10. Sadie
Sadie
Cargamos las babosas en las mochilas y Suki se acomodó en el escondrijo que había elegido, un bolsillo de malla negra en la de Arturo que le permitía ver pero la hacía invisible dentro.
Arturo se guardó también el disco flotante de la kitsen, por si lo necesitaba.
Luego nos dio a todos alfileres intérpretes y auriculares, para que pudiéramos oír la traducción con disimulo en vez de emitirla en voz alta para todo el mundo.
—No sabemos cuándo vamos a encontrarnos con gente —dijo Arturo—, así que deberíamos llevar ilusiones puestas para mimetizarnos.
Alanik, ¿puedes pedirle a Hoid que nos disfrace?
Gilaf y tú necesitaréis ilusiones en la cara y las manos para parecer humanos, y que cubra también el brazo de Nedd.
No sabemos cómo está aquí la tecnología prostética y no queremos que nos hagan preguntas.
Si puede esconder también los auriculares, evitaremos más miradas curiosas.
—¿Y mi pelo? —pregunté.
Después de siglos de ingeniería genética, el azul era mi color natural, pero entre los idiomas hablados en ese planeta no estaba el yeongiano, así que dudaba que hubiera mucha gente allí con mi mismo acervo.
—El pelo de Sadie también, si es posible —dijo Arturo.
—Hecho —respondió Alanik.
Debía de haberse comunicado telepáticamente con Hoid, porque al momento mi pelo se volvió castaño oscuro, un tono parecido al de Arturo. No era tan divertido como el azul, pero sí diferente. Lo diferente también podía ser divertido.
Los auriculares de los demás estaban camuflados en sus orejas, del mismo color que su piel.
El pelo de Alanik y Gilaf había cambiado a un color rubio ceniza.
La piel se les había oscurecido, tendiendo hacia el marrón.
Sus ojos violetas eran de un azul brillante, ya no tenían protuberancias óseas en los pómulos, sus uñas eran planas y romas en vez de afiladas y puntiagudas.
Los dos seguían teniendo un cierto aspecto etéreo, pero al menos no eran identificables de inmediato como alienígenas.
—Te has embobado —dijo Nedd, y al principio supuse que hablaban conmigo, hasta que Arturo se sobresaltó y apartó enseguida los ojos de Alanik.
Nedd puso una sonrisita divertida, pero entonces bajó la mirada a su propio brazo y fue él quien se quedó embobado. Su prótesis había cobrado aspecto de piel, y Nedd estiró los dedos y los miró como si estuviera viendo un fantasma.
—¿Hay algo malo en mi apariencia? —preguntó Alanik a Arturo.
—¡No, nada malo! —exclamó él, negándose a mirarla—. Tienes un aspecto genial.
—Porque si la ilusión no es perfecta —dijo Alanik—, puedo hacerle cambios sutiles. Avísame si he cometido algún error.
—Está bien —insistió él.
—Pero si ni estás mirando. ¿Cómo vas a saberlo?
Arturo se encogió de hombros, sin duda comprendiendo que Alanik no iba a dejar el tema.
—Si quieres pasar desapercibida, podrías probar con un aspecto un poco más… plano, supongo.
—¿Plano? —dijo Alanik—. ¿A qué te refieres?
—Común, quiero decir.
Arturo hizo una mueca, como si deseara no haber iniciado aquella conversación. A veces se comportaba así con Alanik. Llevaban rondándose desde que ella había entrado en nuestro escuadrón, pero nunca se sabía muy bien si alguno de ellos era consciente del interés del otro.
—Sé lo que significa la palabra —dijo ella—. Pero ¿qué me haría más plana? Necesito conservar todos los rasgos de la cara.
—Sí —convino Arturo—. Pero podrías hacerlos… menos llamativos. Que no destaquen tanto.
Alanik le lanzó una mirada escéptica.
—¿Y cómo se hace eso?
—Quiere que parezcas menos guapa —traduje.
Arturo se tapó la cara con la mano.
—¿Es verdad que te refieres a eso? —preguntó Alanik.
—Sí, supongo —dijo Arturo entre sus dedos.
Parecía querer hundirse en el suelo a sus pies y hacerse uno con el bosque, desintegrarse en la nada. Pero tenía razón. Alanik se había vuelto igual de hermosa como humana que como UrDail, lo cual podría atraer la atención hacia ella.
—Me imagino que nuestros trajes de vuelo destacarán —cambió de tema Arturo—, pero aún no sabemos qué clase de ropa llevan aquí. Si veis a alguien, escondeos entre los matorrales para que Alanik y Hoid puedan disfrazarnos bien antes de que nos vean.
