió Suki.
Desde mi sitio detrás de Arturo, podía mirarla directamente a través de la malla de la mochila, aunque no la viera—.
Las enanas rojas dan sobre todo luz roja, sí.
Pero, como está presente todo el espectro de luz, parece blanca a nuestros ojos.
La luz del sol de Orilla Perpetua también se ve blanca, aunque el color que emite con más fuerza es el verde, como el sol de vuestra antigua Tierra.
Qué interesante. En la escuela nos habían obligado a memorizar los planetas y las lunas del sistema Sol, cosa que siempre me había parecido rara, dado que la Tierra ni siquiera seguía estando allí.
Una vez, durante la guerra, habíamos pasado volando por el sitio que solía ocupar, y había un espacio vacío entre Venus y Marte.
Lo ocupaba solo la Luna, el antiguo satélite natural de la Tierra, que había pasado a orbitar el sol por su cuenta.
También habíamos tenido que aprendernos todos los continentes y muchos países de la antigua Tierra, lo cual tampoco era precisamente un conocimiento muy útil, considerando que el planeta había desaparecido. Por lo visto, un curso de geografías alienígenas habría resultado mucho más práctico.
—¿Vosotros aprendisteis mucho sobre planetas alienígenas en la escuela? —pregunté a Gilaf.
—No —dijo él—. La Supremacía quería mantenernos aislados, así que se nos enseñaba muy poco sobre la vida fuera de ReAlba.
—Qué decepción. Iba a pedirte que me prestaras algún libro.
—Los kitsen tenemos material que podrías leer —intervino Suki—. Aunque lo que sabemos también está limitado por el aislamiento, sí que llevábamos registros de todo lo que lográbamos ver.
—Nosotros también deberíamos llevar mejores registros —dijo Alanik.
—Estoy en ello —respondió Suki y, de hecho, se veía el resplandor de una minúscula tableta de datos a través de la malla de la mochila. Suki ya no estaba tapándola tan por completo.
—Tu madre sí que está en ello —dijo Gilaf.
Alanik lo fulminó con la mirada. Esa chica sabía fulminar de lo lindo cuando se lo proponía.
—Está en ello —convino Naga desde detrás de Suki.
Pensé que la kitsen podría estar sentada en ella, aunque prefería imaginar que estaban acurrucadas juntas.
—¿Qué tal ese chiste? —preguntó Gilaf.
—No ha estado mal —dije—. Pero si abusas de él, pierde gracia.
—Tu padre sí que pierde gracia —replicó Gilaf.
—¿Lo ves? Ahora no ha funcionado para nada —dije.
—Intentaba no abusar de él —explicó Gilaf—, por eso lo he cambiado un poquito. ¿Cómo es que las madres tienen más gracia que los padres?
—Machismo, probablemente —contesté.
Arturo estaba adelantándose, supuse que para evitar los chistes de Gilaf.
—¿El machismo os resulta divertido? —preguntó Gilaf.
Suspiré.
—No, si te paras un momento a pensarlo. ¿En tu idioma no tenéis chistes machistas?
—Sí que los hay —dijo Gilaf—. Pero el chiste más parecido en mi idioma no es sobre madres. Es sobre árboles.
—Qué cosas —respondí—. ¿En tu planeta no va todo sobre árboles?
—En tu planeta sí que se cayó todo de un árbol —dijo Gilaf.
Reí.
—Eso tenía tan poca gracia que ha salido por el otro lado y vuelve a ser gracioso.
—¿Lo ves? —dijo Gilaf—. Cuando se abusa de un chiste, lo que hay que hacer es contarlo más. Al final termina volviendo por el otro lado.
—No es verdad —dijo Alanik, apretando el paso para alcanzar a Arturo y, muy posiblemente, también para dejar atrás a su hermano.
—Tu madre sí que se cayó de un árbol —solté.
—¡Pues claro! —exclamó Gilaf—. Tú lo pillas. Sabía que por algo eras mi favorita.
Y apretó el paso también para irritar más a Alanik.
Nedd y yo nos quedamos atrás, aunque no perdimos de vista al resto.
—Creo que, como jefe de escuadrón asistente, debería ofrecerme a caminar entre el bosque y tú por si nos ataca algún otro monstruo-árbol —dijo Nedd—, pero en realidad no sé si es más peligroso el bosque o caernos al río.
Me encogí de hombros.
—No creo que ningún árbol de estos sea un monstruo disimulando, o la tripulación de esa barcaza iría tras ellos. Lo que me pone a mí los pelos de punta es el sol, pero no sé cómo ibas a protegerme de eso.
—¿En serio? —repuso Nedd—. ¿Comparas los monstruos-árbol con dar toquecitos a ardillas, pero el sol te pone los pelos de punta?
—¡Pues claro! Fíjate en cómo te mira desde el cielo, observándote a todas horas. Es como un vecino cotilla que siempre está fisgando por tus ventanas.
—No se me había ocurrido verlo así —dijo Nedd—. Pero ahora sí que lo veo. Muchísimas gracias.
