Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 11. Sadie
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11. Sadie

Sadie

Los otros humanos avanzaban despacio, llevando a su monstruo arbóreo atado por el bosque hacia el río. Nosotros íbamos incluso más despacio tras ellos, tratando de mimetizarnos con el sotobosque, permitiéndoles que nos ganaran terreno para que no nos oyesen seguirlos.

Cuando estuvieron lo bastante lejos como para estar segura de que mi voz no les llegaría, me volví hacia los demás y susurré:

—¿Habéis visto esa cosa? Menuda…

—No digas que ha sido una pasada —me interrumpió Arturo—. ¡Nos ha atacado!

Vale. Muy bien. Pero no por no decirlo en voz alta lo era menos.

—¿Eso hacía? —pregunté—. En realidad, no te ha dado tan fuerte. A lo mejor solo estaba… ya sabes, dándote una palmadita.

—¿Cómo que una palmadita? —replicó Arturo—. ¡Ha sido un puñetazo al hombro!

—No lo sé —dije—. ¿Nunca has visto algún animal nuevo, como una ardilla o una rata, y le has… dado un toquecito con un palo, para ver qué pasaba? Igual estaba haciendo lo mismo.

—Me alegro de que esa no fuese tu primera reacción al conocerme —comentó Suki.

—Claro que no —le dije—. Tú eres una persona.

—¡Yo también soy una persona! —exclamó Arturo.

—Vale, sí. ¡Pero a lo mejor el árbol no lo sabía!

—Me gusta esa idea —intervino Nedd—. Monstruos arbóreos que van por ahí dando golpecitos con palos a la gente porque sí. Me apunto.

—También debo señalar —dijo Suki— que no creo que tengamos pruebas de que el árbol no fuese una persona.

—Lo que sigue escamándome a mí —dijo Nedd, pasando entre dos árboles— es de dónde sacó Sadie una ardilla a la que acercarse lo suficiente para darle un toquecito.

—Había un montón en las cavernas yeongianas —respondí—. Escaparon de alguna reserva animal, creo. Les gusta comerse nuestros cultivos. Y son muy toquecitables, si consigues que se queden quietas.

Ay, tirda. Aún estaba intentando encontrar mi lugar en el escuadrón, y acababa de revelarme como la chica rara que daba toquecitos con un palo a las ardillas.

Y «la chica rara» no era el papel al que aspiraba.

No era precisamente un título que fuese a impedir que el escuadrón me subestimase.

Aunque, si no hacía nada para distinguirme, a lo mejor en realidad solo estaban… estimándome, sin el «sub».

—¿Habéis olvidado todos que acaba de atacarnos un tirdoso árbol? —insistió Arturo.

—No creo que corramos mucho riesgo de olvidarlo —dijo Alanik, escrutando sobre un arbusto en la dirección por la que se había ido el monstruo.

Yo aún veía sus ramas más altas asomar a través de la red, pero poco más.

—Y ha sido una pasada —añadí—. Hala, ya lo he dicho.

Iba a meterme en líos por bocazas. Esperé a que Arturo me regañara, pero solo suspiró.

—¿Cuántos de estos árboles creéis que tienen cara? No serán… todos, ¿verdad?

¡Tirda! No se me había ocurrido, pero de pronto avanzar entre los árboles parecía mucho más peligroso.

—Dudo mucho que el planeta pudiera sustentar a tantas formas de vida móviles —dijo Suki—. Debe de haber millones de árboles en estos bosques, y los organismos grandes que se mueven requieren más energía que los que no.

—Aun así —respondió Arturo—, dado que ese árbol móvil era indistinguible de los demás, tenemos que suponer que cualquiera de ellos podría ser una criatura y no una planta.

—O una criatura-planta —maticé—. ¿Creéis que harán la fotosíntesis? Si la hacen, todos estos podrían ser monstruos arbóreos andantes, ¿verdad que sí? Suki, ¿tus libros hablan de esto?

—Lo harán cuando termine de investigar aquí —dijo ella—. Estoy tomando abundantes notas.

Por lo menos estaba tapando con su cuerpo la luz de la pantalla de su tableta de datos, para que no se viera a través de la malla. Si alguien la veía escribiendo y haciendo bocetos, su presencia iba a ser difícil de explicar.

Seguimos a los humanos hasta que distinguimos el centelleo del río entre los árboles de delante. Los humanos se detuvieron al rebasar la linde, gritándose entre ellos, pero nuestros alfileres estaban demasiado alejados para captar las palabras exactas y traducirlas.

—Vayamos un poco río abajo —dijo Arturo—, para observar desde lejos. Que Hoid vuelva a disfrazarnos. ¿Puede convertir los trajes de vuelo en su ropa?

—¡Ropa! —trinó Hoid desde dentro de la mochila de Alanik, y al instante nos vi a todos vestidos con copias exactas de la ropa suelta de algodón que llevaban aquellos humanos.

Arturo hizo una mueca.

—Habría que variarla un poco. Ya la ajustaremos cuando la hayamos visto mejor.

Nos llevó por el bosque hacia la izquierda y luego hacia el río, a unos ochenta metros corriente abajo respecto al grupo de humanos. Salimos de entre los árboles y por fin pudimos contemplar el río en toda su plenitud.

Era ancho: le cabrían varios cazas estelares sin que sus alas se tocaran.

