Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 9. Sadie #2
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9. Sadie #2

Parpadeé, sorprendida. ¿Esa mujer estaba dando a entender que unas máquinas que podían reconstruirse y reemplazarse eran igual de valiosas que nuestros pilotos vivos?

El tono educado de las palabras, añadido al relajado desprecio con que hablaba del asesinato de varios compañeros de equipo nuestros, me hizo pensar que Ivy tal vez fuese una varvax, las criaturas parecidas a crustáceos que se movían de un lado a otro en caparazones hechos de granito y cuarzo.

Su especie era una de las que lideraban la Supremacía, y tendían a hablar de paz mientras nos apuntaban con pistolas y pulsaban el gatillo como si nada.

Habían provocado la muerte de miles de pilotos.

Mi parte lógica comprendía que no todos los varvax eran unos asesinos, pero costaba no odiarlos a todos por puro principio.

Arturo negó con la cabeza y cambió de tema.

—¿Por qué contacta ahora con nosotros?

—Llevo desde que han venido escaneando en su búsqueda —dijo Ivy, cosa que en realidad no explicaba nada—.

Quería decirles que aquí no está ocurriendo absolutamente nada que merezca investigarse, pero han abierto fuego contra mis naves antes de que pudiera transmitirles el mensaje.

Ha sido una táctica más bien agresiva, ¿no les parece?

Ah, pues sí. Desde luego que la tal Ivy era una varvax. Siempre nos acusaban de ser «agresivos» por atrevernos a plantarles cara.

—¿Qué clase de nombre varvax es Ivy? —susurré a Nedd.

—Uno muy loco —respondió él, también en voz baja.

—Pero lo pasado, pasado está, ¿no creen? —dijo Ivy—. Salgan de donde sea que estén escondidos, les proporcionaré las garantías que necesiten para transmitírselas al Departamento de Contención y así podrán marcharse.

¡Anda! Esa mujer pensaba que éramos de la Supremacía, y suponía que aún teníamos líderes con los que volver para informarles.

Adiós a la hipótesis de Arturo de que los drones nos habían disparado porque sabían que la Supremacía había perdido la guerra y esperaban que llegásemos para terminar la faena.

Ivy no parecía estar al tanto ni siquiera de que la guerra había terminado.

—Lo pasado, pasado estará —dijo Arturo— cuando acepte su rendición incondicional.

Ivy rio. Sonaba metálico y entrecortado, como una aproximación a una carcajada.

—¿Los varvax ríen? —pregunté a Nedd.

—No tengo ni idea —dijo él.

Me habría gustado que Suki nos ayudara a resolver esa duda, pero estaba flotando al lado de Arturo, absorta escuchando la conversación.

—¿Por qué iba a rendirme? —preguntó Ivy—.

El Departamento de Mantenimiento Penitenciario y Contención de Terrícolas me encargó observar a los humanos de aquí, cosa que he estado haciendo.

El conflicto que han tenido con mi protocolo defensivo se debe a que, por desgracia, su llegada no estaba anunciada.

Si hubieran dado aviso previo para programar una inspección, por supuesto que habría accedido, como hace siempre mi equipo.

¿Sus superiores no les formaron para seguir el procedimiento o es que sencillamente se lo han saltado?

Arturo guardó silencio, como si no supiera muy bien qué decir. Era comprensible.

—Salgan de su escondite —insistió Ivy— y hablaremos de ello como es debido.

Arturo fijó la mirada en el panel de control de su nave durante un momento y luego extendió el brazo y apagó el comunicador.

—En mi opinión —dijo—, esto es una tirdosa trampa. No soy ningún diplomático, pero eso no ha sonado a que de verdad quiera colaborar con nosotros. Ha sonado a que quiere que le revelemos nuestro escondite para acabar con nosotros.

—Una jugada atrevida, pedirle la rendición incondicional —dijo Gilaf—. Sobre todo teniendo en cuenta que ya han matado a la mitad de nuestro equipo y nos han expulsado del cielo.

—Merecía la pena intentarlo —respondió Arturo—.

Lo que me apetecía era decirle que la Supremacía ya ha perdido la guerra y que más les vale rendirse porque solo es cuestión de tiempo que nuestro almirante envíe más naves a buscarnos, pero no creo que sea buena idea advertirle que podrían llegar más efectivos.

Tiene tantos drones que solo serviría para incrementar la probabilidad de que acabe con nuestros refuerzos.