Salimos todos de la hondonada, en dirección al río.
Menos mal que la FDD exigía tanto entrenamiento físico, porque recorrer aquel terreno blando y desmenuzado y pasar por encima de ramas y troncos era todo un esfuerzo.
Evitábamos usar las líneas de luz en la medida de lo posible, para no llamar la atención a medida que nos acercábamos a la zona poblada, así que el avance resultaba más lento y difícil.
Sorprendía lo vivo que estaba el bosque, no solo por los árboles, los arbustos y el musgo, sino también por toda una variedad de bichos.
Unos caracoles diminutos se apelotonaban en los trocitos de madera podrida, zampándose la corteza en descomposición.
Había escarabajos sujetos al follaje, que se comían a otros escarabajos más minúsculos que parecían puntitos en las hojas de color púrpura.
Unas moscas negras zumbaban alrededor de nuestras cabezas, como si trataran de identificarnos como amigos o enemigos.
—Procurad que las moscas no os piquen —dijo Arturo, dándole un manotazo a una que se le había posado en el cuello—. Igual son venenosas.
—¿Pueden serlo, si coexisten con la colonia humana? —pregunté.
—En la antigua Tierra había serpientes venenosas —dijo Nedd.
—Y arañas —añadió Arturo.
Llegamos a un gran tronco y me aupé sobre una antigua rama.
—Vale, pero esos humanos no tuvieron elección sobre dónde vivir —repuse.
—Creo que todo viajero interestelar tiene que aceptar algunas cosas malas con las buenas —dijo Suki desde dentro de la mochila de Arturo, que bajó del tronco dando un salto—. No existe el lugar perfecto.
—Si la mayoría del continente es así de boscosa —dijo Alanik—, no me extraña que los humanos no se hayan extendido más por la superficie.
—No sé yo —respondió Arturo—. Aquí tienen buenos refugios y toda la madera que quieran para construir. Veo más probable que no se hayan extendido porque los acosan los drones de la Supremacía.
—Pero la ciudad sobrevive —dije yo—. Tiene una muralla de piedra alrededor, que quizá les sirva contra ataques por tierra, pero no resistiría mucho tiempo el fuego de destructor.
—En eso lleva razón —intervino Gilaf.
Sopló una ráfaga de viento arriba, aunque estábamos bastante bien resguardados de ella. El gemido de los árboles al moverse creció y menguó y entonces, lejos a nuestra derecha, un sonido rasposo reverberó por todo el bosque, seguido de un crujido prolongado que sonó más fuerte.
Alanik se volvió hacia el ruido.
—¿Qué ha sido eso?
—No lo sé —dije.
El sonido llegó de nuevo, esa vez acompañado por el susurro de hojas y arbustos.
Y entonces, una rama empezó a moverse, a unos treinta metros de distancia, con el grosor de mi cintura. Se dobló y subió.
Ay, tirda. Aquello no era el viento. La rama crujió mientras se alzaba hasta apoyarse en una rama más gruesa, como si el árbol hubiera puesto allí una mano para sostenerse.
—¿Qué tirda es eso? —preguntó Nedd.
Por las estrellas, al explorar antes había pensado que los árboles habían crecido así de enredados entre sí. Pero ¿podían… cambiar de posición?
—Alanik —dije—, ¿en tu planeta los árboles mueven las ramas?
—Desde luego que no —respondió ella, con la mirada fija en aquella rama.
Un poco más cerca de nosotros, otra rama se elevó en el aire, y luego toda una sección del bosque la siguió, como si el árbol hubiera dado un paso adelante y luego movido el resto del cuerpo en consecuencia. La mayoría de los árboles siguieron quietos, pero aquella zona parecía estar conectada y…
—Está vivo —dijo Arturo.
—Todos los árboles están vivos —dijo Alanik.
—Vale —respondió Arturo—, pero no digo vivo como un árbol. Digo vivo como un animal.
—O como un monstruo —terció Gilaf, y el alfiler tradujo sus palabras. Por lo visto, en su cultura también existía el concepto de monstruo. Parecía una idea bastante universal.
La primera rama se alzó de nuevo, y esa vez se movió hacia nosotros hasta aposentarse a no más de cinco metros.
Nos amontonamos un poco por instinto, y Nedd y Arturo desenfundaron sus pistolas destructoras.
¿Un disparo de pistola haría daño a un árbol?
Yo no estaba segura de que aquel ser estuviera amenazándonos, o de que supiese siquiera que estábamos allí.