En Detritus regábamos las cubas de cultivo a partir de lagos subterráneos, así que ya había visto grandes extensiones de agua, pero los canales que llevaban el agua de los lagos al lecho de las cubas no eran nada comparado con aquello.

Había ramas enredadas a lo largo de la orilla del río, enmarañadas unas alrededor de otras como dedos entrelazados para apoyarse entre sí.

Las ramas más bajas estaban a quince metros sobre la superficie del agua, aunque iban descendiendo y haciéndose más espesas sobre la orilla hasta inclinarse y enterrarse en el suelo, como si el árbol no distinguiera entre ramas y raíces.

El sol no se había movido en el cielo desde que había atisbado aquel paisaje al asomar la cabeza sobre el dosel, con lo que daba la impresión de que el tiempo allí estaba detenido.

Río arriba, los humanos usaron sus largos ganchos y sus varas a modo de lanza para obligar a la criatura arbórea a subir a una balsa grande y rectangular anclada junto a la orilla del río.

Sobre ella había una jaula enorme, lo bastante como para contener a la criatura entera.

—Mira a ver si puedes ponernos matices en la ropa —pidió Arturo a Hoid, y nuestra vestimenta empezó a cambiar sutilmente, variando un poco en color y corte respecto a la que llevaban los trabajadores de la barcaza, para que no pareciera que les habíamos robado las prendas.

Una embarcación a motor que navegaba hacia la ciudad saludó tocando una bocina a la gente de la barcaza, pero a nosotros no nos prestó ninguna atención, cosa que tenía que ser buena señal.

—¿Hay alguna manera de saber lo profunda que es el agua? —preguntó Arturo.

—Podríamos clavarle un palo —dijo Nedd—. He oído que es la especialidad de Sadie.

—Sí que podría funcionar —afirmó Suki a través de la malla, desde la mochila de Arturo—. No todo conocimiento tiene por qué obtenerse mediante tecnología avanzada. ¿Por qué utilizar un sonar cuando basta con un palo?

—Igual hace falta que sea un palo bastante largo —dije—. Pero seguro que en este bosque los hay a montones.

—¿Alguien sabe nadar? —preguntó Suki.

—Yo sé —dije.

Arturo y Nedd asintieron también, pero Gilaf negó con la cabeza y Alanik se limitó a mirar el río con expresión nerviosa. Procedían de un planeta sin lagos ni ríos, y obtenían toda el agua potable de la condensación en sus árboles del tamaño de ciudades o mediante generadores atmosféricos.

—En todo caso, no deberíamos meternos en el río —dijo Arturo—. No quiero que cojamos parásitos.

—Yo prefiero ir en barca —respondí—. Y esas son las mejores barcas que he visto en la vida.

—Supongo que son las únicas barcas que has visto en la vida —aventuró Alanik.

—Qué va —dije—. Teníamos unos pequeños botes inflables para los embalses subterráneos, allá en casa. ¡Estas son un millón de veces más guais!

—Sé a qué botes se refiere —aportó Nedd—. No son mucha competencia.

Los humanos siguieron empujando con sus palos a la criatura arbórea, que pateaba con sus piernas-rama hacia la jaula e intentaba agarrar a los humanos.

Se habían añadido unos cuantos más al grupo, todos con botas recias, pantalones y unos ponchos bordados, muy anchos, que les llegaban a las rodillas y llevaban sujetos a la cintura.

Esquivaron las extremidades de la criatura mientras terminaban de meterla en la jaula, y luego su barcaza empezó a flotar río abajo.

—Si pasa por delante de nosotros —dijo Arturo—, echad a andar a contracorriente como si tuviéramos todo el derecho del mundo a estar aquí.

Pero la barcaza no siguió hacia nosotros. Hubo una erupción de agua y otra criatura arbórea emergió del río delante de la embarcación. Era más baja y rechoncha que la primera, como si se le hubieran partido la mayoría de las ramas.

No. Caí en la cuenta de que se las habían recortado.

El árbol estaba cubierto de círculos planos, como los que habría dejado una sierra al podarlo.

En vez de venir en nuestra dirección, el árbol movió sus protuberancias inferiores, las más parecidas a raíces, para echar a andar corriente arriba.

La barcaza, atada con cuerdas a la criatura, la siguió.

¿La habían… domesticado? Me pregunté si sería de una especie distinta, o si cortarles las ramas los hacía más dóciles. Parecía… doloroso. Esperé que aquellos seres no tuvieran nervios en las ramas, pero me costaba imaginar que fuera así.

La barcaza remontó poco a poco el río, remolcada por la criatura arbórea, y nosotros la seguimos, sin perderla de vista pero lo bastante apartados como para evitar llamar la atención.

Pasaron varias embarcaciones, la mayoría a motor, pero una derivaba río abajo a la velocidad de la corriente con una criatura podada dentro de una jaula, en su parte trasera.

Me figuré que, llegado el momento, sacarían a la criatura de la jaula y la utilizarían para regresar río arriba.

Al poco tiempo llegamos a la primera granja. Eran zonas en las que habían despejado el bosque y cultivaban unas plantas pinchudas en hileras, con grandes aparatos metálicos que extraían agua del río y rociaban los campos con ella.

—¿Alguien sabe qué cultivan? —pregunté.

—Piña —dijo Suki—. Es una especie frutal nativa de la antigua Tierra.