—¿Cuánto crees que tardarán en venir? —preguntó Alanik.

Arturo suspiró, sentado en el borde de su cabina y contemplando la selva.

—Jorgen nos dejará tiempo para que exploremos el planeta y establezcamos contacto.

Puede que pase una semana antes de que empiece a pensar que algo anda mal, y quizá aún más tiempo antes de que envíe un equipo de asalto a buscarnos.

E, incluso entonces, no enviará toda una armada que pueda hacer peligrar una situación política delicada.

Enviará una fuerza pequeña a investigar, que sufrirá el mismo destino que nosotros.

—No tenemos raciones para aguantar tanto tiempo —dijo Alanik.

—Había tierra cultivada junto al río —respondí—. Podremos robar comida, si se da el caso.

—Los UrDail y yo podemos ingerir muchas comidas humanas —dijo Suki—. Es un buen plan de emergencia.

—Un plan mejor sería volver a casa antes de que Jorgen empiece a preocuparse, si es posible —dijo Arturo, mirando hacia el cielo que se veía entre las hojas—. Para que no envíe a más gente a su muerte sin saberlo.

—¿Y si probamos a reunirnos con Ivy? —propuse—.

Tenemos las ilusiones de Hoid. Podríamos disfrazar a alguien de nosotros como varvax o dione y fingir que hacemos esa inspección que dice.

Luego le damos el visto bueno a lo que está haciendo y, a cambio, nos llevamos su permiso para largarnos de aquí volando.

Así no liberaríamos a los humanos del planeta, pero podríamos volver a Detritus para informar y que el almirante enviara una fuerza superior a ocuparse de Ivy y su gente.

—Ninguno de nosotros habla esos idiomas alienígenas —dijo Arturo—. Y, además, Ivy suena bastante hostil hacia nosotros, incluso creyendo que venimos de parte de la Supremacía. No podemos estar seguros de que no nos dispare nada más vernos.

—¿Por qué iba a hacerlo? —preguntó Nedd—. ¿Qué sentido tiene dispararle a su propia gente?

—Vete a saber —dijo Arturo, frotándose la frente—. Su ataque cuando hemos llegado tampoco tenía demasiado sentido.

—Creo que nos falta un par de ramas para llenar el árbol —intervino Gilaf.

—Estoy de acuerdo —dijo Alanik—. Se nos escapa algo.

Arturo asintió.

—Exacto. Y no quiero arriesgar todas vuestras vidas hasta que tengamos más información.

Era lógico, supuse, pero de un modo u otro tendríamos que lidiar con Ivy para salir de allí.

—A mí me parece que, si Ivy es lo que está impidiéndonos volver a casa, por lo menos deberíamos probar a razonar con ella.

—Tiene sentido —dijo Arturo—. Alanik, ¿podrías contactar con Ivy de nuevo, incluso si su posición está inhibida?

—Sí —respondió ella—. Siempre que Bob esté fuera del campo inhibidor, podemos enviarle mensajes a Ivy mediante su hipercomunicador. Ahora que ella ha contactado con él, Bob sabe exactamente dónde enviar el mensaje.

—¿Y puedes seguir monitorizando las hipercomunicaciones que lleguen de Ivy?

—Por supuesto.

—Bien —asintió Arturo—. Dile a Bob que no pase ninguna otra señal por nuestro comunicador, pero avisadme si Ivy envía algo nuevo.

Puede que necesitemos contactar con ella en algún momento, pero antes prefiero ver qué pasa en la ciudad, y luego ya pensaremos cómo queremos reaccionar.

Esa colonia humana podría ser aliada nuestra contra las fuerzas de Ivy.

Esa mujer acaba de comparar la pérdida de nuestros pilotos vivos con su pérdida de drones, así que no podemos confiar en que nuestra vida tenga ningún valor para ella.

Hasta que tengamos más información, aliados o algo con lo que podamos negociar, estamos superados en armamento y en número por un enemigo que debemos suponer que nos quiere muertos.

Asentí. Parecía un plan razonable, y le correspondía decidir a Arturo, no a mí. Estrellas, seguramente ya había hablado más de lo que debía.

—Entonces, ¿seguimos a lo nuestro? —preguntó Nedd—. ¿Investigamos la ciudad a ver si encontramos aliados contra ella o, como mínimo, más información sobre a qué nos enfrentamos?

—Ajá —dijo Arturo—. Que todo el mundo lleve raciones, equipo de traducción y armas cortas. Nos espera una buena caminata.