Ya había vuelto a sonar rara, pero es que hablar con Nedd me ponía el cerebro espumoso. Sabía que los demás me tomaban por una cabeza de chorlito. Hablar con un chico guapo no me volvía más elocuente, eso desde luego.
Aun así, no todos los días tenía la oportunidad totalmente natural y para nada sospechosa de pasar tiempo a solas con Nedd. Sería normal del todo que le dirigiera unas pocas palabras. Sería lo esperado, incluso. De hecho, sería grosero por mi parte no hacerlo, ¿verdad?
—En realidad, creo que deberías caminar detrás de mí —dije—. Así, si sale algún árbol del bosque para darme un toquecito, puedes avisarme con un grito.
La idea de que Nedd me salvara de un monstruo arbóreo me gustaba un poquito demasiado. Era totalmente retrógrado lo sexy que sonaba que se enfrentara a una monstruosidad salida del bosque y empeñada en destruirme. Y, si sudaba un poco al hacerlo, mejor que mejor.
Ay, estrellas. Ya estaba sonrojándome. Esperé que no se diera cuenta. ¿Era muy evidente? Al menos no había dicho nada de aquello en voz alta.
¿Verdad?
—No sé yo —respondió Nedd—. Tu identificador es Centinela, así que la experta vigía deberías ser tú, ¿no? Seguro que ves venir un árbol a un kilómetro de distancia.
—Quizá te sorprenda saber —dije— que en realidad no soy una centinela de ningún tipo.
Nedd sonrió, y yo intenté no mirarlo. Aquella sonrisa suya era contagiosa, y sería mucho mejor que no me contagiara demasiado con ella.
Era impresionante incluso cuando la tapaba en parte aquel bigote que había intentado dejarse unos meses antes.
Yo era muy partidaria de ese bigote, porque estaba claro que llevaba todas las de perder.
—¿Por qué elegiste llamarte Centinela? —preguntó él.
—Porque pensé que sonaba feroz —dije—. Como una guardiana que protege a la gente, ¿sabes? —Me encogí de hombros otra vez—. Sí, ya sé, ya sé. Debería haber elegido algo que me encajara mejor, como Cháchara, o Ánimo, o…
—Centinela me gusta —afirmó Nedd—. Y creo que sí que te encaja.
Mi cabeza estaba haciendo esa cosa espumosa de nuevo.
Lo cual era ridículo. Incluso si yo fuese la clase de chica a la que Nedd fuese a mirar así, él era el jefe de escuadrón asistente, mi superior, y desde luego vedado para mí.
Eso no había detenido a otros miembros del escuadrón en el pasado, pero yo no era el incomparable Jorgen Weight.
Él y nuestra excompañera Spensa eran citónicos y, por tanto, apenas estaban sometidos al control militar ni en los mejores momentos.
Aparte de eso, a mí no iban a ascenderme espontáneamente a almirante para que de pronto superase en rango a cualquiera que pudiese mirarme mal.
Ellos eran especiales. Yo no. Por tanto, incluso en un universo alternativo donde Nedd quisiera salir conmigo, no iba a poder ser.
Nos habíamos quedado callados los dos… y, tirda, ¿era un silencio incómodo? ¿Debía agradecerle que le gustara mi identificador y creyera que me encajaba? Pero, tras una pausa tan larga, hacerlo sí que iba a ser incómodo. Estrellas, ¿por qué no le había dado las gracias al momento?
—¿Por qué crees que me encaja? —solté de golpe.
«Bien hecho, Sadie. Tú pon más rara la situación, claro que sí».
—Porque quieres verlo todo —dijo él—. Los centinelas son la gente que observa, ¿verdad? La que lo ve todo primero y luego puede contar la historia.
—Sí que me gusta la idea de contar la historia —asentí—. En consecuencia, más vale que seas tú a quien se coma el árbol, para que yo sobreviva y la cuente.
—Bueno, a mí solo me daría un mordisquito —respondió Nedd—. Seguro que tengo un sabor espantoso.
—Sería una historia más graciosa, si solo te mordiera en vez de devorarte.
—Pues sí. Aunque, con la suerte que tengo, seguro que me arrancaría el brazo bueno.
Sonreí.
—Y la historia sería más entretenida si la contaras tú.
—Qué va —dijo Nedd—. Nadie tiene tu don para lo teatral.
No estaba nada segura de querer la reputación de ser la teatral del grupo.
—¿De verdad soy teatral? —pregunté—. ¿O solo emocionable?
—Emocionable podría ser mejor definición. Pero está bien de todos modos. Arturo y Alanik son demasiado serios. Necesito ayuda para relajar el ambiente.
A Nedd siempre se le había dado bien hacerlo, aunque, desde que perdió el brazo, a veces parecía más callado que antes y otras veces más ruidoso, como si estuviera interpretando una versión de sí mismo.
—¿Nunca te cansas de ser el gracioso del escuadrón? —pregunté.
Nedd me lanzó una mirada intensa, como si hubiera dicho algo malo. O quizá como si hubiera visto cosas que él no quería que otros percibieran.