—Retroceded todos muy despacio —dijo Arturo—. Nada de movimientos bruscos.
Obedecimos, aunque caminar de espaldas no era fácil entre aquella maleza tan densa, y yo no quería apartar los ojos de la rama para mirar atrás.
Hubo más movimiento, y en esa ocasión un montículo de hojas y corteza a medio descomponer se levantaron del suelo boscoso.
Una capa de vegetación seca se descascarilló de un retorcido pedazo de madera violeta marronácea, casi tan grande como una nave estelar.
Esa madera irregular y nudosa se contorsionó al abrirse dos rendijas en su parte delantera, y la capa exterior se retrajo para revelar dos orbes negros con una película brillante recubriendo su superficie, como si fuesen… ojos.
Dos ramas bajas se extendieron hacia nosotros. Estrellas, ¿eran piernas?
—Venga ya —dijo Arturo—. Esto no está pasando.
El árbol se inclinó hacia nosotros y una corriente de aire mohosa nos envolvió, cálida y espesa, como si fuese el aliento de aquel ser.
—Dispersaos —dijo Arturo, y nos apresuramos a separarnos unos de otros.
El árbol se centró en Arturo y fue levantando sus ramas una por una con el tronco suspendido entre ellas, como el cuerpo de una araña.
Sus ojos, grandes como platos, parpadeaban cada varios segundos.
Eran brillantes y de un negro puro, lo que les confería un cierto aspecto maligno, pero eso no significaba que las criaturas fuesen malignas.
¿O sí?
Una rama —no conseguí precisar cuántas había, enredadas como estaban con el resto de los árboles— se adelantó hacia Arturo. Mientras él retrocedía a trompicones, la punta de la rama le tocó el hombro y lo empujó contra un arbusto.
Arturo perdió el equilibro y rodó sobre el arbusto para levantarse de nuevo. El árbol se agachó sobre él y emitió una vaharada de aire que le echó el pelo hacia atrás.
—Corred —ordenó Arturo.
Y lo hicimos. Por mucho que me costara arrancar la mirada de aquella criatura, no podía garantizar que su siguiente avance no fuese a empalarme, así que salté el tronco más cercano y corrí en dirección opuesta.
Los otros huyeron también, con Gilaf en cabeza y Arturo rezagado en última posición.
Nos persiguieron los crujidos de la madera, el roce de las hojas y el chasquido de las ramas mientras aquel ser caminaba tras nosotros.
Me arrojé por encima de un segundo tronco y me permití una mirada atrás. Estábamos ganándole terreno a la criatura, seguramente porque tenía que maniobrar con las ramas para superar muchos árboles vivos y muertos y poder seguir persiguiéndonos.
Arturo me adelantó a la carrera y se puso a la altura de Alanik mientras sonaba un grito en un idioma que no identifiqué.
—¡YA TE TENGO! —tradujo mi auricular.
Por las estrellas, ¿nos habían descubierto? Me arrojé tras un tronco y miré por un lado en dirección a la voz.
El monstruo arbóreo había dejado de seguirnos y tenía una gran red echada sobre la cabeza, colgando del pedazo de corteza como un velo suelto.
Resonaron más voces por el bosque, y mi auricular siguió traduciendo.
—¡Lo tenemos!
—¡Chúpate esa!
Apareció un humano, un hombre de piel oscura que llevaba ropa holgada de algodón y sujetó una de las ramas-pierna de la criatura con un gancho al final de una larga vara.
El resto del escuadrón se agachó entre la maleza.
—Alanik —susurró Arturo mientras abría la cremallera del bolsillo para ver cómo estaba Suki.
Distinguí la coronilla de su cabeza peluda. Parecía haber estado dibujando como una loca en su tableta de datos, así que supuse que estaba ilesa.
—Hoid está cubriéndonos con una ilusión de hojas —informó Alanik—. Camuflándonos en el bosque.
—Así me gusta, Hoid —dijo Arturo.
Vimos cómo los humanos rodeaban el árbol, lo atrapaban con ganchos y le ataban el cuerpo, compactándolo.
Le arrojaron más redes encima, que le sujetaron algunas piernas al cuerpo, y luego usaron los ganchos para arrastrarlo tirando de las extremidades restantes, llevándolo en dirección al río.
No parecían haber reparado en nuestra presencia.
—¿Qué tirda están haciendo con esa cosa? —preguntó Nedd.
—No lo sé —dijo Arturo—, pero van hacia la ciudad, así que los seguiremos para averiguarlo.